Funny Girl y el día que nos enseñó a renunciar

Hola, tengo spoilers


Fanny Brice, una chica Neoyorquina de la zona más deprimida de la ciudad tiene una personalidad que no se deja opacar por nada, la aspiración de ser artista en uno los shows más cotizados: llega a ser una de las Ziegfeld Follies y al lograrlo conocerá al amor de su vida… pero ¿Eso es lo único que nos comunica ésta historia?
En realidad ese es apenas el inicio del camino real de Fanny ya que descubre también que Nick (el amor de su vida) no sólo es inconsistente, además es un jugador de apuestas muy hábil. O eso creímos todos. Poco a poco, mientras Fanny asciende en el trabajo, Nick va en un declive interminable, en algún punto Nick es encarcelado por malversación de fondos.
Fanny jura que lo esperará.
Que no parará hasta poder sacarlo de allí.

Y mientras goza de una felicidad inconmensurable propia, la fama, el dinero y la dicha de poder dedicarse a todas estas cosas que siempre ha soñado, también una tristeza inmanejable por Nick: Fanny se la vive en un sube y baja emocional constante. En el punto más alto de su carrera y después de varios años Nick sale de la cárcel y va a verla a una función. Fanny canta “Who are you now?”, le dice que lo ama, que siempre va a amarlo y enseguida le pide el divorcio y el telón de fondo nos deja con la incertidumbre en los ojos.
¿Qué pasó con Fanny después? No hay forma de saberlo.

 

¿En qué sentido Fanny nos enseña a renunciar?

¿Cuántas no hemos conocido la historia de una chica súper enamorada de alguien que es tóxico para ella? Y no sólo eso, sino, nos aferramos: nos aferramos al otro, con todo y todo en nombre del amor, incluso cuando eso nos lastima, nos duele y no nos ayuda a crecer. Incluso cuando descubrimos que la relación se volvió unidireccional y por lo tanto, no existe tal relación y es que, muchas veces he visto ese patrón: Amigas, tías, jefas, primas, hermanas que son exitosas, se dedican a lo que les apasiona, aman cada día cuando despiertan y todo es feliz y perfecto hasta que llegan a la parte de la pareja y te das cuenta que enfrentan sufrimiento tras sufrimiento gratuito. Y es que, casi entraremos al círculo vicioso que es descubrir la idea del amor tan romantizada que nos han dado: por eso Funny Girl es mi favorita, rompe con la idea de “el amor todo lo soporta”. Fanny, simplemente al ver a Nick entiende que su felicidad, aquella a la que se ha aferrado y para la que ha trabajado incansablemente, ha sido producto completamente de su trabajo y esfuerzo.

De otra clase de amor del que no estamos acostumbrados:
El amor propio.
Fanny tiene el valor de pararse frente a Nick y decir: Te amo, pero no soy feliz contigo, gracias por todo.

¿Fanny es un personaje que podría ser real?

Claro: Mucho del empoderamiento que nos debemos, tanto como sociedad y como individuo es la valía de nuestra felicidad, aprender a decir “no, gracias” y desapegarnos de las cosas que no están completamente en nuestras manos. Amarnos, y aprender a amarnos con los constantes cambios, reconocer nuevas formas y fuentes de amor, aprender a ser felices, a abrazarnos y entender que la única persona que puede darte un amor incondicional y eterno, somos nosotros.

Renuncia.
Renuncia a todo aquello que te hace mal y agradece que haya existido.

 

Bonita

Sus padres en realidad no querían tener hijos, hasta que descubrieron que acababan de concebir.

Cuando su madre estaba embarazada de dos meses la mordió un perro. Y no pasó nada.
Un mes después de la mordida se cayó de sentón de una escalera, limpiando una lámpara. Y no pasó nada.
Unas semanas después, subiendo a un elevador la empujaron cuando las puertas cerraban, apretando su vientre. Y no pasó nada.

Días antes de nacer, su mamá tuvo una crisis de ansiedad donde intentó abortar. Y no pasó nada.

