Saber pedir ayuda.

Como en todo, las altas y bajas emocionales me traían vuelta loca. Poco a poco fui descubriendo que había cosas que no podia manejar, ya no sólo de mi caracter, sino también del cómo me afectaban las cosas siempre. La manera en la que enfrentaba al mundo. Empecé a notar que en las mañanas me costaba un trabajo inhumano despertarme o levantarme de la cama; ya era mucho más difícil encontrar algo que me moviera y me motivara para bañarme, por poner otro ejemplo. Simplemente todas esas cosas que antes hacía de una manera tan sencilla me parecían actividades titánicas: todo rebasaba mi capacidad para mantenerme si quiera atenta.

Y así pasaron los días. Estaba intentando procurar que “no me afectara demasiado” y mantener mi discipolina (En estos días entendí la importancia de ésta, y es que cuando no tienes más motivos para poder avanzar, la disciplina es la que te ayuda a mantener un ritmo en tu vida, aunque éste sea muy bajo) pero me di cuenta que las cosas estaban sobrepasandome. No había cosa con la que no llorara e incluso comer se puso difícil para mi.
No comía porque no tenía hambre, pero cuando lo hacía simplemente no podía parar.

Empecé a darme cuenta que estoy era mucho más grande que yo, cuando no podía controlar nada en absoluto: mi enojo, rabia, tristeza, preocupación e inseguridad explotaban como si todo el tiempo fuera una olla exprés. Pero la parte más dolorosa: la “Epifanía” se dio cuando vi a las personas alrededor mío siendo afectadas por algo que yo no podía parar. Y comencé a preguntarme si “un día pasaría” si de verdad “estaba bien” y si “podía con esto sola” porque “siempre habia podido”. Y es que, con el paso del tiempo te crees estas cosas, porque sí, vivimos en esta clase de sociedad donde nos meten en la cabeza que todo el tiempo, tu único deber es SER FELIZ, aún cuando haya cosas que en sí mismas no generen felicidad; como la muerte de alguien. Y es que, piénsalo: Siempre te dicen “pero no llores, mejor alégrate porque estuvo vivo”
No dude. No.
Creo que hay un gran error en querer que todos estemos todo el tiempo felices: no somos capaces de mantener una vida solo así, y no es posible porque somos personas cambiantes que tienen un entorno fuera de sí que no pueden controlar.

Volviendo al tema:
Vi a todas estas personas cercanas a mi siendo igual de lastimadas que yo, porque no podía yo expresar otra cosa más que mi pesar, y porque tienen problemas propios. También me di cuenta de la comodidad que de alguna forma implica la tristeza: Sientes que toda la atención se centra en ti, y puede que sea verdad.. un rato, porque tanto terminas siendo una carga emocional para ti e inevitablemente no importa lo que los demás digan, no dejas de sentirte triste.

Al final del día, existieron muchísimas reflexiones que me hicieron darme cuenta que no tenía que hacerlo sola. Y por segunda vez en mi vida, y a pesar del miedo que le tengo, busqué una terapeuta en quién apoyarme y estuve un buen rato buscando a la persona adecuada para mi, alguien con quien me sintiera en confianza, segura y tranquila, pero sobre todo que su método fuera algo que a mi me pareciera bien y sintiera que me acomodaba para poder avanzar.

Terminé con una psicóloga mexicana que actualmente vive en Españan y da terapias vía Skype. Me ha acomodado increíble y me ha ayudado a mejorar, además de muchas otras cosas que implementé  y personas que conocí de a poquito en mi vida y me impulsan a seguir adelante.

No te voy a mentir: Todavía hay días en que la vida es una basura y no quiero moverme de mi cama. Pero justo esos días es cuando más puedo ver el avance que la terapia y las opersonas me han ayudado a alcanzar: mi tristeza si bien, existe, ya no me vence. No me tira. Y empiezo a usarla más como combustible de cambio, que pretexto para no comer.

¿Quieres alguna recomendación? Creo que en general lo que puedo decir es que necesitamos ser más honestos con nosotros. Pregúntate qué sientes y siempre hay que recordar que los sentimientos son verdaderos pero no necesariamente reales.

