Solo un pequeño cólico

Cuando empecé a tener una vida sexual activa a voluntad y con toda consciencia, tenía más o menos 18 años. Poco más, tal vez. Después de platicarlo con mi pareja de ese entonces, sólo nos estábamos cuidando de no embarazarnos (en ese entonces éramos 10000% monógamos y heteros) entonces empezamos con la planeación de cuidados. Después de una larga charla e indignación sobre para quién y desde dónde estaban pensados los anticonceptivos, entonces sí, empezamos a calificar uno a uno a ver cuál era más eficaz para nuestra situación. Yo siempre he tenido mi sistema hormonal súper delicado, con lo que ciertos métodos con hormonas no eran buena idea. Además del que jamás he sido buena para la puntualidad de hacer cosas, tomarme una pastilla anticonceptiva me iba a resultar en una ruleta rusa. Al final, decidí que sería el DIU. Él más que decir “sí” o “no” se dedicó a apoyarme, buscar información, costos, etc. Total, que el DIU, que no era de mantenimiento tan caro, sinceramente era súper barato, no dependía de si me acordaba o no, y la mejor parte: dura años. Muy chingona yo, al siguiente lunes no fui a la escuela, y como en la escuela me dan seguro, pues fui al seguro. Muy chingona yo, pido que me atiendan, me pasan, me hacen una evaluación, me muestran el DIU y me pasan a camilla. Resultado de imagen para ginecóloga consultaEstoy acostada, con las piernas separadas, viendo como una enfermera acomoda todo, otra intenta distraerme y la doctora sentándose para hacer el procedimiento, me miran la vulva. La doctora se quita y le dice a una practicante: “Colócalo tú” Me dan nervios. Me abren el canal vaginal con unas como pinzas. Siento frío. Me hacen el tacto vaginal para descartar inflamación o infecciones. Todo bien, pero no puedo evitar ponerme rígida y moverme hacia atrás: fue mi instinto. La doctora me pide que abra y cierre los dedos de los pies y las manos, que me relaje y me enseñan el Dispositivo. “es de tres centímetros” me dice “sólo sentirás un ligero cólico cuando te lo coloquen, sólo te abrimos 5 milímetros del canal vaginal para poder colocarlo” Y yo, dentro de mi, sentía que me habían abierto como para parir. “Te lo coloco, una… dos…” y no llega al tres cuando lo coloca. Siento un dolor distinto. En mi cabeza lo que había pasado, era que el dispositivo había tocado la parte más alta de mi útero y me lastimó. “¿Todo bien? Estás muy pálida. ¿Vienes con alguien?” dice la enfermera. Y me introduce unas tijeras para cortar los hilos restantes del dispositivo: unas tijeras que para mi, parecían de pollero y que seguuuuro me iban a terminar cortando algo dentro. Ya me veía volviendo en dos meses a que me retiraran la matriz por un corte hecho sin querer por las tijeras de pollo. Me piden que baje de la camilla y siento que todo se mueve a mi alrededor. Casi me caigo. Me coloco una toalla nueva en las bragas, me las pongo. Subo mi pantalón. “¿No vienes con nadie?” insiste la doctora. Yo: “No, mi mamá ni siquiera sabe que vine. Mi pareja no puede venir hasta acá a esta hora” Se queda seria. Me mira, me da dos ibuprofeno, una receta para más calmantes. Me da instrucciones, un folleto y yo la verdad no recuerdo mucho. Ella dice “quédate aquí hasta que llegue otra paciente o te sientas mejor. Te dolió mucho y fue la impresión que hace que casi te desmayes” Cómo es que no me desmayé alv. Espero media hora, me siento “mejor” y decido irme. ¿Qué hago ahora? con el dolor en el abdomen parece un suicidio ir a la universidad. Quiero ir a casa y lo único que se me ocurre es ir caminando a la biblioteca delegacional, a dormirme un rato. Esperar unas cuatro horas, hacer tarea y regresar a casa para que mamá no sospeche nada. Al fin que el semestre está terminando. Salgo despacito y con algo de lagrimitas en mis ojos por el dolor. Justo pasa una combi a mi lado y Tarraráaaan: se baja mi mamá al verme. Se pone súper de malas y entre su enojo y su sorpresa empieza a regañarme, a intentar investigar qué hacía allí. Yo solo digo “me sentía mal y vine a que me revisaran, no tengo nada” Pero mi mamá no me cree e insiste hasta que le digo ME VINE A PONER EL DIU, MAMÁ. Se enoja. Lo piensa y me dice algo como: “Estoy tan enojada que podríamos ir ahorita mismo a que te lo arranquen”Resultado de imagen para DIU Yo me río y le digo: “¿Y embarazarme?” Se queda callada. Justo ese fin de semana estábamos terminando de mudarnos. (Ya sé, nunca fui muy hábil para planear esa clase de cosas. No contaba con que dolería GENIO) y mi mamá seguía enojadísima. Entonces hubo la charla. nos sentó a mi y a G para decirnos “Yo no estoy de acuerdo y no tienen mi permiso para tener relaciones sexuales” G y yo nos miramos y no tuvimos que hacer nada más para carcajearnos por dentro. Sufrí de dolores abdominales bien intensos por dos meses. Los dos meses más horribles del mundo. Fui a revisarme y me decían que era normal. Dejé de alarmarme. A partir de aquí iba cada 6 meses a revisarme al seguro de la universidad. Después empecé a pagarme consultas con un ginecólogo particular. Me duró 9 años. Jamás tuve ningún problema o conflicto, supongo que por una parte por mi paranoia de ¿Y SI AHORA ME DICEN QUE SÍ ESTOY ENFERMA Y QUE ME TIENEN QUE EXTIRPAR LA MATRIZ? Lo que sí, es que mis periodos se hicieron más esporádicos, dolorosos y largos. Cada vez que iba a tener el período, por lo menos una semana antes me sentía incómoda, como si un músculo de mi pierna se trabara y no podía dormir bien. Además, mis hormonas se alocaban muchísimo, los barritos me salían en los barritos, el sangrado era largo y abundante, también los cólicos eran un suplicio, dos o tres veces me desmayé de lo fuertes que me daban. Las demás veces a penas podía pararme del sillón o la cama del dolor, el cansancio y el mal humor, excepto el último año, que en realidad fue una bendición: Ya no dolía tanto, me avisaba dos o tres días antes de que me bajara, mis periodos eran de dos o tres días, flujo regular a escaso. Sin embargo “fuera de eso” no pasó nada. Siempre me dijeron que todo iba bien pero que qué loca de ponerme el DIU con el útero tan chiquito. Creo que fue una de las mejores decisiones que tomé respecto a los anticonceptivos pero no me lo volvería a colocar. Demasiada preocupación. Muchos malestares en el período para mi gusto. Pero es una buena opción de bajo costo de mantenimiento. Cuando fui a quitarmelo, dos meses antes lloré y lloré de la angustia. ¿Y si me dolía demasiado? ¿Y si estaba encarnado? ¿Y si se me salía el útero cuando me lo quitaran? ¿Y si se atoraba? ¿Y si…? Total, llegó la fecha. Fui con mi ginecóloga y lo mismo: “Señora, acuéstese, relájese, abra las piernas, suba las rodillas ¿Cómo ha estado? ¿Cómo se ha sentido? ¿Ya se va a embarazar o busca otra alternativa? ¿Quiere tratamiento hormonal? No le va a doler…” Empecé a platicarle todos estos pensamientos random, dudas y miedos mientras ella acomodaba todo lo que iba a necesitar. Se sentó frente a mi, y me pidió que respirara profundo. Iba a medio respiro cuando sentí un jaloncito, escuché algo caer en la canasta de metal y me dijo: “Listo, termina de respirar, el dispositivo ya está afuera” Respiré de alivio. Tuve un pequeño sangrado, pero nada fuera de lo común. Lo miré: Una cosa de tres centímetros que me evitó muchos problemas. Una cosa de tres centímetros que me cuidó y me martirizó también por ratitos. Hasta me lo quería llevar, para recordarme que las decisiones se sienten en las entrañas. Me tomé un ibuprofeno y salí feliz. Todo estaba bien. Salí caminando, crucé la calle, subí las escaleras, entré a mi casa, me bañé y me puse a leer.   Y la vida siguió como si nada.   *Edit 1: Mientras escribía esto me di cuenta que mi memoria muscular respecto a ese dolor está muy clara: Me volvió a doler el alma *Edit 2: Ja, me acabo de acordar: Me coloqué el DIU una semana antes de navidad. *Edit 3: Oigan ¿Nadie ha pensado en hacer los instrumentos ginecológicos menos… ¿intimidantes? Esas cosas las ves y lloras.

Tocona

"Nosotras olfateábamos el proceso de descomposición
de las sangres nuevas, limpias.
Por qué el cambio, por qué
los labios cerrados. Nos frotábamos la adolescencia contra
los dedos, buscando.
Incluso entonces olíamos distinto."
Carmen Juan

No va a ser sorpresa cuando les diga que todo lo que tengo que decir sale de un post de Facebook.
El otro día navegando encontré un post donde preguntaban en un grupo de mujeres, algo como “¿Y ustedes suelen masturbarse?” Y aunque muchas decíamos gustosas que sí, que con gusto, me encontré también una colección gigante de mujeres que decían que no y las razones eran variadas. -Les da pena -No sienten nada -Después de tocarse les da mucha culpa -Después del orgasmo se sienten solas o vacías -No pueden erotizarse solas -No encuentran su cuerpo deseable -No les gusta su cuerpo -Consideran que sería un acto lésbico tocarse y mejor así porque son hetero, pero la que más me sorprendió fue una “No sé cómo hacerlo. No me toco porque no me sé cachondear sola, no sé que me gusta ni cómo me gusta. Me siento ridícula de saberme gimiendo sola.”

