Mi miedo a la hoja en blanco

Una de mis cosas favoritas en el mundo es escribir: Me ayuda a reconectarme conmigo y con el mundo. Además ordeno mis ideas de una mejor forma cuando puedo verlas escritas, me deja verme desde una perspectiva externa. Tengo un hilo rojo con el lenguaje (aunque definitivamente me equivoco y no siempre soy buena con/en él) además, y de una forma sorprendente, vivo de escribir. Se ha vuelto una de las partes más importantes de mi vida, mi más grande medio de comunicación.

Desde hace días he estado teniendo un bloqueo enorme con las hojas en blanco. Me cuesta concentrarme, no puedo retener ideas. Me siento una completa zombie: nada en el mundo es lo suficientemente atractivo para desarrollar mi atención por más de 5 minutos, tengo problemas hasta para hilar dos ideas seguidas y definitivamente me molesta muchísimo no poder comunicarme a veces ni conmigo.

Me frustra porque me siento inútil y poco productiva. Siento que pierdo tiempo, que no soy suficientemente buena y definitivamente me percibo en esos momentos como alguien nada inteligente. Especialmente cuando sé que tengo trabajo por delante, pero no es únicamente en eso: también a veces noto que por más que me esfuerzo no puedo leer, no entiendo lo que hay frente a mi. Olvido lo que estaba a punto de hacer, me distraigo con todo y me siento desorientada. Me sucede con los libros, las recetas, los instructivos, los semáforos y las líneas peatonales, los artículos, los gestos, la comunicación no verbal. Es como un velo pesado de neblina entre el mundo y mi mirada.l

Por una parte creo que es parte de mi trastorno. A veces se me sale de las manos. A veces no puedo mantenerme en un solo lugar y en ocasiones cuando estoy así no me gusta salir de casa porque suele sucederme que este vacío mental también me provoca en ocasiones perderme en el titán que es esta ciudad. Confundo rostros, números y direcciones, lugares, personas y situaciones. Olvido muchas cosas y hay muchas otras que en mi mente están de una forma completamente distinta a como realmente son.

También me asusta. Y creo que es algo más que una hoja en blanco:
En vacío y la incertidumbre en cualquier sentido en mi vida, me asusta. Por eso escribo. Por eso leo. Por eso comparto.
Intento buscarme y encontrarme en cada cosa que toco y con la que tengo alguna especie de interacción. Intento dejar una parte de mi en cada cosa para tener a dónde recurrir cuando me siento perdida. Cuando no me encuentro o estoy confundida. Es una especie de impulso por encontrar en todo un espejo que me recuerde que no estoy mal.

Intento llenar cada espacio vacío con mis sombras y luces, oscuridades, pensamientos y sobre todo preguntas.

Hablando de preguntas.
¿Ustedes como lidian con su distracción? ¿Cómo pueden volver a escribir?

¿Aprendemos a leer para ser lectores?

¿Alguna vez te han enviado de tarea ayudar a leer a alguien? O en su defecto ¿Te dejaron de tarea leer algo? (aunque sea una vez, aunque sea hace tiempo)

Y es que, pareciera que el mayor fomento a la lectura que se ha hecho en niveles generales es ayudarnos a memorizar letras, palabras, definiciones, o formar frases complicadas y repetir incansablemente dichos que a veces sólo creemos saber que entendemos. Y así avanzamos los primeros años; los más importantes, leyendo letra a letra, palabra a palabra intentando interpretar.

 

Hasta que llega el día en que el profe “X” nos deja leer: “El periquillo Sarniento” así, de la nada, sin decirnos más, con el único interés de terminar el temario. De cumplir con el horario y la norma, porque somos demasiados en un salón como para explicar, o siquiera intentar atraernos. Te obligan a leer 30 minutos diarios en casa, de hoy a un mes. Te piden que anotes en una hoja a cada personaje, su relevancia, un acontecimiento. Una opinión que nunca va más allá del: “Me gustó, es padre, ojalá leyéramos más libros así.” O alguna copia de un artículo Wikipedia al que le quitamos palabras, para aparentar.

