Crisis

De las muchas cosas que tengo consciencia desde hace tiempo es que el trastorno que tengo es cíclico: de una u otra forma volveré a los estados que pude haber dejado atrás. Regresar a ellos es a veces paulatino y a veces un tren que me arrolla los huesos mientras duermo. En ocasiones inician con cosas sutiles, un tono de voz, un gesto, una mirada, un aroma, a veces como hoy, es un sueño, un presentimiento (que la mayoría de las veces es un síntoma de mi ansiedad) y miedo, llanto incontrolable y ganas desesperadas de moverme y al mismo tiempo de no hacer nada. Es como estar encerrada en una casa sin paredes.

Hoy me pasó así. Desperté teniendo uno de los sueños más terribles que he tenido. Fue tan intenso y tan vívido, me revela tantos miedos que he tenido muy a raya por mucho tiempo, he trabajado en ellos y los he modificado: yo misma me siento diferente respecto a ellos. Pero hoy sentí el mismo miedo que hace tres años. La misma incertidumbre, el mismo dolor. Se instalaron en mi cabeza como una daga en el corazón del dios al que este país tan raro le reza. Me siento desesperada. El único miedo que ronda por mi cabeza es que me voy a quedar sola. Sola. Vacía. Intento llorar para sacarlo pero no sale mi llanto, se atora como una capa borrosa en mis ojos que se mantiene al límite para reabsorberse, como si mis ojos tuvieran pena de estar una vez más aquí.

Mi mejor amigo estuvo quedándose varios días en mi casa. Me agradó su compañía. El saber que estaría aquí y que aunque no hagamos nada con el otro, para el otro o por el otro, estamos acompañados.
Sé que traigo una muerte simbólica arrastrando desde hace días.
Hoy todos se fueron. Mi vínculo salió, mi mejor amigo volvió a su casa y yo no pude salir de la mía. No pude. Hay una garra que toma mis pies y los siembra en un piso de cerámica barato que además se está cuarteando.

Y volvieron a mi, todos y cada uno de los pensamientos del inicio. Y estoy muy cansada.
Estoy cansada de volver a ser siempre esta que llora porque algo se modifica. De volver a sentir miedo y ni siquiera saber claramente de dónde sale.
Sé que todo está bien. Lo sé. Lo veo. Ayer mismo hablaba de esta tranquilidad de que no pasara nada. Que es tan extraña la paz que se siente. Que tengo todo el tiempo del mundo en mis manos, que nada me apremia ni me carcome. Y sin embargo de un momento a otro volví a sentir una soga en el cuello que se ciñe a no sé cuál árbol y aprieta sin una caída libre.

En la mañana volví a notar que el cabello se me está cayendo por mechones y me asusta y preocupa, pero al mismo tiempo no me importa. Caigo en la trampa de no darle atención a las cosas que me impactan. Pienso en hacer algunas cosas y cuando tengo que hacerlas mi energía me lo impide. Estoy frustrada. Estoy triste. Y al mismo tiempo sólo siento calma.

Creo que me bastan pocos días para acostumbrarme a la compañía. La disfruto, pero cuando se van, me confronto con algo que no siempre sé saludar de buenas formas y es ese espacio vacío aunque después me alegre estar allí. Me reviso y me doy cuenta de que estoy bien, que no pasa nada. Que las cosas son mejores de lo que solían ser. Que yo soy diferente. Que lo he logrado, que sigo adelante. Pero no puedo creerme en este momento. Porque me siento abandonada.

¿Sabes qué es lo cagado? Siento que no puedo decirle a nadie porque tampoco tengo las fuerzas para recibir la atención de nadie. Me mantengo al margen porque no quiero preguntas ni respuestas, no quiero hablar y tampoco estoy segura de querer la compañía. Hay algo en mi, muy muy dentro que me grita algo en un lenguaje que no entiendo. Y no puedo llorar. Ya no puedo. Siento como si todas las lágrimas se hubieran acabado la última vez que purgué todo en forma de llanto. E intento caminar. Y al mismo tiempo, en este vacío de energía, en esta soltura de la situación, decido no decirle a nadie para no preocuparlos, para no hacer más grande esto que sé que me durará hasta mañana, para no darle importancia a algo tan líquido.

Me entra mucha nostalgia de momentos antiguos que ahora parecen tan raros, donde sé que vivía una felicidad súper intensa y que después venía la bajada de la montaña rusa. Me da miedo

no sentir ya las cosas tan intensas: he estado tanto tiempo tan acostumbrada al caos, al desajuste y al frenesí de todas las emociones, que ahora sentirlas en una frecuencia mucho más baja me asusta. Me da mucha paz, descanso mejor, pero a veces siento que no me es suficiente. Y al recordar esos bajones tan profundos dudo de si querer que todo vuelva a ser como era. Pienso en las batallas, tanto en las ganadas como en las perdidas y siento tanto cansancio que dudo demasiado de si quiero seguir intentando avanzar, al mismo tiempo siento que llevo demasiado tiempo sin moverme.

Me acuerdo de la antigua yo y la extraño. La veo y al mismo tiempo no la quiero de vuelta. Me siento muy confundida e intranquila y al mismo tiempo por fuera mantengo en este momento la paz de un espejo de la que yo misma estoy asombrada.

Sé que hoy todo está bien. Pero también hoy, algo en mi cabeza no lo entiende.
Sé que todo estará bien mañana.

Salir del clóset

Hace tiempo fui a ver a mi madre y platicamos sobre cosas que nunca le había preguntado. Entre la conversación dijo algo respecto a otras personas que me hizo sentir muy tranquila. Pero vamos a contar esta historia despacio:

Cuando le conté a mi mamá sobre la no monogamia, lo primero que me dijo fue: No estoy de acuerdo, a mi me parece que si su relación ya no funciona entonces deberían terminar. Pero no sé qué decirte, si a ti te funciona está bien, yo debería estar acostumbrada a que siempre rompas mis esquemas y hagas las cosas diferentes.

También le dije que me gustan las mujeres, le pregunté si en algún momento lo había sospechado (con eso de que las mamás lo saben todo, pues igual y ella ya sabía y como siempre la que intentaba verse la cara de tonta era yo solita) Y entonces ella me dijo que nunca se habría dado cuenta porque siempre me gustó vestir de ciertas formas y hacer ciertas cosas y que jamás se imaginó que fuera diferente.

Me quedé callada.

Con el tiempo, la no monogamia es algo que casi no tocamos. Yo le cuento de mis dos vínculos, como para las dos irnos acostumbrando a que el tema existe y a que los dos vínculos son importantes para mi en sus variantes, momentos y significados. Ella regularmente no dice mucho, sólo sonríe amablemente o se queda callada.
La última vez que fui a comer a su casa, hablábamos de algunos de sus amigos y la relación de pareja que tienen: es mucho nuestro tema de conversación porque a mi no me caen bien pero son los mejores amigos de mi madre, así que siempre están en la mesa, lo sorprendente con el tiempo es que ambas tenemos percepciones muy similares a la de la otra respecto a ellos y justo nuestras experiencias nos hacían quedarnos o no. Evidentemente yo decidí no quedarme. El punto es que la hacer observaciones sobre su relación y lo que aprendíamos de ellos y cómo lo aplicamos para nosotras, ella me dijo algo que me hizo sentir mucho más cómoda porque es algo que de alguna forma también habla de mi.

 

“Las relaciones son personales y no le incumben a nadie más. A cada pareja les resultan bien cosas diferentes y es algo sobre ellos. No tiene que gustarme y si sus acuerdos son así y ellos son felices, lo que yo opine o no, no importa”

Entonces me volvió el alma al cuerpo de muchísimas maneras. Me sentí feliz e incluída, pero sobre todo, me sentí tranquila. Tranquila de poder compartirle poquito a poquito cada vez más de lo que siento, quiero y espero, con menos miedo de que me juzgue o me señale.
Algo que aprendimos las dos cuando me salí de su casa es que no soy una extensión de ella y que ninguna de las dos tiene la obligación de ser lo que la otra quiere, porque al final, la vida que cada uno vive es propia. Y cada uno, por más que se entrelace en la vida de otros, se encuentra en una individualidad bien cabrona que no puedes desarticular, pero la conciencia de ella te lleva a tomar decisiones de una forma diferente, más meditada, mucho más asertiva y a largo plazo. A tomar mejor las cosas a corto plazo.

Entonces dejas de emitir opiniones que no te pidieron y a autocriticarte.
¿Y saben qué?

Se siente bien rico hablar de dos vínculos sin miedo y saber que aunque los demás no lo vean, estás creciendo. Que aunque no lo veas, los demás también están cambiando.

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La Malcogida y el sexting

Dentro de las muchas preguntas que me he hecho para con mi sexualidad, no es sólo mi preferencia (que además he descubierto que es como un interruptor que puedo modificar a voluntad) sino también las prácticas que tengo al respecto. Y es que hablando únicamente del sexo hetero: hace mucho aquello del mete-saca se me ha quedado corto para sentirme satisfecha, a veces si quiera cómoda.También no es secreto que soy súuuuper delicadita para compartirme sexualmente con alguien y es que le tengo un TERROR a las infecciones y enfermedades: una vez en mi vida he tenido una infección vaginal y con esa he tenido para ser sumamente cuidadosa y fijada todo el tiempo.

Inherentemente pienso en todas las personas con las que indirectamente estoy teniendo un contacto sexual con alguien nuevo y recuerdo en que la mayoría de las “protecciones” son en realidad anticonceptivos. Tampoco es noticia estelar la renuencia que muchas personas tienen por los condones y porque quitarse el condón es signo de confianza. Con lo que, teniendo un panorama bien claro de lo que veo, es bastante notorio el porqué el mete saca me queda corto y porque soy tan mamona.