Me puse a pensar en la primera vez que me toqué, que fue un descubrimiento “sin querer” y después buscaba cada oportunidad para poder hacerlo. De inicio imaginaba, sí, estar con un hombre, pero como hasta ese punto no sabía que era la penetración ni cómo funcionaba, me quedaba imaginando muchas otras cosas. Besos, caricias, pellizcos, gotitas de agua, cosas así. También viéndolo en retrospectiva está bien cabrón porque estaba muy chiquita, pero supongo que tiene que ver con lo prohibitivo del sexo en general. Así que no me voy a juzgar muy duro por eso, al menos hoy. Mi punto es que en ese momento mi único problema era que mis papás no me cacharan, más allá de si estaba con alguien o no, de si había otro que me tocara o no. Y la verdad, es que ese encuentro fue bien peculiar: entendí cómo se conecta mi cuerpo conforme me iba permitiendo tocarlo. Supe que podía tener diferentes tipos de orgasmos si hacía distintos tipos de presión, encontré que mi piel reaccionaba a ciertas formas de tocarme, en la ducha entendí que también había temperaturas que podían provocar cosas  bien interesantes en mis reacciones. Y pensar que todo empezó un día que estaba súper cansada y me dolían las piernas, entonces puse mi almohada entre ellas para “descansar”

Pero como el mundo no es color de rosa, por mucho colorante que le pongamos, cayó en mi el peso de la heteronorma en forma de un pene: Tuve mi primera relación sexual con un bato. Omitiré el intro del tormento de relación que fue afectivamente y me enfocaré en eso que hoy nos atañe: lo sexual. Me acosté con él muchas veces. Algunas de ellas consensuadas, la mayoría de ellas, obligada o coaccionada, chantajeada. Y entonces me di cuenta que sí, en ocasiones estar con él me prendía mucho, pero en otras, ni el hielo seco era tan frío como mi libido. Pero también poco a poco, con muchas voces de diferentes personas con las que en su momento me abrí a hablarlo (claro que todo en forma de supuestos porque ¿Cómo alguien de 15 años iba a tener inquietudes sexuales?) tocamos el tema de la masturbación (e incluso con un par de adultos) la respuesta era que al tener vida sexual activa con un otro, tu autodescubrimiento era obligatorio llevarlo a cabo a partir de ese otro. Como si tener a alguien acompañándonos (y ojalá fuese siempre acompañándonos y no usándonos) nos obligara a mantenernos únicamente descubriendo en función del otro. Pero bien o mal, me tragué el cuento.

Dejé de masturbarme. Estuve mucho tiempo en una relación donde mi mayor acercamiento a un orgasmo era el calentón que se me iba a la primer penetración y el tener que cubrirme moretones en el cuerpo cuando “no me iba tan bien”

Seguí creciendo e interioricé mucho el: “si no es con alguien, no es con nadie” “El cuerpo sólo se erotiza a partir del otro” Y todo el argumento que ello carga. En serio, incluso aprendí a excitarme con el porno, porque era todo lo que tenía. Aprendí a sentir cosquillas cuando alcanzaba a ver videos “interactivos” (diría al que ahora considero el peor maestro de matemáticas del mi preparatoria) y olvidé cómo era poder disfrutarme sin tener que necesitar al otro.

Tuve mucho tiempo libre, otras parejas sexuales, algunas casuales y otras estables.
Me enamoré perdidamente de un hombre nuevo, uno que me trató bien y diferente y lo subí de a poquito en un pedestal, sin darme cuenta. Me entregué a él en toda la vorágine del amor romántico. Tuve mi primer encuentro sexual con él en las escaleras de mi casa y entonces no paramos de estar juntos. Recordé en sus manos qué era tener un orgasmo, sentir la piel erizada, el calentón en pleno elevador, el no querer quedarme quieta cuando salíamos a cenar, lo divertido de las miradas furtivas y de los fajes en los portones y entendí a que se referían con que “cuando estás con otro, no es necesario masturbarse” porque justo en ese momento, me satisfacía muchísimo estar con él.

Sin embargo y al hablarlo, descubrí que él lo hacía. Y al inicio sentí una conmoción durísima. ¿Cómo que su libido no me pertenecía? ¿Qué significaba que no me deseara A MI todo el tiempo? ¿Porqué me dolía saber que había estado con otras mujeres si yo misma había estado con otros hombres? Y de la purititita rabia, me masturbé. Recordé que era redescubrirme sola, y me fue mucho más fácil explicar qué me gustaba. Ahora agregaba cosas, como fantasías: Ya sabía qué se sentía estar con un otro y cómo era ser erotizada con el otro, entonces tenía un campo más grande de acción en mi imaginación. Además había descubierto casi al mismo tiempo a Erika Lust, la música de Florence and The Machine y andaba muy entusiasmada con conocer mi ciclo menstrual y las muchas y mágicas cosas buenas que tiene la masturbación en las diferentes fases del ciclo. Volví a masturbarme aunque siempre como en plan “Voy a investigar qué para decirle y lo hagamos”

Poco a poco recuperé el hábito aunque fuera con otro enfoque. Ya no me frustraba ni me quedaban “con las ganas” porque podía solita despacharme.

Tiempo después (Años, pues) empezamos a vivir en pareja y no es secreto que las dinámicas de todo cambian cuando están todo el tiempo en el mismo lugar dos personas conviviendo. Pero tuve otro proceso rarísimo en el que toda mi afirmación emocional y autoconfianza la proyectaba en el sexo y de pronto lejos de ser un “algo” chido que pasaba y disfrutaba, se volvía una cosa muy rara que yo “necesitaba” para sentirme querida. Empecé a toquetearme más seguido y justo, empecé a desarrollar ese vacío del “es que sin él me siento triste” “si estoy sola, sí siento el orgasmo pero también el vacío” y muchísimas cosas por el estilo.

Descubrí con el tiempo que justo era esa reafirmación del amor por medio del sexo lo que me estaba mermando la capacidad de disfrutar mi cuerpo sólo por poder hacerlo. La necesidad canalizada de sentirme única, de sentirme fuerte, especial y “The one” sólo a partir de cuántas veces cogíamos al mes. Y me puse a pensar ¿porqué nos enseñan a sentir culpa por descubrirnos? ¿porqué tenemos esa necesidad bien loca de sentirnos queridos a partir del sexo con quien amamos? ¿Desde dónde validamos nuestros encuentros sexuales? Y aunque ahora mi respuesta se reduce bien fácil a “Es el estúpido patriarcado de mierda” También veo que se trata el sexo desde un mecanismo de propiedad: Deslegitimamos todo aquello que no le pertenece a un otro, como los espacios públicos y damos por hecho que lo nuestro lo sabemos, como nuestra casa. Tengo en este momento la firme creencia de que mientras sigamos viendo el deseo como un bien intercambiable y de propiedad, nunca vamos a poder ser verdaderamente dueñas de nuestro placer. En fin. Sigo con mi historia.

Me quedé entonces en que sí me toconeaba cada que quería pero sintiendo culpa y percibiéndome malquerida. Luego lueeeego fui a terapia y le bajé a mis percepciones autodestructivas. Empecé a quererme y “despacharme” (como dice G) cada que se me antojaba porque que rico querer mi cuerpo y darme muchos besitos y no necesitar de otros para sentirme mimada y amada.

PERO, Pero, pero el cambio más grande que tuve respecto a mis hábitos autoexploratorios fue cuando me asumí bisexual y enamorada y con ganas de toquetear a otra mujer. Ese fue mi punto de quiebre en tres sentidos. El primero: ¿Cómo iba a pretender tocar a un cuerpo similar al mío si yo no conocía bien lo que yo sentía y cómo lo sentía? ¿Cómo me iba a salir de la heteronorma que mayormente penetra y nada explora? Así que empecé a masturbarme de muchas nuevas formas. Incluso dejé de buscarme el placer en el clítoris directamente para concentrarme en la piel, en los sonidos y los olores, en sensaciones, texturas incluso sabores. Empecé a entender diferente las dinámicas de juego y coqueteo. Descubrí muchas otras formas de sentir atracción, juego, placer y que ninguna tenía que ver con tener sexo. En su momento esto fue una impresión tan fuerte que me volví abstemia durante un tiempo: no quise estar con nadie hasta que yo me sintiera tranquila y satisfecha conmigo, con lo que yo sabía, descubría y pensaba.
Aquí me gustaría recordar para ser noble conmigo: Nunca se me dieron bien los cambios, me cuestan trabajo y necesito mi tiempo para revelarlos. Y está bien.

Mi segundo quiebre fue: ¿Cómo voy a poder decir qué clase de acercamientos y formas me gustan si yo misma estoy acostumbrada solo a un tipo de desenvolvimiento. Y no es que esté “bien” o “mal” sino ¿que tal si en medio de todo esto descubro que lo que yo sé no es suficiente y bueno, aunque siempre el tema de la suficiencia es TODO un tema para mi, sí me impulsó a investigar, seguir buscando información, seguir descubriendo mi cuerpo y viendo o platicando en otros entornos, como otras mujeres reaccionan, experimentan y mantienen nuevos encuentros. ¿Desde dónde? Si no existe en ese momento un medio de comunicación ¿cómo puedes establecer un diálogo? ¿Cómo lees un cuerpo como el tuyo si no te diste tiempo de escuchar el tuyo? ¿Qué cosas nos dicen los cuerpos? Y es que aquí, y con toda mi reconstrucción desde el feminismo, empecé a tener una cantidad grandísima de miedos respecto al consentimiento, a las prácticas alternas y no vainilla, incluso fetiches (aquí descubrí que la idea de amarrar y ser amarrada era algo que de verdad TENGO que intentar un día) Incluso hasta muy entrados los 26 experimenté con vibradores.

Y el tercero, que además creo es el más importante: ¿Cómo logro apreciar un cuerpo similar al mío, si no logro apreciar el mío? Y esto fue mi punto de partida para reaprender a erotizarme sola y disfrutar mi cuerpo completo, con todo lo que rompe el estereotipo de ser una mujer “bonita”, empezar a disfrutar apretujarme las lonjas, pues, a tocarme los senos, las nalgas, aprender a verme en el espejo desnuda y aceptar que a veces con el roce de algunas telas o las temperaturas de algunas sudaderas también siento cosas. Que puedo sentirlas sola, que puedo disfrutarme con la cortina entreabierta para que entre sol y me caliente solo algunas áreas. Empecé a ver mi cuerpo desde afuera y de una manera bien particular, esto me ayudó también a dejar de querer cambiar todo por no tener cuerpo de Barbie. Empecé a tomarme fotos, a permitirme caminar desnuda por mi casa.

Ahora me masturbo cuando me pega la gana. Sola o acompañada. A la hora que se me ocurra. Hay cosas que comparto e intento con alguna de mis parejas. Hay otras experiencias, sensaciones y reacciones que guardo solo para mi. Mi orgasmo y mi masturbación (genital o no) se vuelve para mi un ritual de autodescubrimiento constante, como alguien que cambia todos los días. Se vuelve todo un proceso en el que honro y agradezco a mi cuerpo por ser como es, estar y mantenerse, por ayudarme a destejer y entender diferente cada experiencia de mi vida. Ya no me obsesiono con estar con alguien, ya no tengo esa urgencia de acostarme con alguien para sentirme amada. Me mimo y me cuido sola. Me vuelvo autogestiva. Me dejo descansar del sexo cuando lo necesito y retomo mis maratones multiorgásmicos cuando me es necesario.

Y luego sigo con mi vida como cualquier Lunes por la mañana.