Estrías

Mucho tiempo me creí aquella idea de que las estrías sólo eran para las muejeres que habían sido mamás, o para quienes tuvieron músculos marcados en algún tiempo. Pero también que aquellos que tenían estrías y no pertenecían a ninguna de las dos categorías anteriores eran simplemente feas y desagradables. Así cuando las descubrí en mi cuerpo me sentí terrible: como si hubiera vivido mucho tiempo engañada. También me sentí fea. Hay que decirlo.

 

Durante mucho tiempo me obsesioné con mi piel y por lo tanto con mi peso y mi talla,

hasta llegar a un momento insano de mi obsesión. Por muchas razones, con mucha ayuda y cambios pude cambiar eso. Y entonces iba algo más difícil: Amar mi cuerpo.

 

Hay algo que la gente no entiende todavía y es que amar tu cuerpo es diferente a aceptarlo. Cuando sólo aceptas tu cuerpo existe una especie de resignación del “pues es asi” y poco a poco te acostumbras a vestir la piel que vistes, y amarla implica un trabajo y una perseverancia mucho más intensa. Amar tu cuerpo, sus formas y marcas es muy difícil sobre todo cuando siempre te están diciendo cómo se supone -debería- ser.

Hay días en que no lo logro, que por más que intento asir la piel que tengo, más bien se me marca mucho más y me causa una especie de dolor discreto.

Sin embargo, los días que sí lo puedo hacer, los días que amo las curvas y cicatrices de mi cuerpo, entonces me descubro de una especie de belleza no normalizada todavía. Y veo mi armario y me doy cuenta de lo torpe que he sido por privarme de usar los crop tops que tanto me gustan, las blusas cortas que compré y usé una vez solamente porque me daban miedo las miradas, lo superficial que me sentí por querer usar algo y sentir que el otro (que es un otro inasible pero existente) nunca iba a permitirmelo.

Y entonces, en esos días, me importa un clavo: Abrazo cada costra, cicatriz, marca, mancha, lunar como una historia dentro de mi cuerpo. En especial, las estrías. Las he convertido en un recordatorio de cada con mis amigos, de todas esas veces que me he sentado a comer con ellos hasta sentir que reviendo entre risas, llantos, dudas, gritos, a veces desacuerdos y discusiones. Los helados saliendo de la última clase de la universidad, las clases de ballet y las tardes en bicicleta, las salidas al cine con palomitas gigantes y hot dogs: los resignifiqué como el acto de amor que para mi implica el compartir un alimento y allí aprendí esto que de vez en cuando se me olvida:

No era la ropa o una talla lo que estaba haciendo que la pasara bien. Era yo.

 

Así que hoy me quedo con eso.
Puedo amar, y amarme.

Y la elasticidad de la piel no me va a impedir seguir disfrutando esos momentos.

El sueño de ser editora.

Supongo que desde que era niña me ha apasionado leer.

Al menos eso rescato de todas las historias que me cuentan mis papás; a veces dicen que he leído tanto que las cosas que me pasan, por cómo las cuento, parecen irreales.
Con el paso del tiempo conocí muchas cosas muy afines a lo que yo creía que estaba más cerca de mi amor por los libros, desde las bibliotecas, la literatura en sí, la filosofía, psicología…

A partir del contacto con otras personas, otros lugares, y más situaciones que no estaban precisamente en mis manos, asumo que dejé un poco de lado esta idea de ser editora. Y en realidad, me gusta la idea porque en Marianalandia, era la única forma en que yo podría leer algunos libros, antes que cualquiera. Mi avaricia de literatura (por ponerle un nombre) me movía desde hace mucho. Sin embargo terminé estudiando algo distinto y mucho tiempo haciendo otras cosas, pero nunca dejé de leer.

Un día, en una feria del libro me encontré con una editorial que tiene librería y me encantó el concepto. Tiempo después comencé a hacer talleres de difusión de lectura en esa librería y me prometí que en algún punto trabajaría con ellos de una forma más directa. No sabía cómo y siempre pensé que en la librería. Para ese entonces, todavía trabajaba en la agencia.

