Purgas

Purgas

Cuando escucho a una persona hacer ese ruido de arcadas antes de vomitar me dan náuseas, me vuelvo un espejo de su malestar y en algunas ocasiones vomito sólo de escuchar a otra perona. Mucho tiempo, amigos y familia han hecho bromas de eso y cuando querían que no me enterara de algo o sólo querían alejarme hacían ese ruido. Siempre me ha molestado esa provocación directa a mi estómago, sin embargo amo mi reflejo nauseoso, y jamás pude explicarlo tan claramente como hoy.

No es nuevo que todos mis sentimientos, emociones y enojos las llevo a mi estómago. Siempre, si siento miedo, el vacío en el estómago. Si siento rabia, el nudo que asciende desde mi estómago a la garganta, si es preocupación, siento cómo se comprime y se pega a mi columna. Si me siento feliz, se distiende. Todo va a mi estómago siempre. Así que para mi no es nuevo que al estresarme o estar sumamente triste, me den náuseas. Y si le agregas mis episodios de ansiedad ¡tin tin tin tin! combinación ganadora.

Hay algo en vomitar que descubrí cuando era niña, que fue lo que me llevó a conocer a Mía: vomitar me purga. Empecé hace muchos años a provocarme las arcadas cuando mi tristeza o desesperación era tanta que no podía sacarla, mis jugos gástricos se vuelven un huracán que busca desesperadamente cómo salir y un nudo en la garganta que no sólo no me deja hablar, tampoco me deja respirar, gritar o tragar agua. Así que metía un dedo en la garganta, tocaba mi úvula y salía todo. Mis miedos, mis complejos y preocupaciones, mis nervios, enojos, pensamientos bifurcados y también todos las ideas intrusivas respecto a mi o a los otros. Te asfixia a veces, y te recuerda lo bueno que es respirar lentamente y sin tener que preocuparte mas que por estar viva.

Y hay una correlación bien bien extraña en todo esto que he descubierto con terapia y práctica: También tengo un vómito verbal. Tuve que aprender a vomitar mi comida sino quería escupir palabras que no son reales aunque se sientan verdaderas, y cuando no puedo sacar ese vómito (ya de los lugares seguros hablaremos después) entonces una masa amorfa se crea en el estómago que empuja a mis impulsos para hacerme vomitar. Así que entonces procuro sacarlo de la mejor forma que puedo, aclarándome que no siempre es real, que a veces lo pienso pero eso no hace que estén pasando las cosas, que mi cabeza y mis sensaciones me engañan y necesito aprender a verlo sin el filtro rojo con el que miro el mundo cuando me siento atacada o expuesta en contra de mi voluntad. La autolesión en mi, tenía la misma lógica: es dolor y incertidumbre y miedo que no sé cómo sacar y entonces el dolor físico merma el dolor emocional que además de intangible, parece eterno en días.

 

Ya no siempre lo hago. La terapia me ha ayudado muchísimo a poder decir las cosas que siento: ponerles un nombre me ayuda a sacarlas caminando de mi cabeza y no arrastrándose por mi estómago o lamiéndome nuevas heridas. La primera vez que fui por esto a terapia, mucha de mi gente que conocía y me quería en sus medidas y capacidades intentaban mermar mis impulsos diciendo “Pero si eres bonita ¿porqué quieres ser más flaca?” cuando nunca se trató de estética, sino de malestar y dolor.

Ahora escribo (aquí, en su mayoría), pinto o leo. Ahora me siento frente a mi terapeuta y entonces me vacío. Pero a veces aún pasa, cuando no identifico qué estoy sintiendo ni cómo es que me duele o me afecta, cuando no puedo pararlo, cuando no tengo las fuerzas o energías para enfrentarme al mundo. Todos los días lucho con estos hábitos. A veces gano.

A veces pierdo. Y también está bien.

La piel

De los cuestionamientos que nunca me había hecho fueron mis preferencias sexuales. “Siempre supe” que me gustaban los hombres. Soñaba con ellos, fantaseaba con sus cuerpos, figuras, contornos y proporciones (Qué puerca, sí y qué) // Conforme crecí, también fantaseaba con tenerlos sobre mi cuerpo, debajo, dentro. No mucho después los experimenté. Mucho tiempo ensucié baños, sábanas, closets, rincones. Muchas veces me trataron mal. De tres, dos me maltrataron de alguna forma. A veces no quería y aún así lo intentaba. Por no perder la costumbre, porque en el fondo quería validar el amor que sentían por mi a partir del roce de mi piel. Ya sabes, como en todas las películas románticas que vimos todos alguna vez.

Después de muchos, muchos años, empecé a coquetear con la idea de guiñarle un ojo a una mujer. De respirar cerquita de su oreja y ver cómo se erizaba su piel igual que la mía. A dejarme desear y conocerme a partir de otra mujer. A tomar su mano y entonces ver el mundo desde la compañía de alguien con la misma corporalidad y experiencia. A veces me daba “curiosidad” ver cómo se acostaban las mujeres entre ellas y me daba permiso de “educarme” viendo videos porno de tijeras y gemidos que aunque me calentaban, nunca terminaban de convencerme.
No he contado esta parte de la historia porque en realidad también es la primera vez que me la cuento: En este momento me reconozco mirando los hombros estrechos y puntiagudos de una mujer de cabello largo, espeso, negro y rizado: justo el tipo de cabello que siempre soñé en mi, mientras intento dar indicaciones de una actividad en el trabajo. Me reconozco además, pensando en pasar mis dedos despacio por una cintura que desconozco y que sólo puedo imaginar a ratos, en pedazos, sin expectativas. Me esmero sobre todo en sacar el pensamiento de mi cabeza porque, bueno vamos, jamás me había gustado antes una mujer así que ¿Qué clase de locura estoy pensando?
Y me encuentro entonces con esa mujer que me desvaría y me hace cuestionarme dos cosas simultáneamente 1) si es verdad que no creo en el amor libre o si en realidad sólo me duele la forma en la que lo estoy descubriendo 2) Si es verdad que las mujeres no me gustan. Y empiezo una lucha conmigo y con todo aquello que me enseñaron. Afortunadamente, un grupo de otras mujeres con esas experiencias me salva, me arropan y me enseñan. Me aceptan sin preguntar, me orientan y me hacen preguntas, me regalan respuestas.
Acepto así la idea del amor simultáneo, con la intención de darme una oportunidad de amar a alguien en mis mismas condiciones, capacidades y opresiones. Me permito involucrarme con ella, enredarme en ella y entonces hacerla parte de mi vida, de a poquito para no lastimarnos, descubriéndonos, deshaciéndonos y reinventando todo lo que ya creía conocer. Con un lapso en medio, me veo deseando sus manos en mi piel y sus labios en mi clavícula. Descubro también que hay formas menos convencionales en las que siento placer. Encuentro que el sexo no necesita tener penetración y la vida me hace ruido en muchísimos sentidos, me descubro vacía de experiencias pero al mismo tiempo valido cada uno de mis encuentros, entonces nada cuadra: Empiezo a cuestionarme, ahora sí, todo el pensamiento hetero respecto al sexo. ¿De verdad sólo me gustan los hombres? ¿De verdad todas las relaciones sexuales necesitan un pene? ¿sólo siento placer desde las manos de alguien que no siempre me sabe encontrar? ¿El foreplay existe?
Empiezo a desdoblarme. A encontrar cada esquina de estos límites que alguien de alguna forma me enseñó en su momento como la palabra sagrada de un dios que no (re)conoce ni legitima un