Pero sobre todo: me enfada la idea de que tanto esfuerzo por salir de mi casa para ni siquiera quedar satisfecha. Porque además es algo que me ha pasado incluso con parejas estables con las que hay una comunicación y conocimiento del otro. Y la última: me desespera que mucha gente coja para llegar a un orgasmo, cuando hay un panorama súper amplio y mucho más allá de los 15 segundos que dura -ese- placer: como si fuera el único o el objetivo. Creo que a mi, me gusta más ver y sentir cuerpos, entenderme con ellos.

De cualquier forma en algún momento lo intenté: ser más abierta porque demandarle todo a una sola pareja está horrible y es egoísta. Así que descargué una app, empecé a buscar, hice varios matches con hombres y sólo a dos les dí mi número de whatsapp después de muuucho rato platicando en la app y viendo que me caían bien y que no eran patancillos. Hablando por whatsapp súper respetuoso todo el asunto, me dejaron en claro que ellos no harían ningún movimiento a menos que yo diera una pauta explícita para eso, y que no me preocupara. Así que he confiado. Han pasado varias semanas y aunque la comunicación no es constante, seguimos platicando. Todo bien.
Un día de estos en los que estaba súper horny y ni quién me aguantara, intenté hacer una sugerencia al respecto a uno de estos morros: el que me caía mejor y con el que tengo debates y pláticas mucho más intensas en plan debate o discusión. En algún punto de esas conversaciones empecé a sentir una especie de atracción sexual por él, y es que haré un paréntesis muy cagado, me he dado cuenta que me súper calienta debatir con el otro siempre y cuando me deje una posición donde tenga que replantearme mucho de mi discurso. Sino existe ese punto, probablemente sólo haya tenido una muy buena plática. Total, empecé a sentir eso con este man. Hice la sugerencia de que tal vez sería divertido sextear un rato y ver qué pasaba. Pensé también en: wey, otra vez va a empezar mi etapa súper sexual y ya he tenido conflictos por eso, mejor evitarlo y tomar alternativas de una vez.
Paréntesis dos: no es la primera vez que sexteo con alguien desde mi no-monogamia. Usualmente es con una de mis parejas y es bastante divertido, lo disfruto mucho y es súper chido. Sin embargo cuando llegué a hacerlo con extraños fue bastante… deprimente.
Al final: este dude aceptó. Y empezamos a “sextear” y oh, sorpresa. Una vez más fue angustioso, triste y rápido. No importaba la manera en que yo intentara sacar miles de eufemismos, figuras retóricas, imágenes bastante cercanas a lo que quería y pensaba, no podía sacarle nada más que un “quiero cogerte, penetrarte muy duroSe acabó la magia después de dos minutos. Los dos minutos más largos y aburridos de mi vida sexual. Recordé las experiencias que he tenido con extraños y siempre me ha dejado al final esa sensación rara: No saben hacer otra cosa. No conciben el placer si no está en su glande. Su placer radica en saber que “la tienen más dura” “más grande” y pueden “metertela muy rápido” Se vienen y termina. No hay un coqueteo. No hay un juego al respecto, deja de ser lúdico a ser únicamente la búsqueda de un orgasmo. Y no hay nada que me aburra más que eso, porque verás, para eso tengo mis vibradores, que solita me llevo en dos minutos a gritar como foca y retorcerme como playera en centrifugado.

Pensé también en algún momento en que tal vez era yo que soy taaan de lenguaje y no me despego de ello y que debería ser más flexible.
Pero ¿flexible en qué?
Me siento como un bicho raro y no tengo por ahora más herramientas para abrirme a estar con más personas, por más que le pienso, se me ocurren únicamente variantes a esta. A veces siento que estoy súper mal y que hay algo equivocado conmigo. La parte más horrenda es que siempre veo memes respecto a weyes jalándosela mientras sextean y morras aburridísimas viendo tele o a punto de dormirse.¿Soy/somos demasiado exigente(s) o sólo estamos acostumbrados a malas/aburridas prácticas?
Y algo en mi cabeza me dice: Eso te pasa por meterte con heteros, pero ¿Qué hago si también me gusta?
Con todo esto: 1) haré una playera que diga MALCOGIDA y dejaré de verlo como un insulto a mi (como culturalmente está estructurado) a ser un grito por nuevas y mejores prácticas sexuales. 2) Usaré el sexting como otra herramienta de filtro.

Encierros

Hay épocas de mi vida en las que siento que no me es necesario salir.

Así, simple. Sólo no lo necesito y  no sólo me refiero a salir de mi casa, me ha pasado incluso que he tenido épocas en las que no salgo de mi habitación más que para lo mínimamente necesario. Por ejemplo, cuando vivía sola/en casa de mi papá, sólo salía a la escuela y regresaba a casa, me encerraba en mi cuarto, compraba comida que no tuviera que refrigerarse, cosas en latas o en paquetes especiales, agua embotellada y como había baño dentro de mi habitación, no volvía a salir. Los fines de semana que veía a mi novio, hubo una temporada en la que sólo estábamos en mi casa. En vacaciones, también tuve épocas en que el único día que salía, era los domingos a la fonda de enfrente por una pancita de un litro, una coca-cola y palomitas. Me pasaba los días viendo películas, series, pintando y durmiendo. En ese orden. Con toda la calma del mundo, sin remordimientos ni mayor deseo que estar acostadita, o cosiendo libretas. Se siente casi como paz.

También me ha pasado ya viviendo con los roomies o con mi pareja, a pesar de tener un trabajo estable (escribir, escribir y escribir) que no requiere salir de la casa, ocasionalmente busco trabajos complementarios para distraerme y sentir un respiro del aire estancado dentro, pero hay otros momentos en los que el simple hecho de abrir las ventanas y acercarme a la puerta me pone muy nerviosa. Días en los que prefiero aguantarme un antojo antes que salir a la tienda, incluso cuando la tienda está literalmente frente a mi casa. Vamos, hasta tengo terapeuta que me atiende en temporadas por skype para no tener que moverme. No puedo. No soy capaz de moverme un solo centímetro más allá de los metros cuadrados que tiene mi departamento. Es como si fuera un fantasma al que le cerraron las puertas y ventanas con cáscara de huevo.

 

Hace unos días cambié de trabajo y por una u otra cosa, no me he dado tiempo de volver al gimnasio, el día se me hace pequeño y no me alcanza para nada y poco a poco me he ido encerrando de nuevo. Sin darme cuenta, se me fue apagando la necesidad de salir. En ocasiones me obligo y digo “ok, hoy salimos a la tienda” “Hoy fuimos al parque” “hoy fuimos al mercado” y hay días como hoy en que por más planes que haya y por más comprometida que me sienta, no tengo la capacidad de salir de mi trinchera. Algo me jala al centro de una casa que conozco perfectamente y me clava a las sillas del comedor. Algo ata mis pies al último cuadro de piso de la casa y por más que intento arrancarme cada cuerda, salen más y más y más de todos lados, no puedo pararlas.

Cuando quiero de verdad obligarme a salir, pienso en “ya hiciste planes” pero siento de inmediato el dolor en la boca del estómago, cómo mi espalda y mi cuello se ponen rígidos. Y vienen a mi en cascada todos esos pensamientos desagradables de las miles de cosas que me han sucedido saliendo de casa. Desde la vez que me tocaron el culo en la calle, cuando un man me venía siguiendo y yo iba tan iracunda que lo paré y lo confronté, la vez que tuve una disociación y una crisis de pánico porque un wey me eyaculó en el pantalón y después intentó arrebatarme la bolsa de las manos. Todas las veces que estar en el metro me ha ahogado de calor y de apretones de personas. El día que un cabrón de un audi rojo me centró en la calle, estando él a cuatro cuadras y cuando estaba cerca de mi casi para atropellarme, lo único que hizo fue dar un volantazo y sacar la mano para empujarme. Y pienso en que es un buen día… para que me pase algo. Me lleno de un miedo que me asfixia.

Y lloro, lloro hasta que siento que no puedo más, intento enfrentarme al miedo pero a veces me gana. Es más grande que yo y no importa cuánto lo intente, sigue allí. A veces incluso vomito de lo intenso que es lo que siento antes de pensar en salir. En ocasiones me mareo y siento que me voy a desmayar. Después de que me convenzo que estoy bien, me baño con agua fría para nivelarme o regresar a mi, y me siento en la orilla de mi cama a acariciar a mi perro, me siento terriblemente cansada. Me pesan los hombros y la espalda, mi cabeza punza y duele como si llevara días llorando sin parar y sin hidratarme. No puedo estirar del todo las piernas ni las manos. Cuando me doy cuenta, son de nuevo las 9 de la noche y no hice nada más que sentirme mal y pensar en que no me quiero morir atropellada o que me secuestren. Que está bien que me quede en casa, si no tengo nada a qué salir. Tal vez y con mucha suerte, comer. Probablemente hablar con mi terapeuta y tomar mi medicación. Desear que mañana todo esté mejor.

A veces salir es todo un reto.
Y no siempre tengo la fuerza para enfrentarme al mundo.
¿Y sabes qué? Está bien. Por unos días que no salga de casa y me quede sentada escribiendo, no pasa nada.

Purgas

Cuando escucho a una persona hacer ese ruido de arcadas antes de vomitar me dan náuseas, me vuelvo un espejo de su malestar y en algunas ocasiones vomito sólo de escuchar a otra perona. Mucho tiempo, amigos y familia han hecho bromas de eso y cuando querían que no me enterara de algo o sólo querían alejarme hacían ese ruido. Siempre me ha molestado esa provocación directa a mi estómago, sin embargo amo mi reflejo nauseoso, y jamás pude explicarlo tan claramente como hoy.

