Celos Nivel 10

Siempre supe que era celosa.
No me gustaba que la gente que conocía estuviera con otras personas que no fuera yo, me sentía abandonada. Si alguien replicaba mis ideas, pensamientos o sentimientos en otros lugares lo sentía como un robo, y simultáneamente una traición.
Lloraba muchísimo cuando soñaba que la gente que quiero se iba.

Jamás había sido celosa con G porque nunca había sentido ese miedo.
La primera vez que sentí sospecha, fue porque en su trabajo conoció a una chica super bonita, inteligente y que se dedicaba a la misma área que él. Cada vez que hablaba de ella, el se veía genuinamente emocionado y yo completamente amenazada, pero nunca dije nada.
Hasta que un día, por casualidad me enseño una foto de ella que él le había tomado. Y sentí como todo se me caía en pedazos por dentro: las sensaciones físicas fueron -Frío -Vacío en el estómago -Nudo en la garganta -Llanto llenándome los ojos. G se dio cuenta y me preguntó por qué me sentía así.

Se lo dije todo.
Le dije como me sentía con la foto, como me sentía respecto a ella y porque lo sentía. Él me dijo que no era nada y yo le creí. Decidimos cambiar algunas cosas sobre nuestra relación.

Descubrí que mis celos son autolesivos en el sentido más literal del concepto el día Cero: me dijo que amaba a otra chica. 
Esta vez mis sensaciones no sólo fueron las pasadas. También sentí como mi útero se ponía muy duro, mi fuerza abandonaba a cada extremidad y literalmente podía sentir cómo el corazón se me rompía en pedazos. El pecho me quemaba, ni todo el aire del mundo podía evitar que me asfixiara en una vorágine de pensamientos que me gritaban que claro, que alguien como yo nunca iba a poder ser “suficiente” para alguien como él. Que por supuesto que se iba a enamorar de otras personas porque yo jamás cabría en ese espacio, que me quedaba grande, que era yo poquita cosa.

Según yo, había creado mi relación con G fuera de los parámetros y estereotipos de una relación. Ese día me di cuenta que no, que de hecho se parecía muchísimo a todo aquello que había criticado por tanto tiempo de otros y de mi en otras relaciones.

Lo peor que pude hacer cada vez que salía el tema, era vomitar. Dejar que la angustia me consumiera hasta hacer de mi un fantasma. Herirlo en mi dolor y dejar que mi dolor me lastimara físicamente. Acepté traspasar límites que no sabía que tenía. Permití pasar por encima de mis necesidades en el deseo de ser “suficiente” para alguien más. Lloré hasta que me sequé. Grité. Le reclamé cada error (real o imaginario) y jamás lo escuché. Pase seis meses de mi vida ahogada en llanto, vómito y una sensación constante de fracaso y menosprecio que a veces lograba mitigar, pero que constantemente estaba allí haciéndome la vida imposible. Deje de rendir en mi trabajo, dejó de gustarme lo que hacía. No podía dormir, a penas podía comer. Tomaba agua sólo para llorarla durante el día siguiente. Intentaba evitar llegar a casa y al mismo tiempo procuraba pasar el mayor tiempo posible allí porque era mi lugar seguro. Dejé de hablar con mis amigos, paré mi terapia y boté mis medicamentos en pleno rush de pensamiento del amor meritocrático.

Hace años tuve un problema con un trastorno de alimentación (Mia) por problemas de autopercepción. Y es que vomitar mi hacía sentir que al final después del dolor no había nada. Pensaba que tal vez comiéndome mis problemas podría mitigarlos. Y no pasaba. Entonces vomitaba, para ver si mi jugo estomacal lograba desaparecer el nudo en la garganta que no se quitaba con ningún gesto de amor o autocompasión.

 

En esta época, Mia volvió a mi vida de una forma super involuntaria. Pero estaba allí, detrás de cada esquina, en cada guiño, a cada paso, en cada respiración: nunca me dejaba sola.

Hice dos o tres escenas dentro de casa: pelear por cualquier cosa, gritar, llorar y reclamar a la más mínima provocación cualquier cosa que tuviera que ver con otras personas que no fuera yo. Llegué a querer manipularlo. Llegué a querer obligarlo a no moverse sin mi. Me expuse al peligro muchas veces, muchas otras ni siquiera me daba cuenta. Quise romper cosas. Quise apuñalar sillones y colchones, moría por realizar el impulso frenético de romper ventanas, vasos y todo aquello que resultara en un estruendo. Pero solo podía llorar. Solo podía suplicar por un día volver a ser querida “como antes” ¿Qué me detenía? Aún no estoy segura, pero recuerdo que desde entonces el pensamiento que me perseguía es que yo no quería ser esa persona.

Un día nos planteamos las soluciones extremas. Ese mismo día decidí que era suficiente de llorar y lastimarme por algo que no me correspondía ni cabía en mis responsabilidades. Barajamos la posibilidad de terminar si todo esto me lastimaba de manera tal que no pudiera enfrentarlo. Y había decidido que no quería seguir así. Pensando en salir de esa situación, busqué un terapeuta. La parte graciosa es que mientras me iba sanando, también conocí a otra persona con la que me sentía muy feliz e identificada: me enamoré. Pero aún estaba con G y quería seguir con él.

