“Usa la copita” decían

Hace unas semanas una amiga me regaló una copita menstrual, de hecho la Angel Cup Grande. Me asesoró todo lo que pudo antes de que eligiera una para mi, me regaló el instructivo y también todas las explicaciones del mundo. En realidad no es la gran ciencia, pero el nervio hace que todo se maximice cual película de Tarantino. Tuve el período de nuevo a penas dos semanas después de mi regalo, creo que se retrasó una semana, pero todo bien dentro de lo que cabe. Sinceramente me lo esperaba porque siempre me hace cosas así. Esta vez, ya sin DIU y ya sin medicamentos ni nada, los cólicos fueron super cortos aunque sí bastante dolorosos. En fin, supongo que mi cuerpo aún está resentido por tanto movimiento dentro.

Entonces un día antes de que me bajara, intenté colocarme la copa. (Esto fue el 3 de Octubre)
La primera vez, fue un suplicio. No entraba, yo estaba súper nerviosa y por lo tanto, estrecha y dura. Intenté colocarla en forma de “C” y lo único que logré introducir, fueron nervios, miedo y dolor a mi canal vaginal. Entonces empecé a preguntarle a todas mis amigas y recordé que había visto una imagen súper ilustrativa de las diferentes formas de colocarla. Dejé el tema en paz por unas tres horas, en lo que me bajaba la irritación y el dolor.

La siguiente vez que lo intenté fue muchisimo más sencillo, ya que intenté otra forma de colocarla, como en forma de alcatraz. Insertarla me fue tan fácil que lo logré a la primera. Pero me daban muchos nervios tenerla allí adentro. En fin, la coloqué y me levanté. Los pensamientos que me rondaban eran todos tipo ¿Y si se me queda atorada? ¿Y si termino llamando a emergencias porque se me fue a las anginas? ¿Y si termino arrancándome un ovario cuando me la quite porque no sé cómo hacerlo bien?

De más está decir que eso evidentemente no sucedió. Mantuve colocada la copa, caminé, me puse a hacer otras varias cosas y para mi sorpresa no la sentía. Y claro, como nada sale bien a la primera, mi pensamiento de inmediato fue ¿Y si no la coloqué bien? Había leído en muchísimos blogs que el apéndice o la “colita” de la copa les lastimaba y raspaba por dentro. ¿porqué no siento nada? ¿Cómo sé que ya hizo “plop”? ¿Y si no hace? ¿Y si la copa está muy grande? ¿Y si estoy tan nerviosa que no permito que ni mi flujo salga realmente?

No me gusta aceptarlo pero en realidad estaba demasiado nerviosa. Lo platicaba con G y me decía “relájate, no te preocupes, estás bien” Y en mi cabeza contestaba cosas como: Si tú trajeras la copa no podrías estar tranquilo.

Intenté relajarme y probar dormir con la copa puesta, por un lado por el experimento a ver qué sentía y por otro y más importante: Eran media noche y yo ya no tenía toallas sanitarias ni nada que pudiera ocupar en una emergencia y la tienda ni de chiste tenía servicio a esa hora. Estaba segura que al día siguiente despertaría con sangre en las bragas, así que, ni modo. La copa era LA SOLUCIÓN.

Otra cosa que debo admitir es que me planee todo esto para no tener pretextos y procrastinar: sé que solita mi hago trampa, así que me preveo antes de hacerme trampa.
Ya sé, es muy raro, a veces ni yo termino de entenderlo bien. En fin.

Esa noche intenté dormir con la copa puesta. Todo iba bien hasta que estaba por acostarme en la cama. Justo en ese movimiento donde tensas el vientre para sentarte en la orilla de la cama fue el primero que plantó una duda gigante en mi cabeza respecto al si “podría” traer la copa o acostumbrarme a ella.

El “plop” fue una sensación ya no sorpresiva sino también dolorosa, que más que un “Se acomodó la copa” yo lo describiría como “Un invento del hombre blanco me succionó las primeras gotas de mi período” e intenté pasarlo por alto. Procuré reírme para no llorar y convencerme de que no fue tan fuerte. Se me pasó la sensación del “plop” pero con el paso del rato y la conciencia de que había algo dentro de mi donde no suelo traer cosas por largo tiempo. Recuerdo que incluso me daba miedo hacer caca y pedorrearme porque sentí que se me iba a salir la copa.
Mis amigas nomás se reían de mis miedos (no las culpo, ahora que lo leo sí me siento bien idiota)
Entonces empezó mi vientre a ponerse más y más y más duro. Los cólicos más fuertes (y en teoría mis dos días de cólicos que parecen contracciones ya habían pasado) y sentía cómo me inflamaba cada vez más.

Me asusté.