Pero Wikipedia no nos hace sentir. Y si no lo sientes ¿Realmente lo leíste?

 

De esa misma forma se nos fue el hipotético “amor por la lectura” que intentaron infundirnos, alimentarnos: con reseñas buscadas en google, con casas sin libros, niños sin conocer librerías, maestros que solo querían llegar a casa, chicos castigados en las bibliotecas de las escuelas, papás que se saltan esa tan importante tarea, porque era una de las que no se notaba la ausencia.

 

O eso creíamos.

 

Y así es como vamos por la vida creyendo saber leer, pero ¿saber leer nos hace lectores?
Porque una pareciera eslabón de la otra. Suenan igual, y hablan de lo mismo. Pero más que aprender un idioma, o una forma de comunicación con el otro, la lectura en realidad (y hablo de una realidad particular en construcción) es aquello que nos hace comunicarnos con nosotros. Que nos hace enfrentarnos a un nosotros.

 

Pero nadie nos lo dice.

 

Sólo lo descubrimos en medida de nuestro acercamiento a algún mensaje: al que sea, aunque sea mínimo. Pero es ese puente entre el leer y ser lector, el que nunca podemos ver tangible, y que nos cuesta trabajo reconocer. Sin embargo, a pesar de todo esto, habemos muchos que comenzamos a leer por “no sé qué clase de brujería”: cosas tan sencillas como tener un libro en casa. O varios. Llevar a nuestros niños a las bibliotecas, a las librerías, escucharlos leer, explicarles qué significan las palabras en nuestro mundo, y preocuparnos más por lo que sienten cuando leen que por lo que queremos que entiendan.

 

Reivindicar al libro de ese limitado papel de “aprendizaje” y “diversión”, para acompañarlo a ser nuestro amigo, nuestro guardia. Aquel que nos acompaña día y noche, en el tráfico, en el metro, en los días de sol, el que nos cuenta de cosas maravillosas o secretos aterradores:

 

Aquel en el que podemos reconocernos.
Desconocernos.

 

Dejar de hacer del libro, y el texto un bien material. Y hacerlo un amigo incondicional.

Leyendo.

 

Ver para leer

Mi nombre es éste y no otro, porque in-afortunadamente no elegí mi nombre, sino, me fue asignado como a todos nosotros; por mis padres. }
Mis padres, que leyeron dos textos con dos personajes tan opuestos y complementarios y que tienen el mismo nombre, que decidieron que yo fuera así: Una Mariana. 
Y así es como mi nombre contiene las historias de dos Marianas que no conozco y nunca conoceré en persona, pero que tengo la fortuna de ser como ellas. Ahora, cada que leo mi nombre me acuerdo de ellas. Y cada que mis padres leen sobre ellas, se acuerdan de mi. Y somos eso, historias y recuerdos.

Un día descubrí que si todo lo que pronuncias tiene recuerdos, tiene entonces, una historia. Y si tiene una historia, puede leerse. Todo el tiempo estamos leyendo una cantidad gigante de cosas y no nos damos cuenta. Eso incluye las etiquetas del shampoo cuando estamos en el baño, o los estados de Facebook de nuestros amigos cuando estamos “haciendo tarea”. O los twitts que revisamos en clase de química o literatura. Pero no hablo de sólo esa lectura. Antes de ello, hay otro tipo de lectura más personal, más íntima y que por ser tan constante pasa desapercibida: Leemos el mundo. Y es que, piensa en cuando tienes frío: La forma en la que los vellos de tus  brazos se erizan, como castañean tus dientes, la sensación que tiene tu piel, y así es como te explico: Estás leyendo tu cuerpo.

¿Recuerdas el aroma de la cocina de tu mamá cuando acaba de hacer sopa? Al recordar, estás leyendo tu memoria, pero cuando reconoces el olor, estás leyendo con tu olfato… ¡El aire!