La oscura vereda de enfrente

Estoy en la sala de mi casa, con la lap enfrente y el buscador con la frase “Instrumentos de defensa personal”
Inmediatamente después pienso en lo patético que resulta tener que comprar estas cosas. Lo que nos orilla a esto, en lo indispensable que se vuelve. Que lo triste de los objetos de defensa personal es que tengan que existir, que tengamos que comprarlo, que tenga que formar parte de nuestro habitus tenerlo en la bolsa y mantenernos alerta, siempre siempre.
Hace rato estaba caminando directo a mi casa, por una calle larguísima que sin duda podría ser una avenida de haber tenido otra suerte. Es la primera vez después de un par de semanas que vuelvo en medio de la noche caminando a casa. La última vez, un tipo bajó de un taxi y comenzó a seguirme, segundos posteriores, el taxi dio vuelta en U para poder alcanzarme. Corrí. Y lo primero que pensé fue en usar un gas pimienta. En clavarle el bolígrafo que tenía en la bolsa directo en el ojo.
En el semáforo de peatones parpadea el verde. Corro. Cruzo la avenida lo más rápido que puedo. Justo cuando el chico intenta cruzar, comienzan a avanzar todos los autos. No pueden moverse de donde están, pasa el trolebús y sube mucha gente. Me cuelo entre el desastre visual que me otorga la acera.
Y pienso.
Pienso que tuve suerte, pienso en no acercarme a las ventanas para que no me alcancen a ver, para que no tengan idea de dónde estoy. Desde ese día decido regresarme en Uber. Y recuerdo lo incómodo que me resulta volver en taxis o uber desde que leo todas las historias de personas agredidas. Las veces que los conductores manejan como locos el auto para llegar antes, que aceleran al máximo para hacer alguna broma estúpida. Que cuando vengo con un hombre en el mismo auto, ni de chiste hacen ese tipo de cosas. Que me frikea que un Uber ponga los seguros de las puertas. La náusea que me provoca ver que por alguna razón no están siguiendo la ruta que indiqué.
Recuerdo entonces todas las veces que me he salvado.
Esta vez me regresé en transporte público, pensando en que no puedo mantenerme sintiendo miedo por la ciudad y por su gente; intento enfocarme en mis amigos, en la gente maravillosa que conozco. Intento pensar y reconocer en cada rostro a alguien que, como yo, sólo intenta llegar a casa.
Y estoy cansada. Estoy cansada de sentirme segura solamente en la vereda oscura donde cabe una persona, esa que es tan recta que puedes saber perfectamente si hay alguien por entrar del otro lado. La misma vereda que te avisa cualquier mínimo ruido por la parte trasera. Estoy harta de sentirme agobiada por no poder estar acompañada y de pronto reluce otro de mis miedos: El abandono. Entiendo que tal vez y sólo tal vez este miedo al peligro, este miedo al no volver a casa acrecienta mi deseo de estar siempre acompañada. Y estoy caminando sola por la vereda oscura.
Aquí, ya en casa, tranquila, pienso en mis amigas. En lo horrible de preocuparse por el otro, en que ahora preocupa más no tener datos por no poder mandar una ubicación que por estar en Facebook.
Miro una y otra vez mi lista de artículos de defensa personal: 3,500 pesos.
Aún no sé cómo voy a pagarlos.
Y la peor parte, es que sé que nada de esto garantiza mi seguridad.

Marrón

La primera vez que tuve el período, yo debí tener como 11/12 años. Resultado de imagen para mancha sangre bragas
No recuerdo bien mi edad. Mis papás ya estaban divorciados y vivíamos a unas cuadras de casa de mi papá.  Recuerdo haberme puesto una toalla sanitaria y que mi madre lo descubrió. Tengo en las manos y en la mente muy grabadas la necesidad de esconderlo todo. La vergüenza que me dio que mi madre lo descubriera. No diré si mi mamá me dio la charla o no sobre la menstruación, sí diré la verdad desde mi trinchera: No lo recuerdo.
Mi mamá era muy joven y yo era la primera mujer a la que criaba: Siempre había cuidado hombres en su vida.
Quiso enseñarme a colocarme la toalla pero yo ya sabía. Quiso explicarme cada cuanto cambiármela, pero ya sabía. Me revisó la que tenía puesta y yo ya no estaba sangrando. Sentí aún más vergüenza, me sentí una acelerada mentirosa.

Un par de años después, en la confianza que sentía en la casa de mi papá, como a los 12/13, alguno de esos fines de semana me metí a bañar, me quité la toalla, la dejé fuera para revisar mi sangrado y luego me metí a bañar. En la premura por hacer alguna cosa que hoy ya no recuerdo, no tiré a la basura la toalla usada: La dejé en el lava manos. Me coloqué una nueva, me vestí y salí al cuarto. Justo en ese momento mi papá entró al baño. Escuché cómo ocupó el baño y al salir, me miró y me dijo: ¿Ya te pasan “esas” cosas? Debes tener cuidado, ya tiré “eso”. Pero me hubieras dicho, era importante que me dijeras para saber que estás cambiando.

No me había sentido diferente hasta ese momento en que me manifestaron que lo era: Yo YA era diferente.
Nunca hablamos del tema más allá del:
-Papá ¿Me compras brassieres?
-Papá, me hacen falta toallas

Esta fotografía es de Vice
Vice

En los años posteriores, no recuerdo problemas para con mi mamá, más allá de la cantidad de toallas que gastaba en cada período.

Con el tiempo cargaba siempre con dobles bragas. Aprendí a ponerme la toalla sanitaria y envolverla en papel. Me enseñaron a poner kleenex hechos rollito en mi culo para que no se saliera la sangre por allí y me ensuciara la ropa. Aprendí a bañarme esos días seguidos. A ponerme shorts que me apretaran lo suficiente para que no se me notara lo hinchada. A no comer dulces. A comer demasiados dulces. A ponerme compresas en el vientre que en realidad no me calmaban ningún dolor. A esconder mis sábanas manchadas. A ponerme doble pijama. Pensé en algún punto hasta ponerme pañales (esto al final no lo hice porque mi mamá se daría cuenta y me daba demasiada pena que lo supiera)

Después empecé a usar ropa negra. Ahora que lo pienso, casi todas las cosas poco convencionales me pasaron en casa de mi papá.
Fuimos varios a la Merced, aunque sólo recuerdo a mi papá manejando y a una de mis primas. Yo debía tener más o menos 14 años. Me había puesto un pantalón negro de brillanta, blusa y tennis. Volviendo de allá, me senté en la parte de atrás, sentí cómo mi toalla estaba súper mojada y cómo en cada tope o movimiento, yo me iba escurriendo más. Manché el pantalón y para mi “mala suerte” también manché el auto. Me levanté y mi prima vio la mancha en el sillón,

dijo: ¿Qué es eso?
Yo- Creo que es de mi periodo
Ella- No creo, se ve muy raro, a lo mejor te sentaste en algo y te manchaste o algo de la comida se chorreó
Yo- No, es mi período
Ella- No, es otra cosa
Yo- bueno, como sea.

Nunca supe si mi papá supo que fui yo. O si supo qué era. Ese día aprendí a vestirme con ropa negra absorbente.

En la preparatoria, alguna vez manché una de las bancas de afuera de los salones: Las bancas eran blancas. Se veía el manchón naranjoso/rojo allí, frente a toda la escuela, que en mi paranoia creía que todos sabían que había sido yo. ¿Quién más? no había otra chica en toda la escuela que supiera yo, tuviera el período ese día. Por supuesto que todos lo iban a notar.

Si lo notaron o no, nunca supe. A partir de eso, siempre me ponía un tampón y una toalla “No vaya a ser que me chorree” Imagen relacionada

Llegaron los cólicos más fuertes. Más  seguido manchaba mi ropa de cama. Cada vez odiaba más tener el período: no podía moverme, todo el tiempo tenía hambre y sueño. Era incómodo, me sentía observada y avergonzada.

Alguna vez me bajó y no fue a tiempo. Manché mi ropa y no tenía nada para proteger mi ropa. Una extraña me salvó regalándome una toalla. Aprendí también a siempre siempre llevar toallas y tampones en la mochila, a llevarlos cada vez al baño, por si otra lo necesitaba. A veces los pegaba en la puerta de los baños, deseando que quien tuviera una urgencia pudiera encontrarlas (esta es una costumbre que aún tengo, sobre todo en baños públicos)

Empecé a sentir un verdadero terror cuando me fui a vivir con mi pareja y empezamos a vivir juntos. A mis 22 años sentí que ya tenía todo resuelto, hasta que me tocó bañarme con él cuando estaba en mi período. Él siempre fue muy gentil, pero yo no dejaba de hervir de vergüenza, de sentir que estaba sucia, que apestaba, que era desagradable. Manché las sábanas y yo pensé que pelearíamos, que tendría que lavar a mano esa ropa para tranquilizarme. Cuando se dio cuenta, me abrazó, me dio un beso y me dijo “no importa”

Esta foto es de @BeatriceHarrodsAprendí a compartir mis ciclos. Aprendí a decirle: Pásame una toalla, necesito que me compres un paquete, guarda esto en tu bolsa. Aprendí a no avergonzarme en mis espacios y  en mi casa por cosas que me pasan y que son completamente naturales.

Poco a poco dejé de tenerle miedo a mi periodo. Dejé de ponerme dobles bragas, de colocarme un tampón y una toalla, dejé de envolver las toallas en papel y de poner el kleenex en mi culo. Progresivamente dejé de tenerle miedo a ensuciarme las manos.

Entonces empecé a compartir mi vida también con una mujer. Y mi relación con mi período mejoró en muchos sentidos. Viendo sus cambios y los míos aprendí a entender mi cuerpo. Aprendí a ver más claramente la señales, a identificar cuando estamos en spm, cuando estamos muy receptivas, cuando el comercial de Telcel sí es muy bonito o cuando no lo es pero estamos muy sensibles. Aprendí que me duelen los pezones cuando estoy terminando de ovular, que me da un calentón pre-regla. Que cuando me masturbo y siento mi útero duro, es porque estoy cerca del spm.

He dejado de tenerle miedo a “ensuciarme” porque dejé de pensar que la sangre era sucia. Descubro formas de cuidarme y descubrirme a partir de mi periodo: empecé a aceptarlo como es, a ir a ginecólogo y buscar alternativas naturales para mi cuidado y como consecuencia los cólicos ya no duelen tanto, la sangre ya no es tan espesa, ya no me paraliza el dolor ni la paranoia, las manchas en mi cama ahora me dan risa y en lugar de cambiar las sabanas diario, me la pienso dos veces y solo quito con cuidado la mancha, para lavar las sábanas después. Ya no escondo mi ropa sucia ni mi basura. Dejé de usar toallas desechables tan seguido. Aún me asusta tener alguna mancha cuando camino por la calle, sentir la descarga cuando me levanto o toso.

Empiezo a sentirme feliz y orgullosa cada que mi periodo llega.
Me dan ganas de ensuciar mis manos en lo que ahora me significa una sangre sagrada.

Ahora quiero dejar de tener miedo a que al Jean se le note el círculo marrón. Quiero ser provocadora y mostrar que sí: que mi sangre está bien.
Que ya no quiero sentir vergüenza.

