Salir del clóset

Hace tiempo fui a ver a mi madre y platicamos sobre cosas que nunca le había preguntado. Entre la conversación dijo algo respecto a otras personas que me hizo sentir muy tranquila. Pero vamos a contar esta historia despacio:

Cuando le conté a mi mamá sobre la no monogamia, lo primero que me dijo fue: No estoy de acuerdo, a mi me parece que si su relación ya no funciona entonces deberían terminar. Pero no sé qué decirte, si a ti te funciona está bien, yo debería estar acostumbrada a que siempre rompas mis esquemas y hagas las cosas diferentes.

También le dije que me gustan las mujeres, le pregunté si en algún momento lo había sospechado (con eso de que las mamás lo saben todo, pues igual y ella ya sabía y como siempre la que intentaba verse la cara de tonta era yo solita) Y entonces ella me dijo que nunca se habría dado cuenta porque siempre me gustó vestir de ciertas formas y hacer ciertas cosas y que jamás se imaginó que fuera diferente.

Me quedé callada.

Con el tiempo, la no monogamia es algo que casi no tocamos. Yo le cuento de mis dos vínculos, como para las dos irnos acostumbrando a que el tema existe y a que los dos vínculos son importantes para mi en sus variantes, momentos y significados. Ella regularmente no dice mucho, sólo sonríe amablemente o se queda callada.
La última vez que fui a comer a su casa, hablábamos de algunos de sus amigos y la relación de pareja que tienen: es mucho nuestro tema de conversación porque a mi no me caen bien pero son los mejores amigos de mi madre, así que siempre están en la mesa, lo sorprendente con el tiempo es que ambas tenemos percepciones muy similares a la de la otra respecto a ellos y justo nuestras experiencias nos hacían quedarnos o no. Evidentemente yo decidí no quedarme. El punto es que la hacer observaciones sobre su relación y lo que aprendíamos de ellos y cómo lo aplicamos para nosotras, ella me dijo algo que me hizo sentir mucho más cómoda porque es algo que de alguna forma también habla de mi.

 

“Las relaciones son personales y no le incumben a nadie más. A cada pareja les resultan bien cosas diferentes y es algo sobre ellos. No tiene que gustarme y si sus acuerdos son así y ellos son felices, lo que yo opine o no, no importa”

Entonces me volvió el alma al cuerpo de muchísimas maneras. Me sentí feliz e incluída, pero sobre todo, me sentí tranquila. Tranquila de poder compartirle poquito a poquito cada vez más de lo que siento, quiero y espero, con menos miedo de que me juzgue o me señale.
Algo que aprendimos las dos cuando me salí de su casa es que no soy una extensión de ella y que ninguna de las dos tiene la obligación de ser lo que la otra quiere, porque al final, la vida que cada uno vive es propia. Y cada uno, por más que se entrelace en la vida de otros, se encuentra en una individualidad bien cabrona que no puedes desarticular, pero la conciencia de ella te lleva a tomar decisiones de una forma diferente, más meditada, mucho más asertiva y a largo plazo. A tomar mejor las cosas a corto plazo.

Entonces dejas de emitir opiniones que no te pidieron y a autocriticarte.
¿Y saben qué?

Se siente bien rico hablar de dos vínculos sin miedo y saber que aunque los demás no lo vean, estás creciendo. Que aunque no lo veas, los demás también están cambiando.

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La Malcogida y el sexting

Dentro de las muchas preguntas que me he hecho para con mi sexualidad, no es sólo mi preferencia (que además he descubierto que es como un interruptor que puedo modificar a voluntad) sino también las prácticas que tengo al respecto. Y es que hablando únicamente del sexo hetero: hace mucho aquello del mete-saca se me ha quedado corto para sentirme satisfecha, a veces si quiera cómoda.También no es secreto que soy súuuuper delicadita para compartirme sexualmente con alguien y es que le tengo un TERROR a las infecciones y enfermedades: una vez en mi vida he tenido una infección vaginal y con esa he tenido para ser sumamente cuidadosa y fijada todo el tiempo.

Inherentemente pienso en todas las personas con las que indirectamente estoy teniendo un contacto sexual con alguien nuevo y recuerdo en que la mayoría de las “protecciones” son en realidad anticonceptivos. Tampoco es noticia estelar la renuencia que muchas personas tienen por los condones y porque quitarse el condón es signo de confianza. Con lo que, teniendo un panorama bien claro de lo que veo, es bastante notorio el porqué el mete saca me queda corto y porque soy tan mamona.

Pero sobre todo: me enfada la idea de que tanto esfuerzo por salir de mi casa para ni siquiera quedar satisfecha. Porque además es algo que me ha pasado incluso con parejas estables con las que hay una comunicación y conocimiento del otro. Y la última: me desespera que mucha gente coja para llegar a un orgasmo, cuando hay un panorama súper amplio y mucho más allá de los 15 segundos que dura -ese- placer: como si fuera el único o el objetivo. Creo que a mi, me gusta más ver y sentir cuerpos, entenderme con ellos.

