Tres años después.

Como buena autostalker, todos los días ando revisando mis recuerdos de facebook. Tengo uno de hace tres años, cuando la hecatombe tocó a mi puerta, donde me escribo una carta larguísima y me platico justo a esta Mariana de hoy, todo lo que duele, lastima y hiere. También todo el goce del dolor que tenía. Toda la ira, tristeza, impotencia, enojo, lástima, autocompasión.

Hace tres años más o menos, nos abrimos G y yo a la no monogamia. En otro post contaré la historia con cada gesto y señal, a lo que vengo ahora es que fue súper doloroso porque Long-Story-Short: la noticia y la forma pegó de frente con los pilares de la confianza, la fidelidad, el amor eterno y la exclusividad. Además estaba en un punto súper triste personalmente, no me sentía feliz ni a gusto con nada, mi trastorno se puso peor y empecé a medicarme de nuevo. Había perdido amigos, salí de un trabajo de mierda para entrar a otro trabajo que aunque no era de mierda, le fui perdiendo el amor poco a poco.

Sentí que todo estaba saliendo mal y que no podía tomar ninguna decisión correcta. También sentía que era insuficiente y que no iba a poder nunca ser feliz ni acompañar a ser felices a las personas que amo.

En ese momento, todo parecía derrumbarse en mis manos. Recuerdo perfecto que la sensación era como si todo aquello que tocara se volviese polvo fino, casi ceniza, sentí que no tenía salida, que las cosas nunca iban a salir bien y que estaba destinada a vivir una vida miserable donde todos eligieran todo por mi, porque claramente lo que yo quería o elegía no le importaba a nadie más que a mi. Fue la forma más difícil también de aprender que el amor para siempre no tiene que mantener unidas a las personas, y que el mundo sigue girando, que jamás te va a pedir permiso porque es parte de su naturaleza: que las personas también somos así. Seguimos creciendo y no pedimos permiso para caminar. Sólo lo hacemos. Sólo nos pertenecemos a nosotros e incluso no tenemos que ser coherentes con nosotros todo el tiempo.

La sensación que prevalecía es que mi palabra importaba menos que nada: Cuando tu palabra vale “nada” al menos se te permite exteriorizarla. Yo ni siquiera de eso había tenido oportunidad para conmigo.

Sin embargo, con terapia, medicamentos, acompañamiento, amigos, redes de contención y mucho mucho amor de G y el enamoramiento y todo el amor que fluyó con T, me recuperé de una manera bien maravillosa, nada rápida. La verdad es que todos (incluyéndome) me tuvieron tanta paciencia que aún no entiendo de dónde sacaron la fuerza para mantenerse a flote mientras también yo estaba intentando no ahogarme.

Cada año vuelvo a esta carta, porque me recuerda que siempre, no importa cuánto intente ahogarte la marea, hay decisiones que tomar. Y que todos decidimos entre estar o no estar, de acuerdo a nuestras capacidades y oportunidades, que debo dejar de juzgar a mi yo del pasado con la visión de mi presente. Pero sobre todo terminé de entender este año qué fue lo que realmente me partió el alma en pedacitos con esta confrontación y fue no sentirme incluida.

Es decir, en su momento no me sentí parte activa ni siquiera de las decisiones que se habían tomado en mi relación: Mi relación principal había cambiado frente a mis ojos y sin que yo me diera cuenta. Toda la vorágine fue porque no fui parte de la evolución ni de la sucesión de eventos.

Hoy tengo claro que lo que más me gusta alimentar en mis relaciones afectivas, es la complicidad y la diversión. No siempre puedo, a veces me falla el tacto, la percepción y el entender que no siempre se trata de mi. A veces se me atora entender que no sólo mi visión es la importante en las cosas que cambian. Pero intento siempre recordar que mis parejas, además de mis parejas son también mis cómplices: Me acompañan, me aconsejan, alientan o detienen. Y yo intento ser también esa persona para con ellxs.

Y no es que hacia estos tres años me haya perdonado todo: hay cosas que aún no logro superar completamente, pensamientos que aún tengo que en cuanto aparecen, siento como me empieza a hervir la sangre, pero mi responsabilidad radica más en aprender a gestionar esa ira y usarla en algo que me sirva, dejar la presión de parecer perfecta todo el tiempo y dejarme fluír incluso en las emociones que me asustan. Aún hoy tengo varios asuntos personales y para con los otros qué resolver, pero ya no me presiono y sobre todo, ya no me castigo. Tanto.

Así que si algo quiero extenderles es que sean compañeros de vida, pero en serio. No sólo en lo que queremos que el otro vea porque es bonito. Seanlo en todo. Hasta en el momento más mierda. Hasta en las dudas, las inseguridades, las culpas y la ira. Sean parte de la vida del otro. No se trata de llevar un diario o contar un itinerario, pero sí se trata de aprender a darle a cada cosa su justo valor, equilibrar lo que queremos y lo que necesitamos saber del otro y de nosotros mismos. También de ser pacientes cuando el otro no puede ser honesto consigo mismo y aún no pasa ciertos procesos.

No se trata de exterder las manos para ser uno, sino extender las manos para ayudar a que el otro, sea realmente el otro.

Tres años después, puedo decir:
Mariana del pasado, nuestra vida ha cambiado en muchos sentidos y en la mayoría para bien. El peor día de este año ha sido un lunes en la mañana de lo que tú estás viviendo ¿Y sabes qué? Vas a dejar de resistir para comenzar a avanzas.
Y se siente súper chingón.

La oscura vereda de enfrente

Estoy en la sala de mi casa, con la lap enfrente y el buscador con la frase “Instrumentos de defensa personal”
Inmediatamente después pienso en lo patético que resulta tener que comprar estas cosas. Lo que nos orilla a esto, en lo indispensable que se vuelve. Que lo triste de los objetos de defensa personal es que tengan que existir, que tengamos que comprarlo, que tenga que formar parte de nuestro habitus tenerlo en la bolsa y mantenernos alerta, siempre siempre.
Hace rato estaba caminando directo a mi casa, por una calle larguísima que sin duda podría ser una avenida de haber tenido otra suerte. Es la primera vez después de un par de semanas que vuelvo en medio de la noche caminando a casa. La última vez, un tipo bajó de un taxi y comenzó a seguirme, segundos posteriores, el taxi dio vuelta en U para poder alcanzarme. Corrí. Y lo primero que pensé fue en usar un gas pimienta. En clavarle el bolígrafo que tenía en la bolsa directo en el ojo.
En el semáforo de peatones parpadea el verde. Corro. Cruzo la avenida lo más rápido que puedo. Justo cuando el chico intenta cruzar, comienzan a avanzar todos los autos. No pueden moverse de donde están, pasa el trolebús y sube mucha gente. Me cuelo entre el desastre visual que me otorga la acera.
Y pienso.
Pienso que tuve suerte, pienso en no acercarme a las ventanas para que no me alcancen a ver, para que no tengan idea de dónde estoy. Desde ese día decido regresarme en Uber. Y recuerdo lo incómodo que me resulta volver en taxis o uber desde que leo todas las historias de personas agredidas. Las veces que los conductores manejan como locos el auto para llegar antes, que aceleran al máximo para hacer alguna broma estúpida. Que cuando vengo con un hombre en el mismo auto, ni de chiste hacen ese tipo de cosas. Que me frikea que un Uber ponga los seguros de las puertas. La náusea que me provoca ver que por alguna razón no están siguiendo la ruta que indiqué.
Recuerdo entonces todas las veces que me he salvado.
Esta vez me regresé en transporte público, pensando en que no puedo mantenerme sintiendo miedo por la ciudad y por su gente; intento enfocarme en mis amigos, en la gente maravillosa que conozco. Intento pensar y reconocer en cada rostro a alguien que, como yo, sólo intenta llegar a casa.
Y estoy cansada. Estoy cansada de sentirme segura solamente en la vereda oscura donde cabe una persona, esa que es tan recta que puedes saber perfectamente si hay alguien por entrar del otro lado. La misma vereda que te avisa cualquier mínimo ruido por la parte trasera. Estoy harta de sentirme agobiada por no poder estar acompañada y de pronto reluce otro de mis miedos: El abandono. Entiendo que tal vez y sólo tal vez este miedo al peligro, este miedo al no volver a casa acrecienta mi deseo de estar siempre acompañada. Y estoy caminando sola por la vereda oscura.
Aquí, ya en casa, tranquila, pienso en mis amigas. En lo horrible de preocuparse por el otro, en que ahora preocupa más no tener datos por no poder mandar una ubicación que por estar en Facebook.
Miro una y otra vez mi lista de artículos de defensa personal: 3,500 pesos.
Aún no sé cómo voy a pagarlos.
Y la peor parte, es que sé que nada de esto garantiza mi seguridad.

Crisis

De las muchas cosas que tengo consciencia desde hace tiempo es que el trastorno que tengo es cíclico: de una u otra forma volveré a los estados que pude haber dejado atrás. Regresar a ellos es a veces paulatino y a veces un tren que me arrolla los huesos mientras duermo. En ocasiones inician con cosas sutiles, un tono de voz, un gesto, una mirada, un aroma, a veces como hoy, es un sueño, un presentimiento (que la mayoría de las veces es un síntoma de mi ansiedad) y miedo, llanto incontrolable y ganas desesperadas de moverme y al mismo tiempo de no hacer nada. Es como estar encerrada en una casa sin paredes.