 

Edit: Hoy tengo cólicos, estoy cansada, tuve pesadillas, no quiero moverme y cuando fui al baño, pum, la maravillosa mancha marrón en mis bragas <3
Edit 2: Decidí hoy no ponerme toalla, tampón, copa… nada. Decidí hoy luchar con mi instinto de permanecer “limpia”

Crisis

De las muchas cosas que tengo consciencia desde hace tiempo es que el trastorno que tengo es cíclico: de una u otra forma volveré a los estados que pude haber dejado atrás. Regresar a ellos es a veces paulatino y a veces un tren que me arrolla los huesos mientras duermo. En ocasiones inician con cosas sutiles, un tono de voz, un gesto, una mirada, un aroma, a veces como hoy, es un sueño, un presentimiento (que la mayoría de las veces es un síntoma de mi ansiedad) y miedo, llanto incontrolable y ganas desesperadas de moverme y al mismo tiempo de no hacer nada. Es como estar encerrada en una casa sin paredes.

Hoy me pasó así. Desperté teniendo uno de los sueños más terribles que he tenido. Fue tan intenso y tan vívido, me revela tantos miedos que he tenido muy a raya por mucho tiempo, he trabajado en ellos y los he modificado: yo misma me siento diferente respecto a ellos. Pero hoy sentí el mismo miedo que hace tres años. La misma incertidumbre, el mismo dolor. Se instalaron en mi cabeza como una daga en el corazón del dios al que este país tan raro le reza. Me siento desesperada. El único miedo que ronda por mi cabeza es que me voy a quedar sola. Sola. Vacía. Intento llorar para sacarlo pero no sale mi llanto, se atora como una capa borrosa en mis ojos que se mantiene al límite para reabsorberse, como si mis ojos tuvieran pena de estar una vez más aquí.

Mi mejor amigo estuvo quedándose varios días en mi casa. Me agradó su compañía. El saber que estaría aquí y que aunque no hagamos nada con el otro, para el otro o por el otro, estamos acompañados.
Sé que traigo una muerte simbólica arrastrando desde hace días.
Hoy todos se fueron. Mi vínculo salió, mi mejor amigo volvió a su casa y yo no pude salir de la mía. No pude. Hay una garra que toma mis pies y los siembra en un piso de cerámica barato que además se está cuarteando.

Y volvieron a mi, todos y cada uno de los pensamientos del inicio. Y estoy muy cansada.
Estoy cansada de volver a ser siempre esta que llora porque algo se modifica. De volver a sentir miedo y ni siquiera saber claramente de dónde sale.
Sé que todo está bien. Lo sé. Lo veo. Ayer mismo hablaba de esta tranquilidad de que no pasara nada. Que es tan extraña la paz que se siente. Que tengo todo el tiempo del mundo en mis manos, que nada me apremia ni me carcome. Y sin embargo de un momento a otro volví a sentir una soga en el cuello que se ciñe a no sé cuál árbol y aprieta sin una caída libre.

En la mañana volví a notar que el cabello se me está cayendo por mechones y me asusta y preocupa, pero al mismo tiempo no me importa. Caigo en la trampa de no darle atención a las cosas que me impactan. Pienso en hacer algunas cosas y cuando tengo que hacerlas mi energía me lo impide. Estoy frustrada. Estoy triste. Y al mismo tiempo sólo siento calma.

Creo que me bastan pocos días para acostumbrarme a la compañía. La disfruto, pero cuando se van, me confronto con algo que no siempre sé saludar de buenas formas y es ese espacio vacío aunque después me alegre estar allí. Me reviso y me doy cuenta de que estoy bien, que no pasa nada. Que las cosas son mejores de lo que solían ser. Que yo soy diferente. Que lo he logrado, que sigo adelante. Pero no puedo creerme en este momento. Porque me siento abandonada.

¿Sabes qué es lo cagado? Siento que no puedo decirle a nadie porque tampoco tengo las fuerzas para recibir la atención de nadie. Me mantengo al margen porque no quiero preguntas ni respuestas, no quiero hablar y tampoco estoy segura de querer la compañía. Hay algo en mi, muy muy dentro que me grita algo en un lenguaje que no entiendo. Y no puedo llorar. Ya no puedo. Siento como si todas las lágrimas se hubieran acabado la última vez que purgué todo en forma de llanto. E intento caminar. Y al mismo tiempo, en este vacío de energía, en esta soltura de la situación, decido no decirle a nadie para no preocuparlos, para no hacer más grande esto que sé que me durará hasta mañana, para no darle importancia a algo tan líquido.

Me entra mucha nostalgia de momentos antiguos que ahora parecen tan raros, donde sé que vivía una felicidad súper intensa y que después venía la bajada de la montaña rusa. Me da miedo

no sentir ya las cosas tan intensas: he estado tanto tiempo tan acostumbrada al caos, al desajuste y al frenesí de todas las emociones, que ahora sentirlas en una frecuencia mucho más baja me asusta. Me da mucha paz, descanso mejor, pero a veces siento que no me es suficiente. Y al recordar esos bajones tan profundos dudo de si querer que todo vuelva a ser como era. Pienso en las batallas, tanto en las ganadas como en las perdidas y siento tanto cansancio que dudo demasiado de si quiero seguir intentando avanzar, al mismo tiempo siento que llevo demasiado tiempo sin moverme.

Me acuerdo de la antigua yo y la extraño. La veo y al mismo tiempo no la quiero de vuelta. Me siento muy confundida e intranquila y al mismo tiempo por fuera mantengo en este momento la paz de un espejo de la que yo misma estoy asombrada.

Sé que hoy todo está bien. Pero también hoy, algo en mi cabeza no lo entiende.
Sé que todo estará bien mañana.

Salir del clóset

Hace tiempo fui a ver a mi madre y platicamos sobre cosas que nunca le había preguntado. Entre la conversación dijo algo respecto a otras personas que me hizo sentir muy tranquila. Pero vamos a contar esta historia despacio:

Cuando le conté a mi mamá sobre la no monogamia, lo primero que me dijo fue: No estoy de acuerdo, a mi me parece que si su relación ya no funciona entonces deberían terminar. Pero no sé qué decirte, si a ti te funciona está bien, yo debería estar acostumbrada a que siempre rompas mis esquemas y hagas las cosas diferentes.

También le dije que me gustan las mujeres, le pregunté si en algún momento lo había sospechado (con eso de que las mamás lo saben todo, pues igual y ella ya sabía y como siempre la que intentaba verse la cara de tonta era yo solita) Y entonces ella me dijo que nunca se habría dado cuenta porque siempre me gustó vestir de ciertas formas y hacer ciertas cosas y que jamás se imaginó que fuera diferente.

Me quedé callada.

Con el tiempo, la no monogamia es algo que casi no tocamos. Yo le cuento de mis dos vínculos, como para las dos irnos acostumbrando a que el tema existe y a que los dos vínculos son importantes para mi en sus variantes, momentos y significados. Ella regularmente no dice mucho, sólo sonríe amablemente o se queda callada.
La última vez que fui a comer a su casa, hablábamos de algunos de sus amigos y la relación de pareja que tienen: es mucho nuestro tema de conversación porque a mi no me caen bien pero son los mejores amigos de mi madre, así que siempre están en la mesa, lo sorprendente con el tiempo es que ambas tenemos percepciones muy similares a la de la otra respecto a ellos y justo nuestras experiencias nos hacían quedarnos o no. Evidentemente yo decidí no quedarme. El punto es que la hacer observaciones sobre su relación y lo que aprendíamos de ellos y cómo lo aplicamos para nosotras, ella me dijo algo que me hizo sentir mucho más cómoda porque es algo que de alguna forma también habla de mi.

 

“Las relaciones son personales y no le incumben a nadie más. A cada pareja les resultan bien cosas diferentes y es algo sobre ellos. No tiene que gustarme y si sus acuerdos son así y ellos son felices, lo que yo opine o no, no importa”

Entonces me volvió el alma al cuerpo de muchísimas maneras. Me sentí feliz e incluída, pero sobre todo, me sentí tranquila. Tranquila de poder compartirle poquito a poquito cada vez más de lo que siento, quiero y espero, con menos miedo de que me juzgue o me señale.
Algo que aprendimos las dos cuando me salí de su casa es que no soy una extensión de ella y que ninguna de las dos tiene la obligación de ser lo que la otra quiere, porque al final, la vida que cada uno vive es propia. Y cada uno, por más que se entrelace en la vida de otros, se encuentra en una individualidad bien cabrona que no puedes desarticular, pero la conciencia de ella te lleva a tomar decisiones de una forma diferente, más meditada, mucho más asertiva y a largo plazo. A tomar mejor las cosas a corto plazo.

Entonces dejas de emitir opiniones que no te pidieron y a autocriticarte.
¿Y saben qué?

Se siente bien rico hablar de dos vínculos sin miedo y saber que aunque los demás no lo vean, estás creciendo. Que aunque no lo veas, los demás también están cambiando.

La imagen puede contener: 2 personas, personas sonriendo

La Malcogida y el sexting

Dentro de las muchas preguntas que me he hecho para con mi sexualidad, no es sólo mi preferencia (que además he descubierto que es como un interruptor que puedo modificar a voluntad) sino también las prácticas que tengo al respecto. Y es que hablando únicamente del sexo hetero: hace mucho aquello del mete-saca se me ha quedado corto para sentirme satisfecha, a veces si quiera cómoda.También no es secreto que soy súuuuper delicadita para compartirme sexualmente con alguien y es que le tengo un TERROR a las infecciones y enfermedades: una vez en mi vida he tenido una infección vaginal y con esa he tenido para ser sumamente cuidadosa y fijada todo el tiempo.

Inherentemente pienso en todas las personas con las que indirectamente estoy teniendo un contacto sexual con alguien nuevo y recuerdo en que la mayoría de las “protecciones” son en realidad anticonceptivos. Tampoco es noticia estelar la renuencia que muchas personas tienen por los condones y porque quitarse el condón es signo de confianza. Con lo que, teniendo un panorama bien claro de lo que veo, es bastante notorio el porqué el mete saca me queda corto y porque soy tan mamona.

Pero sobre todo: me enfada la idea de que tanto esfuerzo por salir de mi casa para ni siquiera quedar satisfecha. Porque además es algo que me ha pasado incluso con parejas estables con las que hay una comunicación y conocimiento del otro. Y la última: me desespera que mucha gente coja para llegar a un orgasmo, cuando hay un panorama súper amplio y mucho más allá de los 15 segundos que dura -ese- placer: como si fuera el único o el objetivo. Creo que a mi, me gusta más ver y sentir cuerpos, entenderme con ellos.