orgasmo que no sea el propio. Y me dejo llevar a las manos de una mujer de cabello negro, largo, rizado y espeso. Miro los límites de mi placer expandirse como esponja. Encuentro verdades inamovibles en ese encuentro: La amo. Me ama. Nos respetamos. Nos cuidamos. Nos entendemos. Nos descubrimos. Nos encontramos. Encontramos que la piel se vuelve ese lienzo en el que todo pasa y nada se queda visiblemente impregnado, aunque la experiencia táctil se reviva en el recuerdo. Los límites de mi piel quedan desdibujados a partir de unas nuevas manos que me tocan y me descubren a un ritmo diferente. Acepto y entiendo que mi placer tiene muchas diferencias, experiencias y vivencias.
Me arraigo a las manos de un hombre noble que han sabido tocarme con respeto, dignidad y amor. Me arraigo a las manos de una mujer que han sabido tocarme con paciencia, tranquilidad y deseo.
Descubro entonces que mi piel no está determinada por todos esos miedos que alguien me enseñó cuando era niña. Que tocarme jamás estuvo mal. Que desear cuerpos de hombres es algo que me gusta, que deseo y encuentro parte de mi hábito. Que desear cuerpos de mujeres también es parte de mi.
Y me quedo, aquí, viendo cómo mi deseo se mueve de un lado a otro, sin que ninguna de las llamas se extingan o se aminoren. Me veo con las manos desafiantes por una cercanía. Me encuentro agradecida de tener la oportunidad y la experiencia. Confío en mi intuición.

Celos nivel 6

Después de la letanía que les conté, me siento obligada a decir que estuve mucho tiempo en terapia para poder terminar de confrontar todo lo que estaba pasando. Lo que me resultó de estos celos, fue darme cuenta que estaba enfocando mi forma de vivir el amor de una manera no necesariamente funcional para mi, pero sí bien parecida a lo que nos enseñan del amor romántico. Sentía que tenía que recomponerme completa, que dos de mis pilares en la relación se habían fracturado muchísimo y me habían puesto a dudar incluso de mi. Me sentía rota.

Tenía que tomar una decisión: Quedarme y chingarle con todo lo que estaba sintiendo y pensando, empezar de nuevo y darme la oportunidad de intentar hacer algo diferente, o simplemente pasar de esto que habíamos construido en conjunto (y en mi cabeza) y empezar de cero una historia con alguien más aunque eso implicara cometer errores similares. Salí adelante no sólo con terapia, sino con un grupo de apoyo y acompañamiento que siempre estuvo allí para mi. Desarrollé mis herramientas de confrontación: Me enfrenté a mis miedos y a toda esa parte “oscura” de mi que había enterrado y ocultado, me mire como soy “con el rifle en la mano y la granada en la boca, destripando a la gente que amo” Diría la Vestrini. Decidí quedarme, decidí que por mi valía la pena volver a intentarlo pero antes tenía que definir mis límites, mis capacidades y posibilidades.

Lo hice. Me senté frente a él pero también frente a mi. Me fui sincera. Puse todos los puntos sobre las íes. Enuncié de la manera más clara posible todas mis expectativas, mis necesidades, mis miedos y dolores. Escuché todas sus expectativas, miedos y dolores. Y no fue fácil descubrir que aunque nos conocíamos, había partes del otro que nos habían sido inaccesibles por mucho tiempo. Poco a poco recuperé la confianza tanto en mi, como en él y la relación. Decidí volver a confiar. Elegí darme de nuevo esa confianza.

La segunda vez que me dieron celos, sin embargo, fue con mi otra pareja. Y fue una experiencia completamente diferente. Ya teníamos establecidos los primeros acuerdos. Ya nos habíamos escrito los límites y era todo bastante claro. Yo me sentía súper orgullosa porque no había sentido celos en absoluto de nuestra relación, confiaba en que como estaba cimentada desde otro lugar y con otras experiencias al respecto, sería diferente. Pero el día llegó y yo sentí que el estómago se me iba a los pies. De nuevo tuve mucho frío y no podía parar de llorar, imaginaba cosas que para sacar de mi cabeza dije como una afirmación. Y re-descubrí que mi problema es tener información a medias o no tenerla. Que la incertidumbre del otro me mata. Que los vacíos en las historias provocan que yo auto completo con cosas que no son reales por mi necesidad de tener una certidumbre. Pero además de todo eso sentí mucha vergüenza porque de nuevo estaba en ese lugar oscuro al que nunca quise volver. Volvió mi impulso por vomitar todo, por no poder decir todo lo que sentía, por no querer admitirlo. Y sin embargo, todo fue distinto esta vez. Esta pareja a pesar de todo, se sentó conmigo a responderme todas las preguntas que yo tenía. A escuchar cada duda y cada incertidumbre, me extendió las manos como red para que me rindiera ante lo que sentía. Tenía yo muchas más herramientas emocionales. Y aunque dolía, era otro tipo de dolor. Uno mucho más líquido, podía beber un poco de ello cada día y aún así mantenerme viva. Dejé de vomitar a los dos días. Sus re afirmaciones de amor me mantuvieron a salvo. Su comprensión y paciencia dejaron de alimentar al Kraken que había en mi cabeza. Y sin embargo me sentía culpable de volver a estar allí y de arrastrarla conmigo. Me di cuenta que pasé mis inseguridades de una persona a otra y entonces volví a sentarme frente a mi. A cagarme. A llorar de desesperación porque volvía a sentirlo todo. Tenía mucha rabia. Sin embargo, esta nueva persona de la que sentí celos, era súper diferente a la primera, ni siquiera la conozco y sin embargo me cae bien. Me vibra diferente, mucho más ameno. Mi primera pareja me enseño a confiar en las personas a las que eliges y por lo tanto en sus decisiones. Entiendo también ahora que esa otra nueva persona no necesita ni agradarme, ni caerme bien, ni conocerla para respetarla. Entiendo racionalmente (aunque emocionalmente no siempre me es claro) que mis vínculos pueden tener más vínculos y que esta sensación de vacío y de abandono sólo me corresponde a mi sanarla, a partir de mi.

Al mismo tiempo, que se me haya pasado “tan pronto” o que haya podido manejarlo de una mejor forma no me quita esa sensación de incomodidad. Porque me encantaría ser inmune a los celos. Porque por más activista del “Tener celos es normal, lo complejo es qué haces con ellos” igual siento que fallo, que me fallo.
Y tengo que lidiar ahora con esa sensación y contra la meritocracia del “Si siento celos, no merezco que me quieran sanamente” “si siento celos soy una persona súper dañina y no merezco una relación sana”
Yo estoy consciente que necesito mucha re afirmación de amor.
Hasta de mi.

Así que, esta es mi conclusión: Desmontar el amor y los apegos no saldrá a la primera; es un camino de ida y vuelta y siempre existe la posibilidad de que falles, la buena noticia es que cada vez tienes más herramientas para enfrentarlo y puedes decidir qué hacer con eso.
No se trata de aguantar ni de resistir sino de enfrentar. De enfrentarte.

Descubrí más de mi que de cualquiera en mis celos. E intento reafirmarme, constantemente revisar y modificar todo aquello que no me gusta de mi. Ser una mejor persona de mi, para mi.

Celos Nivel 10

Siempre supe que era celosa.
No me gustaba que la gente que conocía estuviera con otras personas que no fuera yo, me sentía abandonada. Si alguien replicaba mis ideas, pensamientos o sentimientos en otros lugares lo sentía como un robo, y simultáneamente una traición.
Lloraba muchísimo cuando soñaba que la gente que quiero se iba.

Jamás había sido celosa con G porque nunca había sentido ese miedo.
La primera vez que sentí sospecha, fue porque en su trabajo conoció a una chica super bonita, inteligente y que se dedicaba a la misma área que él. Cada vez que hablaba de ella, el se veía genuinamente emocionado y yo completamente amenazada, pero nunca dije nada.
Hasta que un día, por casualidad me enseño una foto de ella que él le había tomado. Y sentí como todo se me caía en pedazos por dentro: las sensaciones físicas fueron -Frío -Vacío en el estómago -Nudo en la garganta -Llanto llenándome los ojos. G se dio cuenta y me preguntó por qué me sentía así.