Hoy me pasó así. Desperté teniendo uno de los sueños más terribles que he tenido. Fue tan intenso y tan vívido, me revela tantos miedos que he tenido muy a raya por mucho tiempo, he trabajado en ellos y los he modificado: yo misma me siento diferente respecto a ellos. Pero hoy sentí el mismo miedo que hace tres años. La misma incertidumbre, el mismo dolor. Se instalaron en mi cabeza como una daga en el corazón del dios al que este país tan raro le reza. Me siento desesperada. El único miedo que ronda por mi cabeza es que me voy a quedar sola. Sola. Vacía. Intento llorar para sacarlo pero no sale mi llanto, se atora como una capa borrosa en mis ojos que se mantiene al límite para reabsorberse, como si mis ojos tuvieran pena de estar una vez más aquí.

Mi mejor amigo estuvo quedándose varios días en mi casa. Me agradó su compañía. El saber que estaría aquí y que aunque no hagamos nada con el otro, para el otro o por el otro, estamos acompañados.
Sé que traigo una muerte simbólica arrastrando desde hace días.
Hoy todos se fueron. Mi vínculo salió, mi mejor amigo volvió a su casa y yo no pude salir de la mía. No pude. Hay una garra que toma mis pies y los siembra en un piso de cerámica barato que además se está cuarteando.

Y volvieron a mi, todos y cada uno de los pensamientos del inicio. Y estoy muy cansada.
Estoy cansada de volver a ser siempre esta que llora porque algo se modifica. De volver a sentir miedo y ni siquiera saber claramente de dónde sale.
Sé que todo está bien. Lo sé. Lo veo. Ayer mismo hablaba de esta tranquilidad de que no pasara nada. Que es tan extraña la paz que se siente. Que tengo todo el tiempo del mundo en mis manos, que nada me apremia ni me carcome. Y sin embargo de un momento a otro volví a sentir una soga en el cuello que se ciñe a no sé cuál árbol y aprieta sin una caída libre.

En la mañana volví a notar que el cabello se me está cayendo por mechones y me asusta y preocupa, pero al mismo tiempo no me importa. Caigo en la trampa de no darle atención a las cosas que me impactan. Pienso en hacer algunas cosas y cuando tengo que hacerlas mi energía me lo impide. Estoy frustrada. Estoy triste. Y al mismo tiempo sólo siento calma.

Creo que me bastan pocos días para acostumbrarme a la compañía. La disfruto, pero cuando se van, me confronto con algo que no siempre sé saludar de buenas formas y es ese espacio vacío aunque después me alegre estar allí. Me reviso y me doy cuenta de que estoy bien, que no pasa nada. Que las cosas son mejores de lo que solían ser. Que yo soy diferente. Que lo he logrado, que sigo adelante. Pero no puedo creerme en este momento. Porque me siento abandonada.

¿Sabes qué es lo cagado? Siento que no puedo decirle a nadie porque tampoco tengo las fuerzas para recibir la atención de nadie. Me mantengo al margen porque no quiero preguntas ni respuestas, no quiero hablar y tampoco estoy segura de querer la compañía. Hay algo en mi, muy muy dentro que me grita algo en un lenguaje que no entiendo. Y no puedo llorar. Ya no puedo. Siento como si todas las lágrimas se hubieran acabado la última vez que purgué todo en forma de llanto. E intento caminar. Y al mismo tiempo, en este vacío de energía, en esta soltura de la situación, decido no decirle a nadie para no preocuparlos, para no hacer más grande esto que sé que me durará hasta mañana, para no darle importancia a algo tan líquido.

Me entra mucha nostalgia de momentos antiguos que ahora parecen tan raros, donde sé que vivía una felicidad súper intensa y que después venía la bajada de la montaña rusa. Me da miedo

no sentir ya las cosas tan intensas: he estado tanto tiempo tan acostumbrada al caos, al desajuste y al frenesí de todas las emociones, que ahora sentirlas en una frecuencia mucho más baja me asusta. Me da mucha paz, descanso mejor, pero a veces siento que no me es suficiente. Y al recordar esos bajones tan profundos dudo de si querer que todo vuelva a ser como era. Pienso en las batallas, tanto en las ganadas como en las perdidas y siento tanto cansancio que dudo demasiado de si quiero seguir intentando avanzar, al mismo tiempo siento que llevo demasiado tiempo sin moverme.

Me acuerdo de la antigua yo y la extraño. La veo y al mismo tiempo no la quiero de vuelta. Me siento muy confundida e intranquila y al mismo tiempo por fuera mantengo en este momento la paz de un espejo de la que yo misma estoy asombrada.

Sé que hoy todo está bien. Pero también hoy, algo en mi cabeza no lo entiende.
Sé que todo estará bien mañana.

Salir del clóset

Hace tiempo fui a ver a mi madre y platicamos sobre cosas que nunca le había preguntado. Entre la conversación dijo algo respecto a otras personas que me hizo sentir muy tranquila. Pero vamos a contar esta historia despacio:

Cuando le conté a mi mamá sobre la no monogamia, lo primero que me dijo fue: No estoy de acuerdo, a mi me parece que si su relación ya no funciona entonces deberían terminar. Pero no sé qué decirte, si a ti te funciona está bien, yo debería estar acostumbrada a que siempre rompas mis esquemas y hagas las cosas diferentes.

También le dije que me gustan las mujeres, le pregunté si en algún momento lo había sospechado (con eso de que las mamás lo saben todo, pues igual y ella ya sabía y como siempre la que intentaba verse la cara de tonta era yo solita) Y entonces ella me dijo que nunca se habría dado cuenta porque siempre me gustó vestir de ciertas formas y hacer ciertas cosas y que jamás se imaginó que fuera diferente.

Me quedé callada.

Con el tiempo, la no monogamia es algo que casi no tocamos. Yo le cuento de mis dos vínculos, como para las dos irnos acostumbrando a que el tema existe y a que los dos vínculos son importantes para mi en sus variantes, momentos y significados. Ella regularmente no dice mucho, sólo sonríe amablemente o se queda callada.
La última vez que fui a comer a su casa, hablábamos de algunos de sus amigos y la relación de pareja que tienen: es mucho nuestro tema de conversación porque a mi no me caen bien pero son los mejores amigos de mi madre, así que siempre están en la mesa, lo sorprendente con el tiempo es que ambas tenemos percepciones muy similares a la de la otra respecto a ellos y justo nuestras experiencias nos hacían quedarnos o no. Evidentemente yo decidí no quedarme. El punto es que la hacer observaciones sobre su relación y lo que aprendíamos de ellos y cómo lo aplicamos para nosotras, ella me dijo algo que me hizo sentir mucho más cómoda porque es algo que de alguna forma también habla de mi.

 

“Las relaciones son personales y no le incumben a nadie más. A cada pareja les resultan bien cosas diferentes y es algo sobre ellos. No tiene que gustarme y si sus acuerdos son así y ellos son felices, lo que yo opine o no, no importa”

Entonces me volvió el alma al cuerpo de muchísimas maneras. Me sentí feliz e incluída, pero sobre todo, me sentí tranquila. Tranquila de poder compartirle poquito a poquito cada vez más de lo que siento, quiero y espero, con menos miedo de que me juzgue o me señale.
Algo que aprendimos las dos cuando me salí de su casa es que no soy una extensión de ella y que ninguna de las dos tiene la obligación de ser lo que la otra quiere, porque al final, la vida que cada uno vive es propia. Y cada uno, por más que se entrelace en la vida de otros, se encuentra en una individualidad bien cabrona que no puedes desarticular, pero la conciencia de ella te lleva a tomar decisiones de una forma diferente, más meditada, mucho más asertiva y a largo plazo. A tomar mejor las cosas a corto plazo.

Entonces dejas de emitir opiniones que no te pidieron y a autocriticarte.
¿Y saben qué?

Se siente bien rico hablar de dos vínculos sin miedo y saber que aunque los demás no lo vean, estás creciendo. Que aunque no lo veas, los demás también están cambiando.

La imagen puede contener: 2 personas, personas sonriendo

Encierros

Hay épocas de mi vida en las que siento que no me es necesario salir.

Así, simple. Sólo no lo necesito y  no sólo me refiero a salir de mi casa, me ha pasado incluso que he tenido épocas en las que no salgo de mi habitación más que para lo mínimamente necesario. Por ejemplo, cuando vivía sola/en casa de mi papá, sólo salía a la escuela y regresaba a casa, me encerraba en mi cuarto, compraba comida que no tuviera que refrigerarse, cosas en latas o en paquetes especiales, agua embotellada y como había baño dentro de mi habitación, no volvía a salir. Los fines de semana que veía a mi novio, hubo una temporada en la que sólo estábamos en mi casa. En vacaciones, también tuve épocas en que el único día que salía, era los domingos a la fonda de enfrente por una pancita de un litro, una coca-cola y palomitas. Me pasaba los días viendo películas, series, pintando y durmiendo. En ese orden. Con toda la calma del mundo, sin remordimientos ni mayor deseo que estar acostadita, o cosiendo libretas. Se siente casi como paz.

También me ha pasado ya viviendo con los roomies o con mi pareja, a pesar de tener un trabajo estable (escribir, escribir y escribir) que no requiere salir de la casa, ocasionalmente busco trabajos complementarios para distraerme y sentir un respiro del aire estancado dentro, pero hay otros momentos en los que el simple hecho de abrir las ventanas y acercarme a la puerta me pone muy nerviosa. Días en los que prefiero aguantarme un antojo antes que salir a la tienda, incluso cuando la tienda está literalmente frente a mi casa. Vamos, hasta tengo terapeuta que me atiende en temporadas por skype para no tener que moverme. No puedo. No soy capaz de moverme un solo centímetro más allá de los metros cuadrados que tiene mi departamento. Es como si fuera un fantasma al que le cerraron las puertas y ventanas con cáscara de huevo.