De cualquier forma en algún momento lo intenté: ser más abierta porque demandarle todo a una sola pareja está horrible y es egoísta. Así que descargué una app, empecé a buscar, hice varios matches con hombres y sólo a dos les dí mi número de whatsapp después de muuucho rato platicando en la app y viendo que me caían bien y que no eran patancillos. Hablando por whatsapp súper respetuoso todo el asunto, me dejaron en claro que ellos no harían ningún movimiento a menos que yo diera una pauta explícita para eso, y que no me preocupara. Así que he confiado. Han pasado varias semanas y aunque la comunicación no es constante, seguimos platicando. Todo bien.
Un día de estos en los que estaba súper horny y ni quién me aguantara, intenté hacer una sugerencia al respecto a uno de estos morros: el que me caía mejor y con el que tengo debates y pláticas mucho más intensas en plan debate o discusión. En algún punto de esas conversaciones empecé a sentir una especie de atracción sexual por él, y es que haré un paréntesis muy cagado, me he dado cuenta que me súper calienta debatir con el otro siempre y cuando me deje una posición donde tenga que replantearme mucho de mi discurso. Sino existe ese punto, probablemente sólo haya tenido una muy buena plática. Total, empecé a sentir eso con este man. Hice la sugerencia de que tal vez sería divertido sextear un rato y ver qué pasaba. Pensé también en: wey, otra vez va a empezar mi etapa súper sexual y ya he tenido conflictos por eso, mejor evitarlo y tomar alternativas de una vez.
Paréntesis dos: no es la primera vez que sexteo con alguien desde mi no-monogamia. Usualmente es con una de mis parejas y es bastante divertido, lo disfruto mucho y es súper chido. Sin embargo cuando llegué a hacerlo con extraños fue bastante… deprimente.
Al final: este dude aceptó. Y empezamos a “sextear” y oh, sorpresa. Una vez más fue angustioso, triste y rápido. No importaba la manera en que yo intentara sacar miles de eufemismos, figuras retóricas, imágenes bastante cercanas a lo que quería y pensaba, no podía sacarle nada más que un “quiero cogerte, penetrarte muy duroSe acabó la magia después de dos minutos. Los dos minutos más largos y aburridos de mi vida sexual. Recordé las experiencias que he tenido con extraños y siempre me ha dejado al final esa sensación rara: No saben hacer otra cosa. No conciben el placer si no está en su glande. Su placer radica en saber que “la tienen más dura” “más grande” y pueden “metertela muy rápido” Se vienen y termina. No hay un coqueteo. No hay un juego al respecto, deja de ser lúdico a ser únicamente la búsqueda de un orgasmo. Y no hay nada que me aburra más que eso, porque verás, para eso tengo mis vibradores, que solita me llevo en dos minutos a gritar como foca y retorcerme como playera en centrifugado.

Pensé también en algún momento en que tal vez era yo que soy taaan de lenguaje y no me despego de ello y que debería ser más flexible.
Pero ¿flexible en qué?
Me siento como un bicho raro y no tengo por ahora más herramientas para abrirme a estar con más personas, por más que le pienso, se me ocurren únicamente variantes a esta. A veces siento que estoy súper mal y que hay algo equivocado conmigo. La parte más horrenda es que siempre veo memes respecto a weyes jalándosela mientras sextean y morras aburridísimas viendo tele o a punto de dormirse.¿Soy/somos demasiado exigente(s) o sólo estamos acostumbrados a malas/aburridas prácticas?
Y algo en mi cabeza me dice: Eso te pasa por meterte con heteros, pero ¿Qué hago si también me gusta?
Con todo esto: 1) haré una playera que diga MALCOGIDA y dejaré de verlo como un insulto a mi (como culturalmente está estructurado) a ser un grito por nuevas y mejores prácticas sexuales. 2) Usaré el sexting como otra herramienta de filtro.

Encierros

Hay épocas de mi vida en las que siento que no me es necesario salir.

Así, simple. Sólo no lo necesito y  no sólo me refiero a salir de mi casa, me ha pasado incluso que he tenido épocas en las que no salgo de mi habitación más que para lo mínimamente necesario. Por ejemplo, cuando vivía sola/en casa de mi papá, sólo salía a la escuela y regresaba a casa, me encerraba en mi cuarto, compraba comida que no tuviera que refrigerarse, cosas en latas o en paquetes especiales, agua embotellada y como había baño dentro de mi habitación, no volvía a salir. Los fines de semana que veía a mi novio, hubo una temporada en la que sólo estábamos en mi casa. En vacaciones, también tuve épocas en que el único día que salía, era los domingos a la fonda de enfrente por una pancita de un litro, una coca-cola y palomitas. Me pasaba los días viendo películas, series, pintando y durmiendo. En ese orden. Con toda la calma del mundo, sin remordimientos ni mayor deseo que estar acostadita, o cosiendo libretas. Se siente casi como paz.

También me ha pasado ya viviendo con los roomies o con mi pareja, a pesar de tener un trabajo estable (escribir, escribir y escribir) que no requiere salir de la casa, ocasionalmente busco trabajos complementarios para distraerme y sentir un respiro del aire estancado dentro, pero hay otros momentos en los que el simple hecho de abrir las ventanas y acercarme a la puerta me pone muy nerviosa. Días en los que prefiero aguantarme un antojo antes que salir a la tienda, incluso cuando la tienda está literalmente frente a mi casa. Vamos, hasta tengo terapeuta que me atiende en temporadas por skype para no tener que moverme. No puedo. No soy capaz de moverme un solo centímetro más allá de los metros cuadrados que tiene mi departamento. Es como si fuera un fantasma al que le cerraron las puertas y ventanas con cáscara de huevo.

 

Hace unos días cambié de trabajo y por una u otra cosa, no me he dado tiempo de volver al gimnasio, el día se me hace pequeño y no me alcanza para nada y poco a poco me he ido encerrando de nuevo. Sin darme cuenta, se me fue apagando la necesidad de salir. En ocasiones me obligo y digo “ok, hoy salimos a la tienda” “Hoy fuimos al parque” “hoy fuimos al mercado” y hay días como hoy en que por más planes que haya y por más comprometida que me sienta, no tengo la capacidad de salir de mi trinchera. Algo me jala al centro de una casa que conozco perfectamente y me clava a las sillas del comedor. Algo ata mis pies al último cuadro de piso de la casa y por más que intento arrancarme cada cuerda, salen más y más y más de todos lados, no puedo pararlas.

Cuando quiero de verdad obligarme a salir, pienso en “ya hiciste planes” pero siento de inmediato el dolor en la boca del estómago, cómo mi espalda y mi cuello se ponen rígidos. Y vienen a mi en cascada todos esos pensamientos desagradables de las miles de cosas que me han sucedido saliendo de casa. Desde la vez que me tocaron el culo en la calle, cuando un man me venía siguiendo y yo iba tan iracunda que lo paré y lo confronté, la vez que tuve una disociación y una crisis de pánico porque un wey me eyaculó en el pantalón y después intentó arrebatarme la bolsa de las manos. Todas las veces que estar en el metro me ha ahogado de calor y de apretones de personas. El día que un cabrón de un audi rojo me centró en la calle, estando él a cuatro cuadras y cuando estaba cerca de mi casi para atropellarme, lo único que hizo fue dar un volantazo y sacar la mano para empujarme. Y pienso en que es un buen día… para que me pase algo. Me lleno de un miedo que me asfixia.

Y lloro, lloro hasta que siento que no puedo más, intento enfrentarme al miedo pero a veces me gana. Es más grande que yo y no importa cuánto lo intente, sigue allí. A veces incluso vomito de lo intenso que es lo que siento antes de pensar en salir. En ocasiones me mareo y siento que me voy a desmayar. Después de que me convenzo que estoy bien, me baño con agua fría para nivelarme o regresar a mi, y me siento en la orilla de mi cama a acariciar a mi perro, me siento terriblemente cansada. Me pesan los hombros y la espalda, mi cabeza punza y duele como si llevara días llorando sin parar y sin hidratarme. No puedo estirar del todo las piernas ni las manos. Cuando me doy cuenta, son de nuevo las 9 de la noche y no hice nada más que sentirme mal y pensar en que no me quiero morir atropellada o que me secuestren. Que está bien que me quede en casa, si no tengo nada a qué salir. Tal vez y con mucha suerte, comer. Probablemente hablar con mi terapeuta y tomar mi medicación. Desear que mañana todo esté mejor.

A veces salir es todo un reto.
Y no siempre tengo la fuerza para enfrentarme al mundo.
¿Y sabes qué? Está bien. Por unos días que no salga de casa y me quede sentada escribiendo, no pasa nada.

Purgas

Cuando escucho a una persona hacer ese ruido de arcadas antes de vomitar me dan náuseas, me vuelvo un espejo de su malestar y en algunas ocasiones vomito sólo de escuchar a otra perona. Mucho tiempo, amigos y familia han hecho bromas de eso y cuando querían que no me enterara de algo o sólo querían alejarme hacían ese ruido. Siempre me ha molestado esa provocación directa a mi estómago, sin embargo amo mi reflejo nauseoso, y jamás pude explicarlo tan claramente como hoy.

No es nuevo que todos mis sentimientos, emociones y enojos las llevo a mi estómago. Siempre, si siento miedo, el vacío en el estómago. Si siento rabia, el nudo que asciende desde mi estómago a la garganta, si es preocupación, siento cómo se comprime y se pega a mi columna. Si me siento feliz, se distiende. Todo va a mi estómago siempre. Así que para mi no es nuevo que al estresarme o estar sumamente triste, me den náuseas. Y si le agregas mis episodios de ansiedad ¡tin tin tin tin! combinación ganadora.

Hay algo en vomitar que descubrí cuando era niña, que fue lo que me llevó a conocer a Mía: vomitar me purga. Empecé hace muchos años a provocarme las arcadas cuando mi tristeza o desesperación era tanta que no podía sacarla, mis jugos gástricos se vuelven un huracán que busca desesperadamente cómo salir y un nudo en la garganta que no sólo no me deja hablar, tampoco me deja respirar, gritar o tragar agua. Así que metía un dedo en la garganta, tocaba mi úvula y salía todo. Mis miedos, mis complejos y preocupaciones, mis nervios, enojos, pensamientos bifurcados y también todos las ideas intrusivas respecto a mi o a los otros. Te asfixia a veces, y te recuerda lo bueno que es respirar lentamente y sin tener que preocuparte mas que por estar viva.

Y hay una correlación bien bien extraña en todo esto que he descubierto con terapia y práctica: También tengo un vómito verbal. Tuve que aprender a vomitar mi comida sino quería escupir palabras que no son reales aunque se sientan verdaderas, y cuando no puedo sacar ese vómito (ya de los lugares seguros hablaremos después) entonces una masa amorfa se crea en el estómago que empuja a mis impulsos para hacerme vomitar. Así que entonces procuro sacarlo de la mejor forma que puedo, aclarándome que no siempre es real, que a veces lo pienso pero eso no hace que estén pasando las cosas, que mi cabeza y mis sensaciones me engañan y necesito aprender a verlo sin el filtro rojo con el que miro el mundo cuando me siento atacada o expuesta en contra de mi voluntad. La autolesión en mi, tenía la misma lógica: es dolor y incertidumbre y miedo que no sé cómo sacar y entonces el dolor físico merma el dolor emocional que además de intangible, parece eterno en días.