De cualquier forma en algún momento lo intenté: ser más abierta porque demandarle todo a una sola pareja está horrible y es egoísta. Así que descargué una app, empecé a buscar, hice varios matches con hombres y sólo a dos les dí mi número de whatsapp después de muuucho rato platicando en la app y viendo que me caían bien y que no eran patancillos. Hablando por whatsapp súper respetuoso todo el asunto, me dejaron en claro que ellos no harían ningún movimiento a menos que yo diera una pauta explícita para eso, y que no me preocupara. Así que he confiado. Han pasado varias semanas y aunque la comunicación no es constante, seguimos platicando. Todo bien.
Un día de estos en los que estaba súper horny y ni quién me aguantara, intenté hacer una sugerencia al respecto a uno de estos morros: el que me caía mejor y con el que tengo debates y pláticas mucho más intensas en plan debate o discusión. En algún punto de esas conversaciones empecé a sentir una especie de atracción sexual por él, y es que haré un paréntesis muy cagado, me he dado cuenta que me súper calienta debatir con el otro siempre y cuando me deje una posición donde tenga que replantearme mucho de mi discurso. Sino existe ese punto, probablemente sólo haya tenido una muy buena plática. Total, empecé a sentir eso con este man. Hice la sugerencia de que tal vez sería divertido sextear un rato y ver qué pasaba. Pensé también en: wey, otra vez va a empezar mi etapa súper sexual y ya he tenido conflictos por eso, mejor evitarlo y tomar alternativas de una vez.
Paréntesis dos: no es la primera vez que sexteo con alguien desde mi no-monogamia. Usualmente es con una de mis parejas y es bastante divertido, lo disfruto mucho y es súper chido. Sin embargo cuando llegué a hacerlo con extraños fue bastante… deprimente.
Al final: este dude aceptó. Y empezamos a “sextear” y oh, sorpresa. Una vez más fue angustioso, triste y rápido. No importaba la manera en que yo intentara sacar miles de eufemismos, figuras retóricas, imágenes bastante cercanas a lo que quería y pensaba, no podía sacarle nada más que un “quiero cogerte, penetrarte muy duroSe acabó la magia después de dos minutos. Los dos minutos más largos y aburridos de mi vida sexual. Recordé las experiencias que he tenido con extraños y siempre me ha dejado al final esa sensación rara: No saben hacer otra cosa. No conciben el placer si no está en su glande. Su placer radica en saber que “la tienen más dura” “más grande” y pueden “metertela muy rápido” Se vienen y termina. No hay un coqueteo. No hay un juego al respecto, deja de ser lúdico a ser únicamente la búsqueda de un orgasmo. Y no hay nada que me aburra más que eso, porque verás, para eso tengo mis vibradores, que solita me llevo en dos minutos a gritar como foca y retorcerme como playera en centrifugado.

Pensé también en algún momento en que tal vez era yo que soy taaan de lenguaje y no me despego de ello y que debería ser más flexible.
Pero ¿flexible en qué?
Me siento como un bicho raro y no tengo por ahora más herramientas para abrirme a estar con más personas, por más que le pienso, se me ocurren únicamente variantes a esta. A veces siento que estoy súper mal y que hay algo equivocado conmigo. La parte más horrenda es que siempre veo memes respecto a weyes jalándosela mientras sextean y morras aburridísimas viendo tele o a punto de dormirse.¿Soy/somos demasiado exigente(s) o sólo estamos acostumbrados a malas/aburridas prácticas?
Y algo en mi cabeza me dice: Eso te pasa por meterte con heteros, pero ¿Qué hago si también me gusta?
Con todo esto: 1) haré una playera que diga MALCOGIDA y dejaré de verlo como un insulto a mi (como culturalmente está estructurado) a ser un grito por nuevas y mejores prácticas sexuales. 2) Usaré el sexting como otra herramienta de filtro.

La piel

De los cuestionamientos que nunca me había hecho fueron mis preferencias sexuales. “Siempre supe” que me gustaban los hombres. Soñaba con ellos, fantaseaba con sus cuerpos, figuras, contornos y proporciones (Qué puerca, sí y qué) // Conforme crecí, también fantaseaba con tenerlos sobre mi cuerpo, debajo, dentro. No mucho después los experimenté. Mucho tiempo ensucié baños, sábanas, closets, rincones. Muchas veces me trataron mal. De tres, dos me maltrataron de alguna forma. A veces no quería y aún así lo intentaba. Por no perder la costumbre, porque en el fondo quería validar el amor que sentían por mi a partir del roce de mi piel. Ya sabes, como en todas las películas románticas que vimos todos alguna vez.

