“Usa la copita” decían

Hace unas semanas una amiga me regaló una copita menstrual, de hecho la Angel Cup Grande. Me asesoró todo lo que pudo antes de que eligiera una para mi, me regaló el instructivo y también todas las explicaciones del mundo. En realidad no es la gran ciencia, pero el nervio hace que todo se maximice cual película de Tarantino. Tuve el período de nuevo a penas dos semanas después de mi regalo, creo que se retrasó una semana, pero todo bien dentro de lo que cabe. Sinceramente me lo esperaba porque siempre me hace cosas así. Esta vez, ya sin DIU y ya sin medicamentos ni nada, los cólicos fueron super cortos aunque sí bastante dolorosos. En fin, supongo que mi cuerpo aún está resentido por tanto movimiento dentro.

Entonces un día antes de que me bajara, intenté colocarme la copa. (Esto fue el 3 de Octubre)
La primera vez, fue un suplicio. No entraba, yo estaba súper nerviosa y por lo tanto, estrecha y dura. Intenté colocarla en forma de “C” y lo único que logré introducir, fueron nervios, miedo y dolor a mi canal vaginal. Entonces empecé a preguntarle a todas mis amigas y recordé que había visto una imagen súper ilustrativa de las diferentes formas de colocarla. Dejé el tema en paz por unas tres horas, en lo que me bajaba la irritación y el dolor.

La siguiente vez que lo intenté fue muchisimo más sencillo, ya que intenté otra forma de colocarla, como en forma de alcatraz. Insertarla me fue tan fácil que lo logré a la primera. Pero me daban muchos nervios tenerla allí adentro. En fin, la coloqué y me levanté. Los pensamientos que me rondaban eran todos tipo ¿Y si se me queda atorada? ¿Y si termino llamando a emergencias porque se me fue a las anginas? ¿Y si termino arrancándome un ovario cuando me la quite porque no sé cómo hacerlo bien?

De más está decir que eso evidentemente no sucedió. Mantuve colocada la copa, caminé, me puse a hacer otras varias cosas y para mi sorpresa no la sentía. Y claro, como nada sale bien a la primera, mi pensamiento de inmediato fue ¿Y si no la coloqué bien? Había leído en muchísimos blogs que el apéndice o la “colita” de la copa les lastimaba y raspaba por dentro. ¿porqué no siento nada? ¿Cómo sé que ya hizo “plop”? ¿Y si no hace? ¿Y si la copa está muy grande? ¿Y si estoy tan nerviosa que no permito que ni mi flujo salga realmente?

No me gusta aceptarlo pero en realidad estaba demasiado nerviosa. Lo platicaba con G y me decía “relájate, no te preocupes, estás bien” Y en mi cabeza contestaba cosas como: Si tú trajeras la copa no podrías estar tranquilo.

Intenté relajarme y probar dormir con la copa puesta, por un lado por el experimento a ver qué sentía y por otro y más importante: Eran media noche y yo ya no tenía toallas sanitarias ni nada que pudiera ocupar en una emergencia y la tienda ni de chiste tenía servicio a esa hora. Estaba segura que al día siguiente despertaría con sangre en las bragas, así que, ni modo. La copa era LA SOLUCIÓN.

Otra cosa que debo admitir es que me planee todo esto para no tener pretextos y procrastinar: sé que solita mi hago trampa, así que me preveo antes de hacerme trampa.
Ya sé, es muy raro, a veces ni yo termino de entenderlo bien. En fin.

Esa noche intenté dormir con la copa puesta. Todo iba bien hasta que estaba por acostarme en la cama. Justo en ese movimiento donde tensas el vientre para sentarte en la orilla de la cama fue el primero que plantó una duda gigante en mi cabeza respecto al si “podría” traer la copa o acostumbrarme a ella.

El “plop” fue una sensación ya no sorpresiva sino también dolorosa, que más que un “Se acomodó la copa” yo lo describiría como “Un invento del hombre blanco me succionó las primeras gotas de mi período” e intenté pasarlo por alto. Procuré reírme para no llorar y convencerme de que no fue tan fuerte. Se me pasó la sensación del “plop” pero con el paso del rato y la conciencia de que había algo dentro de mi donde no suelo traer cosas por largo tiempo. Recuerdo que incluso me daba miedo hacer caca y pedorrearme porque sentí que se me iba a salir la copa.
Mis amigas nomás se reían de mis miedos (no las culpo, ahora que lo leo sí me siento bien idiota)
Entonces empezó mi vientre a ponerse más y más y más duro. Los cólicos más fuertes (y en teoría mis dos días de cólicos que parecen contracciones ya habían pasado) y sentía cómo me inflamaba cada vez más.

Me asusté.

De nuevo empecé a pensar que iba a terminar en emergencias como la noticia de la morra más tonta del mundo mundial. Estuve platicando con mi amiga, quien me regaló la copa y todo el rato me decía que era normal, las sensaciones, los miedos, cada pensamiento. Pero yo me quedé con una sensación horrible sobre el “plop” que no sé si puedo considerar normal.
Me di cuenta que conforme avanzaba la noche también me daban más y más nervios de no poder quitármela al siguiente día: en mi cabeza durante la noche la copa se me iba a subir, me iba a hacer una ventosa dentro tan fuerte que no iba a poder sacarla jamás y tendrían que hacerme cirugía para retirarla. Y de paso quitarme los ovarios.
(Ya sé, tengo miedos bien raros con mi útero, intento trabajarlo en terapia todavía)

Entonces mi amiga me recomendó que para bajarle un montón a mi histeria, me quitara la copa durante la noche, ya que claramente me causaba demasiado estrés y nervios. Al final fue la mejor idea, porque estaba segura que si la dejaba dentro, no iba a poder dormir. Ya me había visto en mi visión del futuro: Llorosa, hormonal, de malas, estresada, cansada y triste una copa que estaba aprendiendo a usar.