 

Ya no siempre lo hago. La terapia me ha ayudado muchísimo a poder decir las cosas que siento: ponerles un nombre me ayuda a sacarlas caminando de mi cabeza y no arrastrándose por mi estómago o lamiéndome nuevas heridas. La primera vez que fui por esto a terapia, mucha de mi gente que conocía y me quería en sus medidas y capacidades intentaban mermar mis impulsos diciendo “Pero si eres bonita ¿porqué quieres ser más flaca?” cuando nunca se trató de estética, sino de malestar y dolor.

Ahora escribo (aquí, en su mayoría), pinto o leo. Ahora me siento frente a mi terapeuta y entonces me vacío. Pero a veces aún pasa, cuando no identifico qué estoy sintiendo ni cómo es que me duele o me afecta, cuando no puedo pararlo, cuando no tengo las fuerzas o energías para enfrentarme al mundo. Todos los días lucho con estos hábitos. A veces gano.

A veces pierdo. Y también está bien.

La piel

De los cuestionamientos que nunca me había hecho fueron mis preferencias sexuales. “Siempre supe” que me gustaban los hombres. Soñaba con ellos, fantaseaba con sus cuerpos, figuras, contornos y proporciones (Qué puerca, sí y qué) // Conforme crecí, también fantaseaba con tenerlos sobre mi cuerpo, debajo, dentro. No mucho después los experimenté. Mucho tiempo ensucié baños, sábanas, closets, rincones. Muchas veces me trataron mal. De tres, dos me maltrataron de alguna forma. A veces no quería y aún así lo intentaba. Por no perder la costumbre, porque en el fondo quería validar el amor que sentían por mi a partir del roce de mi piel. Ya sabes, como en todas las películas románticas que vimos todos alguna vez.

Después de muchos, muchos años, empecé a coquetear con la idea de guiñarle un ojo a una mujer. De respirar cerquita de su oreja y ver cómo se erizaba su piel igual que la mía. A dejarme desear y conocerme a partir de otra mujer. A tomar su mano y entonces ver el mundo desde la compañía de alguien con la misma corporalidad y experiencia. A veces me daba “curiosidad” ver cómo se acostaban las mujeres entre ellas y me daba permiso de “educarme” viendo videos porno de tijeras y gemidos que aunque me calentaban, nunca terminaban de convencerme.
No he contado esta parte de la historia porque en realidad también es la primera vez que me la cuento: En este momento me reconozco mirando los hombros estrechos y puntiagudos de una mujer de cabello largo, espeso, negro y rizado: justo el tipo de cabello que siempre soñé en mi, mientras intento dar indicaciones de una actividad en el trabajo. Me reconozco además, pensando en pasar mis dedos despacio por una cintura que desconozco y que sólo puedo imaginar a ratos, en pedazos, sin expectativas. Me esmero sobre todo en sacar el pensamiento de mi cabeza porque, bueno vamos, jamás me había gustado antes una mujer así que ¿Qué clase de locura estoy pensando?
Y me encuentro entonces con esa mujer que me desvaría y me hace cuestionarme dos cosas simultáneamente 1) si es verdad que no creo en el amor libre o si en realidad sólo me duele la forma en la que lo estoy descubriendo 2) Si es verdad que las mujeres no me gustan. Y empiezo una lucha conmigo y con todo aquello que me enseñaron. Afortunadamente, un grupo de otras mujeres con esas experiencias me salva, me arropan y me enseñan. Me aceptan sin preguntar, me orientan y me hacen preguntas, me regalan respuestas.
Acepto así la idea del amor simultáneo, con la intención de darme una oportunidad de amar a alguien en mis mismas condiciones, capacidades y opresiones. Me permito involucrarme con ella, enredarme en ella y entonces hacerla parte de mi vida, de a poquito para no lastimarnos, descubriéndonos, deshaciéndonos y reinventando todo lo que ya creía conocer. Con un lapso en medio, me veo deseando sus manos en mi piel y sus labios en mi clavícula. Descubro también que hay formas menos convencionales en las que siento placer. Encuentro que el sexo no necesita tener penetración y la vida me hace ruido en muchísimos sentidos, me descubro vacía de experiencias pero al mismo tiempo valido cada uno de mis encuentros, entonces nada cuadra: Empiezo a cuestionarme, ahora sí, todo el pensamiento hetero respecto al sexo. ¿De verdad sólo me gustan los hombres? ¿De verdad todas las relaciones sexuales necesitan un pene? ¿sólo siento placer desde las manos de alguien que no siempre me sabe encontrar? ¿El foreplay existe?
Empiezo a desdoblarme. A encontrar cada esquina de estos límites que alguien de alguna forma me enseñó en su momento como la palabra sagrada de un dios que no (re)conoce ni legitima un

orgasmo que no sea el propio. Y me dejo llevar a las manos de una mujer de cabello negro, largo, rizado y espeso. Miro los límites de mi placer expandirse como esponja. Encuentro verdades inamovibles en ese encuentro: La amo. Me ama. Nos respetamos. Nos cuidamos. Nos entendemos. Nos descubrimos. Nos encontramos. Encontramos que la piel se vuelve ese lienzo en el que todo pasa y nada se queda visiblemente impregnado, aunque la experiencia táctil se reviva en el recuerdo. Los límites de mi piel quedan desdibujados a partir de unas nuevas manos que me tocan y me descubren a un ritmo diferente. Acepto y entiendo que mi placer tiene muchas diferencias, experiencias y vivencias.
Me arraigo a las manos de un hombre noble que han sabido tocarme con respeto, dignidad y amor. Me arraigo a las manos de una mujer que han sabido tocarme con paciencia, tranquilidad y deseo.
Descubro entonces que mi piel no está determinada por todos esos miedos que alguien me enseñó cuando era niña. Que tocarme jamás estuvo mal. Que desear cuerpos de hombres es algo que me gusta, que deseo y encuentro parte de mi hábito. Que desear cuerpos de mujeres también es parte de mi.
Y me quedo, aquí, viendo cómo mi deseo se mueve de un lado a otro, sin que ninguna de las llamas se extingan o se aminoren. Me veo con las manos desafiantes por una cercanía. Me encuentro agradecida de tener la oportunidad y la experiencia. Confío en mi intuición.

Celos nivel 6

Después de la letanía que les conté, me siento obligada a decir que estuve mucho tiempo en terapia para poder terminar de confrontar todo lo que estaba pasando. Lo que me resultó de estos celos, fue darme cuenta que estaba enfocando mi forma de vivir el amor de una manera no necesariamente funcional para mi, pero sí bien parecida a lo que nos enseñan del amor romántico. Sentía que tenía que recomponerme completa, que dos de mis pilares en la relación se habían fracturado muchísimo y me habían puesto a dudar incluso de mi. Me sentía rota.

Tenía que tomar una decisión: Quedarme y chingarle con todo lo que estaba sintiendo y pensando, empezar de nuevo y darme la oportunidad de intentar hacer algo diferente, o simplemente pasar de esto que habíamos construido en conjunto (y en mi cabeza) y empezar de cero una historia con alguien más aunque eso implicara cometer errores similares. Salí adelante no sólo con terapia, sino con un grupo de apoyo y acompañamiento que siempre estuvo allí para mi. Desarrollé mis herramientas de confrontación: Me enfrenté a mis miedos y a toda esa parte “oscura” de mi que había enterrado y ocultado, me mire como soy “con el rifle en la mano y la granada en la boca, destripando a la gente que amo” Diría la Vestrini. Decidí quedarme, decidí que por mi valía la pena volver a intentarlo pero antes tenía que definir mis límites, mis capacidades y posibilidades.

Lo hice. Me senté frente a él pero también frente a mi. Me fui sincera. Puse todos los puntos sobre las íes. Enuncié de la manera más clara posible todas mis expectativas, mis necesidades, mis miedos y dolores. Escuché todas sus expectativas, miedos y dolores. Y no fue fácil descubrir que aunque nos conocíamos, había partes del otro que nos habían sido inaccesibles por mucho tiempo. Poco a poco recuperé la confianza tanto en mi, como en él y la relación. Decidí volver a confiar. Elegí darme de nuevo esa confianza.

La segunda vez que me dieron celos, sin embargo, fue con mi otra pareja. Y fue una experiencia completamente diferente. Ya teníamos establecidos los primeros acuerdos. Ya nos habíamos escrito los límites y era todo bastante claro. Yo me sentía súper orgullosa porque no había sentido celos en absoluto de nuestra relación, confiaba en que como estaba cimentada desde otro lugar y con otras experiencias al respecto, sería diferente. Pero el día llegó y yo sentí que el estómago se me iba a los pies. De nuevo tuve mucho frío y no podía parar de llorar, imaginaba cosas que para sacar de mi cabeza dije como una afirmación. Y re-descubrí que mi problema es tener información a medias o no tenerla. Que la incertidumbre del otro me mata. Que los vacíos en las historias provocan que yo auto completo con cosas que no son reales por mi necesidad de tener una certidumbre. Pero además de todo eso sentí mucha vergüenza porque de nuevo estaba en ese lugar oscuro al que nunca quise volver. Volvió mi impulso por vomitar todo, por no poder decir todo lo que sentía, por no querer admitirlo. Y sin embargo, todo fue distinto esta vez. Esta pareja a pesar de todo, se sentó conmigo a responderme todas las preguntas que yo tenía. A escuchar cada duda y cada incertidumbre, me extendió las manos como red para que me rindiera ante lo que sentía. Tenía yo muchas más herramientas emocionales. Y aunque dolía, era otro tipo de dolor. Uno mucho más líquido, podía beber un poco de ello cada día y aún así mantenerme viva. Dejé de vomitar a los dos días. Sus re afirmaciones de amor me mantuvieron a salvo. Su comprensión y paciencia dejaron de alimentar al Kraken que había en mi cabeza. Y sin embargo me sentía culpable de volver a estar allí y de arrastrarla conmigo. Me di cuenta que pasé mis inseguridades de una persona a otra y entonces volví a sentarme frente a mi. A cagarme. A llorar de desesperación porque volvía a sentirlo todo. Tenía mucha rabia. Sin embargo, esta nueva persona de la que sentí celos, era súper diferente a la primera, ni siquiera la conozco y sin embargo me cae bien. Me vibra diferente, mucho más ameno. Mi primera pareja me enseño a confiar en las personas a las que eliges y por lo tanto en sus decisiones. Entiendo también ahora que esa otra nueva persona no necesita ni agradarme, ni caerme bien, ni conocerla para respetarla. Entiendo racionalmente (aunque emocionalmente no siempre me es claro) que mis vínculos pueden tener más vínculos y que esta sensación de vacío y de abandono sólo me corresponde a mi sanarla, a partir de mi.