Después de muchos, muchos años, empecé a coquetear con la idea de guiñarle un ojo a una mujer. De respirar cerquita de su oreja y ver cómo se erizaba su piel igual que la mía. A dejarme desear y conocerme a partir de otra mujer. A tomar su mano y entonces ver el mundo desde la compañía de alguien con la misma corporalidad y experiencia. A veces me daba “curiosidad” ver cómo se acostaban las mujeres entre ellas y me daba permiso de “educarme” viendo videos porno de tijeras y gemidos que aunque me calentaban, nunca terminaban de convencerme.
No he contado esta parte de la historia porque en realidad también es la primera vez que me la cuento: En este momento me reconozco mirando los hombros estrechos y puntiagudos de una mujer de cabello largo, espeso, negro y rizado: justo el tipo de cabello que siempre soñé en mi, mientras intento dar indicaciones de una actividad en el trabajo. Me reconozco además, pensando en pasar mis dedos despacio por una cintura que desconozco y que sólo puedo imaginar a ratos, en pedazos, sin expectativas. Me esmero sobre todo en sacar el pensamiento de mi cabeza porque, bueno vamos, jamás me había gustado antes una mujer así que ¿Qué clase de locura estoy pensando?
Y me encuentro entonces con esa mujer que me desvaría y me hace cuestionarme dos cosas simultáneamente 1) si es verdad que no creo en el amor libre o si en realidad sólo me duele la forma en la que lo estoy descubriendo 2) Si es verdad que las mujeres no me gustan. Y empiezo una lucha conmigo y con todo aquello que me enseñaron. Afortunadamente, un grupo de otras mujeres con esas experiencias me salva, me arropan y me enseñan. Me aceptan sin preguntar, me orientan y me hacen preguntas, me regalan respuestas.
Acepto así la idea del amor simultáneo, con la intención de darme una oportunidad de amar a alguien en mis mismas condiciones, capacidades y opresiones. Me permito involucrarme con ella, enredarme en ella y entonces hacerla parte de mi vida, de a poquito para no lastimarnos, descubriéndonos, deshaciéndonos y reinventando todo lo que ya creía conocer. Con un lapso en medio, me veo deseando sus manos en mi piel y sus labios en mi clavícula. Descubro también que hay formas menos convencionales en las que siento placer. Encuentro que el sexo no necesita tener penetración y la vida me hace ruido en muchísimos sentidos, me descubro vacía de experiencias pero al mismo tiempo valido cada uno de mis encuentros, entonces nada cuadra: Empiezo a cuestionarme, ahora sí, todo el pensamiento hetero respecto al sexo. ¿De verdad sólo me gustan los hombres? ¿De verdad todas las relaciones sexuales necesitan un pene? ¿sólo siento placer desde las manos de alguien que no siempre me sabe encontrar? ¿El foreplay existe?
Empiezo a desdoblarme. A encontrar cada esquina de estos límites que alguien de alguna forma me enseñó en su momento como la palabra sagrada de un dios que no (re)conoce ni legitima un

orgasmo que no sea el propio. Y me dejo llevar a las manos de una mujer de cabello negro, largo, rizado y espeso. Miro los límites de mi placer expandirse como esponja. Encuentro verdades inamovibles en ese encuentro: La amo. Me ama. Nos respetamos. Nos cuidamos. Nos entendemos. Nos descubrimos. Nos encontramos. Encontramos que la piel se vuelve ese lienzo en el que todo pasa y nada se queda visiblemente impregnado, aunque la experiencia táctil se reviva en el recuerdo. Los límites de mi piel quedan desdibujados a partir de unas nuevas manos que me tocan y me descubren a un ritmo diferente. Acepto y entiendo que mi placer tiene muchas diferencias, experiencias y vivencias.
Me arraigo a las manos de un hombre noble que han sabido tocarme con respeto, dignidad y amor. Me arraigo a las manos de una mujer que han sabido tocarme con paciencia, tranquilidad y deseo.
Descubro entonces que mi piel no está determinada por todos esos miedos que alguien me enseñó cuando era niña. Que tocarme jamás estuvo mal. Que desear cuerpos de hombres es algo que me gusta, que deseo y encuentro parte de mi hábito. Que desear cuerpos de mujeres también es parte de mi.
Y me quedo, aquí, viendo cómo mi deseo se mueve de un lado a otro, sin que ninguna de las llamas se extingan o se aminoren. Me veo con las manos desafiantes por una cercanía. Me encuentro agradecida de tener la oportunidad y la experiencia. Confío en mi intuición.

¿Aprendemos a leer para ser lectores?

¿Alguna vez te han enviado de tarea ayudar a leer a alguien? O en su defecto ¿Te dejaron de tarea leer algo? (aunque sea una vez, aunque sea hace tiempo)

Y es que, pareciera que el mayor fomento a la lectura que se ha hecho en niveles generales es ayudarnos a memorizar letras, palabras, definiciones, o formar frases complicadas y repetir incansablemente dichos que a veces sólo creemos saber que entendemos. Y así avanzamos los primeros años; los más importantes, leyendo letra a letra, palabra a palabra intentando interpretar.

 

Hasta que llega el día en que el profe “X” nos deja leer: “El periquillo Sarniento” así, de la nada, sin decirnos más, con el único interés de terminar el temario. De cumplir con el horario y la norma, porque somos demasiados en un salón como para explicar, o siquiera intentar atraernos. Te obligan a leer 30 minutos diarios en casa, de hoy a un mes. Te piden que anotes en una hoja a cada personaje, su relevancia, un acontecimiento. Una opinión que nunca va más allá del: “Me gustó, es padre, ojalá leyéramos más libros así.” O alguna copia de un artículo Wikipedia al que le quitamos palabras, para aparentar.

Pero Wikipedia no nos hace sentir. Y si no lo sientes ¿Realmente lo leíste?

 

De esa misma forma se nos fue el hipotético “amor por la lectura” que intentaron infundirnos, alimentarnos: con reseñas buscadas en google, con casas sin libros, niños sin conocer librerías, maestros que solo querían llegar a casa, chicos castigados en las bibliotecas de las escuelas, papás que se saltan esa tan importante tarea, porque era una de las que no se notaba la ausencia.

 

O eso creíamos.