De nuevo empecé a pensar que iba a terminar en emergencias como la noticia de la morra más tonta del mundo mundial. Estuve platicando con mi amiga, quien me regaló la copa y todo el rato me decía que era normal, las sensaciones, los miedos, cada pensamiento. Pero yo me quedé con una sensación horrible sobre el “plop” que no sé si puedo considerar normal.
Me di cuenta que conforme avanzaba la noche también me daban más y más nervios de no poder quitármela al siguiente día: en mi cabeza durante la noche la copa se me iba a subir, me iba a hacer una ventosa dentro tan fuerte que no iba a poder sacarla jamás y tendrían que hacerme cirugía para retirarla. Y de paso quitarme los ovarios.
(Ya sé, tengo miedos bien raros con mi útero, intento trabajarlo en terapia todavía)

Entonces mi amiga me recomendó que para bajarle un montón a mi histeria, me quitara la copa durante la noche, ya que claramente me causaba demasiado estrés y nervios. Al final fue la mejor idea, porque estaba segura que si la dejaba dentro, no iba a poder dormir. Ya me había visto en mi visión del futuro: Llorosa, hormonal, de malas, estresada, cansada y triste una copa que estaba aprendiendo a usar.

Y esa es otra: Doña perfecta quiere que todo le salga a la primera, pero cuando no sabe qué esperar, se muere del susto.

Para relajarme, mis amigas me habían contado sus historias de terror: haber dejado el baño como Carrie porque la quitan mal, otras que habían tenido que pedirle ayuda a su pareja porque no podían retirarla, otras que tardaron hasta 4 horas en quitarla porque de los nervios no podían.

Me la quité. Mira, pensé en mi cabeza 60 veces cómo quitármela. Pregunté a amigas y la media promedio de retiro era de 20 – 40 minutos en promedio. Me propuse no tardarme tanto. Para mi sorpresa, salió a la primera. Así, en menos de dos minutos. Aún no termino de entender qué hice bien, pero en fin.

Por supuesto que la retiré bien, todo tranquilo, doña perfecta estaba muy bien y entonces empecé a revisar mi sangre. A primera instancia, me sorprendieron dos cosas: desde que me la puse hasta que me la retiré, habían pasado tres horas y la copa ya tenía casi la mitad lleno. Lo segundo fue: encontré en la copa un líquido transparente (que después mi amix me dijo que era perfectamente normal, que de hecho la sangre tiene un “suero” que puede notarse) y unos granulitos del color de mi flujo diario, con textura cremosa que al final, también son -normales-.*

Cuando terminé de revisar, estaba muy orgullosa porque no había hecho un batidero y entonces quise sacar la foto. Y PUM, justo hice mi batidero. Me puse un protector diario. Noté que ya había empezado mi periodo como tal y descubrí que había estado tan nerviosa todo el rato, que cuando la retiré, la limpié y la guardé todo bien. Me relajé un poco y empecé a temblar muchísimo. Definitivamente estaba MUY estresada.

Jugando y no me digo que es difícil saber si en realidad me quedé dormida o me desmayé de lo impresionante que me fue la experiencia. Total que me fui a dormir y como lo que me había puesto era un protector diario, pues amanecí manchada. ¡Tarán!

4 de Octubre.
Desperté y corrí al baño. Después de bañarme, me coloqué la copa (de nuevo y con mucho mucho orgullo digo esto) a la primera. No la sentía. Me puse de cuclillas, alcé una pierna y nada. Alcé la otra, nada. Ninguna sensación. “Equis” dije. “igual y anoche me la coloqué mal”

Me puse a limpiar la casa en mood Cenicienta. En algún punto me ganó el sueño y el frío y me quedé dormida en mi sillón.

Justo cuando me acosté completamente y estiré mis piernas, volví a sentir el quesque “Plop” pero ahora sentí que también me absorvía las entrañas. Se me salió un quejido horrible de la garganta. Hasta mi perrita se espantó. Me quedé dormida, chipil y chillona.

Desperté más o menos una hora después, sin inflamación pero tiesa. Como no queriendo moverme “por si se sentía”
Mentalmente hasta sentarme o agacharme rápido era toda una odisea. Aunque quería actuar con normalidad, el miedito no me dejaba. Sentí cómo me iba inflamando y entonces pensé que hacer Ejercicios de Kegel era buena idea. Barrí, escribí, seguí con mi día con toda la normalidad que pude, hasta que mis miedos volvieron a aparecerse y decidí mejor quitármela de nuevo. No quería un episodio de estrés como el de la noche anterior.

Al retirarla me di cuenta de nuevo de la cantidad de sangre que había: No olía a nada en absoluto. Era mucho más oscura y estaba tibia. Incluso los coágulos eran menos y mucho más suaves y menos elásticos. Fue impresionante verlo.

Al final sopesé el volver a sentir el “plop” VS a traer 12 horas la copa puesta y decidí no volver a sentir que me succionaban hasta el alma que ya vendí. Había sido demasiado para mi por dos días. Corrí a la tienda por unas toallas sanitarias y traicioné a la ecología.

Me sorprendió darme cuenta que terminé mi período antes. Para el sábado 5 Mi flujo había básicamente terminado, pero ya sólo traje toallas sanitarias.

Ahora estoy pensando utilizar al menos durante los siguientes meses la copa durante 6 horas seguidas. A ver si aguanto. Leí también que la media promedio de aprendizaje de uso es de 3 a 4 meses y que al final te acostumbras a ese “plop” aunque no sé si es un precio que yo quiera pagar. Lo seguiré pensando. De cualquier forma, eso sólo me hace querer correr con la doctora a ver si no me arranqué un pedazo de, no sé, conciencia cuando retiré la copa.

