Paseos

Hay un chico que ha venido todas las tardes-noches a acompañarme cuando cierro la librería.
Sin falta saca a pasear a su perro a eso de las 8.
Está sentado en las bancas exteriores de la librería unos 30 minutos tomándose un americano.
Entonces me paga.
Va a dejar a su perro y vuelve.
Me ayuda a meter las bancas y se queda platicando conmigo sobre libros,
sobre el café, las revistas, el clima.
Sobre la vida.
De cualquier cosa que se le ocurre.

Por primera vez no siento esa necesidad latente de ser la que domina la conversación.
Tenía la peculiar sensación de escuchar atentamente su conversación sin buscar un punto por corregirle, sin necesitar un pretexto para llamar su atención. Solo me siento desinteresada por lo pequeño y escucho todo lo que puedo, procuro entenderlo, o al menos caminar al paso de sus pensamientos.
Me regaló muchas y buenas ideas. Antenoche estuvimos hablando sobre las manifestaciones que tiene el Dios particular de los individuos en la vida de cada uno.
De las casualidades y la bondad.
Pidió un americano para llevar.

 
Anoche besé a mi novia por la tarde en la puerta corrediza de la librería.
En la noche, llegó sin su perro, pidió de la forma más cortante un Espresso doble, para llevar.
Ni una palabra más.

Anoche él no volvió.

Hoy tampoco.

El des-hábito de leer.

Si he de confesar algo, es que mi familia no es precisamente una gran familia de lectores. De hecho recuerdo perfecto que cuando era pequeña, en casa solo teníamos las enciclopedias del embarazo, que mi mamá compró cuando precisamente, estaba embarazada de mi, y la enciclopedia Larousse. Y con el paso del tiempo y lo inquieta que (al parecer) he sido toda la vida, mi mamá encontró que soy muy visual y que los libros me llamaban la atención. Platicando con mi madre, descubrí que tal vez el amor por la lectura sea inherente a nuestra personalidad. A mi me daban libros para mantenerme tranquila por mucho tiempo, y era al parecer lo único con lo que lograban tener un control de mi en la mayoría de las situaciones.

Dicen que aprendí a leer antes de los 4 años.
Que a los 5 tenía una buena dicción y le leía cuentos a mi mamá, mientras ella me corregía para poder mejorar la forma en que mi voz se acercaba a los demás.

Y es peculiar: jamás vi a mi mamá o a mi papá sentarse en mi cama o en una silla, sillón -algo- a leer. No queda en mi memoria. Sin embargo sí recuerdo cómo mi mamá comenzó a comprar para mi, todo tipo de libros que encontraba. Aprendí a atarme los zapatos con un libro. Aprendí a tender mi cama con un libro. Aprendí a dibujar con un libro.

Y al mismo tiempo recuerdo perfecto los paseos a ferias del libro, donde quería todo, pero no podría llevarme nada.

“Solo venimos a ver” decía mamá. Y con eso me bastaba para quedarme con el pleno antojo de absolutamente todo lo que vendían. Que bastaba para maldecir el momento en que me había gastado todo mi domingo en abejitas y no ahorrando para al menos un libro.

Y es que, veo perfectamente entre mis pensamientos que mi abuela tenía unas historietas en su casa, que casi no me dejaba leer mi mamá, porque hablaban sobre una chica de pueblo que llegaba a la ciudad y vivía todas estas situaciones dramáticas. Que cuando iba a su casa, en lugar de salir al patio a jugar y correr, me quedaba en una silla, pegada al estéreo, leyendo esas historietas.

Con el paso del tiempo me di cuenta de algo importante:
aunque a veces no me guste aceptarlo, mis papás me conocen bien. Bastante bien. Y se han preocupado por fomentar en mi hábitos que consideraban benéficos y me llamaban la atención aunque ellos no los tuvieran.

Tal vez ese sea el punto.
Empezar a fomentar en nosotros y en los otros la actividad constante en las cosas que amamos, y no en las cosas que queremos que los demás amen. ¿Y si nos quitamos el hábito de querer hacer que lean, y fomentamos más el auto-descubrirnos para amar? Porque, tal vez nuestro error como educadores en casa es querer que nuestros niños hagan algo específico, les quitamos todo el amor para volverlo tedio.

¿Por qué no mejor, aprendemos a leer a las personas, antes de enseñarles a leer textos?
¿Y si nuestro problema es querer que amen lo que nosotros, sin preocuparnos por lo que ellos aman genuinamente?

No sé, se me ocurría.

 

(Ll)Orar.

Solo una vez he estado en un templo orando.

Una vez.

Y es que las cosas empezaron a ser tan complicadas durante un gran y largo tiempo. De pronto me percaté de las estrías que comenzaba a tener en mi cadera, de lo mucho que había perdido en un lapso casi insignificante y del caos que provoqué con silencios y medias palabras. Con dudas. Indecisiones.
De pronto me vi sumergida en una espiral interminable de consecuencias con las que sentí que no podía seguir, ni siquiera intentar continuar.

Me vi, en un templo, sobre mis rodillas y mis muñecas, orando en mi cabeza y llorando como si no hubiera un mañana.
(Ll)oré por mi, por mi pasado, por mis heridas, por todas las cosas en el mundo que me habían dolido y jamás acepté. Hasta que tuve el valor de mirarme a los ojos y enfrentarme.

(Ll)Oré por mi. Por lo miserable que había sido vivir mi vida sin hacerme caso, por abandonarme y dejarme caer siempre en función de alguien más. De algo más. De una otredad que nunca encontré. Porque busqué tanto tiempo algo afuera, cuando en realidad estaba dentro de mi. (Ll)Oré porque quise estar mejor, porque empecé a sentir que merecía estar mejor. Que la “yo” que era no era yo. (Ll)Oré deseando poder estar mejor de lo que podría imaginar, deseando salir del infierno que solita me había levantado.

 

Y respiré. Mucho.
Por primera vez en mi vida comencé a respirar profundo y por mi. Porque quería estar viva.

Respiré mucho y de verdad.

Allí me dí cuenta que aguantaría todo menos aventarme al precipicio.
Que ya sé qué es mi vida sin mi. Y no lo quiero de nuevo.
Me escribo esto para recordarme que las cosas han estado mal, que podrían estar de nuevo así, pero que en este momento, he salido de ese lugar y que en definitiva puedo volver a hacerlo. Que a veces hay que disfrutar nuestros infiernos, abrazar a mis demonios, a mis miedos: que no debo ni quiero intentar cambiarme en función a algo/alguien que no sea yo. Que huir de mis pesares es huir de mi. Que ahora necesito aprender a decir que no sin sentirme culpable.

Porque sí, suena aun cliché chafísima decir que si no te amas no puedes amar, pero hoy sé y entiendo que para poder querer, necesitas cuidarte, porque toda emoción, sentimiento y percepción es un tipo eco que resonará por siempre en todas las personas que conoces y tocas: por superficial y breve que sea el encuentro. Todo lo que sientes es lo que eres, lo propagas, crees y creas.

 

Así hoy, respeto mis errores. Los amo y los abrazo. Los beso y en mis momentos de debilidad suelo asirme a ellos, confiando en que sean lo mejor que pueden haberme pasado.
Cada acierto y cada error, cada paso andado y vuelto es lo que me hace ser yo.
Y así amo a esa mujer del espejo.
Y le beso las cicatrices.