Y esa es otra: Doña perfecta quiere que todo le salga a la primera, pero cuando no sabe qué esperar, se muere del susto.

Para relajarme, mis amigas me habían contado sus historias de terror: haber dejado el baño como Carrie porque la quitan mal, otras que habían tenido que pedirle ayuda a su pareja porque no podían retirarla, otras que tardaron hasta 4 horas en quitarla porque de los nervios no podían.

Me la quité. Mira, pensé en mi cabeza 60 veces cómo quitármela. Pregunté a amigas y la media promedio de retiro era de 20 – 40 minutos en promedio. Me propuse no tardarme tanto. Para mi sorpresa, salió a la primera. Así, en menos de dos minutos. Aún no termino de entender qué hice bien, pero en fin.

Por supuesto que la retiré bien, todo tranquilo, doña perfecta estaba muy bien y entonces empecé a revisar mi sangre. A primera instancia, me sorprendieron dos cosas: desde que me la puse hasta que me la retiré, habían pasado tres horas y la copa ya tenía casi la mitad lleno. Lo segundo fue: encontré en la copa un líquido transparente (que después mi amix me dijo que era perfectamente normal, que de hecho la sangre tiene un “suero” que puede notarse) y unos granulitos del color de mi flujo diario, con textura cremosa que al final, también son -normales-.*

Cuando terminé de revisar, estaba muy orgullosa porque no había hecho un batidero y entonces quise sacar la foto. Y PUM, justo hice mi batidero. Me puse un protector diario. Noté que ya había empezado mi periodo como tal y descubrí que había estado tan nerviosa todo el rato, que cuando la retiré, la limpié y la guardé todo bien. Me relajé un poco y empecé a temblar muchísimo. Definitivamente estaba MUY estresada.

Jugando y no me digo que es difícil saber si en realidad me quedé dormida o me desmayé de lo impresionante que me fue la experiencia. Total que me fui a dormir y como lo que me había puesto era un protector diario, pues amanecí manchada. ¡Tarán!

4 de Octubre.
Desperté y corrí al baño. Después de bañarme, me coloqué la copa (de nuevo y con mucho mucho orgullo digo esto) a la primera. No la sentía. Me puse de cuclillas, alcé una pierna y nada. Alcé la otra, nada. Ninguna sensación. “Equis” dije. “igual y anoche me la coloqué mal”

Me puse a limpiar la casa en mood Cenicienta. En algún punto me ganó el sueño y el frío y me quedé dormida en mi sillón.

Justo cuando me acosté completamente y estiré mis piernas, volví a sentir el quesque “Plop” pero ahora sentí que también me absorvía las entrañas. Se me salió un quejido horrible de la garganta. Hasta mi perrita se espantó. Me quedé dormida, chipil y chillona.

Desperté más o menos una hora después, sin inflamación pero tiesa. Como no queriendo moverme “por si se sentía”
Mentalmente hasta sentarme o agacharme rápido era toda una odisea. Aunque quería actuar con normalidad, el miedito no me dejaba. Sentí cómo me iba inflamando y entonces pensé que hacer Ejercicios de Kegel era buena idea. Barrí, escribí, seguí con mi día con toda la normalidad que pude, hasta que mis miedos volvieron a aparecerse y decidí mejor quitármela de nuevo. No quería un episodio de estrés como el de la noche anterior.

Al retirarla me di cuenta de nuevo de la cantidad de sangre que había: No olía a nada en absoluto. Era mucho más oscura y estaba tibia. Incluso los coágulos eran menos y mucho más suaves y menos elásticos. Fue impresionante verlo.

Al final sopesé el volver a sentir el “plop” VS a traer 12 horas la copa puesta y decidí no volver a sentir que me succionaban hasta el alma que ya vendí. Había sido demasiado para mi por dos días. Corrí a la tienda por unas toallas sanitarias y traicioné a la ecología.

Me sorprendió darme cuenta que terminé mi período antes. Para el sábado 5 Mi flujo había básicamente terminado, pero ya sólo traje toallas sanitarias.

Ahora estoy pensando utilizar al menos durante los siguientes meses la copa durante 6 horas seguidas. A ver si aguanto. Leí también que la media promedio de aprendizaje de uso es de 3 a 4 meses y que al final te acostumbras a ese “plop” aunque no sé si es un precio que yo quiera pagar. Lo seguiré pensando. De cualquier forma, eso sólo me hace querer correr con la doctora a ver si no me arranqué un pedazo de, no sé, conciencia cuando retiré la copa.

Lo más bonito de toda esta experiencia fue el acompañamiento que tuve con todas las mujeres de las que me rodeo: estuvieron allí para escucharme, acompañarme y apapacharme. Hasta para reírse de mis tonterías.
Hoy, 7 de Octubre, que definitivamente ya terminó mi ciclo, me voy a reír un ratito de la Mariana del pasado y esperaré a que la Mariana del futuro se preocupe por el siguiente “plop” ya no sólo en la vagina, sino también en la vida.

¿Y a ustedes cómo les fue?

  • *Me falta corroborar esa “normalidad” con la ginecóloga, btw. Así que seguirá entre comillas hasta que no tenga la respuesta de mi doctora.