 

Y así es como vamos por la vida creyendo saber leer, pero ¿saber leer nos hace lectores?
Porque una pareciera eslabón de la otra. Suenan igual, y hablan de lo mismo. Pero más que aprender un idioma, o una forma de comunicación con el otro, la lectura en realidad (y hablo de una realidad particular en construcción) es aquello que nos hace comunicarnos con nosotros. Que nos hace enfrentarnos a un nosotros.

 

Pero nadie nos lo dice.

 

Sólo lo descubrimos en medida de nuestro acercamiento a algún mensaje: al que sea, aunque sea mínimo. Pero es ese puente entre el leer y ser lector, el que nunca podemos ver tangible, y que nos cuesta trabajo reconocer. Sin embargo, a pesar de todo esto, habemos muchos que comenzamos a leer por “no sé qué clase de brujería”: cosas tan sencillas como tener un libro en casa. O varios. Llevar a nuestros niños a las bibliotecas, a las librerías, escucharlos leer, explicarles qué significan las palabras en nuestro mundo, y preocuparnos más por lo que sienten cuando leen que por lo que queremos que entiendan.

 

Reivindicar al libro de ese limitado papel de “aprendizaje” y “diversión”, para acompañarlo a ser nuestro amigo, nuestro guardia. Aquel que nos acompaña día y noche, en el tráfico, en el metro, en los días de sol, el que nos cuenta de cosas maravillosas o secretos aterradores:

 

Aquel en el que podemos reconocernos.
Desconocernos.

 

Dejar de hacer del libro, y el texto un bien material. Y hacerlo un amigo incondicional.

Leyendo.

 

¿Tener un credo me hace menos parte de una ética poliamorosa?

Si tu primera duda es ¿qué es el poliamor? Tal vez te interese checar primero ésta definición de Wikipedia para aclararnos un poquito el panorama.

 

¿Te ha tocado que a veces preguntas algo en una comunidad y en automático empiezan a contestar de una forma u tanto agresiva, como si tu pregunta fuese una pregunta tonta? Es decir: a lo mejor antes de ti el tema esta tan platicado, que volver a ello, pareciera tedioso.

Bueno: pasa en todas las comunidades: se crea una especie de superioridad moral no sé si por la antugüedad y la forma o tiempo que llevamos deconstruyendonos todos, tal vez porque al saber más que el otro, creemos que todos deberán tener el mismo nivel de introspección y aplicamos este poliamorómetro donde tenemos cómo medir “al buen poliamoroso” y al “polifake”, e incluso en esa misma vara vamos midiendo de ocasión en ocasión nuestros vínculos:
que conste, no estoy criticando del todo que exista, sí señalo cuando se usa para minimizar al otro. Me alegra que exista cuando eso hace la autocrítica más puntual.

Ahora, hace unos días me preguntaban si ser católico/cristiano está peleado con ser poliamoroso y que si puedes tener un credo que trata mal a las mujeres. Después de una acalorada discusión, creo que hay mucho que quiero platicarles, y que tengo que condensar de todas las reflexiones que hemos tenido al respecto. Creo que hay que iniciar diciendo independientemente de la cultura y el apego/dinámica social, el credo es una parte de la identidad del individuo que es inherente, podemos notarlo cuando incluso en las fiestas nacionales en muchas regiones se festejan días religiosos, por lo tanto, incluso auque no seas creyente, la religión o ciertos credos son parte de tu vida.

Pero hay personas que la viven mucho más de cerca y tienen una dinámica más apegada a su religión o creencia tradicional. Sin embargo, veo la alarma al respecto por parte de una parte de la comunidad, ya que el credo atenta directamente con la visión que se tiene de la ética, además del trato machista que se tiene hacia la mujer y por supuesto el culto a la monogamia que se tiene y entonces surge la pregunta ¿Puedes seguir una religión y al mismo tiempo ser poliamoroso?

Mi respuesta rápida siempre es un “Sí”, ya que el concepto de poliamor es la destrucción y reestructuración de algunos paradigmas sociales ya establecidos como la única norma y verdad, con lo que cualquier cosa (desde mi punto de vista) que tenga que ver con los vínculos con el otro y pueda/quiera ser cuestionado, puede ser desde la misma forma, destruído o reivindicado. Citar a los textos sería un truco fanático y fácil al cual recurrir, y lo pienso después de ésta forma: Tal vez el amor a un Dios, Diosa o Entidad etérea e inalcanzable es una nueva forma de amar al otro, y de amarse a través del otro, simultáneamente, de amar a lo que nos rodea.

Ahora, no es como si por tener un credo estuvieramos automáticamente banneados de deconstrucción y por lo tanto de espacios: si nuestro entorno se basa en romper y tomar lo que mejor nos va ¿porqué no aplicarla a los credos? ¿por qué no tener la capacidad de crítica de tomar una parte e incorporarla a nuestra vida en una forma positiva?
Es decir, en tiempos actuales, es bastante común tener  ese tipo de instrospección en función de la igualdad, equidad y empatía por nosotros y por el entorno (Me hace pensar incluso que la religión no cambiará si nosotros no la cuestionamos y si no la modificamos, o si seguimos viendola como aquel ente externo, la institución inamovible y todos estos conceptis que también podríamos estar depositando aquí, a falta de otros repositorios).