No es nuevo que todos mis sentimientos, emociones y enojos las llevo a mi estómago. Siempre, si siento miedo, el vacío en el estómago. Si siento rabia, el nudo que asciende desde mi estómago a la garganta, si es preocupación, siento cómo se comprime y se pega a mi columna. Si me siento feliz, se distiende. Todo va a mi estómago siempre. Así que para mi no es nuevo que al estresarme o estar sumamente triste, me den náuseas. Y si le agregas mis episodios de ansiedad ¡tin tin tin tin! combinación ganadora.

Hay algo en vomitar que descubrí cuando era niña, que fue lo que me llevó a conocer a Mía: vomitar me purga. Empecé hace muchos años a provocarme las arcadas cuando mi tristeza o desesperación era tanta que no podía sacarla, mis jugos gástricos se vuelven un huracán que busca desesperadamente cómo salir y un nudo en la garganta que no sólo no me deja hablar, tampoco me deja respirar, gritar o tragar agua. Así que metía un dedo en la garganta, tocaba mi úvula y salía todo. Mis miedos, mis complejos y preocupaciones, mis nervios, enojos, pensamientos bifurcados y también todos las ideas intrusivas respecto a mi o a los otros. Te asfixia a veces, y te recuerda lo bueno que es respirar lentamente y sin tener que preocuparte mas que por estar viva.

Y hay una correlación bien bien extraña en todo esto que he descubierto con terapia y práctica: También tengo un vómito verbal. Tuve que aprender a vomitar mi comida sino quería escupir palabras que no son reales aunque se sientan verdaderas, y cuando no puedo sacar ese vómito (ya de los lugares seguros hablaremos después) entonces una masa amorfa se crea en el estómago que empuja a mis impulsos para hacerme vomitar. Así que entonces procuro sacarlo de la mejor forma que puedo, aclarándome que no siempre es real, que a veces lo pienso pero eso no hace que estén pasando las cosas, que mi cabeza y mis sensaciones me engañan y necesito aprender a verlo sin el filtro rojo con el que miro el mundo cuando me siento atacada o expuesta en contra de mi voluntad. La autolesión en mi, tenía la misma lógica: es dolor y incertidumbre y miedo que no sé cómo sacar y entonces el dolor físico merma el dolor emocional que además de intangible, parece eterno en días.

 

Ya no siempre lo hago. La terapia me ha ayudado muchísimo a poder decir las cosas que siento: ponerles un nombre me ayuda a sacarlas caminando de mi cabeza y no arrastrándose por mi estómago o lamiéndome nuevas heridas. La primera vez que fui por esto a terapia, mucha de mi gente que conocía y me quería en sus medidas y capacidades intentaban mermar mis impulsos diciendo “Pero si eres bonita ¿porqué quieres ser más flaca?” cuando nunca se trató de estética, sino de malestar y dolor.

Ahora escribo (aquí, en su mayoría), pinto o leo. Ahora me siento frente a mi terapeuta y entonces me vacío. Pero a veces aún pasa, cuando no identifico qué estoy sintiendo ni cómo es que me duele o me afecta, cuando no puedo pararlo, cuando no tengo las fuerzas o energías para enfrentarme al mundo. Todos los días lucho con estos hábitos. A veces gano.

A veces pierdo. Y también está bien.

La piel

De los cuestionamientos que nunca me había hecho fueron mis preferencias sexuales. “Siempre supe” que me gustaban los hombres. Soñaba con ellos, fantaseaba con sus cuerpos, figuras, contornos y proporciones (Qué puerca, sí y qué) // Conforme crecí, también fantaseaba con tenerlos sobre mi cuerpo, debajo, dentro. No mucho después los experimenté. Mucho tiempo ensucié baños, sábanas, closets, rincones. Muchas veces me trataron mal. De tres, dos me maltrataron de alguna forma. A veces no quería y aún así lo intentaba. Por no perder la costumbre, porque en el fondo quería validar el amor que sentían por mi a partir del roce de mi piel. Ya sabes, como en todas las películas románticas que vimos todos alguna vez.

Después de muchos, muchos años, empecé a coquetear con la idea de guiñarle un ojo a una mujer. De respirar cerquita de su oreja y ver cómo se erizaba su piel igual que la mía. A dejarme desear y conocerme a partir de otra mujer. A tomar su mano y entonces ver el mundo desde la compañía de alguien con la misma corporalidad y experiencia. A veces me daba “curiosidad” ver cómo se acostaban las mujeres entre ellas y me daba permiso de “educarme” viendo videos porno de tijeras y gemidos que aunque me calentaban, nunca terminaban de convencerme.
No he contado esta parte de la historia porque en realidad también es la primera vez que me la cuento: En este momento me reconozco mirando los hombros estrechos y puntiagudos de una mujer de cabello largo, espeso, negro y rizado: justo el tipo de cabello que siempre soñé en mi, mientras intento dar indicaciones de una actividad en el trabajo. Me reconozco además, pensando en pasar mis dedos despacio por una cintura que desconozco y que sólo puedo imaginar a ratos, en pedazos, sin expectativas. Me esmero sobre todo en sacar el pensamiento de mi cabeza porque, bueno vamos, jamás me había gustado antes una mujer así que ¿Qué clase de locura estoy pensando?
Y me encuentro entonces con esa mujer que me desvaría y me hace cuestionarme dos cosas simultáneamente 1) si es verdad que no creo en el amor libre o si en realidad sólo me duele la forma en la que lo estoy descubriendo 2) Si es verdad que las mujeres no me gustan. Y empiezo una lucha conmigo y con todo aquello que me enseñaron. Afortunadamente, un grupo de otras mujeres con esas experiencias me salva, me arropan y me enseñan. Me aceptan sin preguntar, me orientan y me hacen preguntas, me regalan respuestas.
Acepto así la idea del amor simultáneo, con la intención de darme una oportunidad de amar a alguien en mis mismas condiciones, capacidades y opresiones. Me permito involucrarme con ella, enredarme en ella y entonces hacerla parte de mi vida, de a poquito para no lastimarnos, descubriéndonos, deshaciéndonos y reinventando todo lo que ya creía conocer. Con un lapso en medio, me veo deseando sus manos en mi piel y sus labios en mi clavícula. Descubro también que hay formas menos convencionales en las que siento placer. Encuentro que el sexo no necesita tener penetración y la vida me hace ruido en muchísimos sentidos, me descubro vacía de experiencias pero al mismo tiempo valido cada uno de mis encuentros, entonces nada cuadra: Empiezo a cuestionarme, ahora sí, todo el pensamiento hetero respecto al sexo. ¿De verdad sólo me gustan los hombres? ¿De verdad todas las relaciones sexuales necesitan un pene? ¿sólo siento placer desde las manos de alguien que no siempre me sabe encontrar? ¿El foreplay existe?
Empiezo a desdoblarme. A encontrar cada esquina de estos límites que alguien de alguna forma me enseñó en su momento como la palabra sagrada de un dios que no (re)conoce ni legitima un

orgasmo que no sea el propio. Y me dejo llevar a las manos de una mujer de cabello negro, largo, rizado y espeso. Miro los límites de mi placer expandirse como esponja. Encuentro verdades inamovibles en ese encuentro: La amo. Me ama. Nos respetamos. Nos cuidamos. Nos entendemos. Nos descubrimos. Nos encontramos. Encontramos que la piel se vuelve ese lienzo en el que todo pasa y nada se queda visiblemente impregnado, aunque la experiencia táctil se reviva en el recuerdo. Los límites de mi piel quedan desdibujados a partir de unas nuevas manos que me tocan y me descubren a un ritmo diferente. Acepto y entiendo que mi placer tiene muchas diferencias, experiencias y vivencias.
Me arraigo a las manos de un hombre noble que han sabido tocarme con respeto, dignidad y amor. Me arraigo a las manos de una mujer que han sabido tocarme con paciencia, tranquilidad y deseo.
Descubro entonces que mi piel no está determinada por todos esos miedos que alguien me enseñó cuando era niña. Que tocarme jamás estuvo mal. Que desear cuerpos de hombres es algo que me gusta, que deseo y encuentro parte de mi hábito. Que desear cuerpos de mujeres también es parte de mi.
Y me quedo, aquí, viendo cómo mi deseo se mueve de un lado a otro, sin que ninguna de las llamas se extingan o se aminoren. Me veo con las manos desafiantes por una cercanía. Me encuentro agradecida de tener la oportunidad y la experiencia. Confío en mi intuición.

Celos nivel 6

Después de la letanía que les conté, me siento obligada a decir que estuve mucho tiempo en terapia para poder terminar de confrontar todo lo que estaba pasando. Lo que me resultó de estos celos, fue darme cuenta que estaba enfocando mi forma de vivir el amor de una manera no necesariamente funcional para mi, pero sí bien parecida a lo que nos enseñan del amor romántico. Sentía que tenía que recomponerme completa, que dos de mis pilares en la relación se habían fracturado muchísimo y me habían puesto a dudar incluso de mi. Me sentía rota.

Tenía que tomar una decisión: Quedarme y chingarle con todo lo que estaba sintiendo y pensando, empezar de nuevo y darme la oportunidad de intentar hacer algo diferente, o simplemente pasar de esto que habíamos construido en conjunto (y en mi cabeza) y empezar de cero una historia con alguien más aunque eso implicara cometer errores similares. Salí adelante no sólo con terapia, sino con un grupo de apoyo y acompañamiento que siempre estuvo allí para mi. Desarrollé mis herramientas de confrontación: Me enfrenté a mis miedos y a toda esa parte “oscura” de mi que había enterrado y ocultado, me mire como soy “con el rifle en la mano y la granada en la boca, destripando a la gente que amo” Diría la Vestrini. Decidí quedarme, decidí que por mi valía la pena volver a intentarlo pero antes tenía que definir mis límites, mis capacidades y posibilidades.