Tocona

"Nosotras olfateábamos el proceso de descomposición
de las sangres nuevas, limpias.
Por qué el cambio, por qué
los labios cerrados. Nos frotábamos la adolescencia contra
los dedos, buscando.
Incluso entonces olíamos distinto."
Carmen Juan

No va a ser sorpresa cuando les diga que todo lo que tengo que decir sale de un post de Facebook.
El otro día navegando encontré un post donde preguntaban en un grupo de mujeres, algo como “¿Y ustedes suelen masturbarse?” Y aunque muchas decíamos gustosas que sí, que con gusto, me encontré también una colección gigante de mujeres que decían que no y las razones eran variadas. -Les da pena -No sienten nada -Después de tocarse les da mucha culpa -Después del orgasmo se sienten solas o vacías -No pueden erotizarse solas -No encuentran su cuerpo deseable -No les gusta su cuerpo -Consideran que sería un acto lésbico tocarse y mejor así porque son hetero, pero la que más me sorprendió fue una “No sé cómo hacerlo. No me toco porque no me sé cachondear sola, no sé que me gusta ni cómo me gusta. Me siento ridícula de saberme gimiendo sola.”

Me puse a pensar en la primera vez que me toqué, que fue un descubrimiento “sin querer” y después buscaba cada oportunidad para poder hacerlo. De inicio imaginaba, sí, estar con un hombre, pero como hasta ese punto no sabía que era la penetración ni cómo funcionaba, me quedaba imaginando muchas otras cosas. Besos, caricias, pellizcos, gotitas de agua, cosas así. También viéndolo en retrospectiva está bien cabrón porque estaba muy chiquita, pero supongo que tiene que ver con lo prohibitivo del sexo en general. Así que no me voy a juzgar muy duro por eso, al menos hoy. Mi punto es que en ese momento mi único problema era que mis papás no me cacharan, más allá de si estaba con alguien o no, de si había otro que me tocara o no. Y la verdad, es que ese encuentro fue bien peculiar: entendí cómo se conecta mi cuerpo conforme me iba permitiendo tocarlo. Supe que podía tener diferentes tipos de orgasmos si hacía distintos tipos de presión, encontré que mi piel reaccionaba a ciertas formas de tocarme, en la ducha entendí que también había temperaturas que podían provocar cosas  bien interesantes en mis reacciones. Y pensar que todo empezó un día que estaba súper cansada y me dolían las piernas, entonces puse mi almohada entre ellas para “descansar”

Pero como el mundo no es color de rosa, por mucho colorante que le pongamos, cayó en mi el peso de la heteronorma en forma de un pene: Tuve mi primera relación sexual con un bato. Omitiré el intro del tormento de relación que fue afectivamente y me enfocaré en eso que hoy nos atañe: lo sexual. Me acosté con él muchas veces. Algunas de ellas consensuadas, la mayoría de ellas, obligada o coaccionada, chantajeada. Y entonces me di cuenta que sí, en ocasiones estar con él me prendía mucho, pero en otras, ni el hielo seco era tan frío como mi libido. Pero también poco a poco, con muchas voces de diferentes personas con las que en su momento me abrí a hablarlo (claro que todo en forma de supuestos porque ¿Cómo alguien de 15 años iba a tener inquietudes sexuales?) tocamos el tema de la masturbación (e incluso con un par de adultos) la respuesta era que al tener vida sexual activa con un otro, tu autodescubrimiento era obligatorio llevarlo a cabo a partir de ese otro. Como si tener a alguien acompañándonos (y ojalá fuese siempre acompañándonos y no usándonos) nos obligara a mantenernos únicamente descubriendo en función del otro. Pero bien o mal, me tragué el cuento.

Dejé de masturbarme. Estuve mucho tiempo en una relación donde mi mayor acercamiento a un orgasmo era el calentón que se me iba a la primer penetración y el tener que cubrirme moretones en el cuerpo cuando “no me iba tan bien”

Seguí creciendo e interioricé mucho el: “si no es con alguien, no es con nadie” “El cuerpo sólo se erotiza a partir del otro” Y todo el argumento que ello carga. En serio, incluso aprendí a excitarme con el porno, porque era todo lo que tenía. Aprendí a sentir cosquillas cuando alcanzaba a ver videos “interactivos” (diría al que ahora considero el peor maestro de matemáticas del mi preparatoria) y olvidé cómo era poder disfrutarme sin tener que necesitar al otro.

Tuve mucho tiempo libre, otras parejas sexuales, algunas casuales y otras estables.
Me enamoré perdidamente de un hombre nuevo, uno que me trató bien y diferente y lo subí de a poquito en un pedestal, sin darme cuenta. Me entregué a él en toda la vorágine del amor romántico. Tuve mi primer encuentro sexual con él en las escaleras de mi casa y entonces no paramos de estar juntos. Recordé en sus manos qué era tener un orgasmo, sentir la piel erizada, el calentón en pleno elevador, el no querer quedarme quieta cuando salíamos a cenar, lo divertido de las miradas furtivas y de los fajes en los portones y entendí a que se referían con que “cuando estás con otro, no es necesario masturbarse” porque justo en ese momento, me satisfacía muchísimo estar con él.

Sin embargo y al hablarlo, descubrí que él lo hacía. Y al inicio sentí una conmoción durísima. ¿Cómo que su libido no me pertenecía? ¿Qué significaba que no me deseara A MI todo el tiempo? ¿Porqué me dolía saber que había estado con otras mujeres si yo misma había estado con otros hombres? Y de la purititita rabia, me masturbé. Recordé que era redescubrirme sola, y me fue mucho más fácil explicar qué me gustaba. Ahora agregaba cosas, como fantasías: Ya sabía qué se sentía estar con un otro y cómo era ser erotizada con el otro, entonces tenía un campo más grande de acción en mi imaginación. Además había descubierto casi al mismo tiempo a Erika Lust, la música de Florence and The Machine y andaba muy entusiasmada con conocer mi ciclo menstrual y las muchas y mágicas cosas buenas que tiene la masturbación en las diferentes fases del ciclo. Volví a masturbarme aunque siempre como en plan “Voy a investigar qué para decirle y lo hagamos”

Poco a poco recuperé el hábito aunque fuera con otro enfoque. Ya no me frustraba ni me quedaban “con las ganas” porque podía solita despacharme.