Aquí es donde entra la interpretación propia sobre cualquier idea que nos han enseñado, que además, no a todos nos han enseñado lo mismo, de la misma forma. Donde podemos debatir con nosotros y con los demás sobre las cosas que parecieran fijas en nuestra manera de relacionarnos.

Hablando del catolicismo ¿Por qué no apropiarnos y aplicar el “Amaros los unos a los otros”?
Quiero decir: Hablamos de la facilidad de romper paradigmas y propiarse de los que nos hagan bien de una forma directa, entonces habríamos de asirnos a aquellos que podemos llevar como parte de una ideología, reforzar nuestras percepciones del mundo y provocar que el entorno en que nos desarrollamos más allá de sentirse agredido, se sepa reinterpretado.

El ejemplo más directo sobre el cambio de paradigmas o la reivindicación de los conceptos, considero que es el del feminismo y la historia machista en las mujeres: Cuando una chica se reivindica como feminista, se le echa en cara la misoginia de la que ha sido parte, como si una naciera feminista y no fuere tanto el machismo como el feminismo un constructo de identificación social que se va modificando y creciendo paulatinamente como cualquier credo o ideología.

Acepta que lo eres/fuiste.
Y modifica aquello que tanto en tu sociedad como a ti, les moleste, para crear vínculos y mejores formas de comunicarnos. Recuerda que toda postura personal es política.

Religión y poliamor puede estar unido, y depende de cada individuo la reinterpretación e incorporación de los elementos en su vida.

El poliamorómetro es una [falsa (y tal vez narcisista)] idea del “correcto o incorrecto” poliamor, ya que éste es (todavía) un experimento entre vínculos que no tiene (y no “pretende” tener) una normalización específica, ni una superioridad moral, sino que su principal preocupación es que las formas de amor, sean éstas las que sean; resulten válidas para todos, y las personas puedan elegir qué quieren hacer con su vida, en este caso siempre con honestidad.

Se trata de una cosa simple: Tener la libertad de elección.

¿Pensar es no disfrutar?

Hace días leí en un grupo a algunas personas que opinaban que por teorizar o analizar algún tema estamos dejando de disfrutar todo lo que aquel tema nos otorga de manera práctica. Y me voló un poco los sesos pensarlo. Fue casi como si me dijeran que no puedes saborear mientras comes: como si usar la cabeza implicara la ruptura de una sensación.

¿Pero realmente es así?
La primera pregunta real que me surge es ¿En qué momento pensar y disfrutar son dos cosas que están “peleadas”? Porque hasta donde alcanzo a ver, en realidad son cosas que compaginan perfectamente: de: La clasificación del entorno es algo que hacemos todo el tiempo de una manera inconsciente, nuestro cerebro está educado para hacerlo de una forma automática. De hecho, en el momento en que reconoces la emoción/sensación o simplemente en el saber si algo te gusta o no, ya estás en automático usando la cabeza, y eso de una manera inmediata te lleva a la reflexión, con cosas simples o pequeñas “quiero hacerlo de nuevo” “ojalá -x- estuviera aquí” “Me hace falta…”

De alguna forma, para mi conlleva una clasde de irresponsabilidad intelectual el no pensar ni reflexionar lo que están haciendo y continuar por el simple hecho de “hacer” algo. Es como el típico (Y mal usado) “dejar fluir” donde atribuimos a cosas externas a nosotros un algo, para no responsabilizarnos de nada. Decir que el cosmos, que el cielo, que no estabamos pensando, para  no tener que hacer frente a la consecuencia de aquello a lo que nos enfrentamos.

¿No implica también una forma de desconocimiento de uno mismo? Es decir. Si sólo “disfrutas” y no piensas en ese disfrute ¿Cómo puedes hacer que algo suceda o no de nuevo? Lo pienso de una forma sencilla, muchas personas dicen que cuando tienes sexo no piensas, simplemente te dejas llevar. Yo creo que justo son esos momentos donde más piensas, para poder volver a disfrutar, con cosas tan simples como seguir haciendo una u otra cosa, o las posiciones en las que estás. Pero si simplemente sentimos, supongo que eso explica la facilidad de contagio de ETS, y embarazos no deseados. (Ojo aquí, evidentemente sólo estoy hablando de una práctica sexual consensuada)

 

Y es que es bien fácil, en este caso, no ponerse un condón y luego ser la víctima del “No pensé que me pasaría” Y ejemplos como éste, muchos.
Ahora, no mentiré no es fácil enfrentarse al tener que pensar: el pensar ocasionalmente duele, pero es gratis, y como decía mi jefe: “Lo gratis, nadie lo desperdicia”

Tal vez sea hora para todos de hacernos conscientes de que la comida tiene sabor, y entonces comer y saborear al mismo tiempo. Y de pensar en nuestra salud y ponernos un condón para tener sexo con alguien.  De pensar y hacer el mismo tiempo. Porque es el primer paso de ser responsables de nuestra vida y comenzar a vivirla en serio.

 

Cosas que aprendí en una agencia

He escuchado y leído muchas veces que el Millenial no tiene la capacidad de trabajar permanentemente en entornos fijos, que siempre es inestable y que sin dudas buscará hacer que su trabajo tenga -obligatoriamente- una repercusión social. Que pueden “marearnos” las empresas diciéndonos que nosotros somos el agente de cambio, mientras nos ponen a hacer planas de contabilidad, o listas extensísimas sobre algún tema irrelevante que no necesitarán nunca. Y es que, algo así me pasó hace unos pocos años.