Al mismo tiempo, que se me haya pasado “tan pronto” o que haya podido manejarlo de una mejor forma no me quita esa sensación de incomodidad. Porque me encantaría ser inmune a los celos. Porque por más activista del “Tener celos es normal, lo complejo es qué haces con ellos” igual siento que fallo, que me fallo.
Y tengo que lidiar ahora con esa sensación y contra la meritocracia del “Si siento celos, no merezco que me quieran sanamente” “si siento celos soy una persona súper dañina y no merezco una relación sana”
Yo estoy consciente que necesito mucha re afirmación de amor.
Hasta de mi.

Así que, esta es mi conclusión: Desmontar el amor y los apegos no saldrá a la primera; es un camino de ida y vuelta y siempre existe la posibilidad de que falles, la buena noticia es que cada vez tienes más herramientas para enfrentarlo y puedes decidir qué hacer con eso.
No se trata de aguantar ni de resistir sino de enfrentar. De enfrentarte.

Descubrí más de mi que de cualquiera en mis celos. E intento reafirmarme, constantemente revisar y modificar todo aquello que no me gusta de mi. Ser una mejor persona de mi, para mi.

Celos Nivel 10

Siempre supe que era celosa.
No me gustaba que la gente que conocía estuviera con otras personas que no fuera yo, me sentía abandonada. Si alguien replicaba mis ideas, pensamientos o sentimientos en otros lugares lo sentía como un robo, y simultáneamente una traición.
Lloraba muchísimo cuando soñaba que la gente que quiero se iba.

Jamás había sido celosa con G porque nunca había sentido ese miedo.
La primera vez que sentí sospecha, fue porque en su trabajo conoció a una chica super bonita, inteligente y que se dedicaba a la misma área que él. Cada vez que hablaba de ella, el se veía genuinamente emocionado y yo completamente amenazada, pero nunca dije nada.
Hasta que un día, por casualidad me enseño una foto de ella que él le había tomado. Y sentí como todo se me caía en pedazos por dentro: las sensaciones físicas fueron -Frío -Vacío en el estómago -Nudo en la garganta -Llanto llenándome los ojos. G se dio cuenta y me preguntó por qué me sentía así.

Se lo dije todo.
Le dije como me sentía con la foto, como me sentía respecto a ella y porque lo sentía. Él me dijo que no era nada y yo le creí. Decidimos cambiar algunas cosas sobre nuestra relación.

Descubrí que mis celos son autolesivos en el sentido más literal del concepto el día Cero: me dijo que amaba a otra chica. 
Esta vez mis sensaciones no sólo fueron las pasadas. También sentí como mi útero se ponía muy duro, mi fuerza abandonaba a cada extremidad y literalmente podía sentir cómo el corazón se me rompía en pedazos. El pecho me quemaba, ni todo el aire del mundo podía evitar que me asfixiara en una vorágine de pensamientos que me gritaban que claro, que alguien como yo nunca iba a poder ser “suficiente” para alguien como él. Que por supuesto que se iba a enamorar de otras personas porque yo jamás cabría en ese espacio, que me quedaba grande, que era yo poquita cosa.

Según yo, había creado mi relación con G fuera de los parámetros y estereotipos de una relación. Ese día me di cuenta que no, que de hecho se parecía muchísimo a todo aquello que había criticado por tanto tiempo de otros y de mi en otras relaciones.

Lo peor que pude hacer cada vez que salía el tema, era vomitar. Dejar que la angustia me consumiera hasta hacer de mi un fantasma. Herirlo en mi dolor y dejar que mi dolor me lastimara físicamente. Acepté traspasar límites que no sabía que tenía. Permití pasar por encima de mis necesidades en el deseo de ser “suficiente” para alguien más. Lloré hasta que me sequé. Grité. Le reclamé cada error (real o imaginario) y jamás lo escuché. Pase seis meses de mi vida ahogada en llanto, vómito y una sensación constante de fracaso y menosprecio que a veces lograba mitigar, pero que constantemente estaba allí haciéndome la vida imposible. Deje de rendir en mi trabajo, dejó de gustarme lo que hacía. No podía dormir, a penas podía comer. Tomaba agua sólo para llorarla durante el día siguiente. Intentaba evitar llegar a casa y al mismo tiempo procuraba pasar el mayor tiempo posible allí porque era mi lugar seguro. Dejé de hablar con mis amigos, paré mi terapia y boté mis medicamentos en pleno rush de pensamiento del amor meritocrático.

Hace años tuve un problema con un trastorno de alimentación (Mia) por problemas de autopercepción. Y es que vomitar mi hacía sentir que al final después del dolor no había nada. Pensaba que tal vez comiéndome mis problemas podría mitigarlos. Y no pasaba. Entonces vomitaba, para ver si mi jugo estomacal lograba desaparecer el nudo en la garganta que no se quitaba con ningún gesto de amor o autocompasión.

 

En esta época, Mia volvió a mi vida de una forma super involuntaria. Pero estaba allí, detrás de cada esquina, en cada guiño, a cada paso, en cada respiración: nunca me dejaba sola.

Hice dos o tres escenas dentro de casa: pelear por cualquier cosa, gritar, llorar y reclamar a la más mínima provocación cualquier cosa que tuviera que ver con otras personas que no fuera yo. Llegué a querer manipularlo. Llegué a querer obligarlo a no moverse sin mi. Me expuse al peligro muchas veces, muchas otras ni siquiera me daba cuenta. Quise romper cosas. Quise apuñalar sillones y colchones, moría por realizar el impulso frenético de romper ventanas, vasos y todo aquello que resultara en un estruendo. Pero solo podía llorar. Solo podía suplicar por un día volver a ser querida “como antes” ¿Qué me detenía? Aún no estoy segura, pero recuerdo que desde entonces el pensamiento que me perseguía es que yo no quería ser esa persona.

Un día nos planteamos las soluciones extremas. Ese mismo día decidí que era suficiente de llorar y lastimarme por algo que no me correspondía ni cabía en mis responsabilidades. Barajamos la posibilidad de terminar si todo esto me lastimaba de manera tal que no pudiera enfrentarlo. Y había decidido que no quería seguir así. Pensando en salir de esa situación, busqué un terapeuta. La parte graciosa es que mientras me iba sanando, también conocí a otra persona con la que me sentía muy feliz e identificada: me enamoré. Pero aún estaba con G y quería seguir con él.

La decisión fue super difícil, pero hoy creo que es la mejor que he tomado: decidí volver a confiar en nuestra relación, a rehacerla desde cero. De poner claros los límites y necesidades de cada uno. Sabía que quería seguir a su lado, que era muy feliz en su compañía y que yo era más grande que esto, al final de esta situación, lo único que nos quedaba era ser honestos o morir. Elegí, obviamente, la honestidad.

Y mientras tanto, empecé a tener una relación con A. G siempre supo de A.
A siempre supo de G. Y así, a ciegas, me aventé a intentar entender que el mundo no podía ser malo si todos eramos honestos.
Si todos eramos acompañantes.
Que estamos con el otro en medida de nuestras posibilidades y capacidades.

No mentiré ni diré que ya se terminó y soy perfecta y no siento celos: Claro que no. Los sigo sintiendo, a veces se instalan en mi cabeza. Pero ahora lo digo. Encontré un mecanismo con G (Y que voy a replicar con A, pero esa es otra historia para otro lunes) para poder aminorar mis reacciones emocionales, y es describir primero que siento físicamente antes de que se vuelva una emoción. Si puedo detener los pensamientos y las sensaciones antes de que se cree el hoyo en mi pecho, ya tengo la mitad hecho, no se me hace nudo en la garganta y puede que quiera llorar un poco pero es mucho menos complejo que las primeras veces. Y el segundo paso lo que hago es empezar a preguntarme si lo que sentí como celos son realmente celos, o si son pena, tristeza, enojo, miedo al abandono o qué. Y eso me ayuda a preguntarme cosas sobre mi que no siempre son tan sencillas de percibir sin esas experiencias.

Al final de esos seis meses de lluvia sobre ropa mojada, y otro año y medio de momentos raros y un poco incómodos pero cada vez menos dolorosos terminé convencida

El problema no son los celos, el problema es qué haces con ellos.

 

El eterno retorno

Me queda claro que cada uno tenemos un tema al que de una u otra forma volvemos constantemente. La mía tiene que ver muchísimo con mi vientre, mi estómago y las cosas que no he podido hacer.

Todo lo que siento se refleja en mi estómago. Todo. Quiero decir, si estoy feliz, triste, enojada, el primer lugar donde lo percibo es mi estómago y mi vientre. Lo que me ha traído problemas en muchos sentidos: desde una nada maravillosa gastritis, reflujo, dolores de panza, hasta náuseas y vómito de los nervios o la preocupación. Y también va de la mano con mis ciclos del trastorno, usualmente cuando soy más sensible a la tristeza o tengo mi períodos de depresión, tengo más náuseas y vómitos.

Estas dos últimas semanas he tenido más conflictos con mi estómago y también así me di cuenta que mi estado de ánimo estaba cayendo en picada. Los últimos tres días han sido un dolor en el alma de tantas naúseas que tengo. Antier fue un día muy peculiar, tenía un compromiso sumamente importante para mi, y antes de ir a ello, por mi cabeza cruzó que tal vez estaba embarazada. En el fondo sabía que no podía estarlo: siempre me he cuidado muchísimo y por otra parte, mis posibilidades al respecto son mínimas incluso sin cuidarme.

Ayer, por razones que desconozco, tres personas cercanas a mi y que no tienen relación entre ellas me preguntaron si estaba embarazada, mi respuesta automática fue un “No, me estoy cuidando mucho” A lo que las tres personas me hicieron un comentario genérico: “Eso decía (inserte aquí a alguien de sus conocidos) y salió embarazada con todo y su (inserte aquí método anticonceptivo)

Esto me llenó de paranoia. Saliendo del trabajo corrí a una farmacia por una prueba casera de embarazo. Y en cuanto la pagué, sentí que era una completa estupidez porque no hay una sola forma en que en mi estado, pueda tener un bebé. A esto, además, hay que sumarle que en mi trabajo todos los días veo a una bebé preciosa a la que por ratitos me toca cuidar, mimar y distraer, cosa que me ha puesto súper en contacto con el pensamiento de la maternidad. Y aunque siempre me digo “aaay, no, ya para qué” hay muchas noches en que, acostada en la cama, sí pienso: “Igual y sí estaría padre”

Volvieron a mi todas las preguntas que me hice desde el día 1 en que supe que mi situación era compleja. ¿De verdad quiero tener un bebé? ¿Cuánto del que quiera tener un bebé es porque quiero y cuánto es por presión social? ¿Cuánto me he convencido de que no “quiero” porque en realidad -no puedo-? ¿Quiero porque de verdad lo considero un deseo o sólo porque sé que no me sería tan sencillo? ¿Porqué la gente para cualquier malestar piensa en un bebé?