Tiempo después (Años, pues) empezamos a vivir en pareja y no es secreto que las dinámicas de todo cambian cuando están todo el tiempo en el mismo lugar dos personas conviviendo. Pero tuve otro proceso rarísimo en el que toda mi afirmación emocional y autoconfianza la proyectaba en el sexo y de pronto lejos de ser un “algo” chido que pasaba y disfrutaba, se volvía una cosa muy rara que yo “necesitaba” para sentirme querida. Empecé a toquetearme más seguido y justo, empecé a desarrollar ese vacío del “es que sin él me siento triste” “si estoy sola, sí siento el orgasmo pero también el vacío” y muchísimas cosas por el estilo.

Descubrí con el tiempo que justo era esa reafirmación del amor por medio del sexo lo que me estaba mermando la capacidad de disfrutar mi cuerpo sólo por poder hacerlo. La necesidad canalizada de sentirme única, de sentirme fuerte, especial y “The one” sólo a partir de cuántas veces cogíamos al mes. Y me puse a pensar ¿porqué nos enseñan a sentir culpa por descubrirnos? ¿porqué tenemos esa necesidad bien loca de sentirnos queridos a partir del sexo con quien amamos? ¿Desde dónde validamos nuestros encuentros sexuales? Y aunque ahora mi respuesta se reduce bien fácil a “Es el estúpido patriarcado de mierda” También veo que se trata el sexo desde un mecanismo de propiedad: Deslegitimamos todo aquello que no le pertenece a un otro, como los espacios públicos y damos por hecho que lo nuestro lo sabemos, como nuestra casa. Tengo en este momento la firme creencia de que mientras sigamos viendo el deseo como un bien intercambiable y de propiedad, nunca vamos a poder ser verdaderamente dueñas de nuestro placer. En fin. Sigo con mi historia.

Me quedé entonces en que sí me toconeaba cada que quería pero sintiendo culpa y percibiéndome malquerida. Luego lueeeego fui a terapia y le bajé a mis percepciones autodestructivas. Empecé a quererme y “despacharme” (como dice G) cada que se me antojaba porque que rico querer mi cuerpo y darme muchos besitos y no necesitar de otros para sentirme mimada y amada.

PERO, Pero, pero el cambio más grande que tuve respecto a mis hábitos autoexploratorios fue cuando me asumí bisexual y enamorada y con ganas de toquetear a otra mujer. Ese fue mi punto de quiebre en tres sentidos. El primero: ¿Cómo iba a pretender tocar a un cuerpo similar al mío si yo no conocía bien lo que yo sentía y cómo lo sentía? ¿Cómo me iba a salir de la heteronorma que mayormente penetra y nada explora? Así que empecé a masturbarme de muchas nuevas formas. Incluso dejé de buscarme el placer en el clítoris directamente para concentrarme en la piel, en los sonidos y los olores, en sensaciones, texturas incluso sabores. Empecé a entender diferente las dinámicas de juego y coqueteo. Descubrí muchas otras formas de sentir atracción, juego, placer y que ninguna tenía que ver con tener sexo. En su momento esto fue una impresión tan fuerte que me volví abstemia durante un tiempo: no quise estar con nadie hasta que yo me sintiera tranquila y satisfecha conmigo, con lo que yo sabía, descubría y pensaba.
Aquí me gustaría recordar para ser noble conmigo: Nunca se me dieron bien los cambios, me cuestan trabajo y necesito mi tiempo para revelarlos. Y está bien.

Mi segundo quiebre fue: ¿Cómo voy a poder decir qué clase de acercamientos y formas me gustan si yo misma estoy acostumbrada solo a un tipo de desenvolvimiento. Y no es que esté “bien” o “mal” sino ¿que tal si en medio de todo esto descubro que lo que yo sé no es suficiente y bueno, aunque siempre el tema de la suficiencia es TODO un tema para mi, sí me impulsó a investigar, seguir buscando información, seguir descubriendo mi cuerpo y viendo o platicando en otros entornos, como otras mujeres reaccionan, experimentan y mantienen nuevos encuentros. ¿Desde dónde? Si no existe en ese momento un medio de comunicación ¿cómo puedes establecer un diálogo? ¿Cómo lees un cuerpo como el tuyo si no te diste tiempo de escuchar el tuyo? ¿Qué cosas nos dicen los cuerpos? Y es que aquí, y con toda mi reconstrucción desde el feminismo, empecé a tener una cantidad grandísima de miedos respecto al consentimiento, a las prácticas alternas y no vainilla, incluso fetiches (aquí descubrí que la idea de amarrar y ser amarrada era algo que de verdad TENGO que intentar un día) Incluso hasta muy entrados los 26 experimenté con vibradores.

Y el tercero, que además creo es el más importante: ¿Cómo logro apreciar un cuerpo similar al mío, si no logro apreciar el mío? Y esto fue mi punto de partida para reaprender a erotizarme sola y disfrutar mi cuerpo completo, con todo lo que rompe el estereotipo de ser una mujer “bonita”, empezar a disfrutar apretujarme las lonjas, pues, a tocarme los senos, las nalgas, aprender a verme en el espejo desnuda y aceptar que a veces con el roce de algunas telas o las temperaturas de algunas sudaderas también siento cosas. Que puedo sentirlas sola, que puedo disfrutarme con la cortina entreabierta para que entre sol y me caliente solo algunas áreas. Empecé a ver mi cuerpo desde afuera y de una manera bien particular, esto me ayudó también a dejar de querer cambiar todo por no tener cuerpo de Barbie. Empecé a tomarme fotos, a permitirme caminar desnuda por mi casa.