Cuando nació, el doctor les dijo que tenía un soplo en el corazón, que el bebé no era como los demás ni siquiera en la enfermedad, debían operarle lo más pronto posible y de no ser así, no podría correr, brincar, jugar… o caminar sin ayuda de un respirador y un tanque de oxígeno en la espalda.
La esperanza de vida era de 4 años.
Y sus padres sólo pensaron que con un tanque en la espalda, no sería bonita.

La nombraron al año de haber nacido, porque tenían miedo de ponerle el nombre equivocado y determinarla. La operaron con una cirugía de corazón abierto a los dos años: No pasó nada.

Dos días en una cama casi vertical, acomodada como lo que sus papás vieron: “una mariposa disecada”
Dormida, sin voz, sin movimiento y pensaron: “Se ve bonita.”

Tres años
Sus padres trabajan todo el día para no verla. La dejan al cuidado de una niñera. Aprende a leer. No pasa nada.

Cuatro años
No puede relacionarse con otros niños. Habla sola. Sus padres empiezan a preguntarse si hicieron bien en operarla. Le miran la cicatriz y piensan en una cirugía estética, encuentran esa marca como un mal recordatorio de que no querían tener hijos.
Procuran no tocarla en esa certeza.
La niñera le regala libros y libretas.
Entretenida y detrás de la ventana se ve bonita.

Cinco años
Comienza a tener cambios de humor espontáneos. No entienden cómo de la felicidad pasa a la rabia o a la tristeza. “Sonriendo se ve más bonita”. Piensan que sólo quiere llamar la atención y en esos momentos procuran no mirarla ni de reojo.
La mudan a un cuarto más grande, con menos juguetes y más libros.
Y no pasa nada.

Seis años
Conoce a Sabines. Sabe poemas de memoria y pregunta sobre el amor. Sus papás entienden con tantas preguntas, que tal ya no se aman. Que probablemente nunca lo hicieron.
No la abrazan; siempre está fría. Mirarla comienza a ser una carga.

Siete años
Aumentan sus cambios de humor; ahora también es agresiva. No teme a decir lo que piensa, y tampoco teme a ninguna clase de autoridad. Su volubilidad se ve también en la fuerza de su voz. Sus padres no se acercan porque le temen.
De lejos, dormida, se ve bonita.

Ocho años
Gana un concurso de oratoria. Dudan de si un día podrá ser como las demás: serena, obediente, sociable. Hace todas sus cosas sola. Autosuficiente, les dijeron los psicólogos. Se sienten satisfechos, no depende de ellos.
La dejan mucho tiempo sola.
Y no pasa nada.

Doce años
Conoce a un chico. Tiempo después es su novio. Cuando terminan, él le dice a sus amigos: “Ella no es bonita. No es como las demás.” Ella llora. Llora todo el día. Hay más cambios de humor. Rompe una ventana y se hace una cicatriz en el puño por eso.
Se da cuenta de que no amigos.

Quince años
Nadie la mira. Cuando está sola, se alza la falda para marcarse un número más en los muslos. Llora. Ensucia toallas de tela que entibia intentando recuperarse y lee a Pizarnik, a Vestrini. La encuentran en el baño. Sus papás piensan: “Con tanta cicatriz, nunca va a ser bonita”
Conoce a una chica. Desconoce lo que siente.
Y así desea que no pase nada.

Veinte años
Un papel clínico. “Trastorno Afectivo Bipolar”. La golpean e intenta defenderse, le abre la pierna a un hombre en ese ataque de ira, en el momento en que se siente indefensa, al regañarla sus padres le gritan: “Enojandote no eres bonita”
La encierran. Cuenta los días en las páginas de La campana de cristal.
Toma todas sus pastillas.
Y no pasa nada.

Veintidós años
Conoce a una chica. Reconoce lo que siente y al mirarla piensa:“No soy tan bonita”.
Va a clases de literatura y escribe cuentos que le regala a la ciudad; los deja en asientos, ventanas, manos desconocidas, bolsas, mochilas, jardines. Sus padres miran su letra. Y no es bonita.
Intenta hablar con los demás, no puede.
Y no pasa nada.

Veinticinco años
No era como las demás: Nunca lo imaginó. Nunca quiso.
Acostada, desnuda, fría, en silencio: es bonita.
Y ya no pasa nada.