Lo hice. Me senté frente a él pero también frente a mi. Me fui sincera. Puse todos los puntos sobre las íes. Enuncié de la manera más clara posible todas mis expectativas, mis necesidades, mis miedos y dolores. Escuché todas sus expectativas, miedos y dolores. Y no fue fácil descubrir que aunque nos conocíamos, había partes del otro que nos habían sido inaccesibles por mucho tiempo. Poco a poco recuperé la confianza tanto en mi, como en él y la relación. Decidí volver a confiar. Elegí darme de nuevo esa confianza.

La segunda vez que me dieron celos, sin embargo, fue con mi otra pareja. Y fue una experiencia completamente diferente. Ya teníamos establecidos los primeros acuerdos. Ya nos habíamos escrito los límites y era todo bastante claro. Yo me sentía súper orgullosa porque no había sentido celos en absoluto de nuestra relación, confiaba en que como estaba cimentada desde otro lugar y con otras experiencias al respecto, sería diferente. Pero el día llegó y yo sentí que el estómago se me iba a los pies. De nuevo tuve mucho frío y no podía parar de llorar, imaginaba cosas que para sacar de mi cabeza dije como una afirmación. Y re-descubrí que mi problema es tener información a medias o no tenerla. Que la incertidumbre del otro me mata. Que los vacíos en las historias provocan que yo auto completo con cosas que no son reales por mi necesidad de tener una certidumbre. Pero además de todo eso sentí mucha vergüenza porque de nuevo estaba en ese lugar oscuro al que nunca quise volver. Volvió mi impulso por vomitar todo, por no poder decir todo lo que sentía, por no querer admitirlo. Y sin embargo, todo fue distinto esta vez. Esta pareja a pesar de todo, se sentó conmigo a responderme todas las preguntas que yo tenía. A escuchar cada duda y cada incertidumbre, me extendió las manos como red para que me rindiera ante lo que sentía. Tenía yo muchas más herramientas emocionales. Y aunque dolía, era otro tipo de dolor. Uno mucho más líquido, podía beber un poco de ello cada día y aún así mantenerme viva. Dejé de vomitar a los dos días. Sus re afirmaciones de amor me mantuvieron a salvo. Su comprensión y paciencia dejaron de alimentar al Kraken que había en mi cabeza. Y sin embargo me sentía culpable de volver a estar allí y de arrastrarla conmigo. Me di cuenta que pasé mis inseguridades de una persona a otra y entonces volví a sentarme frente a mi. A cagarme. A llorar de desesperación porque volvía a sentirlo todo. Tenía mucha rabia. Sin embargo, esta nueva persona de la que sentí celos, era súper diferente a la primera, ni siquiera la conozco y sin embargo me cae bien. Me vibra diferente, mucho más ameno. Mi primera pareja me enseño a confiar en las personas a las que eliges y por lo tanto en sus decisiones. Entiendo también ahora que esa otra nueva persona no necesita ni agradarme, ni caerme bien, ni conocerla para respetarla. Entiendo racionalmente (aunque emocionalmente no siempre me es claro) que mis vínculos pueden tener más vínculos y que esta sensación de vacío y de abandono sólo me corresponde a mi sanarla, a partir de mi.

Al mismo tiempo, que se me haya pasado “tan pronto” o que haya podido manejarlo de una mejor forma no me quita esa sensación de incomodidad. Porque me encantaría ser inmune a los celos. Porque por más activista del “Tener celos es normal, lo complejo es qué haces con ellos” igual siento que fallo, que me fallo.
Y tengo que lidiar ahora con esa sensación y contra la meritocracia del “Si siento celos, no merezco que me quieran sanamente” “si siento celos soy una persona súper dañina y no merezco una relación sana”
Yo estoy consciente que necesito mucha re afirmación de amor.
Hasta de mi.

Así que, esta es mi conclusión: Desmontar el amor y los apegos no saldrá a la primera; es un camino de ida y vuelta y siempre existe la posibilidad de que falles, la buena noticia es que cada vez tienes más herramientas para enfrentarlo y puedes decidir qué hacer con eso.
No se trata de aguantar ni de resistir sino de enfrentar. De enfrentarte.

Descubrí más de mi que de cualquiera en mis celos. E intento reafirmarme, constantemente revisar y modificar todo aquello que no me gusta de mi. Ser una mejor persona de mi, para mi.

Celos Nivel 10

Siempre supe que era celosa.
No me gustaba que la gente que conocía estuviera con otras personas que no fuera yo, me sentía abandonada. Si alguien replicaba mis ideas, pensamientos o sentimientos en otros lugares lo sentía como un robo, y simultáneamente una traición.
Lloraba muchísimo cuando soñaba que la gente que quiero se iba.

Jamás había sido celosa con G porque nunca había sentido ese miedo.
La primera vez que sentí sospecha, fue porque en su trabajo conoció a una chica super bonita, inteligente y que se dedicaba a la misma área que él. Cada vez que hablaba de ella, el se veía genuinamente emocionado y yo completamente amenazada, pero nunca dije nada.
Hasta que un día, por casualidad me enseño una foto de ella que él le había tomado. Y sentí como todo se me caía en pedazos por dentro: las sensaciones físicas fueron -Frío -Vacío en el estómago -Nudo en la garganta -Llanto llenándome los ojos. G se dio cuenta y me preguntó por qué me sentía así.

Se lo dije todo.
Le dije como me sentía con la foto, como me sentía respecto a ella y porque lo sentía. Él me dijo que no era nada y yo le creí. Decidimos cambiar algunas cosas sobre nuestra relación.

Descubrí que mis celos son autolesivos en el sentido más literal del concepto el día Cero: me dijo que amaba a otra chica. 
Esta vez mis sensaciones no sólo fueron las pasadas. También sentí como mi útero se ponía muy duro, mi fuerza abandonaba a cada extremidad y literalmente podía sentir cómo el corazón se me rompía en pedazos. El pecho me quemaba, ni todo el aire del mundo podía evitar que me asfixiara en una vorágine de pensamientos que me gritaban que claro, que alguien como yo nunca iba a poder ser “suficiente” para alguien como él. Que por supuesto que se iba a enamorar de otras personas porque yo jamás cabría en ese espacio, que me quedaba grande, que era yo poquita cosa.

Según yo, había creado mi relación con G fuera de los parámetros y estereotipos de una relación. Ese día me di cuenta que no, que de hecho se parecía muchísimo a todo aquello que había criticado por tanto tiempo de otros y de mi en otras relaciones.

Lo peor que pude hacer cada vez que salía el tema, era vomitar. Dejar que la angustia me consumiera hasta hacer de mi un fantasma. Herirlo en mi dolor y dejar que mi dolor me lastimara físicamente. Acepté traspasar límites que no sabía que tenía. Permití pasar por encima de mis necesidades en el deseo de ser “suficiente” para alguien más. Lloré hasta que me sequé. Grité. Le reclamé cada error (real o imaginario) y jamás lo escuché. Pase seis meses de mi vida ahogada en llanto, vómito y una sensación constante de fracaso y menosprecio que a veces lograba mitigar, pero que constantemente estaba allí haciéndome la vida imposible. Deje de rendir en mi trabajo, dejó de gustarme lo que hacía. No podía dormir, a penas podía comer. Tomaba agua sólo para llorarla durante el día siguiente. Intentaba evitar llegar a casa y al mismo tiempo procuraba pasar el mayor tiempo posible allí porque era mi lugar seguro. Dejé de hablar con mis amigos, paré mi terapia y boté mis medicamentos en pleno rush de pensamiento del amor meritocrático.

Hace años tuve un problema con un trastorno de alimentación (Mia) por problemas de autopercepción. Y es que vomitar mi hacía sentir que al final después del dolor no había nada. Pensaba que tal vez comiéndome mis problemas podría mitigarlos. Y no pasaba. Entonces vomitaba, para ver si mi jugo estomacal lograba desaparecer el nudo en la garganta que no se quitaba con ningún gesto de amor o autocompasión.

 

En esta época, Mia volvió a mi vida de una forma super involuntaria. Pero estaba allí, detrás de cada esquina, en cada guiño, a cada paso, en cada respiración: nunca me dejaba sola.

Hice dos o tres escenas dentro de casa: pelear por cualquier cosa, gritar, llorar y reclamar a la más mínima provocación cualquier cosa que tuviera que ver con otras personas que no fuera yo. Llegué a querer manipularlo. Llegué a querer obligarlo a no moverse sin mi. Me expuse al peligro muchas veces, muchas otras ni siquiera me daba cuenta. Quise romper cosas. Quise apuñalar sillones y colchones, moría por realizar el impulso frenético de romper ventanas, vasos y todo aquello que resultara en un estruendo. Pero solo podía llorar. Solo podía suplicar por un día volver a ser querida “como antes” ¿Qué me detenía? Aún no estoy segura, pero recuerdo que desde entonces el pensamiento que me perseguía es que yo no quería ser esa persona.

Un día nos planteamos las soluciones extremas. Ese mismo día decidí que era suficiente de llorar y lastimarme por algo que no me correspondía ni cabía en mis responsabilidades. Barajamos la posibilidad de terminar si todo esto me lastimaba de manera tal que no pudiera enfrentarlo. Y había decidido que no quería seguir así. Pensando en salir de esa situación, busqué un terapeuta. La parte graciosa es que mientras me iba sanando, también conocí a otra persona con la que me sentía muy feliz e identificada: me enamoré. Pero aún estaba con G y quería seguir con él.