Se lo dije todo.
Le dije como me sentía con la foto, como me sentía respecto a ella y porque lo sentía. Él me dijo que no era nada y yo le creí. Decidimos cambiar algunas cosas sobre nuestra relación.

Descubrí que mis celos son autolesivos en el sentido más literal del concepto el día Cero: me dijo que amaba a otra chica. 
Esta vez mis sensaciones no sólo fueron las pasadas. También sentí como mi útero se ponía muy duro, mi fuerza abandonaba a cada extremidad y literalmente podía sentir cómo el corazón se me rompía en pedazos. El pecho me quemaba, ni todo el aire del mundo podía evitar que me asfixiara en una vorágine de pensamientos que me gritaban que claro, que alguien como yo nunca iba a poder ser “suficiente” para alguien como él. Que por supuesto que se iba a enamorar de otras personas porque yo jamás cabría en ese espacio, que me quedaba grande, que era yo poquita cosa.

Según yo, había creado mi relación con G fuera de los parámetros y estereotipos de una relación. Ese día me di cuenta que no, que de hecho se parecía muchísimo a todo aquello que había criticado por tanto tiempo de otros y de mi en otras relaciones.

Lo peor que pude hacer cada vez que salía el tema, era vomitar. Dejar que la angustia me consumiera hasta hacer de mi un fantasma. Herirlo en mi dolor y dejar que mi dolor me lastimara físicamente. Acepté traspasar límites que no sabía que tenía. Permití pasar por encima de mis necesidades en el deseo de ser “suficiente” para alguien más. Lloré hasta que me sequé. Grité. Le reclamé cada error (real o imaginario) y jamás lo escuché. Pase seis meses de mi vida ahogada en llanto, vómito y una sensación constante de fracaso y menosprecio que a veces lograba mitigar, pero que constantemente estaba allí haciéndome la vida imposible. Deje de rendir en mi trabajo, dejó de gustarme lo que hacía. No podía dormir, a penas podía comer. Tomaba agua sólo para llorarla durante el día siguiente. Intentaba evitar llegar a casa y al mismo tiempo procuraba pasar el mayor tiempo posible allí porque era mi lugar seguro. Dejé de hablar con mis amigos, paré mi terapia y boté mis medicamentos en pleno rush de pensamiento del amor meritocrático.

Hace años tuve un problema con un trastorno de alimentación (Mia) por problemas de autopercepción. Y es que vomitar mi hacía sentir que al final después del dolor no había nada. Pensaba que tal vez comiéndome mis problemas podría mitigarlos. Y no pasaba. Entonces vomitaba, para ver si mi jugo estomacal lograba desaparecer el nudo en la garganta que no se quitaba con ningún gesto de amor o autocompasión.

 

En esta época, Mia volvió a mi vida de una forma super involuntaria. Pero estaba allí, detrás de cada esquina, en cada guiño, a cada paso, en cada respiración: nunca me dejaba sola.

Hice dos o tres escenas dentro de casa: pelear por cualquier cosa, gritar, llorar y reclamar a la más mínima provocación cualquier cosa que tuviera que ver con otras personas que no fuera yo. Llegué a querer manipularlo. Llegué a querer obligarlo a no moverse sin mi. Me expuse al peligro muchas veces, muchas otras ni siquiera me daba cuenta. Quise romper cosas. Quise apuñalar sillones y colchones, moría por realizar el impulso frenético de romper ventanas, vasos y todo aquello que resultara en un estruendo. Pero solo podía llorar. Solo podía suplicar por un día volver a ser querida “como antes” ¿Qué me detenía? Aún no estoy segura, pero recuerdo que desde entonces el pensamiento que me perseguía es que yo no quería ser esa persona.

Un día nos planteamos las soluciones extremas. Ese mismo día decidí que era suficiente de llorar y lastimarme por algo que no me correspondía ni cabía en mis responsabilidades. Barajamos la posibilidad de terminar si todo esto me lastimaba de manera tal que no pudiera enfrentarlo. Y había decidido que no quería seguir así. Pensando en salir de esa situación, busqué un terapeuta. La parte graciosa es que mientras me iba sanando, también conocí a otra persona con la que me sentía muy feliz e identificada: me enamoré. Pero aún estaba con G y quería seguir con él.

La decisión fue super difícil, pero hoy creo que es la mejor que he tomado: decidí volver a confiar en nuestra relación, a rehacerla desde cero. De poner claros los límites y necesidades de cada uno. Sabía que quería seguir a su lado, que era muy feliz en su compañía y que yo era más grande que esto, al final de esta situación, lo único que nos quedaba era ser honestos o morir. Elegí, obviamente, la honestidad.

Y mientras tanto, empecé a tener una relación con A. G siempre supo de A.
A siempre supo de G. Y así, a ciegas, me aventé a intentar entender que el mundo no podía ser malo si todos eramos honestos.
Si todos eramos acompañantes.
Que estamos con el otro en medida de nuestras posibilidades y capacidades.

No mentiré ni diré que ya se terminó y soy perfecta y no siento celos: Claro que no. Los sigo sintiendo, a veces se instalan en mi cabeza. Pero ahora lo digo. Encontré un mecanismo con G (Y que voy a replicar con A, pero esa es otra historia para otro lunes) para poder aminorar mis reacciones emocionales, y es describir primero que siento físicamente antes de que se vuelva una emoción. Si puedo detener los pensamientos y las sensaciones antes de que se cree el hoyo en mi pecho, ya tengo la mitad hecho, no se me hace nudo en la garganta y puede que quiera llorar un poco pero es mucho menos complejo que las primeras veces. Y el segundo paso lo que hago es empezar a preguntarme si lo que sentí como celos son realmente celos, o si son pena, tristeza, enojo, miedo al abandono o qué. Y eso me ayuda a preguntarme cosas sobre mi que no siempre son tan sencillas de percibir sin esas experiencias.

Al final de esos seis meses de lluvia sobre ropa mojada, y otro año y medio de momentos raros y un poco incómodos pero cada vez menos dolorosos terminé convencida

El problema no son los celos, el problema es qué haces con ellos.

 

El eterno retorno

Me queda claro que cada uno tenemos un tema al que de una u otra forma volvemos constantemente. La mía tiene que ver muchísimo con mi vientre, mi estómago y las cosas que no he podido hacer.

Todo lo que siento se refleja en mi estómago. Todo. Quiero decir, si estoy feliz, triste, enojada, el primer lugar donde lo percibo es mi estómago y mi vientre. Lo que me ha traído problemas en muchos sentidos: desde una nada maravillosa gastritis, reflujo, dolores de panza, hasta náuseas y vómito de los nervios o la preocupación. Y también va de la mano con mis ciclos del trastorno, usualmente cuando soy más sensible a la tristeza o tengo mi períodos de depresión, tengo más náuseas y vómitos.

Estas dos últimas semanas he tenido más conflictos con mi estómago y también así me di cuenta que mi estado de ánimo estaba cayendo en picada. Los últimos tres días han sido un dolor en el alma de tantas naúseas que tengo. Antier fue un día muy peculiar, tenía un compromiso sumamente importante para mi, y antes de ir a ello, por mi cabeza cruzó que tal vez estaba embarazada. En el fondo sabía que no podía estarlo: siempre me he cuidado muchísimo y por otra parte, mis posibilidades al respecto son mínimas incluso sin cuidarme.