Ahora me masturbo cuando me pega la gana. Sola o acompañada. A la hora que se me ocurra. Hay cosas que comparto e intento con alguna de mis parejas. Hay otras experiencias, sensaciones y reacciones que guardo solo para mi. Mi orgasmo y mi masturbación (genital o no) se vuelve para mi un ritual de autodescubrimiento constante, como alguien que cambia todos los días. Se vuelve todo un proceso en el que honro y agradezco a mi cuerpo por ser como es, estar y mantenerse, por ayudarme a destejer y entender diferente cada experiencia de mi vida. Ya no me obsesiono con estar con alguien, ya no tengo esa urgencia de acostarme con alguien para sentirme amada. Me mimo y me cuido sola. Me vuelvo autogestiva. Me dejo descansar del sexo cuando lo necesito y retomo mis maratones multiorgásmicos cuando me es necesario.

Y luego sigo con mi vida como cualquier Lunes por la mañana.

La oscura vereda de enfrente

Estoy en la sala de mi casa, con la lap enfrente y el buscador con la frase “Instrumentos de defensa personal”
Inmediatamente después pienso en lo patético que resulta tener que comprar estas cosas. Lo que nos orilla a esto, en lo indispensable que se vuelve. Que lo triste de los objetos de defensa personal es que tengan que existir, que tengamos que comprarlo, que tenga que formar parte de nuestro habitus tenerlo en la bolsa y mantenernos alerta, siempre siempre.
Hace rato estaba caminando directo a mi casa, por una calle larguísima que sin duda podría ser una avenida de haber tenido otra suerte. Es la primera vez después de un par de semanas que vuelvo en medio de la noche caminando a casa. La última vez, un tipo bajó de un taxi y comenzó a seguirme, segundos posteriores, el taxi dio vuelta en U para poder alcanzarme. Corrí. Y lo primero que pensé fue en usar un gas pimienta. En clavarle el bolígrafo que tenía en la bolsa directo en el ojo.
En el semáforo de peatones parpadea el verde. Corro. Cruzo la avenida lo más rápido que puedo. Justo cuando el chico intenta cruzar, comienzan a avanzar todos los autos. No pueden moverse de donde están, pasa el trolebús y sube mucha gente. Me cuelo entre el desastre visual que me otorga la acera.
Y pienso.
Pienso que tuve suerte, pienso en no acercarme a las ventanas para que no me alcancen a ver, para que no tengan idea de dónde estoy. Desde ese día decido regresarme en Uber. Y recuerdo lo incómodo que me resulta volver en taxis o uber desde que leo todas las historias de personas agredidas. Las veces que los conductores manejan como locos el auto para llegar antes, que aceleran al máximo para hacer alguna broma estúpida. Que cuando vengo con un hombre en el mismo auto, ni de chiste hacen ese tipo de cosas. Que me frikea que un Uber ponga los seguros de las puertas. La náusea que me provoca ver que por alguna razón no están siguiendo la ruta que indiqué.
Recuerdo entonces todas las veces que me he salvado.
Esta vez me regresé en transporte público, pensando en que no puedo mantenerme sintiendo miedo por la ciudad y por su gente; intento enfocarme en mis amigos, en la gente maravillosa que conozco. Intento pensar y reconocer en cada rostro a alguien que, como yo, sólo intenta llegar a casa.
Y estoy cansada. Estoy cansada de sentirme segura solamente en la vereda oscura donde cabe una persona, esa que es tan recta que puedes saber perfectamente si hay alguien por entrar del otro lado. La misma vereda que te avisa cualquier mínimo ruido por la parte trasera. Estoy harta de sentirme agobiada por no poder estar acompañada y de pronto reluce otro de mis miedos: El abandono. Entiendo que tal vez y sólo tal vez este miedo al peligro, este miedo al no volver a casa acrecienta mi deseo de estar siempre acompañada. Y estoy caminando sola por la vereda oscura.
Aquí, ya en casa, tranquila, pienso en mis amigas. En lo horrible de preocuparse por el otro, en que ahora preocupa más no tener datos por no poder mandar una ubicación que por estar en Facebook.
Miro una y otra vez mi lista de artículos de defensa personal: 3,500 pesos.
Aún no sé cómo voy a pagarlos.
Y la peor parte, es que sé que nada de esto garantiza mi seguridad.

Marrón

La primera vez que tuve el período, yo debí tener como 11/12 años. Resultado de imagen para mancha sangre bragas
No recuerdo bien mi edad. Mis papás ya estaban divorciados y vivíamos a unas cuadras de casa de mi papá.  Recuerdo haberme puesto una toalla sanitaria y que mi madre lo descubrió. Tengo en las manos y en la mente muy grabadas la necesidad de esconderlo todo. La vergüenza que me dio que mi madre lo descubriera. No diré si mi mamá me dio la charla o no sobre la menstruación, sí diré la verdad desde mi trinchera: No lo recuerdo.
Mi mamá era muy joven y yo era la primera mujer a la que criaba: Siempre había cuidado hombres en su vida.
Quiso enseñarme a colocarme la toalla pero yo ya sabía. Quiso explicarme cada cuanto cambiármela, pero ya sabía. Me revisó la que tenía puesta y yo ya no estaba sangrando. Sentí aún más vergüenza, me sentí una acelerada mentirosa.