Ahora, pensemos en algo que nos enseñaron desde pequeños: Antes de cruzar la calle mira a los dos lados. Así es como tus padres te enseñan a leer la circulación vial.
El último ejercicio: Piensa en las veces que te intentaste servir agua en un vaso, pero viste el garrafón casi vacío. Así lees los envases. Entonces piensa todas las infinitas formas en que leemos absolutamente todo: Los olores, colores, climas, temperaturas, texturas, formas, sabores, sonidos, tipos de flores, estados de la materia… Todo. Y si para la mayoría de lecturas, vemos… todas las cosas vemos que pueden leerse. En los álbumes lees fotos, que tienen protagonistas, historias y secretos. En las revistas lees imágenes que tienen un diseño y un producto. En las series lees a los personajes y que todos tienen un conflicto a resolver. En las películas… ¿Qué no leemos en las películas?

¿Te ha pasado que alguna vez te identificas con algún personaje de una película? ¿O que uno de ellos representa muchas cosas que son sumamente importantes para ti? ¿Que alguno de ellos hace exactamente lo que tú harías en su lugar? ¿Que lloras? ¿Que ríes? ¿Que te hace sentir un nudito en la panza o en la garganta?

Y eso sucede porque estás leyendo la película. No solo la imagen, no solo la emoción y los efectos especiales: La película misma. Esta parte, cuando te ves dentro del papel, cuando eres un personaje dentro de la película de una manera involuntaria, te vuelves parte de la película. El cómo eso afecta después tu forma de leer, pensar o ver un suceso, una posición o un objeto en el mundo, es leer. Cómo cambian tus miedos, cuando desaparecen, cuando se refuerzan, en cada instante en que cambia una idea o perspectiva para dar paso a un nuevo pensamiento… Es leer. Y esa es otra forma, cuando identificas la realidad, de la fantasía, los efectos especiales, las escenas de miedo, de tensión, de tristeza o de infinita felicidad, también estás leyendo la película. Cuando al ver el rostro de un actor entiendes que está feliz o triste. Cuando sabes que está mintiendo. Cuando su tono de voz te hace sospechar y comienza la música instrumental…

Estás leyendo una película. Yo lo descubrí en el momento en que después de ver una película me quedaba con unas ganas inmensas de reír o llorar. Y al final, cuando te sientes incómodo, satisfecho o triste, feliz, angustiado y con ganas de más, o abrumado, aburrido, ensimismado, pensativo…  Estás, a partir de la película, leyéndote.

Y es que, todo se resume a eso: Conocerte y reconocerte a partir de la forma y la capacidad que tengas de leer el mundo.

 

Funny Girl y el día que nos enseñó a renunciar

Hola, tengo spoilers


Fanny Brice, una chica Neoyorquina de la zona más deprimida de la ciudad tiene una personalidad que no se deja opacar por nada, la aspiración de ser artista en uno los shows más cotizados: llega a ser una de las Ziegfeld Follies y al lograrlo conocerá al amor de su vida… pero ¿Eso es lo único que nos comunica ésta historia?
En realidad ese es apenas el inicio del camino real de Fanny ya que descubre también que Nick (el amor de su vida) no sólo es inconsistente, además es un jugador de apuestas muy hábil. O eso creímos todos. Poco a poco, mientras Fanny asciende en el trabajo, Nick va en un declive interminable, en algún punto Nick es encarcelado por malversación de fondos.
Fanny jura que lo esperará.
Que no parará hasta poder sacarlo de allí.

Y mientras goza de una felicidad inconmensurable propia, la fama, el dinero y la dicha de poder dedicarse a todas estas cosas que siempre ha soñado, también una tristeza inmanejable por Nick: Fanny se la vive en un sube y baja emocional constante. En el punto más alto de su carrera y después de varios años Nick sale de la cárcel y va a verla a una función. Fanny canta “Who are you now?”, le dice que lo ama, que siempre va a amarlo y enseguida le pide el divorcio y el telón de fondo nos deja con la incertidumbre en los ojos.
¿Qué pasó con Fanny después? No hay forma de saberlo.

 

¿En qué sentido Fanny nos enseña a renunciar?