Ayer, por razones que desconozco, tres personas cercanas a mi y que no tienen relación entre ellas me preguntaron si estaba embarazada, mi respuesta automática fue un “No, me estoy cuidando mucho” A lo que las tres personas me hicieron un comentario genérico: “Eso decía (inserte aquí a alguien de sus conocidos) y salió embarazada con todo y su (inserte aquí método anticonceptivo)

Esto me llenó de paranoia. Saliendo del trabajo corrí a una farmacia por una prueba casera de embarazo. Y en cuanto la pagué, sentí que era una completa estupidez porque no hay una sola forma en que en mi estado, pueda tener un bebé. A esto, además, hay que sumarle que en mi trabajo todos los días veo a una bebé preciosa a la que por ratitos me toca cuidar, mimar y distraer, cosa que me ha puesto súper en contacto con el pensamiento de la maternidad. Y aunque siempre me digo “aaay, no, ya para qué” hay muchas noches en que, acostada en la cama, sí pienso: “Igual y sí estaría padre”

Volvieron a mi todas las preguntas que me hice desde el día 1 en que supe que mi situación era compleja. ¿De verdad quiero tener un bebé? ¿Cuánto del que quiera tener un bebé es porque quiero y cuánto es por presión social? ¿Cuánto me he convencido de que no “quiero” porque en realidad -no puedo-? ¿Quiero porque de verdad lo considero un deseo o sólo porque sé que no me sería tan sencillo? ¿Porqué la gente para cualquier malestar piensa en un bebé?

Sentada, frente a la mesa con la prueba de embarazo cerrada, sabía perfectamente que en esta ocasión, todos mis pensamientos al respecto los detonó la presión social. Me sentí ridícula además, sabiendo que todo se me va al estómago y que me he estado comiendo de a poquitos mis preocupaciones y mis miedos.

E intento, todos los días ser bien fuerte y decir: Estoy segura, esto pasará, no es tan relevante. Pero conforme pasan los años, me lo preguntan cada vez más, y me lo pregunto cada vez más. En días como hoy, no sé que hacer.

 

Y sólo puedo confundirme para escribir.

¿Mi espacio feminista funciona?

Hace tiempo empecé a crear espacios de seguridad desde mi trinchera feminista, como un acto para cuidar, compartir y desarticularnos un poco de este constante lugar de competencia, superación y ganancia desde el que nos enunciamos siempre. Y hay cosas que con el paso del tiempo, muchas de mis compañeras de esta maravillosa experiencia de viaje me hicieron notar, así que este texto que ojalá te ayude, tiene su piso en esos errores que por normalización, contexto personal y/o cosas que aún no estaban en deconstrucción no pude atacar en su momento.
Desde este punto, donde los veo, te los comparto.

Las comunidades: Mi espacio es feminista
El punto de este espacio que yo creé no era sólo poder cuestionarnos dinámicas que podrían no ser simétricas ni precisamente equitativas, sino también poder compartir nuestras experiencias, dudas e inquietudes desde un lugar de seguridad con una conciencia de cuidado y respeto, como las consignas feministas que personalmente voy siguiendo. He tenido la fortuna de encontrarme con personas que comparten la visión donde el debate como una herramienta de crecimiento y confrontación propia, así que entre todo, con mucha suerte y mucho trabajo pudimos encontrar un espacio donde converger fuera sencillo, que no fácil. Lejos de lo que parece, me fue sencillo poder encontrar personas afines, aún dentro del maremoto que fue el tema en su momento y con todos los “Ni Feminismo ni machismo, humanismo”

Y ya sé, ya sé. Parece cuento de hadas pero con el paso del tiempo, muchas compañeras me mencionaron situaciones que eran incómodas, extrañas y poco afines con esta creación de espacios feministas.

¿Quién domina la conversación en espacios mixtos?

Esta pregunta fue la que más me reveló que algo estaba yéndose por el lado equivocado. Nuestra conversación, esa conversación feminista de creación y reividicación la estaban dominando.. hombres, que nos platicaban cómo hacer el correcto feminismo. Hombres que nos corregían nuestras acciones feministas. Hombres que no nos permitían dar una opinión sin darnos “la contraria sólo por el debate”. Compañeros relacionales que al dar su visión del mundo, ellos estaban bien y las que éramos incapaces de ver, resolver y actuar en consecuencia eran parejas mujeres.

Una de las razones por las que en su momento pasé por alto el que ellos dominaran la conversación es que yo creía que ellas no querían hablar. Incluso en las preguntas directas evitaban contestar, dando pase a que algún otro hombre hablara. Las pocas mujeres que daban comentarios suelen ser mujeres con una formación feminista mucho más confrontativa y que claro, tienen esa cosa tan hermosa llamada personalidad extrovertida. De alguna forma, mujeres que se enseñaron a hacerse escuchar en este man’s world. Incluso en nuestros espacios teníamos que luchar por la palabra.

Y claro, si ellos son quienes en su mayoría hablan, entonces el personaje pasivo que escucha siempre éramos… nosotras.
Es decir, el protagonista activo de los relatos de las mujeres son las mujeres. Siempre se enuncia desde el yo: Yo hice, dije y pensé. Y en la mayoría de hombres es: Yo hice PERO ELLA reaccionó así. Y de pronto de una denuncia, todo se volvía nosotras escuchar cómo ellos sufren por cosas que nosotras sobre-reaccionamos a lo que ellos inocentemente (¿?) hacen.

Al final entonces, hay que cuidar que los espacios mixtos no nos reproduzcan esas dinámicas de enunciación que tenemos en todo el mundo, dejar de reproducir la idea de que ser “neutro” es dejar “que las cosas pasen como tengan que pasar” ya que estamos tan acostumbrados a que las cosas sucedan de cierta manera que no vamos a poder observar las fallas de comunicación y el discurso que se tiene.
Como aquí hasta hace poco.

Todos son aliados hasta que…

Esta fue una situación que mi Yo feminista rechazó desde el inicio y que también tiene que ver con la forma en cómo interactuamos con el otro en los espacios comunes: Muchas de las compañeras dentro de las sesiones se sentían intimidadas, observadas y cazadas. Resulta que a varias de ellas después de este espacio de seguridad, las abordaban por fuera en una actitud para nada acorde con la intención del grupo. Las pequeñas violencias de conquista del cuerpo, opinión o preferencia del otro se hicieron presentes de un momento a otro.
Mis compañeras, aquellas para las que había creado el espacio, se sentían acosadas.

Otra cosa por las que mis compañeras no hablaban: Ya que siempre se buscaba compartir una experiencia para tener alguna especie de retroalimentación de la experiencia del otro, de pronto se volvía un debate por tener la razón. Entonces de pasar de ser un intercambio práctico pasaba a ser una lucha teórica e incluso académica. Incluso se han sentido intimidadas por el lenguaje tan especializado. Lo curioso es que viendo esa interacción, usualmente las mujeres cuestionan ideas. Y los hombres, personas.

Esa diferencia de perspectiva nos impide un diálogo lineal y de inmediato entramos en las dinámicas típicas de conversación: la jerarquía meritoria.

Sísifo y el eterno retorno

Hagamos un paréntesis: No todo está mal.
Entre todo, los espacios han podido ser un lugar de reflexión, confrontación y cuestionamiento. Un lugar donde surgen dudas de las dudas y que jamás terminamos de desentramar. Sin embargo ahora me enfoco en estos puntos tan relevantes porque es una forma de hacerme notar que las revisiones autocríticas deben ser constantes. Porque como una comunidad creciente, siempre encontraremos algo que deconstruír, algo que señalarnos y mejorar.

Es algo peculiar, además. Son cosas que no se pueden dar por hecho, ya que muchas personas son nuevas en la dinámica y proponer espacios diferentes resulta a veces confuso e incluso violento o extraño. Mi trabajo es no perder de vista estas situaciones para mantener un mínimo necesario al entablar estas maneras distintas de mirarnos.