 

Hace unos días cambié de trabajo y por una u otra cosa, no me he dado tiempo de volver al gimnasio, el día se me hace pequeño y no me alcanza para nada y poco a poco me he ido encerrando de nuevo. Sin darme cuenta, se me fue apagando la necesidad de salir. En ocasiones me obligo y digo “ok, hoy salimos a la tienda” “Hoy fuimos al parque” “hoy fuimos al mercado” y hay días como hoy en que por más planes que haya y por más comprometida que me sienta, no tengo la capacidad de salir de mi trinchera. Algo me jala al centro de una casa que conozco perfectamente y me clava a las sillas del comedor. Algo ata mis pies al último cuadro de piso de la casa y por más que intento arrancarme cada cuerda, salen más y más y más de todos lados, no puedo pararlas.

Cuando quiero de verdad obligarme a salir, pienso en “ya hiciste planes” pero siento de inmediato el dolor en la boca del estómago, cómo mi espalda y mi cuello se ponen rígidos. Y vienen a mi en cascada todos esos pensamientos desagradables de las miles de cosas que me han sucedido saliendo de casa. Desde la vez que me tocaron el culo en la calle, cuando un man me venía siguiendo y yo iba tan iracunda que lo paré y lo confronté, la vez que tuve una disociación y una crisis de pánico porque un wey me eyaculó en el pantalón y después intentó arrebatarme la bolsa de las manos. Todas las veces que estar en el metro me ha ahogado de calor y de apretones de personas. El día que un cabrón de un audi rojo me centró en la calle, estando él a cuatro cuadras y cuando estaba cerca de mi casi para atropellarme, lo único que hizo fue dar un volantazo y sacar la mano para empujarme. Y pienso en que es un buen día… para que me pase algo. Me lleno de un miedo que me asfixia.

Y lloro, lloro hasta que siento que no puedo más, intento enfrentarme al miedo pero a veces me gana. Es más grande que yo y no importa cuánto lo intente, sigue allí. A veces incluso vomito de lo intenso que es lo que siento antes de pensar en salir. En ocasiones me mareo y siento que me voy a desmayar. Después de que me convenzo que estoy bien, me baño con agua fría para nivelarme o regresar a mi, y me siento en la orilla de mi cama a acariciar a mi perro, me siento terriblemente cansada. Me pesan los hombros y la espalda, mi cabeza punza y duele como si llevara días llorando sin parar y sin hidratarme. No puedo estirar del todo las piernas ni las manos. Cuando me doy cuenta, son de nuevo las 9 de la noche y no hice nada más que sentirme mal y pensar en que no me quiero morir atropellada o que me secuestren. Que está bien que me quede en casa, si no tengo nada a qué salir. Tal vez y con mucha suerte, comer. Probablemente hablar con mi terapeuta y tomar mi medicación. Desear que mañana todo esté mejor.

A veces salir es todo un reto.
Y no siempre tengo la fuerza para enfrentarme al mundo.
¿Y sabes qué? Está bien. Por unos días que no salga de casa y me quede sentada escribiendo, no pasa nada.

Purgas

Cuando escucho a una persona hacer ese ruido de arcadas antes de vomitar me dan náuseas, me vuelvo un espejo de su malestar y en algunas ocasiones vomito sólo de escuchar a otra perona. Mucho tiempo, amigos y familia han hecho bromas de eso y cuando querían que no me enterara de algo o sólo querían alejarme hacían ese ruido. Siempre me ha molestado esa provocación directa a mi estómago, sin embargo amo mi reflejo nauseoso, y jamás pude explicarlo tan claramente como hoy.

No es nuevo que todos mis sentimientos, emociones y enojos las llevo a mi estómago. Siempre, si siento miedo, el vacío en el estómago. Si siento rabia, el nudo que asciende desde mi estómago a la garganta, si es preocupación, siento cómo se comprime y se pega a mi columna. Si me siento feliz, se distiende. Todo va a mi estómago siempre. Así que para mi no es nuevo que al estresarme o estar sumamente triste, me den náuseas. Y si le agregas mis episodios de ansiedad ¡tin tin tin tin! combinación ganadora.

Hay algo en vomitar que descubrí cuando era niña, que fue lo que me llevó a conocer a Mía: vomitar me purga. Empecé hace muchos años a provocarme las arcadas cuando mi tristeza o desesperación era tanta que no podía sacarla, mis jugos gástricos se vuelven un huracán que busca desesperadamente cómo salir y un nudo en la garganta que no sólo no me deja hablar, tampoco me deja respirar, gritar o tragar agua. Así que metía un dedo en la garganta, tocaba mi úvula y salía todo. Mis miedos, mis complejos y preocupaciones, mis nervios, enojos, pensamientos bifurcados y también todos las ideas intrusivas respecto a mi o a los otros. Te asfixia a veces, y te recuerda lo bueno que es respirar lentamente y sin tener que preocuparte mas que por estar viva.

Y hay una correlación bien bien extraña en todo esto que he descubierto con terapia y práctica: También tengo un vómito verbal. Tuve que aprender a vomitar mi comida sino quería escupir palabras que no son reales aunque se sientan verdaderas, y cuando no puedo sacar ese vómito (ya de los lugares seguros hablaremos después) entonces una masa amorfa se crea en el estómago que empuja a mis impulsos para hacerme vomitar. Así que entonces procuro sacarlo de la mejor forma que puedo, aclarándome que no siempre es real, que a veces lo pienso pero eso no hace que estén pasando las cosas, que mi cabeza y mis sensaciones me engañan y necesito aprender a verlo sin el filtro rojo con el que miro el mundo cuando me siento atacada o expuesta en contra de mi voluntad. La autolesión en mi, tenía la misma lógica: es dolor y incertidumbre y miedo que no sé cómo sacar y entonces el dolor físico merma el dolor emocional que además de intangible, parece eterno en días.

 

Ya no siempre lo hago. La terapia me ha ayudado muchísimo a poder decir las cosas que siento: ponerles un nombre me ayuda a sacarlas caminando de mi cabeza y no arrastrándose por mi estómago o lamiéndome nuevas heridas. La primera vez que fui por esto a terapia, mucha de mi gente que conocía y me quería en sus medidas y capacidades intentaban mermar mis impulsos diciendo “Pero si eres bonita ¿porqué quieres ser más flaca?” cuando nunca se trató de estética, sino de malestar y dolor.

Ahora escribo (aquí, en su mayoría), pinto o leo. Ahora me siento frente a mi terapeuta y entonces me vacío. Pero a veces aún pasa, cuando no identifico qué estoy sintiendo ni cómo es que me duele o me afecta, cuando no puedo pararlo, cuando no tengo las fuerzas o energías para enfrentarme al mundo. Todos los días lucho con estos hábitos. A veces gano.

A veces pierdo. Y también está bien.

La piel

De los cuestionamientos que nunca me había hecho fueron mis preferencias sexuales. “Siempre supe” que me gustaban los hombres. Soñaba con ellos, fantaseaba con sus cuerpos, figuras, contornos y proporciones (Qué puerca, sí y qué) // Conforme crecí, también fantaseaba con tenerlos sobre mi cuerpo, debajo, dentro. No mucho después los experimenté. Mucho tiempo ensucié baños, sábanas, closets, rincones. Muchas veces me trataron mal. De tres, dos me maltrataron de alguna forma. A veces no quería y aún así lo intentaba. Por no perder la costumbre, porque en el fondo quería validar el amor que sentían por mi a partir del roce de mi piel. Ya sabes, como en todas las películas románticas que vimos todos alguna vez.

Después de muchos, muchos años, empecé a coquetear con la idea de guiñarle un ojo a una mujer. De respirar cerquita de su oreja y ver cómo se erizaba su piel igual que la mía. A dejarme desear y conocerme a partir de otra mujer. A tomar su mano y entonces ver el mundo desde la compañía de alguien con la misma corporalidad y experiencia. A veces me daba “curiosidad” ver cómo se acostaban las mujeres entre ellas y me daba permiso de “educarme” viendo videos porno de tijeras y gemidos que aunque me calentaban, nunca terminaban de convencerme.
No he contado esta parte de la historia porque en realidad también es la primera vez que me la cuento: En este momento me reconozco mirando los hombros estrechos y puntiagudos de una mujer de cabello largo, espeso, negro y rizado: justo el tipo de cabello que siempre soñé en mi, mientras intento dar indicaciones de una actividad en el trabajo. Me reconozco además, pensando en pasar mis dedos despacio por una cintura que desconozco y que sólo puedo imaginar a ratos, en pedazos, sin expectativas. Me esmero sobre todo en sacar el pensamiento de mi cabeza porque, bueno vamos, jamás me había gustado antes una mujer así que ¿Qué clase de locura estoy pensando?
Y me encuentro entonces con esa mujer que me desvaría y me hace cuestionarme dos cosas simultáneamente 1) si es verdad que no creo en el amor libre o si en realidad sólo me duele la forma en la que lo estoy descubriendo 2) Si es verdad que las mujeres no me gustan. Y empiezo una lucha conmigo y con todo aquello que me enseñaron. Afortunadamente, un grupo de otras mujeres con esas experiencias me salva, me arropan y me enseñan. Me aceptan sin preguntar, me orientan y me hacen preguntas, me regalan respuestas.
Acepto así la idea del amor simultáneo, con la intención de darme una oportunidad de amar a alguien en mis mismas condiciones, capacidades y opresiones. Me permito involucrarme con ella, enredarme en ella y entonces hacerla parte de mi vida, de a poquito para no lastimarnos, descubriéndonos, deshaciéndonos y reinventando todo lo que ya creía conocer. Con un lapso en medio, me veo deseando sus manos en mi piel y sus labios en mi clavícula. Descubro también que hay formas menos convencionales en las que siento placer. Encuentro que el sexo no necesita tener penetración y la vida me hace ruido en muchísimos sentidos, me descubro vacía de experiencias pero al mismo tiempo valido cada uno de mis encuentros, entonces nada cuadra: Empiezo a cuestionarme, ahora sí, todo el pensamiento hetero respecto al sexo. ¿De verdad sólo me gustan los hombres? ¿De verdad todas las relaciones sexuales necesitan un pene? ¿sólo siento placer desde las manos de alguien que no siempre me sabe encontrar? ¿El foreplay existe?
Empiezo a desdoblarme. A encontrar cada esquina de estos límites que alguien de alguna forma me enseñó en su momento como la palabra sagrada de un dios que no (re)conoce ni legitima un