Hace poco me aventuré a salir un poco de las zonas de confort donde me encontraba: casualmente la oportunidad de trabajar en esa
librería se presentó. Poco a poco me envolví más ayudando aquí y allá con actividades extra a lo
que tendría que haber hecho, así que en algún momento terminé trabajando directamente para la editorial, y un poco fuera de la librería.

Ahora soy coordinadora editorial (o al menos eso entendí). De vez en cuando, yo leo los textos antes que otras personas y me entero de muchísimos eventos relativo al libro.

Cuando Noemí me comentó lo de la coordinación editorial, me di cuenta que poco a poco, cada paso que he dado en mi vida, aunque aparentemente no tendría nada que ver con mis motivaciones o sueños de ser editora, en realidad me han traído hasta aquí: lo cierto es que sigo aprendiendo que ser editor es más de lo que yo consideraba o creía, pero miren: Con leer soy feliz.

 

Goal 1: Cumplido.

Todos somos booktubers.

Un día me senté frente a mi cámara grabando y empecé a decir todo lo que se me ocurría. Como siempre que comienzo a hablar, terminé platicando de libros.
De mi historia con los libros, así que esta vez comenzaré de esa misma forma:

Mi nombre es éste y no otro, porque des-afortunadamente no elegí mi nombre, sino, me fue asignado como a todos nosotros; por mis padres. Mis padres, que leyeron dos textos con dos personajes tan opuestos y complementarios y que tienen el mismo nombre, que decidieron que yo fuera así: Una Mariana.
Y así es como mi nombre contiene las historias de dos Marianas que no conozco y nunca conoceré en persona, pero que tengo la fortuna de ser como ellas. Ahora, cada que leo mi nombre me acuerdo de ellas. Y cada que mis padres leen sobre ellas, se acuerdan de mi. Y somos eso, historias y recuerdos.
Descubrí que si todo lo que pronuncias tiene recuerdos, tiene entonces, una historia. Y si tiene una historia, puede leerse.

Todo el tiempo estamos leyendo una cantidad gigante de cosas y no nos damos cuenta. Eso incluye las etiquetas del shampoo cuando estamos en el baño, o los estados de Facebook de nuestros amigos cuando estamos “haciendo tarea”. O los twitts que revisamos en clase de química o literatura. Pero no hablo de sólo esa lectura. Antes de ello, hay otro tipo de lectura más personal, más íntima y que por ser tan constante pasa desapercibida: Leemos el mundo.
Y es que, piensa en cuando tienes frío: La forma en la que los vellos de tus brazos se erizan, como castañean tus dientes, la sensación que tiene tu piel, y así es como te explico: Estás leyendo tu cuerpo. ¿Recuerdas el aroma de la cocina de tu mamá cuando acaba de hacer sopa? Al recordar, estás leyendo tu memoria, pero cuando reconoces el olor, estás leyendo con tu olfato… ¡El aire!
Ahora, pensemos en algo que nos enseñaron desde pequeños: Antes de cruzar la calle mira a los dos lados. Así es como tus padres te enseñan a leer la circulación vial. El último ejercicio: Piensa en las veces que te intentaste servir agua en un vaso, pero viste el garrafón casi vacío. Así lees los envases. Entonces piensa todas las infinitas formas en que leemos absolutamente todo: Los olores, colores, climas, temperaturas, texturas, formas, sabores, sonidos, tipos de flores, estados de la materia… Todo.

Comencé a leer a los tres años, porque mis papás no encontraban forma de mantenerme quieta. Y desde ese momento comencé a hablar sobre libros siempre que podía. Hasta que con el paso del tiempo, y notar que muchos de mis amigos no tenían el mismo interés, empecé a buscar foros y lugares donde pudiera hablar sin tener que restringirme.
Así crecí, hasta que llegué a la secundaria y pude usar internet sin vigilancia de mis padres. Y conocí a gente muy peculiar a la que podía (y puedo) pasarme el día escuchando todo lo que tengan que decir, y hablan de esto que amo y me interesa:
Aquellos que llamamos booktubers.