La decisión fue super difícil, pero hoy creo que es la mejor que he tomado: decidí volver a confiar en nuestra relación, a rehacerla desde cero. De poner claros los límites y necesidades de cada uno. Sabía que quería seguir a su lado, que era muy feliz en su compañía y que yo era más grande que esto, al final de esta situación, lo único que nos quedaba era ser honestos o morir. Elegí, obviamente, la honestidad.

Y mientras tanto, empecé a tener una relación con A. G siempre supo de A.
A siempre supo de G. Y así, a ciegas, me aventé a intentar entender que el mundo no podía ser malo si todos eramos honestos.
Si todos eramos acompañantes.
Que estamos con el otro en medida de nuestras posibilidades y capacidades.

No mentiré ni diré que ya se terminó y soy perfecta y no siento celos: Claro que no. Los sigo sintiendo, a veces se instalan en mi cabeza. Pero ahora lo digo. Encontré un mecanismo con G (Y que voy a replicar con A, pero esa es otra historia para otro lunes) para poder aminorar mis reacciones emocionales, y es describir primero que siento físicamente antes de que se vuelva una emoción. Si puedo detener los pensamientos y las sensaciones antes de que se cree el hoyo en mi pecho, ya tengo la mitad hecho, no se me hace nudo en la garganta y puede que quiera llorar un poco pero es mucho menos complejo que las primeras veces. Y el segundo paso lo que hago es empezar a preguntarme si lo que sentí como celos son realmente celos, o si son pena, tristeza, enojo, miedo al abandono o qué. Y eso me ayuda a preguntarme cosas sobre mi que no siempre son tan sencillas de percibir sin esas experiencias.

Al final de esos seis meses de lluvia sobre ropa mojada, y otro año y medio de momentos raros y un poco incómodos pero cada vez menos dolorosos terminé convencida

El problema no son los celos, el problema es qué haces con ellos.

 

El eterno retorno

Me queda claro que cada uno tenemos un tema al que de una u otra forma volvemos constantemente. La mía tiene que ver muchísimo con mi vientre, mi estómago y las cosas que no he podido hacer.

Todo lo que siento se refleja en mi estómago. Todo. Quiero decir, si estoy feliz, triste, enojada, el primer lugar donde lo percibo es mi estómago y mi vientre. Lo que me ha traído problemas en muchos sentidos: desde una nada maravillosa gastritis, reflujo, dolores de panza, hasta náuseas y vómito de los nervios o la preocupación. Y también va de la mano con mis ciclos del trastorno, usualmente cuando soy más sensible a la tristeza o tengo mi períodos de depresión, tengo más náuseas y vómitos.

Estas dos últimas semanas he tenido más conflictos con mi estómago y también así me di cuenta que mi estado de ánimo estaba cayendo en picada. Los últimos tres días han sido un dolor en el alma de tantas naúseas que tengo. Antier fue un día muy peculiar, tenía un compromiso sumamente importante para mi, y antes de ir a ello, por mi cabeza cruzó que tal vez estaba embarazada. En el fondo sabía que no podía estarlo: siempre me he cuidado muchísimo y por otra parte, mis posibilidades al respecto son mínimas incluso sin cuidarme.

Ayer, por razones que desconozco, tres personas cercanas a mi y que no tienen relación entre ellas me preguntaron si estaba embarazada, mi respuesta automática fue un “No, me estoy cuidando mucho” A lo que las tres personas me hicieron un comentario genérico: “Eso decía (inserte aquí a alguien de sus conocidos) y salió embarazada con todo y su (inserte aquí método anticonceptivo)

Esto me llenó de paranoia. Saliendo del trabajo corrí a una farmacia por una prueba casera de embarazo. Y en cuanto la pagué, sentí que era una completa estupidez porque no hay una sola forma en que en mi estado, pueda tener un bebé. A esto, además, hay que sumarle que en mi trabajo todos los días veo a una bebé preciosa a la que por ratitos me toca cuidar, mimar y distraer, cosa que me ha puesto súper en contacto con el pensamiento de la maternidad. Y aunque siempre me digo “aaay, no, ya para qué” hay muchas noches en que, acostada en la cama, sí pienso: “Igual y sí estaría padre”

Volvieron a mi todas las preguntas que me hice desde el día 1 en que supe que mi situación era compleja. ¿De verdad quiero tener un bebé? ¿Cuánto del que quiera tener un bebé es porque quiero y cuánto es por presión social? ¿Cuánto me he convencido de que no “quiero” porque en realidad -no puedo-? ¿Quiero porque de verdad lo considero un deseo o sólo porque sé que no me sería tan sencillo? ¿Porqué la gente para cualquier malestar piensa en un bebé?

Sentada, frente a la mesa con la prueba de embarazo cerrada, sabía perfectamente que en esta ocasión, todos mis pensamientos al respecto los detonó la presión social. Me sentí ridícula además, sabiendo que todo se me va al estómago y que me he estado comiendo de a poquitos mis preocupaciones y mis miedos.

E intento, todos los días ser bien fuerte y decir: Estoy segura, esto pasará, no es tan relevante. Pero conforme pasan los años, me lo preguntan cada vez más, y me lo pregunto cada vez más. En días como hoy, no sé que hacer.

 

Y sólo puedo confundirme para escribir.

¿Mi espacio feminista funciona?

Hace tiempo empecé a crear espacios de seguridad desde mi trinchera feminista, como un acto para cuidar, compartir y desarticularnos un poco de este constante lugar de competencia, superación y ganancia desde el que nos enunciamos siempre. Y hay cosas que con el paso del tiempo, muchas de mis compañeras de esta maravillosa experiencia de viaje me hicieron notar, así que este texto que ojalá te ayude, tiene su piso en esos errores que por normalización, contexto personal y/o cosas que aún no estaban en deconstrucción no pude atacar en su momento.
Desde este punto, donde los veo, te los comparto.

Las comunidades: Mi espacio es feminista
El punto de este espacio que yo creé no era sólo poder cuestionarnos dinámicas que podrían no ser simétricas ni precisamente equitativas, sino también poder compartir nuestras experiencias, dudas e inquietudes desde un lugar de seguridad con una conciencia de cuidado y respeto, como las consignas feministas que personalmente voy siguiendo. He tenido la fortuna de encontrarme con personas que comparten la visión donde el debate como una herramienta de crecimiento y confrontación propia, así que entre todo, con mucha suerte y mucho trabajo pudimos encontrar un espacio donde converger fuera sencillo, que no fácil. Lejos de lo que parece, me fue sencillo poder encontrar personas afines, aún dentro del maremoto que fue el tema en su momento y con todos los “Ni Feminismo ni machismo, humanismo”

Y ya sé, ya sé. Parece cuento de hadas pero con el paso del tiempo, muchas compañeras me mencionaron situaciones que eran incómodas, extrañas y poco afines con esta creación de espacios feministas.

¿Quién domina la conversación en espacios mixtos?

Esta pregunta fue la que más me reveló que algo estaba yéndose por el lado equivocado. Nuestra conversación, esa conversación feminista de creación y reividicación la estaban dominando.. hombres, que nos platicaban cómo hacer el correcto feminismo. Hombres que nos corregían nuestras acciones feministas. Hombres que no nos permitían dar una opinión sin darnos “la contraria sólo por el debate”. Compañeros relacionales que al dar su visión del mundo, ellos estaban bien y las que éramos incapaces de ver, resolver y actuar en consecuencia eran parejas mujeres.

Una de las razones por las que en su momento pasé por alto el que ellos dominaran la conversación es que yo creía que ellas no querían hablar. Incluso en las preguntas directas evitaban contestar, dando pase a que algún otro hombre hablara. Las pocas mujeres que daban comentarios suelen ser mujeres con una formación feminista mucho más confrontativa y que claro, tienen esa cosa tan hermosa llamada personalidad extrovertida. De alguna forma, mujeres que se enseñaron a hacerse escuchar en este man’s world. Incluso en nuestros espacios teníamos que luchar por la palabra.

Y claro, si ellos son quienes en su mayoría hablan, entonces el personaje pasivo que escucha siempre éramos… nosotras.
Es decir, el protagonista activo de los relatos de las mujeres son las mujeres. Siempre se enuncia desde el yo: Yo hice, dije y pensé. Y en la mayoría de hombres es: Yo hice PERO ELLA reaccionó así. Y de pronto de una denuncia, todo se volvía nosotras escuchar cómo ellos sufren por cosas que nosotras sobre-reaccionamos a lo que ellos inocentemente (¿?) hacen.

Al final entonces, hay que cuidar que los espacios mixtos no nos reproduzcan esas dinámicas de enunciación que tenemos en todo el mundo, dejar de reproducir la idea de que ser “neutro” es dejar “que las cosas pasen como tengan que pasar” ya que estamos tan acostumbrados a que las cosas sucedan de cierta manera que no vamos a poder observar las fallas de comunicación y el discurso que se tiene.
Como aquí hasta hace poco.

Todos son aliados hasta que…

Esta fue una situación que mi Yo feminista rechazó desde el inicio y que también tiene que ver con la forma en cómo interactuamos con el otro en los espacios comunes: Muchas de las compañeras dentro de las sesiones se sentían intimidadas, observadas y cazadas. Resulta que a varias de ellas después de este espacio de seguridad, las abordaban por fuera en una actitud para nada acorde con la intención del grupo. Las pequeñas violencias de conquista del cuerpo, opinión o preferencia del otro se hicieron presentes de un momento a otro.
Mis compañeras, aquellas para las que había creado el espacio, se sentían acosadas.