orgasmo que no sea el propio. Y me dejo llevar a las manos de una mujer de cabello negro, largo, rizado y espeso. Miro los límites de mi placer expandirse como esponja. Encuentro verdades inamovibles en ese encuentro: La amo. Me ama. Nos respetamos. Nos cuidamos. Nos entendemos. Nos descubrimos. Nos encontramos. Encontramos que la piel se vuelve ese lienzo en el que todo pasa y nada se queda visiblemente impregnado, aunque la experiencia táctil se reviva en el recuerdo. Los límites de mi piel quedan desdibujados a partir de unas nuevas manos que me tocan y me descubren a un ritmo diferente. Acepto y entiendo que mi placer tiene muchas diferencias, experiencias y vivencias.
Me arraigo a las manos de un hombre noble que han sabido tocarme con respeto, dignidad y amor. Me arraigo a las manos de una mujer que han sabido tocarme con paciencia, tranquilidad y deseo.
Descubro entonces que mi piel no está determinada por todos esos miedos que alguien me enseñó cuando era niña. Que tocarme jamás estuvo mal. Que desear cuerpos de hombres es algo que me gusta, que deseo y encuentro parte de mi hábito. Que desear cuerpos de mujeres también es parte de mi.
Y me quedo, aquí, viendo cómo mi deseo se mueve de un lado a otro, sin que ninguna de las llamas se extingan o se aminoren. Me veo con las manos desafiantes por una cercanía. Me encuentro agradecida de tener la oportunidad y la experiencia. Confío en mi intuición.

Celos nivel 6

Después de la letanía que les conté, me siento obligada a decir que estuve mucho tiempo en terapia para poder terminar de confrontar todo lo que estaba pasando. Lo que me resultó de estos celos, fue darme cuenta que estaba enfocando mi forma de vivir el amor de una manera no necesariamente funcional para mi, pero sí bien parecida a lo que nos enseñan del amor romántico. Sentía que tenía que recomponerme completa, que dos de mis pilares en la relación se habían fracturado muchísimo y me habían puesto a dudar incluso de mi. Me sentía rota.

Tenía que tomar una decisión: Quedarme y chingarle con todo lo que estaba sintiendo y pensando, empezar de nuevo y darme la oportunidad de intentar hacer algo diferente, o simplemente pasar de esto que habíamos construido en conjunto (y en mi cabeza) y empezar de cero una historia con alguien más aunque eso implicara cometer errores similares. Salí adelante no sólo con terapia, sino con un grupo de apoyo y acompañamiento que siempre estuvo allí para mi. Desarrollé mis herramientas de confrontación: Me enfrenté a mis miedos y a toda esa parte “oscura” de mi que había enterrado y ocultado, me mire como soy “con el rifle en la mano y la granada en la boca, destripando a la gente que amo” Diría la Vestrini. Decidí quedarme, decidí que por mi valía la pena volver a intentarlo pero antes tenía que definir mis límites, mis capacidades y posibilidades.

Lo hice. Me senté frente a él pero también frente a mi. Me fui sincera. Puse todos los puntos sobre las íes. Enuncié de la manera más clara posible todas mis expectativas, mis necesidades, mis miedos y dolores. Escuché todas sus expectativas, miedos y dolores. Y no fue fácil descubrir que aunque nos conocíamos, había partes del otro que nos habían sido inaccesibles por mucho tiempo. Poco a poco recuperé la confianza tanto en mi, como en él y la relación. Decidí volver a confiar. Elegí darme de nuevo esa confianza.

La segunda vez que me dieron celos, sin embargo, fue con mi otra pareja. Y fue una experiencia completamente diferente. Ya teníamos establecidos los primeros acuerdos. Ya nos habíamos escrito los límites y era todo bastante claro. Yo me sentía súper orgullosa porque no había sentido celos en absoluto de nuestra relación, confiaba en que como estaba cimentada desde otro lugar y con otras experiencias al respecto, sería diferente. Pero el día llegó y yo sentí que el estómago se me iba a los pies. De nuevo tuve mucho frío y no podía parar de llorar, imaginaba cosas que para sacar de mi cabeza dije como una afirmación. Y re-descubrí que mi problema es tener información a medias o no tenerla. Que la incertidumbre del otro me mata. Que los vacíos en las historias provocan que yo auto completo con cosas que no son reales por mi necesidad de tener una certidumbre. Pero además de todo eso sentí mucha vergüenza porque de nuevo estaba en ese lugar oscuro al que nunca quise volver. Volvió mi impulso por vomitar todo, por no poder decir todo lo que sentía, por no querer admitirlo. Y sin embargo, todo fue distinto esta vez. Esta pareja a pesar de todo, se sentó conmigo a responderme todas las preguntas que yo tenía. A escuchar cada duda y cada incertidumbre, me extendió las manos como red para que me rindiera ante lo que sentía. Tenía yo muchas más herramientas emocionales. Y aunque dolía, era otro tipo de dolor. Uno mucho más líquido, podía beber un poco de ello cada día y aún así mantenerme viva. Dejé de vomitar a los dos días. Sus re afirmaciones de amor me mantuvieron a salvo. Su comprensión y paciencia dejaron de alimentar al Kraken que había en mi cabeza. Y sin embargo me sentía culpable de volver a estar allí y de arrastrarla conmigo. Me di cuenta que pasé mis inseguridades de una persona a otra y entonces volví a sentarme frente a mi. A cagarme. A llorar de desesperación porque volvía a sentirlo todo. Tenía mucha rabia. Sin embargo, esta nueva persona de la que sentí celos, era súper diferente a la primera, ni siquiera la conozco y sin embargo me cae bien. Me vibra diferente, mucho más ameno. Mi primera pareja me enseño a confiar en las personas a las que eliges y por lo tanto en sus decisiones. Entiendo también ahora que esa otra nueva persona no necesita ni agradarme, ni caerme bien, ni conocerla para respetarla. Entiendo racionalmente (aunque emocionalmente no siempre me es claro) que mis vínculos pueden tener más vínculos y que esta sensación de vacío y de abandono sólo me corresponde a mi sanarla, a partir de mi.

Al mismo tiempo, que se me haya pasado “tan pronto” o que haya podido manejarlo de una mejor forma no me quita esa sensación de incomodidad. Porque me encantaría ser inmune a los celos. Porque por más activista del “Tener celos es normal, lo complejo es qué haces con ellos” igual siento que fallo, que me fallo.
Y tengo que lidiar ahora con esa sensación y contra la meritocracia del “Si siento celos, no merezco que me quieran sanamente” “si siento celos soy una persona súper dañina y no merezco una relación sana”
Yo estoy consciente que necesito mucha re afirmación de amor.
Hasta de mi.

Así que, esta es mi conclusión: Desmontar el amor y los apegos no saldrá a la primera; es un camino de ida y vuelta y siempre existe la posibilidad de que falles, la buena noticia es que cada vez tienes más herramientas para enfrentarlo y puedes decidir qué hacer con eso.
No se trata de aguantar ni de resistir sino de enfrentar. De enfrentarte.

Descubrí más de mi que de cualquiera en mis celos. E intento reafirmarme, constantemente revisar y modificar todo aquello que no me gusta de mi. Ser una mejor persona de mi, para mi.

Celos Nivel 10

Siempre supe que era celosa.
No me gustaba que la gente que conocía estuviera con otras personas que no fuera yo, me sentía abandonada. Si alguien replicaba mis ideas, pensamientos o sentimientos en otros lugares lo sentía como un robo, y simultáneamente una traición.
Lloraba muchísimo cuando soñaba que la gente que quiero se iba.

Jamás había sido celosa con G porque nunca había sentido ese miedo.
La primera vez que sentí sospecha, fue porque en su trabajo conoció a una chica super bonita, inteligente y que se dedicaba a la misma área que él. Cada vez que hablaba de ella, el se veía genuinamente emocionado y yo completamente amenazada, pero nunca dije nada.
Hasta que un día, por casualidad me enseño una foto de ella que él le había tomado. Y sentí como todo se me caía en pedazos por dentro: las sensaciones físicas fueron -Frío -Vacío en el estómago -Nudo en la garganta -Llanto llenándome los ojos. G se dio cuenta y me preguntó por qué me sentía así.

Se lo dije todo.
Le dije como me sentía con la foto, como me sentía respecto a ella y porque lo sentía. Él me dijo que no era nada y yo le creí. Decidimos cambiar algunas cosas sobre nuestra relación.