Pero ¿Qué es un booktuber?
Son simplemente chicos como cualquiera de nosotros que se atrevieron, justamente a tomar una cámara y hablar de algo que estaban experimentando y abrazando: Los libros que les gustaban. O no.
Y de pronto, este titán que es internet nos abrió una nueva forma de comunicarnos entre lectores. Ya no solo eran los foros, grupos o blogs: ahora también podíamos vernos y dialogar entre nosotros. Y siempre me he preguntado ¿Por qué es que nos gusta tanto hablar de esto que hacemos?
Llegué a mi conclusión de una forma poco rápida:
Si es verdad que amamos algo, queremos gritarlo al mundo, todo el tiempo. Queremos que todos se enteren y parte de nuestro sueño, es que el mundo pueda ver con el mismo amor aquello que amamos. Por eso compartimos todo el tiempo. Por eso nos emocionamos cuando nuestro equipo de fútbol metió un gol, o cuando a nuestra amiga le regalan ese boleto para el concierto de su cantante favorito, cuando estamos en una fiesta con nuestros mejores amigos, cuando nos regalan algo.
Y lo gritamos.
Subimos fotos a Facebook, twitter, Instagram.
A cuantos lugares podamos.
Y es que a veces pareciera que las cosas no son reales, hasta que las compartimos: Así la lectura. Así el conocimiento. Así las emociones. A veces tenerlas no es suficiente. Y gritarlo es solo la primera parte.
Pasa algo bien padre con la literatura: vive a partir de las comunidades. Mientras más gente lea algo, más vida tiene ese algo. Se mueve. Escuchas a mucha gente opinar, amando, odiando o siendo indiferentes, pero lo están haciendo vivir. Por eso es tan trascendental que hablemos todo el tiempo de lo que amamos, con todos los que podamos.

Hay algo bien padre en los videos.
Y es que cuando te grabas, puedes verte pensando: puedes leerte teniendo todos tus pensamientos y encuentras en ese video, algo que encuentras en el libro; un espejo donde siempre podemos aprender a conocernos. A reconocer lo que hay afuera de mi, sin que tenga que ser otro, y al mismo tiempo, cuando me veo en una pantalla, soy otro. Es confuso, lo sé. Pero es la parte más intrigante.

A mi me gusta grabarme hablando de algún libro, porque es un lugar donde puedo hablar de lo que estoy sintiendo sin sentirme juzgada. Donde puedo entregar todo aquello que experimenté en las manos de otro, confiando en que no sentirá lo mismo, pero en que probablemente sentirá algo, y que el la diferencia de esta experiencia podamos establecer un diálogo que nos una. Y es que, nos enseñan que leer es para “aprender” pero ¿Sí es para eso? Pero sobre todo ¿para aprender qué? A lo mejor nos quieren enseñar matemáticas cuando nosotros queremos aprender historia. O no.

Así cuando escribimos o grabamos un comentario o una opinión sobre un algo en particular, cada like o cada respuesta se vuelve para nosotros un laboratorio donde podemos provocar que cada tubo de ensayo reviente, o que los líquidos cambien de color. Y es igual de importante si estamos de acuerdo que si no lo estamos: establecer ese contacto con el otro y esa comunicación con el otro es lo que nos mantiene vivos, y, como les decía antes, mantener esto que amamos, vivo. Latiendo.

Y me han preguntado últimamente: ¿cómo es que grabo un video de algo que leí?
Y es sencillo.
Solo comienzo platicando de las cosas que sentí, que pensé, que viví mientras estaba leyendo el texto. Lo que sea. Se convierte en parte de tu vida, y al platicarlo con el otro, te vuelves parte de su vida.

Hay que mantener siempre claro que no a todos nos gustará lo mismo, pero esas
opiniones encontradas, casi completamente opuestas, son lo que nos incitará a aprender, conocer y cambiar.
Para mi, hacer videos de esto, que amo, se ha convertido en una forma de comunicarme conmigo, de decirme qué es lo que está pasando en mi vida, y también es una forma de hablar con otro, con alguien más que no necesariamente conozco que no está solo, que yo también estoy pasando por eso. Que río, lloro y lo acompaño en este proceso tan maravilloso que es leer.