Otra cosa por las que mis compañeras no hablaban: Ya que siempre se buscaba compartir una experiencia para tener alguna especie de retroalimentación de la experiencia del otro, de pronto se volvía un debate por tener la razón. Entonces de pasar de ser un intercambio práctico pasaba a ser una lucha teórica e incluso académica. Incluso se han sentido intimidadas por el lenguaje tan especializado. Lo curioso es que viendo esa interacción, usualmente las mujeres cuestionan ideas. Y los hombres, personas.

Esa diferencia de perspectiva nos impide un diálogo lineal y de inmediato entramos en las dinámicas típicas de conversación: la jerarquía meritoria.

Sísifo y el eterno retorno

Hagamos un paréntesis: No todo está mal.
Entre todo, los espacios han podido ser un lugar de reflexión, confrontación y cuestionamiento. Un lugar donde surgen dudas de las dudas y que jamás terminamos de desentramar. Sin embargo ahora me enfoco en estos puntos tan relevantes porque es una forma de hacerme notar que las revisiones autocríticas deben ser constantes. Porque como una comunidad creciente, siempre encontraremos algo que deconstruír, algo que señalarnos y mejorar.

Es algo peculiar, además. Son cosas que no se pueden dar por hecho, ya que muchas personas son nuevas en la dinámica y proponer espacios diferentes resulta a veces confuso e incluso violento o extraño. Mi trabajo es no perder de vista estas situaciones para mantener un mínimo necesario al entablar estas maneras distintas de mirarnos.

La relevancia de los espacios separatistas

Cuando creé un espacio separatista dentro de los espacios feministas, muchos hombres entendieron pero hubo otros tantos que nada más no lograban ver porqué necesitamos espacios nuestros, solos, Una Habitación Propia diría mi comadre Virginia W. Y es que los espacios separatistas contienen una dinámica de comunicación bastante diferente, que parte regularmente de la empatía, comprensión y sororidad (cada una de estas en sus contextos y bajo las experiencias de cada una) además de necesidades que expresamos en el momento: A veces sólo queremos escuchar a otras, en ocasiones queremos ser escuchadas, en otros momentos necesitamos formular preguntas o poner en duda algo que nosotras considerábamos una respuesta, incluso hay situaciones en que sólo queremos hacernos compañía. Estar con otras mujeres. Escuchar, mirarlas y saber que no estamos solas. Crear estos espacios de cero meritocracia para poder reconocernos y escucharnos. Son importantes estos espacios porque desde aquí pueden formularse todos los temas que podríamos abordar en lugares mixtos. Necesitamos además usar los lugares mixtos como denuncia de algo que en espacios separatistas estamos logrando observar.

El espacio separatista se vuelve un refugio cuando incluso en otros espacios el discurso patriarcal anda asomando la cabeza o de vez en vez metiendo la mano por debajo de la mesa.

 

Aprender para enseñar a escuchar 

Creo que la parte más compleja de toda esta labor para mi, ha sido aprender a escuchar al otro desde un punto objetivo y no tomarme personal lo que dicen. Entender que usualmente decimos las cosas desde nuestra percepción del mundo y que eso no necesariamente es lo que está viendo el otro. También entender que hay puntos, comas y extensiones que no alcanzamos a ver de inmediato y a veces necesitamos que el otro nos señale que están sucediendo. Darnos cuenta que incluso en búsqueda de nuestro espacio ideal podemos revisar el “ideal”

Pero sobre todo, darme cuenta que el trabajo colectivo es un trabajo para todos. Por lo tanto, si queremos hacer o “educar” a que el otro nos escuche, a lo mejor tenemos que empezar por nosotros escucharnos, y después al otro. Sólo así he encontrado que se puede hacer eco de las cosas que están sucediendo.

 

Las propuestas nuevas

La mayoría de las situaciones las solucioné de una manera sencilla: Priorizar el diálogo de las mujeres. Como nuestro diálogo es por turnos entonces lo más lógico sería que la mediación se diera a partir de estos parámentros:

  1. Sólo hay 5 tomas de opinión por tema para los hombres, así que entre ellos deberán decidir quién enuncia y/o participa.
  2. Cada participación masculina tendrá un límite de 2 minutos.
  3. Un mismo hombre NO puede opinar dos veces en el mismo tema y probablemente tampoco en la misma sesión
  4. Dejar la academia para después: si es un espacio donde nos estamos mencionando a partir del “YO” entonces la academia, por mucho texto maravilloso, no es precisamente lo que nos ayudará a reivindicarnos: necesitamos un diálogo horizontal; las recomendaciones de textos y teoría podemos darlas al final y subirlas a la página o al evento.
  5. Lamentablemente fuera de estos espacios no podemos asegurar que no haya situaciones incómodas, lo que sí podemos hacer es escuchar cuando alguna compañera/hermana/afecto denuncie cualquier cosa y traerlo a la mesa como un punto a cuestionar.
  6. En espacios separatistas, cada sesión ponemos sobre la mesa las necesidades de cada una de las asistentes, así a nadie se presiona para hablar y se crea el espacio necesario para asentir o disentir de todo lo que suceda dentro

¿Estas cosas significan que nuestro espacio no funciona?
No. Entre todo esto, hemos logrado una convivencia bastante interesante, una cohersión y unión muy peculiar y hemos podido llevar a la mesa situaciones importantes que nos ha sido relevante señalar. Todas las dudas y situaciones planteadas desde las gafas violetas nos han ayudado precisamente a ver en qué podemos mejorar.

Sin duda aún no es un lugar perfecto y como todo proyecto bebé, necesita revisarse y darse sus propios “amika date cuenta” en medida de sus comunidades. Esta comunidad, en este particular momento necesita que hagamos énfasis en cada punto mencionado. Y mañana ¿quién sabe?

Todo esto a penas se está instalando y termina de cuajar. Mientras tanto, ya tenemos nuevas sesiones tanto separatistas como mixtas donde platicamos de cosas súper interesantes, compartimos puntos de vista y a veces “pateamos avisperos” ¿Te aventuras con nosotros?

Toda la información aquí

Mi miedo a la hoja en blanco

Una de mis cosas favoritas en el mundo es escribir: Me ayuda a reconectarme conmigo y con el mundo. Además ordeno mis ideas de una mejor forma cuando puedo verlas escritas, me deja verme desde una perspectiva externa. Tengo un hilo rojo con el lenguaje (aunque definitivamente me equivoco y no siempre soy buena con/en él) además, y de una forma sorprendente, vivo de escribir. Se ha vuelto una de las partes más importantes de mi vida, mi más grande medio de comunicación.

Desde hace días he estado teniendo un bloqueo enorme con las hojas en blanco. Me cuesta concentrarme, no puedo retener ideas. Me siento una completa zombie: nada en el mundo es lo suficientemente atractivo para desarrollar mi atención por más de 5 minutos, tengo problemas hasta para hilar dos ideas seguidas y definitivamente me molesta muchísimo no poder comunicarme a veces ni conmigo.

Me frustra porque me siento inútil y poco productiva. Siento que pierdo tiempo, que no soy suficientemente buena y definitivamente me percibo en esos momentos como alguien nada inteligente. Especialmente cuando sé que tengo trabajo por delante, pero no es únicamente en eso: también a veces noto que por más que me esfuerzo no puedo leer, no entiendo lo que hay frente a mi. Olvido lo que estaba a punto de hacer, me distraigo con todo y me siento desorientada. Me sucede con los libros, las recetas, los instructivos, los semáforos y las líneas peatonales, los artículos, los gestos, la comunicación no verbal. Es como un velo pesado de neblina entre el mundo y mi mirada.l

Por una parte creo que es parte de mi trastorno. A veces se me sale de las manos. A veces no puedo mantenerme en un solo lugar y en ocasiones cuando estoy así no me gusta salir de casa porque suele sucederme que este vacío mental también me provoca en ocasiones perderme en el titán que es esta ciudad. Confundo rostros, números y direcciones, lugares, personas y situaciones. Olvido muchas cosas y hay muchas otras que en mi mente están de una forma completamente distinta a como realmente son.

También me asusta. Y creo que es algo más que una hoja en blanco:
En vacío y la incertidumbre en cualquier sentido en mi vida, me asusta. Por eso escribo. Por eso leo. Por eso comparto.
Intento buscarme y encontrarme en cada cosa que toco y con la que tengo alguna especie de interacción. Intento dejar una parte de mi en cada cosa para tener a dónde recurrir cuando me siento perdida. Cuando no me encuentro o estoy confundida. Es una especie de impulso por encontrar en todo un espejo que me recuerde que no estoy mal.

Intento llenar cada espacio vacío con mis sombras y luces, oscuridades, pensamientos y sobre todo preguntas.

Hablando de preguntas.
¿Ustedes como lidian con su distracción? ¿Cómo pueden volver a escribir?

Crónica de una ciudad que vibra

En la mañana me atravesaron pensamientos sobre los edificios, en mi curiosidad por las imágenes pensé en cómo sería ver una casa cortada en cuatro ángulos. Una sin una pared, una con un corte vertical para ver la distribución de los pisos. una con un corte horizontal para ver la distribución de un nivel y la última con corte transversal sólo para jugar con los espacios.

Es 19 de Septiembre.

13:00
Reviso por cuarta vez mi correo, para ver si ya llegaron noticias de la última entrega. Al mismo tiempo termino de hacer una cotización de material, y discuto por una tontería. El día está más pesado que de costumbre y miro el reloj al menos tres veces en 10 minutos.

13:10
Mi mejor amiga me dice que está cansada y le digo que también yo. -Ay, ya vámonos a nuestras casas- le digo. Ella se ríe. Y responde –  Idiota, mejor ve por un refresco y despiértate.
Lo pienso.
Reviso el teléfono de nuevo y decido que no, que mejor aguanto, falta menos para la hora de comida.