Descubrí que mis celos son autolesivos en el sentido más literal del concepto el día Cero: me dijo que amaba a otra chica. 
Esta vez mis sensaciones no sólo fueron las pasadas. También sentí como mi útero se ponía muy duro, mi fuerza abandonaba a cada extremidad y literalmente podía sentir cómo el corazón se me rompía en pedazos. El pecho me quemaba, ni todo el aire del mundo podía evitar que me asfixiara en una vorágine de pensamientos que me gritaban que claro, que alguien como yo nunca iba a poder ser “suficiente” para alguien como él. Que por supuesto que se iba a enamorar de otras personas porque yo jamás cabría en ese espacio, que me quedaba grande, que era yo poquita cosa.

Según yo, había creado mi relación con G fuera de los parámetros y estereotipos de una relación. Ese día me di cuenta que no, que de hecho se parecía muchísimo a todo aquello que había criticado por tanto tiempo de otros y de mi en otras relaciones.

Lo peor que pude hacer cada vez que salía el tema, era vomitar. Dejar que la angustia me consumiera hasta hacer de mi un fantasma. Herirlo en mi dolor y dejar que mi dolor me lastimara físicamente. Acepté traspasar límites que no sabía que tenía. Permití pasar por encima de mis necesidades en el deseo de ser “suficiente” para alguien más. Lloré hasta que me sequé. Grité. Le reclamé cada error (real o imaginario) y jamás lo escuché. Pase seis meses de mi vida ahogada en llanto, vómito y una sensación constante de fracaso y menosprecio que a veces lograba mitigar, pero que constantemente estaba allí haciéndome la vida imposible. Deje de rendir en mi trabajo, dejó de gustarme lo que hacía. No podía dormir, a penas podía comer. Tomaba agua sólo para llorarla durante el día siguiente. Intentaba evitar llegar a casa y al mismo tiempo procuraba pasar el mayor tiempo posible allí porque era mi lugar seguro. Dejé de hablar con mis amigos, paré mi terapia y boté mis medicamentos en pleno rush de pensamiento del amor meritocrático.

Hace años tuve un problema con un trastorno de alimentación (Mia) por problemas de autopercepción. Y es que vomitar mi hacía sentir que al final después del dolor no había nada. Pensaba que tal vez comiéndome mis problemas podría mitigarlos. Y no pasaba. Entonces vomitaba, para ver si mi jugo estomacal lograba desaparecer el nudo en la garganta que no se quitaba con ningún gesto de amor o autocompasión.

 

En esta época, Mia volvió a mi vida de una forma super involuntaria. Pero estaba allí, detrás de cada esquina, en cada guiño, a cada paso, en cada respiración: nunca me dejaba sola.

Hice dos o tres escenas dentro de casa: pelear por cualquier cosa, gritar, llorar y reclamar a la más mínima provocación cualquier cosa que tuviera que ver con otras personas que no fuera yo. Llegué a querer manipularlo. Llegué a querer obligarlo a no moverse sin mi. Me expuse al peligro muchas veces, muchas otras ni siquiera me daba cuenta. Quise romper cosas. Quise apuñalar sillones y colchones, moría por realizar el impulso frenético de romper ventanas, vasos y todo aquello que resultara en un estruendo. Pero solo podía llorar. Solo podía suplicar por un día volver a ser querida “como antes” ¿Qué me detenía? Aún no estoy segura, pero recuerdo que desde entonces el pensamiento que me perseguía es que yo no quería ser esa persona.

Un día nos planteamos las soluciones extremas. Ese mismo día decidí que era suficiente de llorar y lastimarme por algo que no me correspondía ni cabía en mis responsabilidades. Barajamos la posibilidad de terminar si todo esto me lastimaba de manera tal que no pudiera enfrentarlo. Y había decidido que no quería seguir así. Pensando en salir de esa situación, busqué un terapeuta. La parte graciosa es que mientras me iba sanando, también conocí a otra persona con la que me sentía muy feliz e identificada: me enamoré. Pero aún estaba con G y quería seguir con él.

La decisión fue super difícil, pero hoy creo que es la mejor que he tomado: decidí volver a confiar en nuestra relación, a rehacerla desde cero. De poner claros los límites y necesidades de cada uno. Sabía que quería seguir a su lado, que era muy feliz en su compañía y que yo era más grande que esto, al final de esta situación, lo único que nos quedaba era ser honestos o morir. Elegí, obviamente, la honestidad.

Y mientras tanto, empecé a tener una relación con A. G siempre supo de A.
A siempre supo de G. Y así, a ciegas, me aventé a intentar entender que el mundo no podía ser malo si todos eramos honestos.
Si todos eramos acompañantes.
Que estamos con el otro en medida de nuestras posibilidades y capacidades.

No mentiré ni diré que ya se terminó y soy perfecta y no siento celos: Claro que no. Los sigo sintiendo, a veces se instalan en mi cabeza. Pero ahora lo digo. Encontré un mecanismo con G (Y que voy a replicar con A, pero esa es otra historia para otro lunes) para poder aminorar mis reacciones emocionales, y es describir primero que siento físicamente antes de que se vuelva una emoción. Si puedo detener los pensamientos y las sensaciones antes de que se cree el hoyo en mi pecho, ya tengo la mitad hecho, no se me hace nudo en la garganta y puede que quiera llorar un poco pero es mucho menos complejo que las primeras veces. Y el segundo paso lo que hago es empezar a preguntarme si lo que sentí como celos son realmente celos, o si son pena, tristeza, enojo, miedo al abandono o qué. Y eso me ayuda a preguntarme cosas sobre mi que no siempre son tan sencillas de percibir sin esas experiencias.

Al final de esos seis meses de lluvia sobre ropa mojada, y otro año y medio de momentos raros y un poco incómodos pero cada vez menos dolorosos terminé convencida

El problema no son los celos, el problema es qué haces con ellos.

 

El eterno retorno

Me queda claro que cada uno tenemos un tema al que de una u otra forma volvemos constantemente. La mía tiene que ver muchísimo con mi vientre, mi estómago y las cosas que no he podido hacer.

Todo lo que siento se refleja en mi estómago. Todo. Quiero decir, si estoy feliz, triste, enojada, el primer lugar donde lo percibo es mi estómago y mi vientre. Lo que me ha traído problemas en muchos sentidos: desde una nada maravillosa gastritis, reflujo, dolores de panza, hasta náuseas y vómito de los nervios o la preocupación. Y también va de la mano con mis ciclos del trastorno, usualmente cuando soy más sensible a la tristeza o tengo mi períodos de depresión, tengo más náuseas y vómitos.

Estas dos últimas semanas he tenido más conflictos con mi estómago y también así me di cuenta que mi estado de ánimo estaba cayendo en picada. Los últimos tres días han sido un dolor en el alma de tantas naúseas que tengo. Antier fue un día muy peculiar, tenía un compromiso sumamente importante para mi, y antes de ir a ello, por mi cabeza cruzó que tal vez estaba embarazada. En el fondo sabía que no podía estarlo: siempre me he cuidado muchísimo y por otra parte, mis posibilidades al respecto son mínimas incluso sin cuidarme.

Ayer, por razones que desconozco, tres personas cercanas a mi y que no tienen relación entre ellas me preguntaron si estaba embarazada, mi respuesta automática fue un “No, me estoy cuidando mucho” A lo que las tres personas me hicieron un comentario genérico: “Eso decía (inserte aquí a alguien de sus conocidos) y salió embarazada con todo y su (inserte aquí método anticonceptivo)

Esto me llenó de paranoia. Saliendo del trabajo corrí a una farmacia por una prueba casera de embarazo. Y en cuanto la pagué, sentí que era una completa estupidez porque no hay una sola forma en que en mi estado, pueda tener un bebé. A esto, además, hay que sumarle que en mi trabajo todos los días veo a una bebé preciosa a la que por ratitos me toca cuidar, mimar y distraer, cosa que me ha puesto súper en contacto con el pensamiento de la maternidad. Y aunque siempre me digo “aaay, no, ya para qué” hay muchas noches en que, acostada en la cama, sí pienso: “Igual y sí estaría padre”

Volvieron a mi todas las preguntas que me hice desde el día 1 en que supe que mi situación era compleja. ¿De verdad quiero tener un bebé? ¿Cuánto del que quiera tener un bebé es porque quiero y cuánto es por presión social? ¿Cuánto me he convencido de que no “quiero” porque en realidad -no puedo-? ¿Quiero porque de verdad lo considero un deseo o sólo porque sé que no me sería tan sencillo? ¿Porqué la gente para cualquier malestar piensa en un bebé?

Sentada, frente a la mesa con la prueba de embarazo cerrada, sabía perfectamente que en esta ocasión, todos mis pensamientos al respecto los detonó la presión social. Me sentí ridícula además, sabiendo que todo se me va al estómago y que me he estado comiendo de a poquitos mis preocupaciones y mis miedos.

E intento, todos los días ser bien fuerte y decir: Estoy segura, esto pasará, no es tan relevante. Pero conforme pasan los años, me lo preguntan cada vez más, y me lo pregunto cada vez más. En días como hoy, no sé que hacer.

 

Y sólo puedo confundirme para escribir.

¿Mi espacio feminista funciona?

Hace tiempo empecé a crear espacios de seguridad desde mi trinchera feminista, como un acto para cuidar, compartir y desarticularnos un poco de este constante lugar de competencia, superación y ganancia desde el que nos enunciamos siempre. Y hay cosas que con el paso del tiempo, muchas de mis compañeras de esta maravillosa experiencia de viaje me hicieron notar, así que este texto que ojalá te ayude, tiene su piso en esos errores que por normalización, contexto personal y/o cosas que aún no estaban en deconstrucción no pude atacar en su momento.
Desde este punto, donde los veo, te los comparto.