La relevancia de los espacios separatistas

Cuando creé un espacio separatista dentro de los espacios feministas, muchos hombres entendieron pero hubo otros tantos que nada más no lograban ver porqué necesitamos espacios nuestros, solos, Una Habitación Propia diría mi comadre Virginia W. Y es que los espacios separatistas contienen una dinámica de comunicación bastante diferente, que parte regularmente de la empatía, comprensión y sororidad (cada una de estas en sus contextos y bajo las experiencias de cada una) además de necesidades que expresamos en el momento: A veces sólo queremos escuchar a otras, en ocasiones queremos ser escuchadas, en otros momentos necesitamos formular preguntas o poner en duda algo que nosotras considerábamos una respuesta, incluso hay situaciones en que sólo queremos hacernos compañía. Estar con otras mujeres. Escuchar, mirarlas y saber que no estamos solas. Crear estos espacios de cero meritocracia para poder reconocernos y escucharnos. Son importantes estos espacios porque desde aquí pueden formularse todos los temas que podríamos abordar en lugares mixtos. Necesitamos además usar los lugares mixtos como denuncia de algo que en espacios separatistas estamos logrando observar.

El espacio separatista se vuelve un refugio cuando incluso en otros espacios el discurso patriarcal anda asomando la cabeza o de vez en vez metiendo la mano por debajo de la mesa.

 

Aprender para enseñar a escuchar 

Creo que la parte más compleja de toda esta labor para mi, ha sido aprender a escuchar al otro desde un punto objetivo y no tomarme personal lo que dicen. Entender que usualmente decimos las cosas desde nuestra percepción del mundo y que eso no necesariamente es lo que está viendo el otro. También entender que hay puntos, comas y extensiones que no alcanzamos a ver de inmediato y a veces necesitamos que el otro nos señale que están sucediendo. Darnos cuenta que incluso en búsqueda de nuestro espacio ideal podemos revisar el “ideal”

Pero sobre todo, darme cuenta que el trabajo colectivo es un trabajo para todos. Por lo tanto, si queremos hacer o “educar” a que el otro nos escuche, a lo mejor tenemos que empezar por nosotros escucharnos, y después al otro. Sólo así he encontrado que se puede hacer eco de las cosas que están sucediendo.

 

Las propuestas nuevas

La mayoría de las situaciones las solucioné de una manera sencilla: Priorizar el diálogo de las mujeres. Como nuestro diálogo es por turnos entonces lo más lógico sería que la mediación se diera a partir de estos parámentros:

  1. Sólo hay 5 tomas de opinión por tema para los hombres, así que entre ellos deberán decidir quién enuncia y/o participa.
  2. Cada participación masculina tendrá un límite de 2 minutos.
  3. Un mismo hombre NO puede opinar dos veces en el mismo tema y probablemente tampoco en la misma sesión
  4. Dejar la academia para después: si es un espacio donde nos estamos mencionando a partir del “YO” entonces la academia, por mucho texto maravilloso, no es precisamente lo que nos ayudará a reivindicarnos: necesitamos un diálogo horizontal; las recomendaciones de textos y teoría podemos darlas al final y subirlas a la página o al evento.
  5. Lamentablemente fuera de estos espacios no podemos asegurar que no haya situaciones incómodas, lo que sí podemos hacer es escuchar cuando alguna compañera/hermana/afecto denuncie cualquier cosa y traerlo a la mesa como un punto a cuestionar.
  6. En espacios separatistas, cada sesión ponemos sobre la mesa las necesidades de cada una de las asistentes, así a nadie se presiona para hablar y se crea el espacio necesario para asentir o disentir de todo lo que suceda dentro

¿Estas cosas significan que nuestro espacio no funciona?
No. Entre todo esto, hemos logrado una convivencia bastante interesante, una cohersión y unión muy peculiar y hemos podido llevar a la mesa situaciones importantes que nos ha sido relevante señalar. Todas las dudas y situaciones planteadas desde las gafas violetas nos han ayudado precisamente a ver en qué podemos mejorar.

Sin duda aún no es un lugar perfecto y como todo proyecto bebé, necesita revisarse y darse sus propios “amika date cuenta” en medida de sus comunidades. Esta comunidad, en este particular momento necesita que hagamos énfasis en cada punto mencionado. Y mañana ¿quién sabe?

Todo esto a penas se está instalando y termina de cuajar. Mientras tanto, ya tenemos nuevas sesiones tanto separatistas como mixtas donde platicamos de cosas súper interesantes, compartimos puntos de vista y a veces “pateamos avisperos” ¿Te aventuras con nosotros?

Toda la información aquí

Mi miedo a la hoja en blanco

Una de mis cosas favoritas en el mundo es escribir: Me ayuda a reconectarme conmigo y con el mundo. Además ordeno mis ideas de una mejor forma cuando puedo verlas escritas, me deja verme desde una perspectiva externa. Tengo un hilo rojo con el lenguaje (aunque definitivamente me equivoco y no siempre soy buena con/en él) además, y de una forma sorprendente, vivo de escribir. Se ha vuelto una de las partes más importantes de mi vida, mi más grande medio de comunicación.

Desde hace días he estado teniendo un bloqueo enorme con las hojas en blanco. Me cuesta concentrarme, no puedo retener ideas. Me siento una completa zombie: nada en el mundo es lo suficientemente atractivo para desarrollar mi atención por más de 5 minutos, tengo problemas hasta para hilar dos ideas seguidas y definitivamente me molesta muchísimo no poder comunicarme a veces ni conmigo.

Me frustra porque me siento inútil y poco productiva. Siento que pierdo tiempo, que no soy suficientemente buena y definitivamente me percibo en esos momentos como alguien nada inteligente. Especialmente cuando sé que tengo trabajo por delante, pero no es únicamente en eso: también a veces noto que por más que me esfuerzo no puedo leer, no entiendo lo que hay frente a mi. Olvido lo que estaba a punto de hacer, me distraigo con todo y me siento desorientada. Me sucede con los libros, las recetas, los instructivos, los semáforos y las líneas peatonales, los artículos, los gestos, la comunicación no verbal. Es como un velo pesado de neblina entre el mundo y mi mirada.l

Por una parte creo que es parte de mi trastorno. A veces se me sale de las manos. A veces no puedo mantenerme en un solo lugar y en ocasiones cuando estoy así no me gusta salir de casa porque suele sucederme que este vacío mental también me provoca en ocasiones perderme en el titán que es esta ciudad. Confundo rostros, números y direcciones, lugares, personas y situaciones. Olvido muchas cosas y hay muchas otras que en mi mente están de una forma completamente distinta a como realmente son.

También me asusta. Y creo que es algo más que una hoja en blanco:
En vacío y la incertidumbre en cualquier sentido en mi vida, me asusta. Por eso escribo. Por eso leo. Por eso comparto.
Intento buscarme y encontrarme en cada cosa que toco y con la que tengo alguna especie de interacción. Intento dejar una parte de mi en cada cosa para tener a dónde recurrir cuando me siento perdida. Cuando no me encuentro o estoy confundida. Es una especie de impulso por encontrar en todo un espejo que me recuerde que no estoy mal.

Intento llenar cada espacio vacío con mis sombras y luces, oscuridades, pensamientos y sobre todo preguntas.

Hablando de preguntas.
¿Ustedes como lidian con su distracción? ¿Cómo pueden volver a escribir?

Top cinco de mujeres mexicanas destacables

Desde hace unos días me puse a investigar sobre mujeres mexicanas, buscando un poco de inspiración para mi día a día, alguien con quien me identificara mucho más y de quién asirme para hacer una especie de objetivos aspiracionales. Después de tanto buscar, encontré a estas cinco mujeres maravillosas (y pudieron ser muchas más) que me reconectaron con alguna idea, emoción o sensación, además me parece súper importante darles la importancia social debida. ¡Me encanta que formen parte de nuestra identidad y sean personas de las que podamos aprender!