Pero mejor aún, que lo escucho y lo leo en este acto tan valiente que es opinar.


La cámara y el video es un pretexto para dar una opinión: simplemente comienza un día a platicar con todos de lo que lees en el mundo, en las noticias, en la tele, en los libros, en los parques. Comienza a hablar de aquello que amas. Y sé que seremos muy afortunados si entonces un día te dan muchas ganas, tomas una cámara y te vemos en Youtube.

 

 

De bibliotecóloga a librera.

Me preguntaron muchas veces cómo es que después de estudiar Bibliotecología y el “tan sagrado arte de la organización”, terminé trabajando en una librería. Y la respuesta es simple, pero no por eso fácil.

Desde niña he sabido que lo mío son los libros: en todas sus formas, tamaños y temas. El elegir la carrera fue una situación casi obligada. Así que con el paso del tiempo, me di cuenta de las muchas variables que existen dentro de la profesión.

Entre mis sueños siempre estuvo trabajar en una cafetería y en una librería. No sé. Siempre creí que eran la clase de experiencias que no podía perderme ni de chiste. Lo necesitaba. Casi como un motor.
Siempre me ha hecho mucha ilusión la difusión de lectura, y estar cerca de libros, librerías, ferias del libro, y todo
lo que viene amarrado en el paquete. Me causa mucha emoción. Incluso las bibliotecas siempre han sido para mi un titán al que le admiro por iguales partes su capacidad de belleza, abstracción y espíritu de compartimiento.

La carrera me ofrecía algo similar, pero no tanto. Aunque se dedica también amorosamente al mundo del libro, en realidad su enfoque es hacia la información y más recientemente a la tecnología de la información. No deja de lado este amor romántico que se tiene por el sistema analógico, pero siempre va en función a la organización. Y eso a mi no me llena. Lejos de querer ordenar mi vida, quiero desordenar las ideas de las personas. Me llena más.

Así que no fue suficiente la carrera. Porque a me interesa el lector: aquel que hace que cada letra tenga sentido. El que provoca que sin problemas te acerques un poco al espejo en que se convierte un libro, me interesa la forma en que las ideas, percepciones y conceptos cambian a partir de una línea que puede llegar a tocarnos y convencernos que el mundo es muy diferente a lo que creemos que es. Así que, tuve muchos trabajos organizando información: trabajé en Archivos (De RH, de patentes, de ventas) trabajé en bibliotecas (En área de conservación, restauración, servicio al público, administración). En una agencia de publicidad en el área de Social Media (por aquello de la difusión). Hasta que llegué a donde estoy: Una librería de barrio. Y combina perfecto las cosas que más me gusta: Café y libros. Me dedico completamente a hacer de cada visitante un nuevo lector de cada una de las travesías que tenemos estampadas aquí. Me siento en casa y haciendo lo que siempre quise.
No solo hago eso, claro. También me dedico con una devoción inmensa a mis talleres. A compartir con todo aquel que quiera escuchar, el amor que le tengo a los libros, a cada libro y a cada lectura: En sí, el amor que le tengo a la humanidad, de alguna forma.

Ayer que desperté me di cuenta que estoy cumpliendo los sueños de mi vida.
Así que puedo borrar de mi lista trabajar en una cafetería, y trabajar en una librería.
Por ahora el tiempo se detuvo y me instalo indefinidamente en este sueño:
Mientras empiezo a construir más.

Paseos

Hay un chico que ha venido todas las tardes-noches a acompañarme cuando cierro la librería.
Sin falta saca a pasear a su perro a eso de las 8.
Está sentado en las bancas exteriores de la librería unos 30 minutos tomándose un americano.
Entonces me paga.
Va a dejar a su perro y vuelve.
Me ayuda a meter las bancas y se queda platicando conmigo sobre libros,
sobre el café, las revistas, el clima.
Sobre la vida.
De cualquier cosa que se le ocurre.