Las comunidades: Mi espacio es feminista
El punto de este espacio que yo creé no era sólo poder cuestionarnos dinámicas que podrían no ser simétricas ni precisamente equitativas, sino también poder compartir nuestras experiencias, dudas e inquietudes desde un lugar de seguridad con una conciencia de cuidado y respeto, como las consignas feministas que personalmente voy siguiendo. He tenido la fortuna de encontrarme con personas que comparten la visión donde el debate como una herramienta de crecimiento y confrontación propia, así que entre todo, con mucha suerte y mucho trabajo pudimos encontrar un espacio donde converger fuera sencillo, que no fácil. Lejos de lo que parece, me fue sencillo poder encontrar personas afines, aún dentro del maremoto que fue el tema en su momento y con todos los “Ni Feminismo ni machismo, humanismo”

Y ya sé, ya sé. Parece cuento de hadas pero con el paso del tiempo, muchas compañeras me mencionaron situaciones que eran incómodas, extrañas y poco afines con esta creación de espacios feministas.

¿Quién domina la conversación en espacios mixtos?

Esta pregunta fue la que más me reveló que algo estaba yéndose por el lado equivocado. Nuestra conversación, esa conversación feminista de creación y reividicación la estaban dominando.. hombres, que nos platicaban cómo hacer el correcto feminismo. Hombres que nos corregían nuestras acciones feministas. Hombres que no nos permitían dar una opinión sin darnos “la contraria sólo por el debate”. Compañeros relacionales que al dar su visión del mundo, ellos estaban bien y las que éramos incapaces de ver, resolver y actuar en consecuencia eran parejas mujeres.

Una de las razones por las que en su momento pasé por alto el que ellos dominaran la conversación es que yo creía que ellas no querían hablar. Incluso en las preguntas directas evitaban contestar, dando pase a que algún otro hombre hablara. Las pocas mujeres que daban comentarios suelen ser mujeres con una formación feminista mucho más confrontativa y que claro, tienen esa cosa tan hermosa llamada personalidad extrovertida. De alguna forma, mujeres que se enseñaron a hacerse escuchar en este man’s world. Incluso en nuestros espacios teníamos que luchar por la palabra.

Y claro, si ellos son quienes en su mayoría hablan, entonces el personaje pasivo que escucha siempre éramos… nosotras.
Es decir, el protagonista activo de los relatos de las mujeres son las mujeres. Siempre se enuncia desde el yo: Yo hice, dije y pensé. Y en la mayoría de hombres es: Yo hice PERO ELLA reaccionó así. Y de pronto de una denuncia, todo se volvía nosotras escuchar cómo ellos sufren por cosas que nosotras sobre-reaccionamos a lo que ellos inocentemente (¿?) hacen.

Al final entonces, hay que cuidar que los espacios mixtos no nos reproduzcan esas dinámicas de enunciación que tenemos en todo el mundo, dejar de reproducir la idea de que ser “neutro” es dejar “que las cosas pasen como tengan que pasar” ya que estamos tan acostumbrados a que las cosas sucedan de cierta manera que no vamos a poder observar las fallas de comunicación y el discurso que se tiene.
Como aquí hasta hace poco.

Todos son aliados hasta que…

Esta fue una situación que mi Yo feminista rechazó desde el inicio y que también tiene que ver con la forma en cómo interactuamos con el otro en los espacios comunes: Muchas de las compañeras dentro de las sesiones se sentían intimidadas, observadas y cazadas. Resulta que a varias de ellas después de este espacio de seguridad, las abordaban por fuera en una actitud para nada acorde con la intención del grupo. Las pequeñas violencias de conquista del cuerpo, opinión o preferencia del otro se hicieron presentes de un momento a otro.
Mis compañeras, aquellas para las que había creado el espacio, se sentían acosadas.

Otra cosa por las que mis compañeras no hablaban: Ya que siempre se buscaba compartir una experiencia para tener alguna especie de retroalimentación de la experiencia del otro, de pronto se volvía un debate por tener la razón. Entonces de pasar de ser un intercambio práctico pasaba a ser una lucha teórica e incluso académica. Incluso se han sentido intimidadas por el lenguaje tan especializado. Lo curioso es que viendo esa interacción, usualmente las mujeres cuestionan ideas. Y los hombres, personas.

Esa diferencia de perspectiva nos impide un diálogo lineal y de inmediato entramos en las dinámicas típicas de conversación: la jerarquía meritoria.

Sísifo y el eterno retorno

Hagamos un paréntesis: No todo está mal.
Entre todo, los espacios han podido ser un lugar de reflexión, confrontación y cuestionamiento. Un lugar donde surgen dudas de las dudas y que jamás terminamos de desentramar. Sin embargo ahora me enfoco en estos puntos tan relevantes porque es una forma de hacerme notar que las revisiones autocríticas deben ser constantes. Porque como una comunidad creciente, siempre encontraremos algo que deconstruír, algo que señalarnos y mejorar.

Es algo peculiar, además. Son cosas que no se pueden dar por hecho, ya que muchas personas son nuevas en la dinámica y proponer espacios diferentes resulta a veces confuso e incluso violento o extraño. Mi trabajo es no perder de vista estas situaciones para mantener un mínimo necesario al entablar estas maneras distintas de mirarnos.

La relevancia de los espacios separatistas

Cuando creé un espacio separatista dentro de los espacios feministas, muchos hombres entendieron pero hubo otros tantos que nada más no lograban ver porqué necesitamos espacios nuestros, solos, Una Habitación Propia diría mi comadre Virginia W. Y es que los espacios separatistas contienen una dinámica de comunicación bastante diferente, que parte regularmente de la empatía, comprensión y sororidad (cada una de estas en sus contextos y bajo las experiencias de cada una) además de necesidades que expresamos en el momento: A veces sólo queremos escuchar a otras, en ocasiones queremos ser escuchadas, en otros momentos necesitamos formular preguntas o poner en duda algo que nosotras considerábamos una respuesta, incluso hay situaciones en que sólo queremos hacernos compañía. Estar con otras mujeres. Escuchar, mirarlas y saber que no estamos solas. Crear estos espacios de cero meritocracia para poder reconocernos y escucharnos. Son importantes estos espacios porque desde aquí pueden formularse todos los temas que podríamos abordar en lugares mixtos. Necesitamos además usar los lugares mixtos como denuncia de algo que en espacios separatistas estamos logrando observar.

El espacio separatista se vuelve un refugio cuando incluso en otros espacios el discurso patriarcal anda asomando la cabeza o de vez en vez metiendo la mano por debajo de la mesa.

 

Aprender para enseñar a escuchar 

Creo que la parte más compleja de toda esta labor para mi, ha sido aprender a escuchar al otro desde un punto objetivo y no tomarme personal lo que dicen. Entender que usualmente decimos las cosas desde nuestra percepción del mundo y que eso no necesariamente es lo que está viendo el otro. También entender que hay puntos, comas y extensiones que no alcanzamos a ver de inmediato y a veces necesitamos que el otro nos señale que están sucediendo. Darnos cuenta que incluso en búsqueda de nuestro espacio ideal podemos revisar el “ideal”

Pero sobre todo, darme cuenta que el trabajo colectivo es un trabajo para todos. Por lo tanto, si queremos hacer o “educar” a que el otro nos escuche, a lo mejor tenemos que empezar por nosotros escucharnos, y después al otro. Sólo así he encontrado que se puede hacer eco de las cosas que están sucediendo.

 

Las propuestas nuevas

La mayoría de las situaciones las solucioné de una manera sencilla: Priorizar el diálogo de las mujeres. Como nuestro diálogo es por turnos entonces lo más lógico sería que la mediación se diera a partir de estos parámentros:

  1. Sólo hay 5 tomas de opinión por tema para los hombres, así que entre ellos deberán decidir quién enuncia y/o participa.
  2. Cada participación masculina tendrá un límite de 2 minutos.
  3. Un mismo hombre NO puede opinar dos veces en el mismo tema y probablemente tampoco en la misma sesión
  4. Dejar la academia para después: si es un espacio donde nos estamos mencionando a partir del “YO” entonces la academia, por mucho texto maravilloso, no es precisamente lo que nos ayudará a reivindicarnos: necesitamos un diálogo horizontal; las recomendaciones de textos y teoría podemos darlas al final y subirlas a la página o al evento.
  5. Lamentablemente fuera de estos espacios no podemos asegurar que no haya situaciones incómodas, lo que sí podemos hacer es escuchar cuando alguna compañera/hermana/afecto denuncie cualquier cosa y traerlo a la mesa como un punto a cuestionar.
  6. En espacios separatistas, cada sesión ponemos sobre la mesa las necesidades de cada una de las asistentes, así a nadie se presiona para hablar y se crea el espacio necesario para asentir o disentir de todo lo que suceda dentro

¿Estas cosas significan que nuestro espacio no funciona?
No. Entre todo esto, hemos logrado una convivencia bastante interesante, una cohersión y unión muy peculiar y hemos podido llevar a la mesa situaciones importantes que nos ha sido relevante señalar. Todas las dudas y situaciones planteadas desde las gafas violetas nos han ayudado precisamente a ver en qué podemos mejorar.

Sin duda aún no es un lugar perfecto y como todo proyecto bebé, necesita revisarse y darse sus propios “amika date cuenta” en medida de sus comunidades. Esta comunidad, en este particular momento necesita que hagamos énfasis en cada punto mencionado. Y mañana ¿quién sabe?

Todo esto a penas se está instalando y termina de cuajar. Mientras tanto, ya tenemos nuevas sesiones tanto separatistas como mixtas donde platicamos de cosas súper interesantes, compartimos puntos de vista y a veces “pateamos avisperos” ¿Te aventuras con nosotros?