 

 

Eulalia Guzmán

Una  Zacatecana fuera de serie, ya que la conocemos por ser la primera arqueóloga mexicana, aventurada en destacar la educación de las mujeres en México ¡Tanto que fue una de las primeras dos maestras de arqueología!, además de impulsar el conocimiento científico dentro de ésta área de estudio.

 

 

Carmen Mondragón 

Excéntrica, intrigante, inconforme, bella: Nació en 1984, la mandaron a estudiar desde muy pequeña a París, donde descubrió su pasión por la pintura y la poesía. Además de ser una mujer talentosa, inteligente y apasionada, también fue parte de una revolución de indumentaria: Al regresar, se volvió la pionera en México usando minifaldas. ¡Con ella, el arte, la pasión y la rebeldía es parte de nuestras vidas!

 

Lola Álvarez Bravo 

Fotografías increíbles, representaciones de la belleza en cada mujer que conoció, en cada lugar, magnificando los detalles que alcanzaba a observar, de las primeras mujeres en profesionalizarse retratando imágenes de su entorno. Pero esto es insuficiente para todas las ideas que tiene en la cabeza así que se convierte en una de las pioneras ¡Del Fotomontaje!

 

 

 

 

María del Pilar Roldán 

Ser hija de dos atletas no debe ser en absoluto sencillo; así fue el inicio de María del Pilar: sus padres eran dos tenistas súper destacados con lo que ella creció dentro de una familia deportista. Cuando era pequeña, María leyó “Los tres mosqueteros” y dejó todos los deportes aferrándose al esgrima, lo demás se dió como producto de su dedicación y esfuerzo: Fue la primer mujer en el continente americano en ganar una medalla en esgrima y la primer mexicana en ganar una medalla olímpica.

 

 

 

María Cristina Jurado 

 

Jaliciense de corazón, María Cristina solía ser Actriz famosa por comenzar a actuar en la época de oro del cine mexicano, y era la favorita para actuar de Femme Fatale y villana en muchas películas mexicanas. Es conocida también por ser la primera actriz latina en ser nominada a un premio por la Academia, y ganando un Globo de Oro en 1952, un Oscar en 1955 por Mejor actriz de reparto en “Lo que la tierra hereda”; y de 1955 a 1994 ganó 4 Ariel.

 

 

 

 

 

Como ves, cada una de estas mujeres representa de una forma única la belleza de la identidad mexicana, realzando con su esfuerzo, pasión y trabajo cada cualidad del espíritu tan bello que tenemos y que nos acompaña a seguir y conseguir nuestros sueños.

 

¿Quién más te inspira a crecer?

¿Aprendemos a leer para ser lectores?

¿Alguna vez te han enviado de tarea ayudar a leer a alguien? O en su defecto ¿Te dejaron de tarea leer algo? (aunque sea una vez, aunque sea hace tiempo)

Y es que, pareciera que el mayor fomento a la lectura que se ha hecho en niveles generales es ayudarnos a memorizar letras, palabras, definiciones, o formar frases complicadas y repetir incansablemente dichos que a veces sólo creemos saber que entendemos. Y así avanzamos los primeros años; los más importantes, leyendo letra a letra, palabra a palabra intentando interpretar.

 

Hasta que llega el día en que el profe “X” nos deja leer: “El periquillo Sarniento” así, de la nada, sin decirnos más, con el único interés de terminar el temario. De cumplir con el horario y la norma, porque somos demasiados en un salón como para explicar, o siquiera intentar atraernos. Te obligan a leer 30 minutos diarios en casa, de hoy a un mes. Te piden que anotes en una hoja a cada personaje, su relevancia, un acontecimiento. Una opinión que nunca va más allá del: “Me gustó, es padre, ojalá leyéramos más libros así.” O alguna copia de un artículo Wikipedia al que le quitamos palabras, para aparentar.

Pero Wikipedia no nos hace sentir. Y si no lo sientes ¿Realmente lo leíste?

 

De esa misma forma se nos fue el hipotético “amor por la lectura” que intentaron infundirnos, alimentarnos: con reseñas buscadas en google, con casas sin libros, niños sin conocer librerías, maestros que solo querían llegar a casa, chicos castigados en las bibliotecas de las escuelas, papás que se saltan esa tan importante tarea, porque era una de las que no se notaba la ausencia.

 

O eso creíamos.

 

Y así es como vamos por la vida creyendo saber leer, pero ¿saber leer nos hace lectores?
Porque una pareciera eslabón de la otra. Suenan igual, y hablan de lo mismo. Pero más que aprender un idioma, o una forma de comunicación con el otro, la lectura en realidad (y hablo de una realidad particular en construcción) es aquello que nos hace comunicarnos con nosotros. Que nos hace enfrentarnos a un nosotros.

 

Pero nadie nos lo dice.

 

Sólo lo descubrimos en medida de nuestro acercamiento a algún mensaje: al que sea, aunque sea mínimo. Pero es ese puente entre el leer y ser lector, el que nunca podemos ver tangible, y que nos cuesta trabajo reconocer. Sin embargo, a pesar de todo esto, habemos muchos que comenzamos a leer por “no sé qué clase de brujería”: cosas tan sencillas como tener un libro en casa. O varios. Llevar a nuestros niños a las bibliotecas, a las librerías, escucharlos leer, explicarles qué significan las palabras en nuestro mundo, y preocuparnos más por lo que sienten cuando leen que por lo que queremos que entiendan.

 

Reivindicar al libro de ese limitado papel de “aprendizaje” y “diversión”, para acompañarlo a ser nuestro amigo, nuestro guardia. Aquel que nos acompaña día y noche, en el tráfico, en el metro, en los días de sol, el que nos cuenta de cosas maravillosas o secretos aterradores:

 

Aquel en el que podemos reconocernos.
Desconocernos.

 

Dejar de hacer del libro, y el texto un bien material. Y hacerlo un amigo incondicional.

Leyendo.

 

Mi manual para la tristeza

Desde hace años tengo una tendencia a la tristeza intermitente e irracional. Así, sale de la nada, se dirige a cualquier parte y aterriza en mi sillón favorito. La mayoría de veces acepto mi tristeza, la vivo y la mantengo dentro de mi todo el tiempo que me es soportable, pero a veces me rebasa, me fastidia y prefiero animarme. Y es que hay una gran diferencia entre abrazar la tristeza y mantenerla dentro haciendo mella. Sí, todo esto es una aclaración: No huyo de mi, no taponeo mis emociones, no cubro mis dolencias. Las quiero y las acepto, pero no las mantengo más del tiempo que pareciera estrictamente necesario y así no sumirme en una espiral horrible de miseria autoinventada y destructiva.

Así que entre terapia, tratamiento y una convicción propia por no mantenerme atada a ese sentimiento, me dediqué a hacer listas tipo manuales de 10 cosas que me levantan el ánimo. Tiene mucho tiempo que hago estas listas (que también me ayudan a autodescubrirme, por cierto). Sin embargo me di cuenta que tiene tanto que las hago y tantas veces, que he desgastado las actividades que se me ocurrían y todo empieza a ser cíclico, por tanto monótono, así que termino por no resolver nada en absoluto. Hace unos días pedí ayuda en diversos grupos de apoyo de temas variados. (El grupo de Poliamor, el de Lecturas Feministas, de Sororidad, en mi grupo de amigos) y recibir diversas respuestas me entusiasmó muchísimo.

Descubrí a las muchas manos que hay afuera dispuestas a ayudar, pero también que una forma de volver a uno mismo es dimensionar esas emociones después de un tiempo, darles el tiempo y la formación adecuada para poder enfrentarlas.