Lo más bonito de toda esta experiencia fue el acompañamiento que tuve con todas las mujeres de las que me rodeo: estuvieron allí para escucharme, acompañarme y apapacharme. Hasta para reírse de mis tonterías.
Hoy, 7 de Octubre, que definitivamente ya terminó mi ciclo, me voy a reír un ratito de la Mariana del pasado y esperaré a que la Mariana del futuro se preocupe por el siguiente “plop” ya no sólo en la vagina, sino también en la vida.

¿Y a ustedes cómo les fue?

  • *Me falta corroborar esa “normalidad” con la ginecóloga, btw. Así que seguirá entre comillas hasta que no tenga la respuesta de mi doctora.

Solo un pequeño cólico

Cuando empecé a tener una vida sexual activa a voluntad y con toda consciencia, tenía más o menos 18 años. Poco más, tal vez. Después de platicarlo con mi pareja de ese entonces, sólo nos estábamos cuidando de no embarazarnos (en ese entonces éramos 10000% monógamos y heteros) entonces empezamos con la planeación de cuidados.

Después de una larga charla e indignación sobre para quién y desde dónde estaban pensados los anticonceptivos, entonces sí, empezamos a calificar uno a uno a ver cuál era más eficaz para nuestra situación. Yo siempre he tenido mi sistema hormonal súper delicado, con lo que ciertos métodos con hormonas no eran buena idea. Además del que jamás he sido buena para la puntualidad de hacer cosas, tomarme una pastilla anticonceptiva me iba a resultar en una ruleta rusa. Al final, decidí que sería el DIU. Él más que decir “sí” o “no” se dedicó a apoyarme, buscar información, costos, etc. Total, que el DIU, que no era de mantenimiento tan caro, sinceramente era súper barato, no dependía de si me acordaba o no, y la mejor parte: dura años. Muy chingona yo, al siguiente lunes no fui a la escuela, y como en la escuela me dan seguro, pues fui al seguro. Muy chingona yo, pido que me atiendan, me pasan, me hacen una evaluación, me muestran el DIU y me pasan a camilla. Resultado de imagen para ginecóloga consultaEstoy acostada, con las piernas separadas, viendo como una enfermera acomoda todo, otra intenta distraerme y la doctora sentándose para hacer el procedimiento, me miran la vulva. La doctora se quita y le dice a una practicante: “Colócalo tú” Me dan nervios. Me abren el canal vaginal con unas como pinzas. Siento frío. Me hacen el tacto vaginal para descartar inflamación o infecciones. Todo bien, pero no puedo evitar ponerme rígida y moverme hacia atrás: fue mi instinto. La doctora me pide que abra y cierre los dedos de los pies y las manos, que me relaje y me enseñan el Dispositivo. “es de tres centímetros” me dice “sólo sentirás un ligero cólico cuando te lo coloquen, sólo te abrimos 5 milímetros del canal vaginal para poder colocarlo” Y yo, dentro de mi, sentía que me habían abierto como para parir. “Te lo coloco, una… dos…” y no llega al tres cuando lo coloca. Siento un dolor distinto. En mi cabeza lo que había pasado, era que el dispositivo había tocado la parte más alta de mi útero y me lastimó. “¿Todo bien? Estás muy pálida. ¿Vienes con alguien?” dice la enfermera. Y me introduce unas tijeras para cortar los hilos restantes del dispositivo: unas tijeras que para mi, parecían de pollero y que seguuuuro me iban a terminar cortando algo dentro. Ya me veía volviendo en dos meses a que me retiraran la matriz por un corte hecho sin querer por las tijeras de pollo. Me piden que baje de la camilla y siento que todo se mueve a mi alrededor. Casi me caigo. Me coloco una toalla nueva en las bragas, me las pongo. Subo mi pantalón. “¿No vienes con nadie?” insiste la doctora. Yo: “No, mi mamá ni siquiera sabe que vine. Mi pareja no puede venir hasta acá a esta hora” Se queda seria. Me mira, me da dos ibuprofeno, una receta para más calmantes. Me da instrucciones, un folleto y yo la verdad no recuerdo mucho. Ella dice “quédate aquí hasta que llegue otra paciente o te sientas mejor. Te dolió mucho y fue la impresión que hace que casi te desmayes” Cómo es que no me desmayé alv. Espero media hora, me siento “mejor” y decido irme. ¿Qué hago ahora? con el dolor en el abdomen parece un suicidio ir a la universidad. Quiero ir a casa y lo único que se me ocurre es ir caminando a la biblioteca delegacional, a dormirme un rato. Esperar unas cuatro horas, hacer tarea y regresar a casa para que mamá no sospeche nada. Al fin que el semestre está terminando. Salgo despacito y con algo de lagrimitas en mis ojos por el dolor. Justo pasa una combi a mi lado y Tarraráaaan: se baja mi mamá al verme. Se pone súper de malas y entre su enojo y su sorpresa empieza a regañarme, a intentar investigar qué hacía allí. Yo solo digo “me sentía mal y vine a que me revisaran, no tengo nada” Pero mi mamá no me cree e insiste hasta que le digo ME VINE A PONER EL DIU, MAMÁ. Se enoja. Lo piensa y me dice algo como: “Estoy tan enojada que podríamos ir