Dentro de este lugar, me encontré con situaciones que fueron buenas (y no tan buenas) pero me enseñaron cosas muy importantes sobre los entornos de trabajo en los que quiero involucrarme y quiero crear.

 

1.- Hacer cosas nuevas

He tenido la perspectiva mucho tiempo sobre las agencias porque personas súper cercanas a mi han trabajado mayoritariamente en eso: tal vez llevaba una expectativa. Y aunque en general mis trabajos han sido muy buenos y me permiten crear lo que llamo “mis pequeños imperios” (Que son básicamente proyectos que inicio desde cero) lo cierto es que también no me permiten muchas otras cosas, como concentrarme en algún momento, en mi vida personal.

Así que, dejé por unos días mi zona de confort en el trabajo que tenía entonces (era bibliotecaria en un instituto educativo) y me aventuré a ir a una entrevista de trabajo para una agencia de publicidad, que yo concebía como una pequeña oportunidad para desarrollar más otra clase de habilidades que yo percibo en mi, y que en mis trabajos anteriores no había podido desarrollar plenamente. Iba decidida a aprender todo lo que pudiera de Social Media.

2.- Educación Autónoma

Desde hace tiempo se ha metido a mi cabeza que las mejores lecciones que tienes, son las que aprendes por ti mismo. Aunque la escuela y los maestros te enseñen miles de cosas, en realidad las lecciones que te quedan más claras son aquellas que aprendiste por ti, o en búsqueda de un conocimiento o detalle que necesites, y te obligue a sumergirte en otras áreas, que te impulse a seguir investigando.  Así me resultó con Social Media: Aunque me explicaron a grandes rasgos  (Literalmente me dijeron que solo tenía que hacer memes, compartir y crear perfiles alternos para hacer llegar la información en masa) me di a la tarea de meterme a cursos gratuitos donde pudieran explicarme de mejor forma las cosas que tenía que saber, para hacer más eficiente mi trabajo.

3.- Respeta la profesión 

Sí, ya entendimos que me gusta el Marketing y la difusión de contenidos, pero es algo que no sabía bien cómo hacer. Antes de exigir que te enseñen cualquier cosa debes aprender a respetar lo que estás haciendo. La actitud de (en mi caso) “Solo tienes que hacer memes y compartir” no te llevará muy lejos, querido. Si bien, éstas actividades son las más visibles, no son todo lo que debes hacer, tienes que aprender que en cada proceso que haces, lleva detrás toda una serie de conocimientos en los que debes involucrarte para poder llevar a cabo cada tarea de la mejor forma.
El que algo te guste, no quiere decir que por default sabrás hacerlo, o que tu “mentor” te ayudará a realizarte de la mejor forma en el sector que estás trabajando: Al contrario. Yo descubrí que era yo quien tenía que estudiar porque la ideología baby boomer es monopolizar, capitalizar y resguardar la información para poder sacarle el mayor provecho. Nunca te darán el secreto de tu trabajo y no porque quieran que tú descubras el tuyo, sino porque mucha de su ideología y formación les dice que tienen que guardar los secretos para asegurar su chamba. Ellos no me enseñarían nada, solo existía la promesa de un día hacerlo… Y ya sabemos cómo terminan esas historias.

4.- Si no sabes, pregunta

No hay cosa más nefasta en cualquier lugar, que un pendejo que no sabe hacer su trabajo, disimulando hacerlo. ¿Por qué les es tan difícil admitir que no saben algo e investigarlo? Esto a mi me sucedió muchas veces. Algunas de ellas usaba mi pensamiento deductivo, en otras tuve que acercarme a gente fuera de mi empresa, que considero tiene una carrera amplia que nos ayuda a solucionar conflictos de las formas más sencillas y óptimas.

No, tu jefe no te ayudará a resolverlo: para eso te contrató.

5.-  Comunicación

Y esto es algo que falla sobremanera en todos lados: Te dan una órden y cuando vas a que te corrijan resulta que el superior a tu jefe dijo una cosa completamente diferente. No solo te hacen trabajar doble, sino además, tú quedas como el que no sabe hacer nada. La toma de decisiones es algo que debe ser conocido por todas las áreas involucradas, y no únicamente por quién llevará a cabo la acción determinada.

El trabajo en equipo NO es cada quién hacer una parte y al final pegotearla, SÍ es tomar decisiones conjuntas y todos mantener un interés y desarrollo activo en cada parte del proyecto.

6.- Es más fácil trabajar cuando tus colegas son también tus amigos

Esto lo aprendí así: El proyecto en el que yo estaba involucrada creció más rápido y de una manera muy abrupta. Un día, de 22 actividades que tenía, ya debía hacer casi 100. Y evidentemente no me alcanzaban las manos, ni el tiempo. Así que contratamos a 4 personas más. Todas con perfiles, personalidades y necesidades diferentes. Al final del primer día, aunque todos estabamos serios, el ambiente de trabajo se sentía relajado. Con el paso del tiempo, comer juntos todos los días, platicar todo el tiempo, hacer playlist, irnos los viernes por una cerveza… fue propiciandose el ambiente de trabajo más relajado. Dejamos de ser -la jefa y los becarios- para ser -el equipo-. Cada decisión iba en conocimiento de todos. Y cada opinión, queja o sugerencia era una decisión conjunta.