Un par de años después, en la confianza que sentía en la casa de mi papá, como a los 12/13, alguno de esos fines de semana me metí a bañar, me quité la toalla, la dejé fuera para revisar mi sangrado y luego me metí a bañar. En la premura por hacer alguna cosa que hoy ya no recuerdo, no tiré a la basura la toalla usada: La dejé en el lava manos. Me coloqué una nueva, me vestí y salí al cuarto. Justo en ese momento mi papá entró al baño. Escuché cómo ocupó el baño y al salir, me miró y me dijo: ¿Ya te pasan “esas” cosas? Debes tener cuidado, ya tiré “eso”. Pero me hubieras dicho, era importante que me dijeras para saber que estás cambiando.

No me había sentido diferente hasta ese momento en que me manifestaron que lo era: Yo YA era diferente.
Nunca hablamos del tema más allá del:
-Papá ¿Me compras brassieres?
-Papá, me hacen falta toallas

Esta fotografía es de Vice
Vice

En los años posteriores, no recuerdo problemas para con mi mamá, más allá de la cantidad de toallas que gastaba en cada período.

Con el tiempo cargaba siempre con dobles bragas. Aprendí a ponerme la toalla sanitaria y envolverla en papel. Me enseñaron a poner kleenex hechos rollito en mi culo para que no se saliera la sangre por allí y me ensuciara la ropa. Aprendí a bañarme esos días seguidos. A ponerme shorts que me apretaran lo suficiente para que no se me notara lo hinchada. A no comer dulces. A comer demasiados dulces. A ponerme compresas en el vientre que en realidad no me calmaban ningún dolor. A esconder mis sábanas manchadas. A ponerme doble pijama. Pensé en algún punto hasta ponerme pañales (esto al final no lo hice porque mi mamá se daría cuenta y me daba demasiada pena que lo supiera)

Después empecé a usar ropa negra. Ahora que lo pienso, casi todas las cosas poco convencionales me pasaron en casa de mi papá.
Fuimos varios a la Merced, aunque sólo recuerdo a mi papá manejando y a una de mis primas. Yo debía tener más o menos 14 años. Me había puesto un pantalón negro de brillanta, blusa y tennis. Volviendo de allá, me senté en la parte de atrás, sentí cómo mi toalla estaba súper mojada y cómo en cada tope o movimiento, yo me iba escurriendo más. Manché el pantalón y para mi “mala suerte” también manché el auto. Me levanté y mi prima vio la mancha en el sillón,

dijo: ¿Qué es eso?
Yo- Creo que es de mi periodo
Ella- No creo, se ve muy raro, a lo mejor te sentaste en algo y te manchaste o algo de la comida se chorreó
Yo- No, es mi período
Ella- No, es otra cosa
Yo- bueno, como sea.

Nunca supe si mi papá supo que fui yo. O si supo qué era. Ese día aprendí a vestirme con ropa negra absorbente.

En la preparatoria, alguna vez manché una de las bancas de afuera de los salones: Las bancas eran blancas. Se veía el manchón naranjoso/rojo allí, frente a toda la escuela, que en mi paranoia creía que todos sabían que había sido yo. ¿Quién más? no había otra chica en toda la escuela que supiera yo, tuviera el período ese día. Por supuesto que todos lo iban a notar.

Si lo notaron o no, nunca supe. A partir de eso, siempre me ponía un tampón y una toalla “No vaya a ser que me chorree” Imagen relacionada

Llegaron los cólicos más fuertes. Más  seguido manchaba mi ropa de cama. Cada vez odiaba más tener el período: no podía moverme, todo el tiempo tenía hambre y sueño. Era incómodo, me sentía observada y avergonzada.

Alguna vez me bajó y no fue a tiempo. Manché mi ropa y no tenía nada para proteger mi ropa. Una extraña me salvó regalándome una toalla. Aprendí también a siempre siempre llevar toallas y tampones en la mochila, a llevarlos cada vez al baño, por si otra lo necesitaba. A veces los pegaba en la puerta de los baños, deseando que quien tuviera una urgencia pudiera encontrarlas (esta es una costumbre que aún tengo, sobre todo en baños públicos)

Empecé a sentir un verdadero terror cuando me fui a vivir con mi pareja y empezamos a vivir juntos. A mis 22 años sentí que ya tenía todo resuelto, hasta que me tocó bañarme con él cuando estaba en mi período. Él siempre fue muy gentil, pero yo no dejaba de hervir de vergüenza, de sentir que estaba sucia, que apestaba, que era desagradable. Manché las sábanas y yo pensé que pelearíamos, que tendría que lavar a mano esa ropa para tranquilizarme. Cuando se dio cuenta, me abrazó, me dio un beso y me dijo “no importa”

Esta foto es de @BeatriceHarrodsAprendí a compartir mis ciclos. Aprendí a decirle: Pásame una toalla, necesito que me compres un paquete, guarda esto en tu bolsa. Aprendí a no avergonzarme en mis espacios y  en mi casa por cosas que me pasan y que son completamente naturales.

Poco a poco dejé de tenerle miedo a mi periodo. Dejé de ponerme dobles bragas, de colocarme un tampón y una toalla, dejé de envolver las toallas en papel y de poner el kleenex en mi culo. Progresivamente dejé de tenerle miedo a ensuciarme las manos.