ahorita mismo a que te lo arranquen”Resultado de imagen para DIU Yo me río y le digo: “¿Y embarazarme?” Se queda callada. Justo ese fin de semana estábamos terminando de mudarnos. (Ya sé, nunca fui muy hábil para planear esa clase de cosas. No contaba con que dolería GENIO) y mi mamá seguía enojadísima. Entonces hubo la charla. nos sentó a mi y a G para decirnos “Yo no estoy de acuerdo y no tienen mi permiso para tener relaciones sexuales” G y yo nos miramos y no tuvimos que hacer nada más para carcajearnos por dentro. Sufrí de dolores abdominales bien intensos por dos meses. Los dos meses más horribles del mundo. Fui a revisarme y me decían que era normal. Dejé de alarmarme. A partir de aquí iba cada 6 meses a revisarme al seguro de la universidad. Después empecé a pagarme consultas con un ginecólogo particular. Me duró 9 años. Jamás tuve ningún problema o conflicto, supongo que por una parte por mi paranoia de ¿Y SI AHORA ME DICEN QUE SÍ ESTOY ENFERMA Y QUE ME TIENEN QUE EXTIRPAR LA MATRIZ? Lo que sí, es que mis periodos se hicieron más esporádicos, dolorosos y largos. Cada vez que iba a tener el período, por lo menos una semana antes me sentía incómoda, como si un músculo de mi pierna se trabara y no podía dormir bien. Además, mis hormonas se alocaban muchísimo, los barritos me salían en los barritos, el sangrado era largo y abundante, también los cólicos eran un suplicio, dos o tres veces me desmayé de lo fuertes que me daban. Las demás veces a penas podía pararme del sillón o la cama del dolor, el cansancio y el mal humor, excepto el último año, que en realidad fue una bendición: Ya no dolía tanto, me avisaba dos o tres días antes de que me bajara, mis periodos eran de dos o tres días, flujo regular a escaso. Sin embargo “fuera de eso” no pasó nada. Siempre me dijeron que todo iba bien pero que qué loca de ponerme el DIU con el útero tan chiquito. Creo que fue una de las mejores decisiones que tomé respecto a los anticonceptivos pero no me lo volvería a colocar. Demasiada preocupación. Muchos malestares en el período para mi gusto. Pero es una buena opción de bajo costo de mantenimiento. Cuando fui a quitarmelo, dos meses antes lloré y lloré de la angustia. ¿Y si me dolía demasiado? ¿Y si estaba encarnado? ¿Y si se me salía el útero cuando me lo quitaran? ¿Y si se atoraba? ¿Y si…? Total, llegó la fecha. Fui con mi ginecóloga y lo mismo: “Señora, acuéstese, relájese, abra las piernas, suba las rodillas ¿Cómo ha estado? ¿Cómo se ha sentido? ¿Ya se va a embarazar o busca otra alternativa? ¿Quiere tratamiento hormonal? No le va a doler…” Empecé a platicarle todos estos pensamientos random, dudas y miedos mientras ella acomodaba todo lo que iba a necesitar. Se sentó frente a mi, y me pidió que respirara profundo. Iba a medio respiro cuando sentí un jaloncito, escuché algo caer en la canasta de metal y me dijo: “Listo, termina de respirar, el dispositivo ya está afuera” Respiré de alivio. Tuve un pequeño sangrado, pero nada fuera de lo común. Lo miré: Una cosa de tres centímetros que me evitó muchos problemas. Una cosa de tres centímetros que me cuidó y me martirizó también por ratitos. Hasta me lo quería llevar, para recordarme que las decisiones se sienten en las entrañas. Me tomé un ibuprofeno y salí feliz. Todo estaba bien. Salí caminando, crucé la calle, subí las escaleras, entré a mi casa, me bañé y me puse a leer.   Y la vida siguió como si nada.   *Edit 1: Mientras escribía esto me di cuenta que mi memoria muscular respecto a ese dolor está muy clara: Me volvió a doler el alma *Edit 2: Ja, me acabo de acordar: Me coloqué el DIU una semana antes de navidad. *Edit 3: Oigan ¿Nadie ha pensado en hacer los instrumentos ginecológicos menos… ¿intimidantes? Esas cosas las ves y lloras.

Tocona

"Nosotras olfateábamos el proceso de descomposición
de las sangres nuevas, limpias.
Por qué el cambio, por qué
los labios cerrados. Nos frotábamos la adolescencia contra
los dedos, buscando.
Incluso entonces olíamos distinto."
Carmen Juan

No va a ser sorpresa cuando les diga que todo lo que tengo que decir sale de un post de Facebook.
El otro día navegando encontré un post donde preguntaban en un grupo de mujeres, algo como “¿Y ustedes suelen masturbarse?” Y aunque muchas decíamos gustosas que sí, que con gusto, me encontré también una colección gigante de mujeres que decían que no y las razones eran variadas. -Les da pena -No sienten nada -Después de tocarse les da mucha culpa -Después del orgasmo se sienten solas o vacías -No pueden erotizarse solas -No encuentran su cuerpo deseable -No les gusta su cuerpo -Consideran que sería un acto lésbico tocarse y mejor así porque son hetero, pero la que más me sorprendió fue una “No sé cómo hacerlo. No me toco porque no me sé cachondear sola, no sé que me gusta ni cómo me gusta. Me siento ridícula de saberme gimiendo sola.”