7.- Aprender a auto-motivarte

Dicen que los millenials somos enemigos de las rutinas. Y sí, pero no. Creo que más bien somos enemigos de hacer la misma actividad sin opción a reinventar algo, más que a una finalidad o producto repetitivo: Es decir, no nos molesta hacer pasta todos los días, sino que sea la misma pasta con los mismos ingredientes en el mismo procedimiento. ¿Me explico?
En todos los trabajos, hay un punto donde la rutina empieza a ganarnos y empezamos a hacer todo en automático. Aquí es donde hacemos uso de nuestro auto-conocimiento y nuestra capacidad de reinterpretación del mundo. La capacidad de auto-motivarnos y hacernos saber que tiene un propósito y sentido lo que estamos haciendo. El peligro de ser un equipo es que, con uno que se desmotive, pueden pasar dos cosas: los demás notan las mismas carencias y caen todos, o reinventas modelos de trabajo para volver a rendir en el trabajo.

8.- Tu jefe no tiene la última palabra

Esto lo aprendí de una forma peculiar: Saltándome ocasionalmente algunas exigencias/opiniones/órdenes de mis jefes. Cuando de verdad me parecía que algo podía hacerse mejor o que la idea principal no necesitaba cambios porque era adecuada (nótese, no perfecta, solo que funcionaba mejor) simplemente lo hacía, y al final, notificaba cómo esto había repercutido. Es decir, en lugar de avisar o pedir permiso, decía: “Hice (xxxxx) y el resultado fue (xxxx) respuesta, con lo que pudimos trabajar en (xxxxx) y si nos lo permiten, el equipo ha decidido implementarlo como una medida permanente.
Así no das problemas: solucionas.

9.- Calendarios y To Do List

Tener un calendario de actividades, listas de pendientes y notas a la mano de lo que debe hacerse por periodos facilita mucho la manera en que podemos relacionarnos con nuestro trabajo. En lugar de “tener que hacer un reporte” puede repartirse entre todos los colaboradores, así todos están involucrados, el trabajo sale más rápido y nadie se agobia. También ayuda a no estar saturados todo el tiempo y permite que en caso de un “bomberazo” nadie en el equipo pierda la cabeza.

10.- Enseña, enseña, enseña

Puede que no sepas todo, pero entre todos lo sabemos todo. Es decir, en mi equipo de trabajo descubrí que si bien, yo no era una experta en Social Media, sí había cosas que yo podía enseñarles, como herramientas o procedimientos que hacían más sencillas las cosas, una chica que era diseñadora nos explicaba por qué sí o por qué no hacer de ciertas formas con los posteos, los comunicólogos, estrategias más prácticas, y escritores creativos a hacer redacciones más inteligentes, procedimientos más estructurados: Todos teníamos algo para compartir. Y entre todos lo hacíamos funcionar.

11.- No por ser becario, tu trabajo vale menos

Una cosa es estar en proceso de aprendizaje o aplicación de tus prácticas, pero algo MUY diferente es que te hagan sentir que tus conocimientos no valen lo suficiente para tener un trabajo digno, que nunca pases de ser “el becario sirve-cafés” 
Y que se aprovechen de eso para no darte un salario y trato digno. Algo que han olvidado las empresas es que contratan becarios, sí, porque están aprendiendo y es mano de obra más barata, pero también para enseñarles procesos en los que no son precisamente destacables e incorporarlos a las plantillas: Para producir talento dentro de sus empresas. Y si nos vamos, recuerden, toda mala práctica y aprendizaje mal hecho, también llevará su nombre.


No quiero que me digas que mi trabajo está bien, quiero que me enseñes a hacerlo mejor.
No te quedes en un lugar que no te está enseñando pero sí te exige todo.

No todo depende de nosotros, lo sé.

Y tal vez no podamos cambiar el mundo de un momento a otro
Pero sí las prácticas en nuestros entornos laborales. Las formas en que nos desenvolvemos en nuestras profesiones o aprendemos de nuevo a involucrarnos en nuestros entornos.

Cambiamos nuestras prácticas.

 

 

 

¿Aprendemos a ser lectores?

-Este artículo fue escrito originalmente para el Blog de Librería del Ermitaño.

 

 

¿Alguna vez te han enviado de tarea ayudar a leer a alguien? O en su defecto ¿Te dejaron de tarea leer algo? (aunque sea una vez, aunque sea hace tiempo)

 

Y es que, pareciera que el mayor fomento a la lectura que se ha hecho en niveles generales es ayudarnos a memorizar letras, palabras, definiciones, o formar frases complicadas y repetir incansablemente dichos que a veces sólo creemos saber que entendemos. Y así avanzamos los primeros años; los más importantes, leyendo letra a letra, palabra a palabra intentando interpretar.

 

Hasta que llega el día en que el profe “X” nos deja leer: “El periquillo Sarniento” así, de la nada, sin decirnos más, con el único interés de terminar el temario. De cumplir con el horario y la norma, porque somos demasiados en un salón como para explicar, o siquiera intentar atraernos. Te obligan a leer 30 minutos diarios en casa, de hoy a un mes. Te piden que anotes en una hoja a cada personaje, su relevancia, un acontecimiento. Una opinión que nunca va más allá del: “Me gustó, es padre, ojalá leyéramos más libros así.” O alguna copia de un artículo Wikipedia al que le quitamos palabras, para aparentar.