¿Cuántas no hemos conocido la historia de una chica súper enamorada de alguien que es tóxico para ella? Y no sólo eso, sino, nos aferramos: nos aferramos al otro, con todo y todo en nombre del amor, incluso cuando eso nos lastima, nos duele y no nos ayuda a crecer. Incluso cuando descubrimos que la relación se volvió unidireccional y por lo tanto, no existe tal relación y es que, muchas veces he visto ese patrón: Amigas, tías, jefas, primas, hermanas que son exitosas, se dedican a lo que les apasiona, aman cada día cuando despiertan y todo es feliz y perfecto hasta que llegan a la parte de la pareja y te das cuenta que enfrentan sufrimiento tras sufrimiento gratuito. Y es que, casi entraremos al círculo vicioso que es descubrir la idea del amor tan romantizada que nos han dado: por eso Funny Girl es mi favorita, rompe con la idea de “el amor todo lo soporta”. Fanny, simplemente al ver a Nick entiende que su felicidad, aquella a la que se ha aferrado y para la que ha trabajado incansablemente, ha sido producto completamente de su trabajo y esfuerzo.

De otra clase de amor del que no estamos acostumbrados:
El amor propio.
Fanny tiene el valor de pararse frente a Nick y decir: Te amo, pero no soy feliz contigo, gracias por todo.

¿Fanny es un personaje que podría ser real?

Claro: Mucho del empoderamiento que nos debemos, tanto como sociedad y como individuo es la valía de nuestra felicidad, aprender a decir “no, gracias” y desapegarnos de las cosas que no están completamente en nuestras manos. Amarnos, y aprender a amarnos con los constantes cambios, reconocer nuevas formas y fuentes de amor, aprender a ser felices, a abrazarnos y entender que la única persona que puede darte un amor incondicional y eterno, somos nosotros.

Renuncia.
Renuncia a todo aquello que te hace mal y agradece que haya existido.

 

Bonita

Sus padres en realidad no querían tener hijos, hasta que descubrieron que acababan de concebir.

Cuando su madre estaba embarazada de dos meses la mordió un perro. Y no pasó nada.
Un mes después de la mordida se cayó de sentón de una escalera, limpiando una lámpara. Y no pasó nada.
Unas semanas después, subiendo a un elevador la empujaron cuando las puertas cerraban, apretando su vientre. Y no pasó nada.

Días antes de nacer, su mamá tuvo una crisis de ansiedad donde intentó abortar. Y no pasó nada.

Cuando nació, el doctor les dijo que tenía un soplo en el corazón, que el bebé no era como los demás ni siquiera en la enfermedad, debían operarle lo más pronto posible y de no ser así, no podría correr, brincar, jugar… o caminar sin ayuda de un respirador y un tanque de oxígeno en la espalda.
La esperanza de vida era de 4 años.
Y sus padres sólo pensaron que con un tanque en la espalda, no sería bonita.

La nombraron al año de haber nacido, porque tenían miedo de ponerle el nombre equivocado y determinarla. La operaron con una cirugía de corazón abierto a los dos años: No pasó nada.

Dos días en una cama casi vertical, acomodada como lo que sus papás vieron: “una mariposa disecada”
Dormida, sin voz, sin movimiento y pensaron: “Se ve bonita.”

Tres años
Sus padres trabajan todo el día para no verla. La dejan al cuidado de una niñera. Aprende a leer. No pasa nada.

Cuatro años
No puede relacionarse con otros niños. Habla sola. Sus padres empiezan a preguntarse si hicieron bien en operarla. Le miran la cicatriz y piensan en una cirugía estética, encuentran esa marca como un mal recordatorio de que no querían tener hijos.
Procuran no tocarla en esa certeza.
La niñera le regala libros y libretas.
Entretenida y detrás de la ventana se ve bonita.

Cinco años
Comienza a tener cambios de humor espontáneos. No entienden cómo de la felicidad pasa a la rabia o a la tristeza. “Sonriendo se ve más bonita”. Piensan que sólo quiere llamar la atención y en esos momentos procuran no mirarla ni de reojo.
La mudan a un cuarto más grande, con menos juguetes y más libros.
Y no pasa nada.

Seis años
Conoce a Sabines. Sabe poemas de memoria y pregunta sobre el amor. Sus papás entienden con tantas preguntas, que tal ya no se aman. Que probablemente nunca lo hicieron.
No la abrazan; siempre está fría. Mirarla comienza a ser una carga.