Me puse a pensar en la primera vez que me toqué, que fue un descubrimiento “sin querer” y después buscaba cada oportunidad para poder hacerlo. De inicio imaginaba, sí, estar con un hombre, pero como hasta ese punto no sabía que era la penetración ni cómo funcionaba, me quedaba imaginando muchas otras cosas. Besos, caricias, pellizcos, gotitas de agua, cosas así. También viéndolo en retrospectiva está bien cabrón porque estaba muy chiquita, pero supongo que tiene que ver con lo prohibitivo del sexo en general. Así que no me voy a juzgar muy duro por eso, al menos hoy. Mi punto es que en ese momento mi único problema era que mis papás no me cacharan, más allá de si estaba con alguien o no, de si había otro que me tocara o no. Y la verdad, es que ese encuentro fue bien peculiar: entendí cómo se conecta mi cuerpo conforme me iba permitiendo tocarlo. Supe que podía tener diferentes tipos de orgasmos si hacía distintos tipos de presión, encontré que mi piel reaccionaba a ciertas formas de tocarme, en la ducha entendí que también había temperaturas que podían provocar cosas  bien interesantes en mis reacciones. Y pensar que todo empezó un día que estaba súper cansada y me dolían las piernas, entonces puse mi almohada entre ellas para “descansar”

Pero como el mundo no es color de rosa, por mucho colorante que le pongamos, cayó en mi el peso de la heteronorma en forma de un pene: Tuve mi primera relación sexual con un bato. Omitiré el intro del tormento de relación que fue afectivamente y me enfocaré en eso que hoy nos atañe: lo sexual. Me acosté con él muchas veces. Algunas de ellas consensuadas, la mayoría de ellas, obligada o coaccionada, chantajeada. Y entonces me di cuenta que sí, en ocasiones estar con él me prendía mucho, pero en otras, ni el hielo seco era tan frío como mi libido. Pero también poco a poco, con muchas voces de diferentes personas con las que en su momento me abrí a hablarlo (claro que todo en forma de supuestos porque ¿Cómo alguien de 15 años iba a tener inquietudes sexuales?) tocamos el tema de la masturbación (e incluso con un par de adultos) la respuesta era que al tener vida sexual activa con un otro, tu autodescubrimiento era obligatorio llevarlo a cabo a partir de ese otro. Como si tener a alguien acompañándonos (y ojalá fuese siempre acompañándonos y no usándonos) nos obligara a mantenernos únicamente descubriendo en función del otro. Pero bien o mal, me tragué el cuento.

Dejé de masturbarme. Estuve mucho tiempo en una relación donde mi mayor acercamiento a un orgasmo era el calentón que se me iba a la primer penetración y el tener que cubrirme moretones en el cuerpo cuando “no me iba tan bien”

Seguí creciendo e interioricé mucho el: “si no es con alguien, no es con nadie” “El cuerpo sólo se erotiza a partir del otro” Y todo el argumento que ello carga. En serio, incluso aprendí a excitarme con el porno, porque era todo lo que tenía. Aprendí a sentir cosquillas cuando alcanzaba a ver videos “interactivos” (diría al que ahora considero el peor maestro de matemáticas del mi preparatoria) y olvidé cómo era poder disfrutarme sin tener que necesitar al otro.

Tuve mucho tiempo libre, otras parejas sexuales, algunas casuales y otras estables.
Me enamoré perdidamente de un hombre nuevo, uno que me trató bien y diferente y lo subí de a poquito en un pedestal, sin darme cuenta. Me entregué a él en toda la vorágine del amor romántico. Tuve mi primer encuentro sexual con él en las escaleras de mi casa y entonces no paramos de estar juntos. Recordé en sus manos qué era tener un orgasmo, sentir la piel erizada, el calentón en pleno elevador, el no querer quedarme quieta cuando salíamos a cenar, lo divertido de las miradas furtivas y de los fajes en los portones y entendí a que se referían con que “cuando estás con otro, no es necesario masturbarse” porque justo en ese momento, me satisfacía muchísimo estar con él.

Sin embargo y al hablarlo, descubrí que él lo hacía. Y al inicio sentí una conmoción durísima. ¿Cómo que su libido no me pertenecía? ¿Qué significaba que no me deseara A MI todo el tiempo? ¿Porqué me dolía saber que había estado con otras mujeres si yo misma había estado con otros hombres? Y de la purititita rabia, me masturbé. Recordé que era redescubrirme sola, y me fue mucho más fácil explicar qué me gustaba. Ahora agregaba cosas, como fantasías: Ya sabía qué se sentía estar con un otro y cómo era ser erotizada con el otro, entonces tenía un campo más grande de acción en mi imaginación. Además había descubierto casi al mismo tiempo a Erika Lust, la música de Florence and The Machine y andaba muy entusiasmada con conocer mi ciclo menstrual y las muchas y mágicas cosas buenas que tiene la masturbación en las diferentes fases del ciclo. Volví a masturbarme aunque siempre como en plan “Voy a investigar qué para decirle y lo hagamos”

Poco a poco recuperé el hábito aunque fuera con otro enfoque. Ya no me frustraba ni me quedaban “con las ganas” porque podía solita despacharme.