La decisión fue super difícil, pero hoy creo que es la mejor que he tomado: decidí volver a confiar en nuestra relación, a rehacerla desde cero. De poner claros los límites y necesidades de cada uno. Sabía que quería seguir a su lado, que era muy feliz en su compañía y que yo era más grande que esto, al final de esta situación, lo único que nos quedaba era ser honestos o morir. Elegí, obviamente, la honestidad.

Y mientras tanto, empecé a tener una relación con A. G siempre supo de A.
A siempre supo de G. Y así, a ciegas, me aventé a intentar entender que el mundo no podía ser malo si todos eramos honestos.
Si todos eramos acompañantes.
Que estamos con el otro en medida de nuestras posibilidades y capacidades.

No mentiré ni diré que ya se terminó y soy perfecta y no siento celos: Claro que no. Los sigo sintiendo, a veces se instalan en mi cabeza. Pero ahora lo digo. Encontré un mecanismo con G (Y que voy a replicar con A, pero esa es otra historia para otro lunes) para poder aminorar mis reacciones emocionales, y es describir primero que siento físicamente antes de que se vuelva una emoción. Si puedo detener los pensamientos y las sensaciones antes de que se cree el hoyo en mi pecho, ya tengo la mitad hecho, no se me hace nudo en la garganta y puede que quiera llorar un poco pero es mucho menos complejo que las primeras veces. Y el segundo paso lo que hago es empezar a preguntarme si lo que sentí como celos son realmente celos, o si son pena, tristeza, enojo, miedo al abandono o qué. Y eso me ayuda a preguntarme cosas sobre mi que no siempre son tan sencillas de percibir sin esas experiencias.

Al final de esos seis meses de lluvia sobre ropa mojada, y otro año y medio de momentos raros y un poco incómodos pero cada vez menos dolorosos terminé convencida

El problema no son los celos, el problema es qué haces con ellos.

 

El eterno retorno

Me queda claro que cada uno tenemos un tema al que de una u otra forma volvemos constantemente. La mía tiene que ver muchísimo con mi vientre, mi estómago y las cosas que no he podido hacer.

Todo lo que siento se refleja en mi estómago. Todo. Quiero decir, si estoy feliz, triste, enojada, el primer lugar donde lo percibo es mi estómago y mi vientre. Lo que me ha traído problemas en muchos sentidos: desde una nada maravillosa gastritis, reflujo, dolores de panza, hasta náuseas y vómito de los nervios o la preocupación. Y también va de la mano con mis ciclos del trastorno, usualmente cuando soy más sensible a la tristeza o tengo mi períodos de depresión, tengo más náuseas y vómitos.

Estas dos últimas semanas he tenido más conflictos con mi estómago y también así me di cuenta que mi estado de ánimo estaba cayendo en picada. Los últimos tres días han sido un dolor en el alma de tantas naúseas que tengo. Antier fue un día muy peculiar, tenía un compromiso sumamente importante para mi, y antes de ir a ello, por mi cabeza cruzó que tal vez estaba embarazada. En el fondo sabía que no podía estarlo: siempre me he cuidado muchísimo y por otra parte, mis posibilidades al respecto son mínimas incluso sin cuidarme.

Ayer, por razones que desconozco, tres personas cercanas a mi y que no tienen relación entre ellas me preguntaron si estaba embarazada, mi respuesta automática fue un “No, me estoy cuidando mucho” A lo que las tres personas me hicieron un comentario genérico: “Eso decía (inserte aquí a alguien de sus conocidos) y salió embarazada con todo y su (inserte aquí método anticonceptivo)

Esto me llenó de paranoia. Saliendo del trabajo corrí a una farmacia por una prueba casera de embarazo. Y en cuanto la pagué, sentí que era una completa estupidez porque no hay una sola forma en que en mi estado, pueda tener un bebé. A esto, además, hay que sumarle que en mi trabajo todos los días veo a una bebé preciosa a la que por ratitos me toca cuidar, mimar y distraer, cosa que me ha puesto súper en contacto con el pensamiento de la maternidad. Y aunque siempre me digo “aaay, no, ya para qué” hay muchas noches en que, acostada en la cama, sí pienso: “Igual y sí estaría padre”

Volvieron a mi todas las preguntas que me hice desde el día 1 en que supe que mi situación era compleja. ¿De verdad quiero tener un bebé? ¿Cuánto del que quiera tener un bebé es porque quiero y cuánto es por presión social? ¿Cuánto me he convencido de que no “quiero” porque en realidad -no puedo-? ¿Quiero porque de verdad lo considero un deseo o sólo porque sé que no me sería tan sencillo? ¿Porqué la gente para cualquier malestar piensa en un bebé?

Sentada, frente a la mesa con la prueba de embarazo cerrada, sabía perfectamente que en esta ocasión, todos mis pensamientos al respecto los detonó la presión social. Me sentí ridícula además, sabiendo que todo se me va al estómago y que me he estado comiendo de a poquitos mis preocupaciones y mis miedos.

E intento, todos los días ser bien fuerte y decir: Estoy segura, esto pasará, no es tan relevante. Pero conforme pasan los años, me lo preguntan cada vez más, y me lo pregunto cada vez más. En días como hoy, no sé que hacer.

 

Y sólo puedo confundirme para escribir.