Entonces empecé a compartir mi vida también con una mujer. Y mi relación con mi período mejoró en muchos sentidos. Viendo sus cambios y los míos aprendí a entender mi cuerpo. Aprendí a ver más claramente la señales, a identificar cuando estamos en spm, cuando estamos muy receptivas, cuando el comercial de Telcel sí es muy bonito o cuando no lo es pero estamos muy sensibles. Aprendí que me duelen los pezones cuando estoy terminando de ovular, que me da un calentón pre-regla. Que cuando me masturbo y siento mi útero duro, es porque estoy cerca del spm.

He dejado de tenerle miedo a “ensuciarme” porque dejé de pensar que la sangre era sucia. Descubro formas de cuidarme y descubrirme a partir de mi periodo: empecé a aceptarlo como es, a ir a ginecólogo y buscar alternativas naturales para mi cuidado y como consecuencia los cólicos ya no duelen tanto, la sangre ya no es tan espesa, ya no me paraliza el dolor ni la paranoia, las manchas en mi cama ahora me dan risa y en lugar de cambiar las sabanas diario, me la pienso dos veces y solo quito con cuidado la mancha, para lavar las sábanas después. Ya no escondo mi ropa sucia ni mi basura. Dejé de usar toallas desechables tan seguido. Aún me asusta tener alguna mancha cuando camino por la calle, sentir la descarga cuando me levanto o toso.

Empiezo a sentirme feliz y orgullosa cada que mi periodo llega.
Me dan ganas de ensuciar mis manos en lo que ahora me significa una sangre sagrada.

Ahora quiero dejar de tener miedo a que al Jean se le note el círculo marrón. Quiero ser provocadora y mostrar que sí: que mi sangre está bien.
Que ya no quiero sentir vergüenza.

 

Edit: Hoy tengo cólicos, estoy cansada, tuve pesadillas, no quiero moverme y cuando fui al baño, pum, la maravillosa mancha marrón en mis bragas <3
Edit 2: Decidí hoy no ponerme toalla, tampón, copa… nada. Decidí hoy luchar con mi instinto de permanecer “limpia”

La Malcogida y el sexting

Dentro de las muchas preguntas que me he hecho para con mi sexualidad, no es sólo mi preferencia (que además he descubierto que es como un interruptor que puedo modificar a voluntad) sino también las prácticas que tengo al respecto. Y es que hablando únicamente del sexo hetero: hace mucho aquello del mete-saca se me ha quedado corto para sentirme satisfecha, a veces si quiera cómoda.También no es secreto que soy súuuuper delicadita para compartirme sexualmente con alguien y es que le tengo un TERROR a las infecciones y enfermedades: una vez en mi vida he tenido una infección vaginal y con esa he tenido para ser sumamente cuidadosa y fijada todo el tiempo.

Inherentemente pienso en todas las personas con las que indirectamente estoy teniendo un contacto sexual con alguien nuevo y recuerdo en que la mayoría de las “protecciones” son en realidad anticonceptivos. Tampoco es noticia estelar la renuencia que muchas personas tienen por los condones y porque quitarse el condón es signo de confianza. Con lo que, teniendo un panorama bien claro de lo que veo, es bastante notorio el porqué el mete saca me queda corto y porque soy tan mamona.

Pero sobre todo: me enfada la idea de que tanto esfuerzo por salir de mi casa para ni siquiera quedar satisfecha. Porque además es algo que me ha pasado incluso con parejas estables con las que hay una comunicación y conocimiento del otro. Y la última: me desespera que mucha gente coja para llegar a un orgasmo, cuando hay un panorama súper amplio y mucho más allá de los 15 segundos que dura -ese- placer: como si fuera el único o el objetivo. Creo que a mi, me gusta más ver y sentir cuerpos, entenderme con ellos.

De cualquier forma en algún momento lo intenté: ser más abierta porque demandarle todo a una sola pareja está horrible y es egoísta. Así que descargué una app, empecé a buscar, hice varios matches con hombres y sólo a dos les dí mi número de whatsapp después de muuucho rato platicando en la app y viendo que me caían bien y que no eran patancillos. Hablando por whatsapp súper respetuoso todo el asunto, me dejaron en claro que ellos no harían ningún movimiento a menos que yo diera una pauta explícita para eso, y que no me preocupara. Así que he confiado. Han pasado varias semanas y aunque la comunicación no es constante, seguimos platicando. Todo bien.
Un día de estos en los que estaba súper horny y ni quién me aguantara, intenté hacer una sugerencia al respecto a uno de estos morros: el que me caía mejor y con el que tengo debates y pláticas mucho más intensas en plan debate o discusión. En algún punto de esas conversaciones empecé a sentir una especie de atracción sexual por él, y es que haré un paréntesis muy cagado, me he dado cuenta que me súper calienta debatir con el otro siempre y cuando me deje una posición donde tenga que replantearme mucho de mi discurso. Sino existe ese punto, probablemente sólo haya tenido una muy buena plática. Total, empecé a sentir eso con este man. Hice la sugerencia de que tal vez sería divertido sextear un rato y ver qué pasaba. Pensé también en: wey, otra vez va a empezar mi etapa súper sexual y ya he tenido conflictos por eso, mejor evitarlo y tomar alternativas de una vez.
Paréntesis dos: no es la primera vez que sexteo con alguien desde mi no-monogamia. Usualmente es con una de mis parejas y es bastante divertido, lo disfruto mucho y es súper chido. Sin embargo cuando llegué a hacerlo con extraños fue bastante… deprimente.
Al final: este dude aceptó. Y empezamos a “sextear” y oh, sorpresa. Una vez más fue angustioso, triste y rápido. No importaba la manera en que yo intentara sacar miles de eufemismos, figuras retóricas, imágenes bastante cercanas a lo que quería y pensaba, no podía sacarle nada más que un “quiero cogerte, penetrarte muy duroSe acabó la magia después de dos minutos. Los dos minutos más largos y aburridos de mi vida sexual. Recordé las experiencias que he tenido con extraños y siempre me ha dejado al final esa sensación rara: No saben hacer otra cosa. No conciben el placer si no está en su glande. Su placer radica en saber que “la tienen más dura” “más grande” y pueden “metertela muy rápido” Se vienen y termina. No hay un coqueteo. No hay un juego al respecto, deja de ser lúdico a ser únicamente la búsqueda de un orgasmo. Y no hay nada que me aburra más que eso, porque verás, para eso tengo mis vibradores, que solita me llevo en dos minutos a gritar como foca y retorcerme como playera en centrifugado.