Toda la información aquí

Ver para leer

Mi nombre es éste y no otro, porque in-afortunadamente no elegí mi nombre, sino, me fue asignado como a todos nosotros; por mis padres. }
Mis padres, que leyeron dos textos con dos personajes tan opuestos y complementarios y que tienen el mismo nombre, que decidieron que yo fuera así: Una Mariana. 
Y así es como mi nombre contiene las historias de dos Marianas que no conozco y nunca conoceré en persona, pero que tengo la fortuna de ser como ellas. Ahora, cada que leo mi nombre me acuerdo de ellas. Y cada que mis padres leen sobre ellas, se acuerdan de mi. Y somos eso, historias y recuerdos.

Un día descubrí que si todo lo que pronuncias tiene recuerdos, tiene entonces, una historia. Y si tiene una historia, puede leerse. Todo el tiempo estamos leyendo una cantidad gigante de cosas y no nos damos cuenta. Eso incluye las etiquetas del shampoo cuando estamos en el baño, o los estados de Facebook de nuestros amigos cuando estamos “haciendo tarea”. O los twitts que revisamos en clase de química o literatura. Pero no hablo de sólo esa lectura. Antes de ello, hay otro tipo de lectura más personal, más íntima y que por ser tan constante pasa desapercibida: Leemos el mundo. Y es que, piensa en cuando tienes frío: La forma en la que los vellos de tus  brazos se erizan, como castañean tus dientes, la sensación que tiene tu piel, y así es como te explico: Estás leyendo tu cuerpo.

¿Recuerdas el aroma de la cocina de tu mamá cuando acaba de hacer sopa? Al recordar, estás leyendo tu memoria, pero cuando reconoces el olor, estás leyendo con tu olfato… ¡El aire!

Ahora, pensemos en algo que nos enseñaron desde pequeños: Antes de cruzar la calle mira a los dos lados. Así es como tus padres te enseñan a leer la circulación vial.
El último ejercicio: Piensa en las veces que te intentaste servir agua en un vaso, pero viste el garrafón casi vacío. Así lees los envases. Entonces piensa todas las infinitas formas en que leemos absolutamente todo: Los olores, colores, climas, temperaturas, texturas, formas, sabores, sonidos, tipos de flores, estados de la materia… Todo. Y si para la mayoría de lecturas, vemos… todas las cosas vemos que pueden leerse. En los álbumes lees fotos, que tienen protagonistas, historias y secretos. En las revistas lees imágenes que tienen un diseño y un producto. En las series lees a los personajes y que todos tienen un conflicto a resolver. En las películas… ¿Qué no leemos en las películas?

¿Te ha pasado que alguna vez te identificas con algún personaje de una película? ¿O que uno de ellos representa muchas cosas que son sumamente importantes para ti? ¿Que alguno de ellos hace exactamente lo que tú harías en su lugar? ¿Que lloras? ¿Que ríes? ¿Que te hace sentir un nudito en la panza o en la garganta?

Y eso sucede porque estás leyendo la película. No solo la imagen, no solo la emoción y los efectos especiales: La película misma. Esta parte, cuando te ves dentro del papel, cuando eres un personaje dentro de la película de una manera involuntaria, te vuelves parte de la película. El cómo eso afecta después tu forma de leer, pensar o ver un suceso, una posición o un objeto en el mundo, es leer. Cómo cambian tus miedos, cuando desaparecen, cuando se refuerzan, en cada instante en que cambia una idea o perspectiva para dar paso a un nuevo pensamiento… Es leer. Y esa es otra forma, cuando identificas la realidad, de la fantasía, los efectos especiales, las escenas de miedo, de tensión, de tristeza o de infinita felicidad, también estás leyendo la película. Cuando al ver el rostro de un actor entiendes que está feliz o triste. Cuando sabes que está mintiendo. Cuando su tono de voz te hace sospechar y comienza la música instrumental…

Estás leyendo una película. Yo lo descubrí en el momento en que después de ver una película me quedaba con unas ganas inmensas de reír o llorar. Y al final, cuando te sientes incómodo, satisfecho o triste, feliz, angustiado y con ganas de más, o abrumado, aburrido, ensimismado, pensativo…  Estás, a partir de la película, leyéndote.

Y es que, todo se resume a eso: Conocerte y reconocerte a partir de la forma y la capacidad que tengas de leer el mundo.

 

Crónica de una ciudad que vibra

En la mañana me atravesaron pensamientos sobre los edificios, en mi curiosidad por las imágenes pensé en cómo sería ver una casa cortada en cuatro ángulos. Una sin una pared, una con un corte vertical para ver la distribución de los pisos. una con un corte horizontal para ver la distribución de un nivel y la última con corte transversal sólo para jugar con los espacios.

Es 19 de Septiembre.

13:00
Reviso por cuarta vez mi correo, para ver si ya llegaron noticias de la última entrega. Al mismo tiempo termino de hacer una cotización de material, y discuto por una tontería. El día está más pesado que de costumbre y miro el reloj al menos tres veces en 10 minutos.

13:10
Mi mejor amiga me dice que está cansada y le digo que también yo. -Ay, ya vámonos a nuestras casas- le digo. Ella se ríe. Y responde –  Idiota, mejor ve por un refresco y despiértate.
Lo pienso.
Reviso el teléfono de nuevo y decido que no, que mejor aguanto, falta menos para la hora de comida.

13:14
Escucho y siento cómo vibra mi silla, se escucha un sonido duro, hueco, pienso que es un tráiler pasando por la calle de atrás y descarto la idea de inmediato. Está temblando. Y siento un nudo en el estómago, el escalofrío en la espalda y nervios. A penas me da tiempo de arrancar mi teléfono del cargador y salir corriendo. Empujo el ventanal que tengo como primera puerta e intento caminar derecho, pero la vibración del suelo me lo impide. Abro la segunda puerta y sin querer la azoto. Ruego por que los vidrios no se revienten.
Salgo.

13:15
Estoy en el patio y veo salir a los chicos del otro edificio corriendo. Escucho murmullos y veo cómo los cables de los postes se mueven en un patrón ahora conocido. Me acerco a un automóvil para darme cuenta que baila sin ritmo aparente. Miro la cara de mis compañeros y noto que una de las chicas está a punto de desmayarse. Me pongo nerviosa. Escucho gritos y alguien se cae.

Este momento me dura una eternidad.

13:17
Mando audios a mis papás -Hola, estoy bien. Casi no tengo señal. Si están bien, no me contesten, no necesitamos saturarnos más. Si necesitan algo, márquenme. Cualquier cosa, encontraré modo de comunidarme. Los amo.-
Mensajeo a mis amigos con el mismo mensaje: ¿Necesitas algo? ¿Cómo te sientes?
Recuerdo que él trabaja en un piso 16 y la angustia me recorre el cuerpo. Me llegan mensajes aleatorios de chats en grupo, veo su mensaje: -Estoy bien, vi cómo caían edificios. Estoy bien-
Los chicos del trabajo bromeamos un poco, pensamos despacio en qué paso.
Recuerdo que ella trabaja en Insurgentes e intento marcarle. Llamo hasta el cansancio: Nada. Recuerdo el libro que me prestó, donde justo, habla de dos chicos en 1985.
Maldita sea.

Mantengo la compostura.
Respiro.
Prenden la radio de un auto.

13:20
No tengo señal. No hay internet. No hay línea. No hay luz.
Siento, por un segundo, que no existo.
Respiro.

Llegan mis jefes, nos dicen que su módem es de pilas, que tienen internet. Corremos a la terraza.
Veo a una compañera llorando. -No localizo a mis hijos- me dice entre berreos y suspiros -No sé si están bien, tienen a mi bebé- la abrazo. Y no entiendo su dolor, pero lo veo y me parte. Intento no llorar.

13:30
Siguen sin salir mis mensajes.
No recibo nada.
Veo a mi amiga sentada en las escaleras de la entrada. Está bien. Luce tranquila. Me quito la preocupación de la cabeza.

14:30
Nos retiran. Salimos casi corriendo (o se siente así) con las piernas hechas gelatina. Me tiemblan las manos. Camino rápido y decido ir a Insurgentes a ver qué paso con el piso 16.
Esucucho que me gritan y volteo.
Me espero. Lo abrazo. Siento que me deshago un poco y al mismo tiempo me siento a salvo. Estoy preocupada.

Buscamos agua. Caminamos a Insurgentes. -Vamos a ver a mi mamá- y pienso en las niñas. Avanzamos y se siente un ambiente extraño en el aire, si miras a lo lejos, puedes ver una capa de polvo volando sobre todas las cosas que hay, puedes percibir también el miedo y la incertidumbre de las personas.
No hay coches avanzando.

14:40
Llegamos a Insurgentes y vemos a gente caminando. Al grupo de chat me llegan mensajes -Estoy por Chilpancingo encerrada. No me dejan salir. Hay una fuga de gas- y siento la necesidad de correr a buscarla. No puedo. Caminamos despacio, atendemos indicaciones, vemos casas, calles, paredes derrumbadas. Un olor intenso a gas. Vidrios rotos por todos lados. Gente sentada en camellones. Gente caminando en todas direcciones. Siento náuseas. Me quedo callada.

15:00

Me parece eterno andar en esta avenida. Subo a una banqueta porque pasan muchas ambulancias por el asfalto. Veo a un chico con la mirada perdida y una sonrisa extraña. Me asusto. Escucho a una chica gritar. Camino hacia ellos e intento meterme en la discusión. Siento su mano jalándome, me doy cuenta que estoy siendo errática e imprudente.