El punto es que con todas las respuestas que recibí, hice más manuales con cosas nuevas y mejores formas de enfrentarme a ello. Más herramientas, caminos…
Y compañías.

En fin, si quieren las listas, las dejo aquí abajo.
Tengo link de descarga en PDF de todas las listas y también colocaré una plantilla donde puedas colocar todas las cosas para tu lista personalizada.
También tengo aquí las playlist que logré armar con las recomendaciones de todos_

Y ojalá te ayude.
¿Tienes más actividades?
Déjalas aquí abajo, seguro podemos anexarlas.

Por cierto: Si tú te sientes triste ahora, recuerda mucho mimarte bonito, darte besitos en el corazón.

 

 

Ver para leer

Mi nombre es éste y no otro, porque in-afortunadamente no elegí mi nombre, sino, me fue asignado como a todos nosotros; por mis padres. }
Mis padres, que leyeron dos textos con dos personajes tan opuestos y complementarios y que tienen el mismo nombre, que decidieron que yo fuera así: Una Mariana. 
Y así es como mi nombre contiene las historias de dos Marianas que no conozco y nunca conoceré en persona, pero que tengo la fortuna de ser como ellas. Ahora, cada que leo mi nombre me acuerdo de ellas. Y cada que mis padres leen sobre ellas, se acuerdan de mi. Y somos eso, historias y recuerdos.

Un día descubrí que si todo lo que pronuncias tiene recuerdos, tiene entonces, una historia. Y si tiene una historia, puede leerse. Todo el tiempo estamos leyendo una cantidad gigante de cosas y no nos damos cuenta. Eso incluye las etiquetas del shampoo cuando estamos en el baño, o los estados de Facebook de nuestros amigos cuando estamos “haciendo tarea”. O los twitts que revisamos en clase de química o literatura. Pero no hablo de sólo esa lectura. Antes de ello, hay otro tipo de lectura más personal, más íntima y que por ser tan constante pasa desapercibida: Leemos el mundo. Y es que, piensa en cuando tienes frío: La forma en la que los vellos de tus  brazos se erizan, como castañean tus dientes, la sensación que tiene tu piel, y así es como te explico: Estás leyendo tu cuerpo.

¿Recuerdas el aroma de la cocina de tu mamá cuando acaba de hacer sopa? Al recordar, estás leyendo tu memoria, pero cuando reconoces el olor, estás leyendo con tu olfato… ¡El aire!

Ahora, pensemos en algo que nos enseñaron desde pequeños: Antes de cruzar la calle mira a los dos lados. Así es como tus padres te enseñan a leer la circulación vial.
El último ejercicio: Piensa en las veces que te intentaste servir agua en un vaso, pero viste el garrafón casi vacío. Así lees los envases. Entonces piensa todas las infinitas formas en que leemos absolutamente todo: Los olores, colores, climas, temperaturas, texturas, formas, sabores, sonidos, tipos de flores, estados de la materia… Todo. Y si para la mayoría de lecturas, vemos… todas las cosas vemos que pueden leerse. En los álbumes lees fotos, que tienen protagonistas, historias y secretos. En las revistas lees imágenes que tienen un diseño y un producto. En las series lees a los personajes y que todos tienen un conflicto a resolver. En las películas… ¿Qué no leemos en las películas?

¿Te ha pasado que alguna vez te identificas con algún personaje de una película? ¿O que uno de ellos representa muchas cosas que son sumamente importantes para ti? ¿Que alguno de ellos hace exactamente lo que tú harías en su lugar? ¿Que lloras? ¿Que ríes? ¿Que te hace sentir un nudito en la panza o en la garganta?

Y eso sucede porque estás leyendo la película. No solo la imagen, no solo la emoción y los efectos especiales: La película misma. Esta parte, cuando te ves dentro del papel, cuando eres un personaje dentro de la película de una manera involuntaria, te vuelves parte de la película. El cómo eso afecta después tu forma de leer, pensar o ver un suceso, una posición o un objeto en el mundo, es leer. Cómo cambian tus miedos, cuando desaparecen, cuando se refuerzan, en cada instante en que cambia una idea o perspectiva para dar paso a un nuevo pensamiento… Es leer. Y esa es otra forma, cuando identificas la realidad, de la fantasía, los efectos especiales, las escenas de miedo, de tensión, de tristeza o de infinita felicidad, también estás leyendo la película. Cuando al ver el rostro de un actor entiendes que está feliz o triste. Cuando sabes que está mintiendo. Cuando su tono de voz te hace sospechar y comienza la música instrumental…

Estás leyendo una película. Yo lo descubrí en el momento en que después de ver una película me quedaba con unas ganas inmensas de reír o llorar. Y al final, cuando te sientes incómodo, satisfecho o triste, feliz, angustiado y con ganas de más, o abrumado, aburrido, ensimismado, pensativo…  Estás, a partir de la película, leyéndote.

Y es que, todo se resume a eso: Conocerte y reconocerte a partir de la forma y la capacidad que tengas de leer el mundo.

 

Funny Girl y el día que nos enseñó a renunciar

Hola, tengo spoilers


Fanny Brice, una chica Neoyorquina de la zona más deprimida de la ciudad tiene una personalidad que no se deja opacar por nada, la aspiración de ser artista en uno los shows más cotizados: llega a ser una de las Ziegfeld Follies y al lograrlo conocerá al amor de su vida… pero ¿Eso es lo único que nos comunica ésta historia?
En realidad ese es apenas el inicio del camino real de Fanny ya que descubre también que Nick (el amor de su vida) no sólo es inconsistente, además es un jugador de apuestas muy hábil. O eso creímos todos. Poco a poco, mientras Fanny asciende en el trabajo, Nick va en un declive interminable, en algún punto Nick es encarcelado por malversación de fondos.
Fanny jura que lo esperará.
Que no parará hasta poder sacarlo de allí.

Y mientras goza de una felicidad inconmensurable propia, la fama, el dinero y la dicha de poder dedicarse a todas estas cosas que siempre ha soñado, también una tristeza inmanejable por Nick: Fanny se la vive en un sube y baja emocional constante. En el punto más alto de su carrera y después de varios años Nick sale de la cárcel y va a verla a una función. Fanny canta “Who are you now?”, le dice que lo ama, que siempre va a amarlo y enseguida le pide el divorcio y el telón de fondo nos deja con la incertidumbre en los ojos.
¿Qué pasó con Fanny después? No hay forma de saberlo.

 

¿En qué sentido Fanny nos enseña a renunciar?

¿Cuántas no hemos conocido la historia de una chica súper enamorada de alguien que es tóxico para ella? Y no sólo eso, sino, nos aferramos: nos aferramos al otro, con todo y todo en nombre del amor, incluso cuando eso nos lastima, nos duele y no nos ayuda a crecer. Incluso cuando descubrimos que la relación se volvió unidireccional y por lo tanto, no existe tal relación y es que, muchas veces he visto ese patrón: Amigas, tías, jefas, primas, hermanas que son exitosas, se dedican a lo que les apasiona, aman cada día cuando despiertan y todo es feliz y perfecto hasta que llegan a la parte de la pareja y te das cuenta que enfrentan sufrimiento tras sufrimiento gratuito. Y es que, casi entraremos al círculo vicioso que es descubrir la idea del amor tan romantizada que nos han dado: por eso Funny Girl es mi favorita, rompe con la idea de “el amor todo lo soporta”. Fanny, simplemente al ver a Nick entiende que su felicidad, aquella a la que se ha aferrado y para la que ha trabajado incansablemente, ha sido producto completamente de su trabajo y esfuerzo.

De otra clase de amor del que no estamos acostumbrados:
El amor propio.
Fanny tiene el valor de pararse frente a Nick y decir: Te amo, pero no soy feliz contigo, gracias por todo.