Pensé también en algún momento en que tal vez era yo que soy taaan de lenguaje y no me despego de ello y que debería ser más flexible.
Pero ¿flexible en qué?
Me siento como un bicho raro y no tengo por ahora más herramientas para abrirme a estar con más personas, por más que le pienso, se me ocurren únicamente variantes a esta. A veces siento que estoy súper mal y que hay algo equivocado conmigo. La parte más horrenda es que siempre veo memes respecto a weyes jalándosela mientras sextean y morras aburridísimas viendo tele o a punto de dormirse.¿Soy/somos demasiado exigente(s) o sólo estamos acostumbrados a malas/aburridas prácticas?
Y algo en mi cabeza me dice: Eso te pasa por meterte con heteros, pero ¿Qué hago si también me gusta?
Con todo esto: 1) haré una playera que diga MALCOGIDA y dejaré de verlo como un insulto a mi (como culturalmente está estructurado) a ser un grito por nuevas y mejores prácticas sexuales. 2) Usaré el sexting como otra herramienta de filtro.

Responsabilidad emocional.

Imagina esto: Estás en bici tranquilamente por la calle, llega una moto y te arrolla. El dude en cuestión levanta su moto y se va. Cuando lo denuncias, se escuda en que “Quien se cayó, fuiste tú en tu bici, y como es tu bici, tú lo arreglas” Y le creen. Es más, en el MP lo apoyan. Por qué nos es tan claro ver que está mal este peo’ cuando se trata de algo físico, pero no cuando se trata de algo emocional?

¿Somos parte del desastre que se causa tras el impacto de nosotros en sus vidas. Si bien no somos responsables de sus acciones, sí de los momentos en que causamos el dolor inicial.

Deslindarse del otro como: “Es tu pedo, tú lo arreglas” se articula de la misma forma que la violencia y el abuso emocional.

Tener relaciones unilaterales, donde YO decido y TÚ te chingas y ves qué haces con eso, no es tener relación con el otro, sino una utilitariedad del otro: estoy y lo aprovecho mientras me complace.

Ejemplos: Oscar y Daniela son novios. Un día deciden irse a vivir juntos. Daniela tenía otro novio y entonces hace que los tres estén juntos. Daniela no le pregunta a Oscar si quiere estar con Fausto. Ni a Fausto si quiere estar con Oscar. Ella les dice que si quieren estar con ella, eso tiene que pasar. No les pregunta si quiere. Sólo determina que para ella eso es lo mejor. A Daniela no le importa que sus afectos la estén pasando mal porque ella vive su ideal de relación afectiva V. Daniela ve que sus afectos la pasan mal pero se justifica en “Son adultos, que piloteen sus inseguridades” y cuando intentan hablar con Daniela, resulta que si no es así, entonces no es y todos a sus casas otra vez, incluso cuando todos gastaron todo lo que tenían en mudarse. Daniela no quiere verlos si no es bajo sus circunstancias. Oscar sabe que no aguanta la presión porque es muy distinto a Fausto y a Fausto definitivamente no le cae bien Oscar. Los dos sienten condicionado su amor a Daniela porque tiene que ser como ella diga. pero eso ¿Está chido? ¿no Daniela se está pasando un poquito de.. ehm.. egoísta? No deja que Oscar o Fausto desarrollen herramientas porque todo es nuevo y justamente de allí, Daniela saca una ventaja. Todo eso se llama abuso emocional.

Victor se va a Australia porque ha sido el sueño de su vida y le avisa a Sandra, Natalia y Eder desde que tiene inquietud. Victor les dice que se irá. Que los ama mucho pero igual debe seguir sus ideales. Sandra, Natalila y Eder se ponen super tristes pero saben que es parte de Victor y se alegran por él. Hasta lo acompañan a comprar cosas para su viaje y están pendientes de él siempre que pueden. Victor ha sido claro desde el inicio con su propósito. Sandra, Natalia y Eder viven una tristeza que pueden manejar porque sabían que este momento llegaría. Víctor les reafirma siempre que los quiere. Todos están tristes, sí. Pero tranquilos. ¿Y se lee chido, no? Nadie está pasando encima de los otros, todos lo tenían claro desde el inicio, todos lo apoyan y aunque construyeron sus vidas en conjunto, saben que todo estará bien.

Es válido decir: “Yo no puedo con esto” “Esto es demasiado para mi” Pero hay una gran diferencia entre ser parte de un conflicto y luego lavarse las manos, que ver desde afuera el conflicto y decir: “Nel, yo no quiero esto” Y es que de pronto es bien fácil caer en el juego del “como soy autónomo, autosuficiente y responsable sólo de mi, entonces los demás tienen que arreglárselas solos” Y es que sí, no puedes ir haciéndote cargo de los demás todo el tiempo, pero… Si tú eras el cochista y empujaste a un ciclista, lo mínimo que debes hacer por responsabilidad civil es ayudar al otro a levantarse y revisar que esté bien y pueda seguir andando… ¿O no?