Tiempo después (Años, pues) empezamos a vivir en pareja y no es secreto que las dinámicas de todo cambian cuando están todo el tiempo en el mismo lugar dos personas conviviendo. Pero tuve otro proceso rarísimo en el que toda mi afirmación emocional y autoconfianza la proyectaba en el sexo y de pronto lejos de ser un “algo” chido que pasaba y disfrutaba, se volvía una cosa muy rara que yo “necesitaba” para sentirme querida. Empecé a toquetearme más seguido y justo, empecé a desarrollar ese vacío del “es que sin él me siento triste” “si estoy sola, sí siento el orgasmo pero también el vacío” y muchísimas cosas por el estilo.

Descubrí con el tiempo que justo era esa reafirmación del amor por medio del sexo lo que me estaba mermando la capacidad de disfrutar mi cuerpo sólo por poder hacerlo. La necesidad canalizada de sentirme única, de sentirme fuerte, especial y “The one” sólo a partir de cuántas veces cogíamos al mes. Y me puse a pensar ¿porqué nos enseñan a sentir culpa por descubrirnos? ¿porqué tenemos esa necesidad bien loca de sentirnos queridos a partir del sexo con quien amamos? ¿Desde dónde validamos nuestros encuentros sexuales? Y aunque ahora mi respuesta se reduce bien fácil a “Es el estúpido patriarcado de mierda” También veo que se trata el sexo desde un mecanismo de propiedad: Deslegitimamos todo aquello que no le pertenece a un otro, como los espacios públicos y damos por hecho que lo nuestro lo sabemos, como nuestra casa. Tengo en este momento la firme creencia de que mientras sigamos viendo el deseo como un bien intercambiable y de propiedad, nunca vamos a poder ser verdaderamente dueñas de nuestro placer. En fin. Sigo con mi historia.

Me quedé entonces en que sí me toconeaba cada que quería pero sintiendo culpa y percibiéndome malquerida. Luego lueeeego fui a terapia y le bajé a mis percepciones autodestructivas. Empecé a quererme y “despacharme” (como dice G) cada que se me antojaba porque que rico querer mi cuerpo y darme muchos besitos y no necesitar de otros para sentirme mimada y amada.

PERO, Pero, pero el cambio más grande que tuve respecto a mis hábitos autoexploratorios fue cuando me asumí bisexual y enamorada y con ganas de toquetear a otra mujer. Ese fue mi punto de quiebre en tres sentidos. El primero: ¿Cómo iba a pretender tocar a un cuerpo similar al mío si yo no conocía bien lo que yo sentía y cómo lo sentía? ¿Cómo me iba a salir de la heteronorma que mayormente penetra y nada explora? Así que empecé a masturbarme de muchas nuevas formas. Incluso dejé de buscarme el placer en el clítoris directamente para concentrarme en la piel, en los sonidos y los olores, en sensaciones, texturas incluso sabores. Empecé a entender diferente las dinámicas de juego y coqueteo. Descubrí muchas otras formas de sentir atracción, juego, placer y que ninguna tenía que ver con tener sexo. En su momento esto fue una impresión tan fuerte que me volví abstemia durante un tiempo: no quise estar con nadie hasta que yo me sintiera tranquila y satisfecha conmigo, con lo que yo sabía, descubría y pensaba.
Aquí me gustaría recordar para ser noble conmigo: Nunca se me dieron bien los cambios, me cuestan trabajo y necesito mi tiempo para revelarlos. Y está bien.

Mi segundo quiebre fue: ¿Cómo voy a poder decir qué clase de acercamientos y formas me gustan si yo misma estoy acostumbrada solo a un tipo de desenvolvimiento. Y no es que esté “bien” o “mal” sino ¿que tal si en medio de todo esto descubro que lo que yo sé no es suficiente y bueno, aunque siempre el tema de la suficiencia es TODO un tema para mi, sí me impulsó a investigar, seguir buscando información, seguir descubriendo mi cuerpo y viendo o platicando en otros entornos, como otras mujeres reaccionan, experimentan y mantienen nuevos encuentros. ¿Desde dónde? Si no existe en ese momento un medio de comunicación ¿cómo puedes establecer un diálogo? ¿Cómo lees un cuerpo como el tuyo si no te diste tiempo de escuchar el tuyo? ¿Qué cosas nos dicen los cuerpos? Y es que aquí, y con toda mi reconstrucción desde el feminismo, empecé a tener una cantidad grandísima de miedos respecto al consentimiento, a las prácticas alternas y no vainilla, incluso fetiches (aquí descubrí que la idea de amarrar y ser amarrada era algo que de verdad TENGO que intentar un día) Incluso hasta muy entrados los 26 experimenté con vibradores.