Siete años
Aumentan sus cambios de humor; ahora también es agresiva. No teme a decir lo que piensa, y tampoco teme a ninguna clase de autoridad. Su volubilidad se ve también en la fuerza de su voz. Sus padres no se acercan porque le temen.
De lejos, dormida, se ve bonita.

Ocho años
Gana un concurso de oratoria. Dudan de si un día podrá ser como las demás: serena, obediente, sociable. Hace todas sus cosas sola. Autosuficiente, les dijeron los psicólogos. Se sienten satisfechos, no depende de ellos.
La dejan mucho tiempo sola.
Y no pasa nada.

Doce años
Conoce a un chico. Tiempo después es su novio. Cuando terminan, él le dice a sus amigos: “Ella no es bonita. No es como las demás.” Ella llora. Llora todo el día. Hay más cambios de humor. Rompe una ventana y se hace una cicatriz en el puño por eso.
Se da cuenta de que no amigos.

Quince años
Nadie la mira. Cuando está sola, se alza la falda para marcarse un número más en los muslos. Llora. Ensucia toallas de tela que entibia intentando recuperarse y lee a Pizarnik, a Vestrini. La encuentran en el baño. Sus papás piensan: “Con tanta cicatriz, nunca va a ser bonita”
Conoce a una chica. Desconoce lo que siente.
Y así desea que no pase nada.

Veinte años
Un papel clínico. “Trastorno Afectivo Bipolar”. La golpean e intenta defenderse, le abre la pierna a un hombre en ese ataque de ira, en el momento en que se siente indefensa, al regañarla sus padres le gritan: “Enojandote no eres bonita”
La encierran. Cuenta los días en las páginas de La campana de cristal.
Toma todas sus pastillas.
Y no pasa nada.

Veintidós años
Conoce a una chica. Reconoce lo que siente y al mirarla piensa:“No soy tan bonita”.
Va a clases de literatura y escribe cuentos que le regala a la ciudad; los deja en asientos, ventanas, manos desconocidas, bolsas, mochilas, jardines. Sus padres miran su letra. Y no es bonita.
Intenta hablar con los demás, no puede.
Y no pasa nada.

Veinticinco años
No era como las demás: Nunca lo imaginó. Nunca quiso.
Acostada, desnuda, fría, en silencio: es bonita.
Y ya no pasa nada.

Carta 113

  • *Está sonando I will follow you into the dark, así que allí justificaré todo, si hay un poco de drama*

Estuve muchos días pensando en si te mandaría mensaje o no.
En si querrías hablar.
En si querrías saber de mi o nos costaría trabajo volver a tener contacto.

Así que pensé en algo que me relajara y me dirigí directamente a mi computadora, a hacer una playlist. Y comencé a hacer una con tu nombre para poder recordarte bien y bonito en todo el día. Me dio mucho gusto saber que aún recuerdo las que solían ser tus canciones favoritas, las mías y lo mucho que compartimos, las veces que caminamos sintiendo que eramos invencibles, lo mucho que criticabamos, que nuestra confianza y comunicación no tenían límites. Y es aquí donde descubrí que estoy curada: que te recuerdo y recuerdo todo lo que pasamos, con mucho cariño, abrazada mucho a toda la nostalgia bonita que me deja haber conocido a una persona como tú, pero más específico, a ti, durante el tiempo que pudimos compartir.

¿Qué pasó en medio? Ya no importa. No a mi. Me he concentrado en recordarte los últimos días como la maravillosa persona que eres, y me di cuenta completamente que todo lo que dije es cierto: que puedo vivir en el mundo sabiendo que respiras, que te estás moviendo y que harás cosas grandes, sepa o no sepa de ti. Que tu crecimiento y tu amor hacia el mundo y los que lo habitan es algo enteramente tuyo e independiente de mi y de todo lo que pude haberte hecho sentir en cualquier sentido.