13:14
Escucho y siento cómo vibra mi silla, se escucha un sonido duro, hueco, pienso que es un tráiler pasando por la calle de atrás y descarto la idea de inmediato. Está temblando. Y siento un nudo en el estómago, el escalofrío en la espalda y nervios. A penas me da tiempo de arrancar mi teléfono del cargador y salir corriendo. Empujo el ventanal que tengo como primera puerta e intento caminar derecho, pero la vibración del suelo me lo impide. Abro la segunda puerta y sin querer la azoto. Ruego por que los vidrios no se revienten.
Salgo.

13:15
Estoy en el patio y veo salir a los chicos del otro edificio corriendo. Escucho murmullos y veo cómo los cables de los postes se mueven en un patrón ahora conocido. Me acerco a un automóvil para darme cuenta que baila sin ritmo aparente. Miro la cara de mis compañeros y noto que una de las chicas está a punto de desmayarse. Me pongo nerviosa. Escucho gritos y alguien se cae.

Este momento me dura una eternidad.

13:17
Mando audios a mis papás -Hola, estoy bien. Casi no tengo señal. Si están bien, no me contesten, no necesitamos saturarnos más. Si necesitan algo, márquenme. Cualquier cosa, encontraré modo de comunidarme. Los amo.-
Mensajeo a mis amigos con el mismo mensaje: ¿Necesitas algo? ¿Cómo te sientes?
Recuerdo que él trabaja en un piso 16 y la angustia me recorre el cuerpo. Me llegan mensajes aleatorios de chats en grupo, veo su mensaje: -Estoy bien, vi cómo caían edificios. Estoy bien-
Los chicos del trabajo bromeamos un poco, pensamos despacio en qué paso.
Recuerdo que ella trabaja en Insurgentes e intento marcarle. Llamo hasta el cansancio: Nada. Recuerdo el libro que me prestó, donde justo, habla de dos chicos en 1985.
Maldita sea.

Mantengo la compostura.
Respiro.
Prenden la radio de un auto.

13:20
No tengo señal. No hay internet. No hay línea. No hay luz.
Siento, por un segundo, que no existo.
Respiro.

Llegan mis jefes, nos dicen que su módem es de pilas, que tienen internet. Corremos a la terraza.
Veo a una compañera llorando. -No localizo a mis hijos- me dice entre berreos y suspiros -No sé si están bien, tienen a mi bebé- la abrazo. Y no entiendo su dolor, pero lo veo y me parte. Intento no llorar.

13:30
Siguen sin salir mis mensajes.
No recibo nada.
Veo a mi amiga sentada en las escaleras de la entrada. Está bien. Luce tranquila. Me quito la preocupación de la cabeza.

14:30
Nos retiran. Salimos casi corriendo (o se siente así) con las piernas hechas gelatina. Me tiemblan las manos. Camino rápido y decido ir a Insurgentes a ver qué paso con el piso 16.
Esucucho que me gritan y volteo.
Me espero. Lo abrazo. Siento que me deshago un poco y al mismo tiempo me siento a salvo. Estoy preocupada.

Buscamos agua. Caminamos a Insurgentes. -Vamos a ver a mi mamá- y pienso en las niñas. Avanzamos y se siente un ambiente extraño en el aire, si miras a lo lejos, puedes ver una capa de polvo volando sobre todas las cosas que hay, puedes percibir también el miedo y la incertidumbre de las personas.
No hay coches avanzando.

14:40
Llegamos a Insurgentes y vemos a gente caminando. Al grupo de chat me llegan mensajes -Estoy por Chilpancingo encerrada. No me dejan salir. Hay una fuga de gas- y siento la necesidad de correr a buscarla. No puedo. Caminamos despacio, atendemos indicaciones, vemos casas, calles, paredes derrumbadas. Un olor intenso a gas. Vidrios rotos por todos lados. Gente sentada en camellones. Gente caminando en todas direcciones. Siento náuseas. Me quedo callada.

15:00

Me parece eterno andar en esta avenida. Subo a una banqueta porque pasan muchas ambulancias por el asfalto. Veo a un chico con la mirada perdida y una sonrisa extraña. Me asusto. Escucho a una chica gritar. Camino hacia ellos e intento meterme en la discusión. Siento su mano jalándome, me doy cuenta que estoy siendo errática e imprudente.

Seguimos caminando.

15:38
Veo cómo, en medio de las ruinas y la calle vuelta loca, una hija se reúne con su padre. Siento el escalofrío. Siento alivio. Mis ojos se llenan de lágrimas que siento que se quedarán allí, atoradas. Tatuadas.
Pienso en mi madre y en las muchas veces que evité hablar con ella en un momento como éste y entiendo por qué siempre lo hago: me es más fácil contener mi histeria, que una histeria compartida.
Más adelante hay una escuela y veo a una chica llorar -No está. Tiene 6 años y no está ¿cómo la busco?- Y su novio la abraza -Está cerca, no te preocupes- y siento el nudo en la garganta, el dolor de estómago.

15:50
Estoy cansada, con calor y sedienta. Estamos cerca y me siento ansiosa por llegar. No me doy cuenta que estoy casi corriendo hasta que dice en voz alta -Cálmate, te estás acelerando.

16:00
Llegamos. Nos saluda el perro y vemos a las niñas en el suelo jugando – Fui por ella y estaba asustada, pero todo bien. La chiquita es la que se soltó a llorar en cuanto nos vieron, pero no pasa nada- las miro, sin tocarlas. Las saludo y abrazo. Las beso. No digo nada, pero siento que me vuelve la calma al cuerpo. Empiezo a sentir cansancio. Sed. Dolor de cabeza.

16:10
Pienso en que unos amigos estaban en su casa porque su hijo había tenido cirugía y pregunto por ellos -Están bien, sólo se cayó su librero, pero no les pasó nada a ellos- y me relajo. Comienzo a recordar a cada uno de mis amigos.
Entiendo que estoy segura y tengo la preocupación por otros ahogándome. Me recuesto en el sillón para poder descansar los pies.
Siento sus piernas y me dice -Ven, acomódate-

Me quedo dormida.

20:00
Llego a casa. Veo a mis mascotas. Las abrazo. Las estrujo.
Tomamos la mochila de emergencia y vamos a dar la vuelta por la zona. A buscar algo para comer. Velas. Encendedor. Cerillos. Refresco. Agua fría. Caminamos un rato.

Volvemos a casa. Comemos algo.
En la entrada nos avisan -No hay gas, se cerraron las llaves por precaución- y nos acostamos en mi colchón. Empezamos a platicar sobre lo que pasaba en nuestra cabeza todo el rato. Nos gana el sueño.

___

No sé qué hora es.

Mi celular no tiene batería, a mi computadora no le sirve el reloj. Vuelve la luz.
Leo y sé que todos a quienes conozco directamente están bien. Y siento alivio hasta que veo mi feed lleno de noticias: Derrumbes, desparecidos, gente bajo escombros, personas sin casa, edificios destruídos, necesidad de albergues, de comida, de herramientas, de material médico.
Y entiendo qué es lo que tengo que hacer ahora.

Respiro.
Pienso en que en esa misma mañana pensé en ver los cortes de edificios.
Y me arrepiento mil veces.

Empiezo a buscar y canalizar ayuda.

 

 

Unas horas después, me dejo caer en la cama para dormir esperando que todo sea sólo un sueño. Para mañana desear que esté de pie mi ciudad.

12 motivos para renunciar

En algunos trabajos he notado que los jefes actúan como si te estuvieran haciendo un favor al darte un trabajo, y en realidad ni te enseñan a mejorar tus actividades o costumbres, ni te permiten mejorar situaciones con prácticas que conoces. Muchas veces, incluso lejos de ayudarte, te enseñan malas prácticas. Y aún así, y otras muchas cosas (que enlisto aquí abajo) pretendo explicarles por qué nunca he renunciado a mis trabajos, pero siempre renuncio a mis malos jefes.

1.- La paga no equivale al trabajo que estás haciendo

Es de las que más me han sucedido. No tengo ni un solo problema en trabajar por el dinero que me gano, regularmente he sido proactiva, pero he llegado a lugares donde eso se va haciendo poco a poco como una obligación: me contrataron de becaria, y casi un año después era coordinadora de un equipo de 4 a 6 personas y evidentenemente mis actividades cambiaron muchísimo… pero seguía ganando como becaria.
Y me seguían tratando como tal.

2.- Evitan reconocer tus talentos para no darte algo más de lo que ellos consideran “justo”

¿Te ha pasado que aunque hagas el mejor diseño de tu vida, tus jefes siempre responden algo como: “Mmmh, está bien….” con cara de fuchi? ¿O que te dicen que “no eres tan bueno/a” en algo donde eres especialista… ¡O peor aún! te ponen a hacer cosas de las que no tienes idea, sin explicarte y esperando que cometas el error para retirarte la tarea asignada… con tal de no otorgarte nada poque “no sabes hacerlo”

3.- El sexismo y misoginia existe en diferentes formas

Esto funciona en mucho sentidos: no necesariamente es hacer comentarios directos hacia ti. En mi caso pasaron cosas como hablar de cualquier otra chica sólo con el adjetivo de: “Esa pendeja” “La puta esa” Y chistes constantes -por constantes me refiero a TODO EL TIEMPO sobre vaginas, tetas, porno, albures, e insinuaciones.
No tiene que ser directa para tener que sentirte ofendido: es sentido común.