Y el tercero, que además creo es el más importante: ¿Cómo logro apreciar un cuerpo similar al mío, si no logro apreciar el mío? Y esto fue mi punto de partida para reaprender a erotizarme sola y disfrutar mi cuerpo completo, con todo lo que rompe el estereotipo de ser una mujer “bonita”, empezar a disfrutar apretujarme las lonjas, pues, a tocarme los senos, las nalgas, aprender a verme en el espejo desnuda y aceptar que a veces con el roce de algunas telas o las temperaturas de algunas sudaderas también siento cosas. Que puedo sentirlas sola, que puedo disfrutarme con la cortina entreabierta para que entre sol y me caliente solo algunas áreas. Empecé a ver mi cuerpo desde afuera y de una manera bien particular, esto me ayudó también a dejar de querer cambiar todo por no tener cuerpo de Barbie. Empecé a tomarme fotos, a permitirme caminar desnuda por mi casa.

Ahora me masturbo cuando me pega la gana. Sola o acompañada. A la hora que se me ocurra. Hay cosas que comparto e intento con alguna de mis parejas. Hay otras experiencias, sensaciones y reacciones que guardo solo para mi. Mi orgasmo y mi masturbación (genital o no) se vuelve para mi un ritual de autodescubrimiento constante, como alguien que cambia todos los días. Se vuelve todo un proceso en el que honro y agradezco a mi cuerpo por ser como es, estar y mantenerse, por ayudarme a destejer y entender diferente cada experiencia de mi vida. Ya no me obsesiono con estar con alguien, ya no tengo esa urgencia de acostarme con alguien para sentirme amada. Me mimo y me cuido sola. Me vuelvo autogestiva. Me dejo descansar del sexo cuando lo necesito y retomo mis maratones multiorgásmicos cuando me es necesario.

Y luego sigo con mi vida como cualquier Lunes por la mañana.

Marrón

La primera vez que tuve el período, yo debí tener como 11/12 años. Resultado de imagen para mancha sangre bragas
No recuerdo bien mi edad. Mis papás ya estaban divorciados y vivíamos a unas cuadras de casa de mi papá.  Recuerdo haberme puesto una toalla sanitaria y que mi madre lo descubrió. Tengo en las manos y en la mente muy grabadas la necesidad de esconderlo todo. La vergüenza que me dio que mi madre lo descubriera. No diré si mi mamá me dio la charla o no sobre la menstruación, sí diré la verdad desde mi trinchera: No lo recuerdo.
Mi mamá era muy joven y yo era la primera mujer a la que criaba: Siempre había cuidado hombres en su vida.
Quiso enseñarme a colocarme la toalla pero yo ya sabía. Quiso explicarme cada cuanto cambiármela, pero ya sabía. Me revisó la que tenía puesta y yo ya no estaba sangrando. Sentí aún más vergüenza, me sentí una acelerada mentirosa.

Un par de años después, en la confianza que sentía en la casa de mi papá, como a los 12/13, alguno de esos fines de semana me metí a bañar, me quité la toalla, la dejé fuera para revisar mi sangrado y luego me metí a bañar. En la premura por hacer alguna cosa que hoy ya no recuerdo, no tiré a la basura la toalla usada: La dejé en el lava manos. Me coloqué una nueva, me vestí y salí al cuarto. Justo en ese momento mi papá entró al baño. Escuché cómo ocupó el baño y al salir, me miró y me dijo: ¿Ya te pasan “esas” cosas? Debes tener cuidado, ya tiré “eso”. Pero me hubieras dicho, era importante que me dijeras para saber que estás cambiando.

No me había sentido diferente hasta ese momento en que me manifestaron que lo era: Yo YA era diferente.
Nunca hablamos del tema más allá del:
-Papá ¿Me compras brassieres?
-Papá, me hacen falta toallas

Esta fotografía es de Vice
Vice

En los años posteriores, no recuerdo problemas para con mi mamá, más allá de la cantidad de toallas que gastaba en cada período.

Con el tiempo cargaba siempre con dobles bragas. Aprendí a ponerme la toalla sanitaria y envolverla en papel. Me enseñaron a poner kleenex hechos rollito en mi culo para que no se saliera la sangre por allí y me ensuciara la ropa. Aprendí a bañarme esos días seguidos. A ponerme shorts que me apretaran lo suficiente para que no se me notara lo hinchada. A no comer dulces. A comer demasiados dulces. A ponerme compresas en el vientre que en realidad no me calmaban ningún dolor. A esconder mis sábanas manchadas. A ponerme doble pijama. Pensé en algún punto hasta ponerme pañales (esto al final no lo hice porque mi mamá se daría cuenta y me daba demasiada pena que lo supiera)

Después empecé a usar ropa negra. Ahora que lo pienso, casi todas las cosas poco convencionales me pasaron en casa de mi papá.
Fuimos varios a la Merced, aunque sólo recuerdo a mi papá manejando y a una de mis primas. Yo debía tener más o menos 14 años. Me había puesto un pantalón negro de brillanta, blusa y tennis. Volviendo de allá, me senté en la parte de atrás, sentí cómo mi toalla estaba súper mojada y cómo en cada tope o movimiento, yo me iba escurriendo más. Manché el pantalón y para mi “mala suerte” también manché el auto. Me levanté y mi prima vio la mancha en el sillón,

dijo: ¿Qué es eso?
Yo- Creo que es de mi periodo
Ella- No creo, se ve muy raro, a lo mejor te sentaste en algo y te manchaste o algo de la comida se chorreó
Yo- No, es mi período
Ella- No, es otra cosa
Yo- bueno, como sea.