Pero Wikipedia no nos hace sentir. Y si no lo sientes ¿Realmente lo leíste?

 

De esa misma forma se nos fue el hipotético “amor por la lectura” que intentaron infundirnos, alimentarnos: con reseñas buscadas en google, con casas sin libros, niños sin conocer librerías, maestros que solo querían llegar a casa, chicos castigados en las bibliotecas de las escuelas, papás que se saltan esa tan importante tarea, porque era una de las que no se notaba la ausencia.

 

O eso creíamos.

 

Y así es como vamos por la vida creyendo saber leer, pero ¿saber leer nos hace lectores?
Porque una pareciera eslabón de la otra. Suenan igual, y hablan de lo mismo. Pero más que aprender un idioma, o una forma de comunicación con el otro, la lectura en realidad (y hablo de una realidad particular en construcción) es aquello que nos hace comunicarnos con nosotros. Que nos hace enfrentarnos a un nosotros.

 

Pero nadie nos lo dice.

 

Sólo lo descubrimos en medida de nuestro acercamiento a algún mensaje: al que sea, aunque sea mínimo. Pero es ese puente entre el leer y ser lector, el que nunca podemos ver tangible, y que nos cuesta trabajo reconocer. Sin embargo, a pesar de todo esto, habemos muchos que comenzamos a leer por “no sé qué clase de brujería”: cosas tan sencillas como tener un libro en casa. O varios. Llevar a nuestros niños a las bibliotecas, a las librerías, escucharlos leer, explicarles qué significan las palabras en nuestro mundo, y preocuparnos más por lo que sienten cuando leen que por lo que queremos que entiendan.

 

Reivindicar al libro de ese limitado papel de “aprendizaje” y “diversión”, para acompañarlo a ser nuestro amigo, nuestro guardia. Aquel que nos acompaña día y noche, en el tráfico, en el metro, en los días de sol, el que nos cuenta de cosas maravillosas o secretos aterradores:

 

Aquel en el que podemos reconocernos.
Desconocernos.

 

Dejar de hacer del libro, y el texto un bien material. Y hacerlo un amigo incondicional.

Leyendo.

 

El des-hábito de leer.

Si he de confesar algo, es que mi familia no es precisamente una gran familia de lectores. De hecho recuerdo perfecto que cuando era pequeña, en casa solo teníamos las enciclopedias del embarazo, que mi mamá compró cuando precisamente, estaba embarazada de mi, y la enciclopedia Larousse. Y con el paso del tiempo y lo inquieta que (al parecer) he sido toda la vida, mi mamá encontró que soy muy visual y que los libros me llamaban la atención. Platicando con mi madre, descubrí que tal vez el amor por la lectura sea inherente a nuestra personalidad. A mi me daban libros para mantenerme tranquila por mucho tiempo, y era al parecer lo único con lo que lograban tener un control de mi en la mayoría de las situaciones.

Dicen que aprendí a leer antes de los 4 años.
Que a los 5 tenía una buena dicción y le leía cuentos a mi mamá, mientras ella me corregía para poder mejorar la forma en que mi voz se acercaba a los demás.

Y es peculiar: jamás vi a mi mamá o a mi papá sentarse en mi cama o en una silla, sillón -algo- a leer. No queda en mi memoria. Sin embargo sí recuerdo cómo mi mamá comenzó a comprar para mi, todo tipo de libros que encontraba. Aprendí a atarme los zapatos con un libro. Aprendí a tender mi cama con un libro. Aprendí a dibujar con un libro.

Y al mismo tiempo recuerdo perfecto los paseos a ferias del libro, donde quería todo, pero no podría llevarme nada.

“Solo venimos a ver” decía mamá. Y con eso me bastaba para quedarme con el pleno antojo de absolutamente todo lo que vendían. Que bastaba para maldecir el momento en que me había gastado todo mi domingo en abejitas y no ahorrando para al menos un libro.

Y es que, veo perfectamente entre mis pensamientos que mi abuela tenía unas historietas en su casa, que casi no me dejaba leer mi mamá, porque hablaban sobre una chica de pueblo que llegaba a la ciudad y vivía todas estas situaciones dramáticas. Que cuando iba a su casa, en lugar de salir al patio a jugar y correr, me quedaba en una silla, pegada al estéreo, leyendo esas historietas.

Con el paso del tiempo me di cuenta de algo importante:
aunque a veces no me guste aceptarlo, mis papás me conocen bien. Bastante bien. Y se han preocupado por fomentar en mi hábitos que consideraban benéficos y me llamaban la atención aunque ellos no los tuvieran.

Tal vez ese sea el punto.
Empezar a fomentar en nosotros y en los otros la actividad constante en las cosas que amamos, y no en las cosas que queremos que los demás amen. ¿Y si nos quitamos el hábito de querer hacer que lean, y fomentamos más el auto-descubrirnos para amar? Porque, tal vez nuestro error como educadores en casa es querer que nuestros niños hagan algo específico, les quitamos todo el amor para volverlo tedio.

¿Por qué no mejor, aprendemos a leer a las personas, antes de enseñarles a leer textos?
¿Y si nuestro problema es querer que amen lo que nosotros, sin preocuparnos por lo que ellos aman genuinamente?

No sé, se me ocurría.