Seguimos caminando.

15:38
Veo cómo, en medio de las ruinas y la calle vuelta loca, una hija se reúne con su padre. Siento el escalofrío. Siento alivio. Mis ojos se llenan de lágrimas que siento que se quedarán allí, atoradas. Tatuadas.
Pienso en mi madre y en las muchas veces que evité hablar con ella en un momento como éste y entiendo por qué siempre lo hago: me es más fácil contener mi histeria, que una histeria compartida.
Más adelante hay una escuela y veo a una chica llorar -No está. Tiene 6 años y no está ¿cómo la busco?- Y su novio la abraza -Está cerca, no te preocupes- y siento el nudo en la garganta, el dolor de estómago.

15:50
Estoy cansada, con calor y sedienta. Estamos cerca y me siento ansiosa por llegar. No me doy cuenta que estoy casi corriendo hasta que dice en voz alta -Cálmate, te estás acelerando.

16:00
Llegamos. Nos saluda el perro y vemos a las niñas en el suelo jugando – Fui por ella y estaba asustada, pero todo bien. La chiquita es la que se soltó a llorar en cuanto nos vieron, pero no pasa nada- las miro, sin tocarlas. Las saludo y abrazo. Las beso. No digo nada, pero siento que me vuelve la calma al cuerpo. Empiezo a sentir cansancio. Sed. Dolor de cabeza.

16:10
Pienso en que unos amigos estaban en su casa porque su hijo había tenido cirugía y pregunto por ellos -Están bien, sólo se cayó su librero, pero no les pasó nada a ellos- y me relajo. Comienzo a recordar a cada uno de mis amigos.
Entiendo que estoy segura y tengo la preocupación por otros ahogándome. Me recuesto en el sillón para poder descansar los pies.
Siento sus piernas y me dice -Ven, acomódate-

Me quedo dormida.

20:00
Llego a casa. Veo a mis mascotas. Las abrazo. Las estrujo.
Tomamos la mochila de emergencia y vamos a dar la vuelta por la zona. A buscar algo para comer. Velas. Encendedor. Cerillos. Refresco. Agua fría. Caminamos un rato.

Volvemos a casa. Comemos algo.
En la entrada nos avisan -No hay gas, se cerraron las llaves por precaución- y nos acostamos en mi colchón. Empezamos a platicar sobre lo que pasaba en nuestra cabeza todo el rato. Nos gana el sueño.

___

No sé qué hora es.

Mi celular no tiene batería, a mi computadora no le sirve el reloj. Vuelve la luz.
Leo y sé que todos a quienes conozco directamente están bien. Y siento alivio hasta que veo mi feed lleno de noticias: Derrumbes, desparecidos, gente bajo escombros, personas sin casa, edificios destruídos, necesidad de albergues, de comida, de herramientas, de material médico.
Y entiendo qué es lo que tengo que hacer ahora.

Respiro.
Pienso en que en esa misma mañana pensé en ver los cortes de edificios.
Y me arrepiento mil veces.

Empiezo a buscar y canalizar ayuda.

 

 

Unas horas después, me dejo caer en la cama para dormir esperando que todo sea sólo un sueño. Para mañana desear que esté de pie mi ciudad.

De polialbercas y otras perversiones

Hace un año empecé a interactuar con un grupo de Poliamor, explorando mis formas de vincularme con el otro y encontré una gran comunidad que me abrazó de una manera increíble. Me aceptó y descubrió sin ponerme peros ni discriminarme.

Esta comunidad es sumamente activa, y por lo menos cada mes se ven, además de actividades extra por “grupitos” que llegan a ser hasta dos por semana. Yo jamás había ido a uno de estos eventos, un tanto porque no tenía tiempo y otro tanto porque estaba muy recelosa intentando llevar algunos procesos que me resultaban conflictivos: Lo evitaba un poco, es la verdad. Así que pasé un año intermitente haciendo amistades con cada persona dentro del grupo. Muchos salieron, muchos entraron y otros permanecían. Día a día, platicando de cosas irrelevantes como el clima, o importantes, como la violencia, Poliamor, sexo, drogas, responsabilidad social…

Un día, antes de involucrarme más con el grupo, o de comprometerme de la forma en la que hoy lo hago, un chico dijo que quería organizar una salida a un complejo vacacional, y como me gusta organizar cosas, fui de metiche a ver en qué ayudaba, de tal suerte que terminé organizando. Esto al final fue una albercada con solo miembros del grupo de poliamor

Empecé a hacer las maletas: dos trajes de baño, dos vestidos, bloqueador, flipflops, botiquín, toalla…
El día llegó: A las 6 de la mañana sonó la alarma y salimos corriendo al metro para reunirnos con una de las chicas que nos acompañarían. Nos encontramos y fuimos a la central, esperamos el camión, abordamos y nos quedamos dormidos dos horas. Nos encontramos el primer problema al bajar en la central de destino: no teníamos idea de cómo movernos en el pueblo, y lo más fácil fue llamarle al dueño del lugar en que estaríamos, pero no contestaba, así que nos la arreglamos como pudimos.

Comenzó el primer día en otra casa: llegar, checar, desempacar. Me maravillé con la casa en la que estaríamos, los espacios que son comunes, las camas, el calor, el cielo, la alberca. Y luego llegaron nuestros dos primeros invitados. Los nervios que sentí de verlos y saludarlos. Saber que eran de mi edad, que estaban aquí con la misma intención que yo: conocer, descansar.

Así fuimos a comer, nos paseamos por el pueblito buscando desayunar y empezamos a descubrir quiénes somos y qué está pasando en nuestras vidas. Comenzó con el pie derecho todo. He de ser sincera: organizar me gusta porque me hace sentir que puedo tener cosas bajo control. Nos metimos a la alberca mientras los demás llegaban: casi 8 horas una alberca para 6 personas. Comimos pizza y esperabamos ansiosamente a que los demás se fueran incorporando.

Entonces nos dieron las 11 de la noche ¡Y ya estabamos todos! La experiencia de abrazarnos y sabernos reales fue maravillosa, cenar juntos y empezar a convivir, ser parte de una comunidad con todas sus letras. En momentos ya muy guajiros, pensabamos en una comuna, en compartir nuestra vida como algo diario. Y desistimos a media idea. Pasar la noche jugando, haciendo preguntas y conociéndonos, todo esto con la emoción de quien ve por primera vez a su crush. ¡En serio, esa era la vibra!

El segundo y tercer día nos sirvieron para afianzar la confianza entre nosotros, reconocernos como individuos poliamorosos. Además hablamos de celos, de miedos, incertidumbres, la foma en que lidiabamos con cosas conflictivas en nuestras parejas, la empatía, compersión, las facilidades y dificultades con las que nos encontamos en el camino, el sexo, el género, la desnudez, el machismo, el feminismo, la educación… y es allí donde yo descubrí de una forma más clara: somos una comunidad. Andamos éste camino y no estamos solos; de hecho saber que hay un otro allí a tu lado te ayuda un montón a sentirte parte de un algo más grande que tú.

Llegó el tercer día, y con eso la hora de volver.
Recogimos maletas, rompimos un vaso, limpiamos la casa, nos vinculamos con el otro, olvidamos cargadores, calcetines y playeras. Tomamos nuestras cosas; arribamos a coches y camiones. Y la parte más íntima para mi pasó en este momento: de regreso, 6 personas sentadas en 4 lugares empezamos a hablar de miedos tangibles, de experiencias recientes, del camino complejo que tuvimos que recorrer cuando empezamos este andar, de las sensaciones que los celos nos evocan en el momento, la forma en que impactó nuestra vida el ser poliamorosos y la manera en que vemos el mundo ahora, el trabajo que nos cuesta a veces dormir, los errores que cometimos, los que seguramente tendremos. Lloramos un poco, reímos en la misma cantidad, pero sobre todo, hicimos un espacio seguro donde los seis pudimos establecer un algo que puede compararse con un colchón de emergencia, una red de apoyo para malabaristas, y una amistad bonita.

Al bajar del camión ya en la ciudad, empezamos a planear ir juntos a antros, bares, cocinar alitas, establecer conexiones constantes donde podamos acudir cuando el mundo se venga abajo. Nos dimos cuenta de la cosa más importante, no estamos solos, no estamos en procesos aislados y podemos entendernos, compartirlo y seguir creciendo con más confianza para avanzar en este camino que hemos decidido tomar.
Hice nuevos amigos.

Mi conclusión:

Fue increíble. A pesar de que los conocía únicamente por texto e incluso a algunos ni de allí, nos aventuramos a ir a una casa en renta con 15 personas más de las que no conocíamos más que las letras. Mi sorpresa fue llegar y familiarizarnos con los cuerpos y caras de personas con quienes había compartido cosas tan íntimas y sensibles, que sentí que me desmoronaba cuando los abracé para saludarlos. Podía sentir el amor, la aceptación, empatía y sorpresa de cada uno al saber quiénes eramos y que algunos no nos parecíamos a la foto de perfil que tenemos (me gustaría fuera chiste pero es anécdota). Somos algo más grande que la unión de un todo, y es que, cuando juntas tanto amor en un solo lugar en ciertos días, el resultado, más allá de un fin de semana de descanso; es en realidad la experiencia de sentirse amado, comprendido y retado para poder ser alguien mejor.

Esta situación es lo que me trae ahora a comprometerme tanto con una comunidad a la que amo, sin darme cuenta que ya pertenecía a ella.

 

Y me siento plena.

 

  • Da click aquí  para conocer la comunidad
  • Da click aquí  para conocer el lugar donde estuvimos