Nunca supe si mi papá supo que fui yo. O si supo qué era. Ese día aprendí a vestirme con ropa negra absorbente.

En la preparatoria, alguna vez manché una de las bancas de afuera de los salones: Las bancas eran blancas. Se veía el manchón naranjoso/rojo allí, frente a toda la escuela, que en mi paranoia creía que todos sabían que había sido yo. ¿Quién más? no había otra chica en toda la escuela que supiera yo, tuviera el período ese día. Por supuesto que todos lo iban a notar.

Si lo notaron o no, nunca supe. A partir de eso, siempre me ponía un tampón y una toalla “No vaya a ser que me chorree” Imagen relacionada

Llegaron los cólicos más fuertes. Más  seguido manchaba mi ropa de cama. Cada vez odiaba más tener el período: no podía moverme, todo el tiempo tenía hambre y sueño. Era incómodo, me sentía observada y avergonzada.

Alguna vez me bajó y no fue a tiempo. Manché mi ropa y no tenía nada para proteger mi ropa. Una extraña me salvó regalándome una toalla. Aprendí también a siempre siempre llevar toallas y tampones en la mochila, a llevarlos cada vez al baño, por si otra lo necesitaba. A veces los pegaba en la puerta de los baños, deseando que quien tuviera una urgencia pudiera encontrarlas (esta es una costumbre que aún tengo, sobre todo en baños públicos)

Empecé a sentir un verdadero terror cuando me fui a vivir con mi pareja y empezamos a vivir juntos. A mis 22 años sentí que ya tenía todo resuelto, hasta que me tocó bañarme con él cuando estaba en mi período. Él siempre fue muy gentil, pero yo no dejaba de hervir de vergüenza, de sentir que estaba sucia, que apestaba, que era desagradable. Manché las sábanas y yo pensé que pelearíamos, que tendría que lavar a mano esa ropa para tranquilizarme. Cuando se dio cuenta, me abrazó, me dio un beso y me dijo “no importa”

Esta foto es de @BeatriceHarrodsAprendí a compartir mis ciclos. Aprendí a decirle: Pásame una toalla, necesito que me compres un paquete, guarda esto en tu bolsa. Aprendí a no avergonzarme en mis espacios y  en mi casa por cosas que me pasan y que son completamente naturales.

Poco a poco dejé de tenerle miedo a mi periodo. Dejé de ponerme dobles bragas, de colocarme un tampón y una toalla, dejé de envolver las toallas en papel y de poner el kleenex en mi culo. Progresivamente dejé de tenerle miedo a ensuciarme las manos.

Entonces empecé a compartir mi vida también con una mujer. Y mi relación con mi período mejoró en muchos sentidos. Viendo sus cambios y los míos aprendí a entender mi cuerpo. Aprendí a ver más claramente la señales, a identificar cuando estamos en spm, cuando estamos muy receptivas, cuando el comercial de Telcel sí es muy bonito o cuando no lo es pero estamos muy sensibles. Aprendí que me duelen los pezones cuando estoy terminando de ovular, que me da un calentón pre-regla. Que cuando me masturbo y siento mi útero duro, es porque estoy cerca del spm.

He dejado de tenerle miedo a “ensuciarme” porque dejé de pensar que la sangre era sucia. Descubro formas de cuidarme y descubrirme a partir de mi periodo: empecé a aceptarlo como es, a ir a ginecólogo y buscar alternativas naturales para mi cuidado y como consecuencia los cólicos ya no duelen tanto, la sangre ya no es tan espesa, ya no me paraliza el dolor ni la paranoia, las manchas en mi cama ahora me dan risa y en lugar de cambiar las sabanas diario, me la pienso dos veces y solo quito con cuidado la mancha, para lavar las sábanas después. Ya no escondo mi ropa sucia ni mi basura. Dejé de usar toallas desechables tan seguido. Aún me asusta tener alguna mancha cuando camino por la calle, sentir la descarga cuando me levanto o toso.

Empiezo a sentirme feliz y orgullosa cada que mi periodo llega.
Me dan ganas de ensuciar mis manos en lo que ahora me significa una sangre sagrada.

Ahora quiero dejar de tener miedo a que al Jean se le note el círculo marrón. Quiero ser provocadora y mostrar que sí: que mi sangre está bien.
Que ya no quiero sentir vergüenza.

 

Edit: Hoy tengo cólicos, estoy cansada, tuve pesadillas, no quiero moverme y cuando fui al baño, pum, la maravillosa mancha marrón en mis bragas <3
Edit 2: Decidí hoy no ponerme toalla, tampón, copa… nada. Decidí hoy luchar con mi instinto de permanecer “limpia”