4.- “Respeto” es un concepto inexistente

Típico: entre amigos no falta que te digas “wey” “idiota” “tarado” y aunque no es lo ideal, también está basado en un lazo de confianza al otro. Es la forma de manifestar tu conexión con aquel individuo con el que compartes mesa. Pero de eso a que el jefe grite cosas como: “Hablale a la putita esta, la gorda” “Hay que ser pendejo para no entender cómo mandar un mail” hay una GRAN diferencia. La violencia con la que hablas dentro de tus entornos y te diriges suele comunicar mucho del tipo de empresa en el que estás trabajando. Sabemos que las groserías son parte del entorno del mexicano, pero el que sea normal no significa que sea correcto.

5.- El hermano mongol del jefe

Ésta es mi persona favorita en el mundo laboral: siempre hay un dude contratado que no hace nada y nadie sabe por qué está allí. Más que ser Administrador, Community, Programador, Diseñador, Editor, parece que más bien, su trabajo es ser el chismoso que le lleva información al jefe y le pagan sólo hora nalga. Y todo ese trabajo que debía haber hecho esta persona pasa a tus manos. Y así terminas los viernes: con pendientes que no son tuyos a las 8 de la noche, desvelado y estresado porque el material era para ayer.

6.- Ser becario es equivalente a ser pendejo

Te contratan con menos de la mitad del sueldo que deberías tener, con un horario donde ellos entienden que “medio turno” son más de 5 horas, pero menos de 8, te dejan solo ir a sacar las copias y si estás de suerte… a comprar café de todos en la oficina. Cuando te ponen una actividad y la terminas, la revisan 10 personas diferentes que te piden mil modificaciones, para darte cuenta que tu primer borrador era perfecto y además el crédito se lo lleva alguien más. Por si fuera poco, te regañan porque deberías ser más proactivo y ser como “Chuchito” que lo resolvió rápido…

¿Te parece familiar?

7.- No existe inteligencia emocional ni resolución de conflictos

Esto me pasó más de una vez: una entrega se atrasó porque la persona que lo desarrollaba no asistió a la oficina. Y los que seguíamos en el equipo, no teníamos la más mínima idea de que eso nos lo habían pedido. Así que le avisan al jefe que no estaba ese detalle urgente y en lugar de resolver… Me gritó hasta que se cansó, haciendo todo el énfasis del mundo en lo tonta que fui por no adivinar el pensamiento y terminando con un: “Ya sé que no bería gritarte a ti, pero necesitaba sacar mi coraje. Y en realidad ni siquiera estaba enojado, sólo estoy frustrado”
Joyita.
Evidentemente renuncié. Pero si no tienen la capacidad de resolver conflictos pequeños como una porción de código… ¿Contratarías a esa empresa para que te resolviera la imagen pública de algo?

8.- No pagan

La primera vez, te retrasan el pago unos minutos. En RH te dicen que enviaron tu transferencia a las 5 de la tarde y cuando vas al banco descubres que tu pago entra hasta la siguiente semana porque las aprobaciones de transferencias bancarias se cierran a las 4 y por lo tanto la tuya no pasó. La segunda vez te pagan una semana después, porque el cliente se retrasó con los pagos. La tercera una quincena en realidad no sabían qué problema había con el banco pero “ya merito nos depositan” y la cuarta vez, bueno, nos enteramos que la empresa pide un préstamo en el banco porque no hay dinero…

9.- Mentiras desde el contrato

Uno de mis contratos decía que además de mi sueldo, me pagarían un curso escolar/idioma/colegiatura, y aparte mis prestaciones de ley. Oh sorpresa cuando descubrí que ni curso, ni prestaciones y en realidad, tampoco el salario mínimo.

10.- “Esto es lo que hay”

Entiendo que el material de trabajo que te asignan es probablemente el mejor que tienen para tu puesto, ya que las requisiciones lo ameritan pero ¿qué pasa cuando tú debes llevar tus cosas para poder hacer tu trabajo, porque “la empresa no tiene los recursos”? Sinceramente, si no pueden darte el material para trabajar ¿crees que tengan la capacidad de pagarte por tus servicios o conocimientos?

11.- No existe libertad de toma de decisiones / propuestas

Sí. Entiendo. Existe una jerarquía de puestos y está bien. Pero siempre te piden propuestas para realizar un proyecto y te topas con que si no es lo mismo que el jefe dice, entonces tu opinión no vale. O peor, que cuando estructuras un proyecto tiene que pasar por 4 personas y cuando llega al jefe ya está obsoleto, o debería tener muchas mejoras, y eso te convierte en el dinosaurio de los métodos. Hay una opción aún mejor: estás en junta, das tu opinión y te callan con un “los becarios/nuevos sólo entran a junta para aprender”

 

12.- “El cliente siempre tiene la razón”

Estás en un proyecto donde eres un expertazo: entonces comienzas a planear estrategias de trabajo y nuevas formas de revolucionar un “algo”, además te súper luces con tu equipo de trabajo y optimizas todo lo posible tanto costos como personal, equipo… para que tu jefe te diga: “Ok. Esta padre, pero el cliente quiere esto y eso es lo que le vamos a dar porque él siempre tiene la razón” a sabiendas de que el producto está mal. Y parece que no tienes otra opción más que aceptar.

 

La primera vez que renuncié fue súpe raro: amaba lo que hacía pero  me

sentía sumamente infeliz de la forma en que me desarrollaba en mi entorno. Con el paso del tiempo solo pueden pasar dos cosas; o te acostumbras y normalizas cosas tan simples como hacer algo de mala calidad, a más graves como la violencia introyectada de cualquier persona. Todas estas experiencias las coleccioné a lo largo de varios trabajos en diversas áreas, pero una cosa me queda muy clara:

 

Desde que cumplen uno de estos puntos, yo empiezo a dudar del trabajo y mis alertas rojas se encienden. Eso sí, nunca dejo que pasen al tercer strike.

 

 

 

*Todas las ilustraciones pertenecen a Magoz. Su blog aquí*

Saber pedir ayuda.

Como en todo, las altas y bajas emocionales me traían vuelta loca. Poco a poco fui descubriendo que había cosas que no podia manejar, ya no sólo de mi caracter, sino también del cómo me afectaban las cosas siempre. La manera en la que enfrentaba al mundo. Empecé a notar que en las mañanas me costaba un trabajo inhumano despertarme o levantarme de la cama; ya era mucho más difícil encontrar algo que me moviera y me motivara para bañarme, por poner otro ejemplo. Simplemente todas esas cosas que antes hacía de una manera tan sencilla me parecían actividades titánicas: todo rebasaba mi capacidad para mantenerme si quiera atenta.

Y así pasaron los días. Estaba intentando procurar que “no me afectara demasiado” y mantener mi discipolina (En estos días entendí la importancia de ésta, y es que cuando no tienes más motivos para poder avanzar, la disciplina es la que te ayuda a mantener un ritmo en tu vida, aunque éste sea muy bajo) pero me di cuenta que las cosas estaban sobrepasandome. No había cosa con la que no llorara e incluso comer se puso difícil para mi.
No comía porque no tenía hambre, pero cuando lo hacía simplemente no podía parar.

Empecé a darme cuenta que estoy era mucho más grande que yo, cuando no podía controlar nada en absoluto: mi enojo, rabia, tristeza, preocupación e inseguridad explotaban como si todo el tiempo fuera una olla exprés. Pero la parte más dolorosa: la “Epifanía” se dio cuando vi a las personas alrededor mío siendo afectadas por algo que yo no podía parar. Y comencé a preguntarme si “un día pasaría” si de verdad “estaba bien” y si “podía con esto sola” porque “siempre habia podido”. Y es que, con el paso del tiempo te crees estas cosas, porque sí, vivimos en esta clase de sociedad donde nos meten en la cabeza que todo el tiempo, tu único deber es SER FELIZ, aún cuando haya cosas que en sí mismas no generen felicidad; como la muerte de alguien. Y es que, piénsalo: Siempre te dicen “pero no llores, mejor alégrate porque estuvo vivo”
No dude. No.
Creo que hay un gran error en querer que todos estemos todo el tiempo felices: no somos capaces de mantener una vida solo así, y no es posible porque somos personas cambiantes que tienen un entorno fuera de sí que no pueden controlar.

Volviendo al tema:
Vi a todas estas personas cercanas a mi siendo igual de lastimadas que yo, porque no podía yo expresar otra cosa más que mi pesar, y porque tienen problemas propios. También me di cuenta de la comodidad que de alguna forma implica la tristeza: Sientes que toda la atención se centra en ti, y puede que sea verdad.. un rato, porque tanto terminas siendo una carga emocional para ti e inevitablemente no importa lo que los demás digan, no dejas de sentirte triste.

Al final del día, existieron muchísimas reflexiones que me hicieron darme cuenta que no tenía que hacerlo sola. Y por segunda vez en mi vida, y a pesar del miedo que le tengo, busqué una terapeuta en quién apoyarme y estuve un buen rato buscando a la persona adecuada para mi, alguien con quien me sintiera en confianza, segura y tranquila, pero sobre todo que su método fuera algo que a mi me pareciera bien y sintiera que me acomodaba para poder avanzar.

Terminé con una psicóloga mexicana que actualmente vive en Españan y da terapias vía Skype. Me ha acomodado increíble y me ha ayudado a mejorar, además de muchas otras cosas que implementé  y personas que conocí de a poquito en mi vida y me impulsan a seguir adelante.

No te voy a mentir: Todavía hay días en que la vida es una basura y no quiero moverme de mi cama. Pero justo esos días es cuando más puedo ver el avance que la terapia y las opersonas me han ayudado a alcanzar: mi tristeza si bien, existe, ya no me vence. No me tira. Y empiezo a usarla más como combustible de cambio, que pretexto para no comer.

¿Quieres alguna recomendación? Creo que en general lo que puedo decir es que necesitamos ser más honestos con nosotros. Pregúntate qué sientes y siempre hay que recordar que los sentimientos son verdaderos pero no necesariamente reales.