Sentada, frente a la mesa con la prueba de embarazo cerrada, sabía perfectamente que en esta ocasión, todos mis pensamientos al respecto los detonó la presión social. Me sentí ridícula además, sabiendo que todo se me va al estómago y que me he estado comiendo de a poquitos mis preocupaciones y mis miedos.

E intento, todos los días ser bien fuerte y decir: Estoy segura, esto pasará, no es tan relevante. Pero conforme pasan los años, me lo preguntan cada vez más, y me lo pregunto cada vez más. En días como hoy, no sé que hacer.

 

Y sólo puedo confundirme para escribir.

¿Mi espacio feminista funciona?

Hace tiempo empecé a crear espacios de seguridad desde mi trinchera feminista, como un acto para cuidar, compartir y desarticularnos un poco de este constante lugar de competencia, superación y ganancia desde el que nos enunciamos siempre. Y hay cosas que con el paso del tiempo, muchas de mis compañeras de esta maravillosa experiencia de viaje me hicieron notar, así que este texto que ojalá te ayude, tiene su piso en esos errores que por normalización, contexto personal y/o cosas que aún no estaban en deconstrucción no pude atacar en su momento.
Desde este punto, donde los veo, te los comparto.

Las comunidades: Mi espacio es feminista
El punto de este espacio que yo creé no era sólo poder cuestionarnos dinámicas que podrían no ser simétricas ni precisamente equitativas, sino también poder compartir nuestras experiencias, dudas e inquietudes desde un lugar de seguridad con una conciencia de cuidado y respeto, como las consignas feministas que personalmente voy siguiendo. He tenido la fortuna de encontrarme con personas que comparten la visión donde el debate como una herramienta de crecimiento y confrontación propia, así que entre todo, con mucha suerte y mucho trabajo pudimos encontrar un espacio donde converger fuera sencillo, que no fácil. Lejos de lo que parece, me fue sencillo poder encontrar personas afines, aún dentro del maremoto que fue el tema en su momento y con todos los “Ni Feminismo ni machismo, humanismo”

Y ya sé, ya sé. Parece cuento de hadas pero con el paso del tiempo, muchas compañeras me mencionaron situaciones que eran incómodas, extrañas y poco afines con esta creación de espacios feministas.

¿Quién domina la conversación en espacios mixtos?

Esta pregunta fue la que más me reveló que algo estaba yéndose por el lado equivocado. Nuestra conversación, esa conversación feminista de creación y reividicación la estaban dominando.. hombres, que nos platicaban cómo hacer el correcto feminismo. Hombres que nos corregían nuestras acciones feministas. Hombres que no nos permitían dar una opinión sin darnos “la contraria sólo por el debate”. Compañeros relacionales que al dar su visión del mundo, ellos estaban bien y las que éramos incapaces de ver, resolver y actuar en consecuencia eran parejas mujeres.

Una de las razones por las que en su momento pasé por alto el que ellos dominaran la conversación es que yo creía que ellas no querían hablar. Incluso en las preguntas directas evitaban contestar, dando pase a que algún otro hombre hablara. Las pocas mujeres que daban comentarios suelen ser mujeres con una formación feminista mucho más confrontativa y que claro, tienen esa cosa tan hermosa llamada personalidad extrovertida. De alguna forma, mujeres que se enseñaron a hacerse escuchar en este man’s world. Incluso en nuestros espacios teníamos que luchar por la palabra.

Y claro, si ellos son quienes en su mayoría hablan, entonces el personaje pasivo que escucha siempre éramos… nosotras.
Es decir, el protagonista activo de los relatos de las mujeres son las mujeres. Siempre se enuncia desde el yo: Yo hice, dije y pensé. Y en la mayoría de hombres es: Yo hice PERO ELLA reaccionó así. Y de pronto de una denuncia, todo se volvía nosotras escuchar cómo ellos sufren por cosas que nosotras sobre-reaccionamos a lo que ellos inocentemente (¿?) hacen.

Al final entonces, hay que cuidar que los espacios mixtos no nos reproduzcan esas dinámicas de enunciación que tenemos en todo el mundo, dejar de reproducir la idea de que ser “neutro” es dejar “que las cosas pasen como tengan que pasar” ya que estamos tan acostumbrados a que las cosas sucedan de cierta manera que no vamos a poder observar las fallas de comunicación y el discurso que se tiene.
Como aquí hasta hace poco.

Todos son aliados hasta que…

Esta fue una situación que mi Yo feminista rechazó desde el inicio y que también tiene que ver con la forma en cómo interactuamos con el otro en los espacios comunes: Muchas de las compañeras dentro de las sesiones se sentían intimidadas, observadas y cazadas. Resulta que a varias de ellas después de este espacio de seguridad, las abordaban por fuera en una actitud para nada acorde con la intención del grupo. Las pequeñas violencias de conquista del cuerpo, opinión o preferencia del otro se hicieron presentes de un momento a otro.
Mis compañeras, aquellas para las que había creado el espacio, se sentían acosadas.

Otra cosa por las que mis compañeras no hablaban: Ya que siempre se buscaba compartir una experiencia para tener alguna especie de retroalimentación de la experiencia del otro, de pronto se volvía un debate por tener la razón. Entonces de pasar de ser un intercambio práctico pasaba a ser una lucha teórica e incluso académica. Incluso se han sentido intimidadas por el lenguaje tan especializado. Lo curioso es que viendo esa interacción, usualmente las mujeres cuestionan ideas. Y los hombres, personas.

Esa diferencia de perspectiva nos impide un diálogo lineal y de inmediato entramos en las dinámicas típicas de conversación: la jerarquía meritoria.

Sísifo y el eterno retorno

Hagamos un paréntesis: No todo está mal.
Entre todo, los espacios han podido ser un lugar de reflexión, confrontación y cuestionamiento. Un lugar donde surgen dudas de las dudas y que jamás terminamos de desentramar. Sin embargo ahora me enfoco en estos puntos tan relevantes porque es una forma de hacerme notar que las revisiones autocríticas deben ser constantes. Porque como una comunidad creciente, siempre encontraremos algo que deconstruír, algo que señalarnos y mejorar.

Es algo peculiar, además. Son cosas que no se pueden dar por hecho, ya que muchas personas son nuevas en la dinámica y proponer espacios diferentes resulta a veces confuso e incluso violento o extraño. Mi trabajo es no perder de vista estas situaciones para mantener un mínimo necesario al entablar estas maneras distintas de mirarnos.

La relevancia de los espacios separatistas

Cuando creé un espacio separatista dentro de los espacios feministas, muchos hombres entendieron pero hubo otros tantos que nada más no lograban ver porqué necesitamos espacios nuestros, solos, Una Habitación Propia diría mi comadre Virginia W. Y es que los espacios separatistas contienen una dinámica de comunicación bastante diferente, que parte regularmente de la empatía, comprensión y sororidad (cada una de estas en sus contextos y bajo las experiencias de cada una) además de necesidades que expresamos en el momento: A veces sólo queremos escuchar a otras, en ocasiones queremos ser escuchadas, en otros momentos necesitamos formular preguntas o poner en duda algo que nosotras considerábamos una respuesta, incluso hay situaciones en que sólo queremos hacernos compañía. Estar con otras mujeres. Escuchar, mirarlas y saber que no estamos solas. Crear estos espacios de cero meritocracia para poder reconocernos y escucharnos. Son importantes estos espacios porque desde aquí pueden formularse todos los temas que podríamos abordar en lugares mixtos. Necesitamos además usar los lugares mixtos como denuncia de algo que en espacios separatistas estamos logrando observar.

El espacio separatista se vuelve un refugio cuando incluso en otros espacios el discurso patriarcal anda asomando la cabeza o de vez en vez metiendo la mano por debajo de la mesa.

 

Aprender para enseñar a escuchar 

Creo que la parte más compleja de toda esta labor para mi, ha sido aprender a escuchar al otro desde un punto objetivo y no tomarme personal lo que dicen. Entender que usualmente decimos las cosas desde nuestra percepción del mundo y que eso no necesariamente es lo que está viendo el otro. También entender que hay puntos, comas y extensiones que no alcanzamos a ver de inmediato y a veces necesitamos que el otro nos señale que están sucediendo. Darnos cuenta que incluso en búsqueda de nuestro espacio ideal podemos revisar el “ideal”

Pero sobre todo, darme cuenta que el trabajo colectivo es un trabajo para todos. Por lo tanto, si queremos hacer o “educar” a que el otro nos escuche, a lo mejor tenemos que empezar por nosotros escucharnos, y después al otro. Sólo así he encontrado que se puede hacer eco de las cosas que están sucediendo.

 

Las propuestas nuevas

La mayoría de las situaciones las solucioné de una manera sencilla: Priorizar el diálogo de las mujeres. Como nuestro diálogo es por turnos entonces lo más lógico sería que la mediación se diera a partir de estos parámentros:

  1. Sólo hay 5 tomas de opinión por tema para los hombres, así que entre ellos deberán decidir quién enuncia y/o participa.
  2. Cada participación masculina tendrá un límite de 2 minutos.
  3. Un mismo hombre NO puede opinar dos veces en el mismo tema y probablemente tampoco en la misma sesión
  4. Dejar la academia para después: si es un espacio donde nos estamos mencionando a partir del “YO” entonces la academia, por mucho texto maravilloso, no es precisamente lo que nos ayudará a reivindicarnos: necesitamos un diálogo horizontal; las recomendaciones de textos y teoría podemos darlas al final y subirlas a la página o al evento.
  5. Lamentablemente fuera de estos espacios no podemos asegurar que no haya situaciones incómodas, lo que sí podemos hacer es escuchar cuando alguna compañera/hermana/afecto denuncie cualquier cosa y traerlo a la mesa como un punto a cuestionar.
  6. En espacios separatistas, cada sesión ponemos sobre la mesa las necesidades de cada una de las asistentes, así a nadie se presiona para hablar y se crea el espacio necesario para asentir o disentir de todo lo que suceda dentro

¿Estas cosas significan que nuestro espacio no funciona?
No. Entre todo esto, hemos logrado una convivencia bastante interesante, una cohersión y unión muy peculiar y hemos podido llevar a la mesa situaciones importantes que nos ha sido relevante señalar. Todas las dudas y situaciones planteadas desde las gafas violetas nos han ayudado precisamente a ver en qué podemos mejorar.

Sin duda aún no es un lugar perfecto y como todo proyecto bebé, necesita revisarse y darse sus propios “amika date cuenta” en medida de sus comunidades. Esta comunidad, en este particular momento necesita que hagamos énfasis en cada punto mencionado. Y mañana ¿quién sabe?

Todo esto a penas se está instalando y termina de cuajar. Mientras tanto, ya tenemos nuevas sesiones tanto separatistas como mixtas donde platicamos de cosas súper interesantes, compartimos puntos de vista y a veces “pateamos avisperos” ¿Te aventuras con nosotros?

Toda la información aquí