Por primera vez no siento esa necesidad latente de ser la que domina la conversación.
Tenía la peculiar sensación de escuchar atentamente su conversación sin buscar un punto por corregirle, sin necesitar un pretexto para llamar su atención. Solo me siento desinteresada por lo pequeño y escucho todo lo que puedo, procuro entenderlo, o al menos caminar al paso de sus pensamientos.
Me regaló muchas y buenas ideas. Antenoche estuvimos hablando sobre las manifestaciones que tiene el Dios particular de los individuos en la vida de cada uno.
De las casualidades y la bondad.
Pidió un americano para llevar.

 
Anoche besé a mi novia por la tarde en la puerta corrediza de la librería.
En la noche, llegó sin su perro, pidió de la forma más cortante un Espresso doble, para llevar.
Ni una palabra más.

Anoche él no volvió.

Hoy tampoco.

Cambios

Mucho tiempo estuve intentando aferrarme a una estabilidad que me cuesta trabajo aceptar que no existe. A partir de eso tuve dos epifanías respecto a esto.

1: En el mundo jamás nada es estable. Lo “estático” está muerto. Y lo muerto no está.
2: El mundo gira por personas que más que querer ser estables buscan crecer y mover las cosas que no les gustan, dar paso a mejores horizontes y sobre todo a hacer lo que te apasiona. Y todo esto comenzó aquí.

 

A pesar de que he sido muy feliz trabajando en la agencia de mkt en la que estaba, un día por mi cabeza pasó un ¿Qué estoy haciendo para acercarme a mi sueño? Y me vi más cerca que antes, pero poco más lejos de lo que esperaba verme. Y comencé a buscar una solución. Lo gracioso es que apareció frente a mi en cuestión de… 3 o 4 minutos en el feed de facebook.

Y es que, siempre he sido una persona que se alimenta de comunidades y procura alimentar comunidades. Considero que mi tiempo dedicándome a ellas me ayuda a empatizar con muchas de una forma más sencilla, y la prueba perfecta fue en la agencia, porque a pesar de tener gente a mi cargo, en realidad somos amigos y una comunidad de trabajo. Ese fue el primer momento en que comencé a recordar las cosas tan maravillosas que debía retomar por mi, por mi pasión, por mi necesidad de hacer más cosas y diferentes.

Pero no fue fácil: estar donde estaba me suponía un lugar increíble donde mi comunidad, mis amigos, estas personas maravillosas y su compañía tan increíble me hacían dudar. Elegir entre un lugar donde encajo (que es algo que he estado buscando locamente) y enfrentarme a algo que me apasiona, fue sentir un miedo enorme en la médula. Ver al abismo en el centro de los ojos. Decidir entre lo que he formado y lo que podía alimentar.

Lo decidí. Fui a ver qué pasaba en la librería, y sentí tan lindo que toda mi experiencia, precisamente con las comunidades fuera lo que me respaldara en éste lugar. Y me recibieron tan bien, con los brazos cálidos abiertos, y una sonrisa de par en par sabiendo que me sería gratificante poder estar allí, siendo parte de un equipo al que mucho tiempo quise ingresar. De la agencia me fui entre abrazos cariñosos, besitos en las mejillas, cartas y cervezas. Buenos deseos, promesas de reencuentros, proyectos…

 

Dicen que uno decreta las cosas conforme las menciona.

A lo mejor ese es el verdadero secreto.

 

Así que decidí irme y explorar nuevos lugares, descubrirme a partir de otras experiencias. Y lo maravilloso es que las personas que me han importado millones, me apoyan como si no hubiera mañana. Siguen mis pasos y mis ideas, para compartirlas conmigo. Se sientan a mi lado. Llegan a mi casa a tomar cerveza y pasar noches maravillosas.

 

Soy feliz de haber sido parte de Hype!
Estoy enamorada del tiempo que pasé allí.
Estoy extasiada y emocionada por poder ser parte de Librería El Ermitaño.
Estoy enamorada de las telarañas que uno va creando.