¿Fanny es un personaje que podría ser real?

Claro: Mucho del empoderamiento que nos debemos, tanto como sociedad y como individuo es la valía de nuestra felicidad, aprender a decir “no, gracias” y desapegarnos de las cosas que no están completamente en nuestras manos. Amarnos, y aprender a amarnos con los constantes cambios, reconocer nuevas formas y fuentes de amor, aprender a ser felices, a abrazarnos y entender que la única persona que puede darte un amor incondicional y eterno, somos nosotros.

Renuncia.
Renuncia a todo aquello que te hace mal y agradece que haya existido.

 

Bonita

Sus padres en realidad no querían tener hijos, hasta que descubrieron que acababan de concebir.

Cuando su madre estaba embarazada de dos meses la mordió un perro. Y no pasó nada.
Un mes después de la mordida se cayó de sentón de una escalera, limpiando una lámpara. Y no pasó nada.
Unas semanas después, subiendo a un elevador la empujaron cuando las puertas cerraban, apretando su vientre. Y no pasó nada.

Días antes de nacer, su mamá tuvo una crisis de ansiedad donde intentó abortar. Y no pasó nada.

Cuando nació, el doctor les dijo que tenía un soplo en el corazón, que el bebé no era como los demás ni siquiera en la enfermedad, debían operarle lo más pronto posible y de no ser así, no podría correr, brincar, jugar… o caminar sin ayuda de un respirador y un tanque de oxígeno en la espalda.
La esperanza de vida era de 4 años.
Y sus padres sólo pensaron que con un tanque en la espalda, no sería bonita.

La nombraron al año de haber nacido, porque tenían miedo de ponerle el nombre equivocado y determinarla. La operaron con una cirugía de corazón abierto a los dos años: No pasó nada.

Dos días en una cama casi vertical, acomodada como lo que sus papás vieron: “una mariposa disecada”
Dormida, sin voz, sin movimiento y pensaron: “Se ve bonita.”

Tres años
Sus padres trabajan todo el día para no verla. La dejan al cuidado de una niñera. Aprende a leer. No pasa nada.

Cuatro años
No puede relacionarse con otros niños. Habla sola. Sus padres empiezan a preguntarse si hicieron bien en operarla. Le miran la cicatriz y piensan en una cirugía estética, encuentran esa marca como un mal recordatorio de que no querían tener hijos.
Procuran no tocarla en esa certeza.
La niñera le regala libros y libretas.
Entretenida y detrás de la ventana se ve bonita.

Cinco años
Comienza a tener cambios de humor espontáneos. No entienden cómo de la felicidad pasa a la rabia o a la tristeza. “Sonriendo se ve más bonita”. Piensan que sólo quiere llamar la atención y en esos momentos procuran no mirarla ni de reojo.
La mudan a un cuarto más grande, con menos juguetes y más libros.
Y no pasa nada.

Seis años
Conoce a Sabines. Sabe poemas de memoria y pregunta sobre el amor. Sus papás entienden con tantas preguntas, que tal ya no se aman. Que probablemente nunca lo hicieron.
No la abrazan; siempre está fría. Mirarla comienza a ser una carga.

Siete años
Aumentan sus cambios de humor; ahora también es agresiva. No teme a decir lo que piensa, y tampoco teme a ninguna clase de autoridad. Su volubilidad se ve también en la fuerza de su voz. Sus padres no se acercan porque le temen.
De lejos, dormida, se ve bonita.

Ocho años
Gana un concurso de oratoria. Dudan de si un día podrá ser como las demás: serena, obediente, sociable. Hace todas sus cosas sola. Autosuficiente, les dijeron los psicólogos. Se sienten satisfechos, no depende de ellos.
La dejan mucho tiempo sola.
Y no pasa nada.

Doce años
Conoce a un chico. Tiempo después es su novio. Cuando terminan, él le dice a sus amigos: “Ella no es bonita. No es como las demás.” Ella llora. Llora todo el día. Hay más cambios de humor. Rompe una ventana y se hace una cicatriz en el puño por eso.
Se da cuenta de que no amigos.

Quince años
Nadie la mira. Cuando está sola, se alza la falda para marcarse un número más en los muslos. Llora. Ensucia toallas de tela que entibia intentando recuperarse y lee a Pizarnik, a Vestrini. La encuentran en el baño. Sus papás piensan: “Con tanta cicatriz, nunca va a ser bonita”
Conoce a una chica. Desconoce lo que siente.
Y así desea que no pase nada.

Veinte años
Un papel clínico. “Trastorno Afectivo Bipolar”. La golpean e intenta defenderse, le abre la pierna a un hombre en ese ataque de ira, en el momento en que se siente indefensa, al regañarla sus padres le gritan: “Enojandote no eres bonita”
La encierran. Cuenta los días en las páginas de La campana de cristal.
Toma todas sus pastillas.
Y no pasa nada.

Veintidós años
Conoce a una chica. Reconoce lo que siente y al mirarla piensa:“No soy tan bonita”.
Va a clases de literatura y escribe cuentos que le regala a la ciudad; los deja en asientos, ventanas, manos desconocidas, bolsas, mochilas, jardines. Sus padres miran su letra. Y no es bonita.
Intenta hablar con los demás, no puede.
Y no pasa nada.

Veinticinco años
No era como las demás: Nunca lo imaginó. Nunca quiso.
Acostada, desnuda, fría, en silencio: es bonita.
Y ya no pasa nada.

El día que Jane Austen descubrió la risa crítica

Muchas veces hemos pensado en leer y escribir como parte de un proceso de desprendimiento sobre un tema, digamos: en términos de romance, se dice que si quieres olvidar a alguien escribas sobre ello y lograrás sacarlo de tu cabeza. Jane Austen escribió muchas novelas pero lejos de lo que podemos imaginar, ella escribe sobre el todo para criticar y reírse de las situaciones más no para olvidar.

Orgullo y Prejuicio, Jane Austen
Oh, very well, then.

Para ponernos en contexto: Jane Austen nació en una época privilegiada para las artes, además de ser hija de un tutor/clérigo, con lo que tuvo un acceso tanto a educación como a una posición social lo suficientemente acomodada para no tener que trabajar en el campo, sin que necesariamente pertenezca a la alta sociedad inglesa.

Aquí puedes encontrar su biografía

Su crítica sarcástica va en estos tres puntos:

Sus protagonistas no creen en el compromiso largo

Cassandra, la hermana más grande de Jane estuvo enamorada alguna vez, se comprometió con su novio, pero jamás pudo casarse y la forma de criticarlo es por medio del sarcasmo y la comicidad, ridiculizando la figura tan dura que había sobre la mujer que únicamente busca casarse y pertenecer a alguna familia con mayor estatus.

Se ríe de sí misma

También Jane estuvo enamorada alguna vez pero no logró comprometerse; ella pertenecía a un nivel económico inferior a Thomas, que aunque la amaba, no estaba permitido casarse bajo dichas circunstancias.
Posteriormente el primo de Thomas se le declara pero ella lo rechaza. De ésto se ríe con el paso del tiempo y toma esta experiencia como inspiración para un libro, donde también se da el final feliz que estaba buscando.

Critica y reivindica la figura de la mujer

Jane no permite que a sus protagonistas las eduquen únicamente en talentos:
las dota de inteligencia, astucia y razonamiento, alejándose del cliché de la mujer que sólo debe saber bordar y complacer.
Les otorga una voz y una personalidad que exige a su entorno amoldarse a sus deseos, sin despojarlas de humanidad, suponen un reto para el otro, mantienen un completo dominio de sí mismas y las situaciones sin hacerlas locas celosas o controladoras, teniendo como resutado divertidas conversaciones que entablan con otros personajes.

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