Ahora, casi un año después de nuestra última conversación, me siento muy feliz y nerviosa por la incertidumbre que supone este espacio en blanco que tengo enfrente en mi vida relativo a ti: Sábete, no espero nada. No deseo nada más que el que seas feliz. Seguiré afirmando la importante persona y figura que eres en mi vida y que aunque espero mis 30 con ansias, lo único que realmente quiero es que estés tranquilo y satisfecho con tu vida. Que no te azotes con tus decisiones, que cambies, crezcas, te multipliques en mil para poder hacer todo lo que quieres hacer, que no te tomes la vida demasiado en serio, que no extrañes lo que fuiste y estés más preocupado en quién eres y quién quieres ser. Que alimentes a tu pedacito de titán todos los días. Todavía tengo tu playera y me causa mucha gracia saber que ya no quepo en ella en un sentido literal y metafórico. Hemos mudado de piel y en serio, deseo que todo esté de maravilla, que tu vida sea lo que habías estado esperando. Que en caso de que algo suceda sepas lo increíble que eres y lo mucho que has modificado la vida de todos los que has conocido. Sé que han pasado muchas cosas en tu vida de las que probablemente no me entere nunca. Que habrá cosas en tu mundo que no podré ver y que todo el entorno en que nos relacionamos es básicamente polar. Siempre he admirado tu fuerza y tu capacidad, pero siempre te diré lo mismo: Úsala sabiamente.

Sé que no lo necesitas, pero aquí estoy. No importa cuántas veces nos alejemos del otro, si me necesitas, estoy porque nada me quita poder estar cerca de alguien a quien he querido tanto. Estoy emocionada ¿sabes? pensar en que hoy para mi es un día especial por tu causa, me emociona mucho, me hace volver un poco a la sensación que tenía hace unos años, a la Mariana que fui, sin extrañarla, sino alegrándome de todo lo que decidí. Y deseo que de verdad, eso esté pasando contigo.

Este último año aprendí algo importante, y es que no importa qué pase, te voy a querer y a recordar con la misma ternura que al inicio. Te respeto, y respetaré si no quieres saber de mi, apreciaré que me lo digas (si quieres, tampoco hay manda u obligación). Sé que muchos años hemos intentado volver a nuestra amistad y nos lo hemos saboteado: no te pido ser mi amigo. Sé feliz. Sé tú. Sé quien quieres ser y haz lo que se te antoje. He admirado siempre la presteza con que resuelves tu vida de lo más cerebral y me colma hasta las lágrimas saber que por un momento pude notar como cambiabas eso y te dejabas sentir el viento entre la ropa.

Ya no me obsesiono con volver a verte, o con cómo sería un reencuentro: si sucede, se dará. No desearé que tu camino se acerque al mío, si no es lo que tiene que pasar. Simplemente dejo que tu recuerdo me inunde, vaya y venga. Otro año, me pasé todo un día orando porque estés bien, porque las cosas se te dificulten para hacerte mejor persona.
Because I knew you, I have been changed for good

Gracias, por todas las risas. Por los buenos momentos, las lluvias internas y externas, las mareas y los huracanes. Eres el mejor, Capitán (Obvio).
Eres un ser maravilloso. Alguien a quien agradezco haber tenido la fortuna de encontrarme en la vida, porque qué bonitos ojos tristes tenías cuando te conocí. Y qué bonito fue verlos brillar, aunque sea por un ratito. Gracias por existir. Por ser parte del mundo. Por haber sido parte de mi mundo. Justo ahora los recuerdos vienen a mi como si fueran peticiones al cielo, y no quiero darle cabida a ninguno, porque el conjunto, este conjunto que simboliza tu existencia me es más importante.

Sábete que tengo un recetario que armé hace un par de años y que hoy me voy a preparar un pastel pensando en lo feliz que quiero que seas. Que me visto de negro festejandote en la distancia. Y que el único deseo que pediré al apagar las velas en tu lugar, es que seas genuinamente feliz.
Siempre que puedas.

 

Gracias.
Gracias.
Gracias.

 

Y terminaré esta carta, con la canción que hace poco menos de un año me ayudó a empezar a descubrir todo esto.

Te quiero.
Mariana.

¿Pensar es no disfrutar?

Hace días leí en un grupo a algunas personas que opinaban que por teorizar o analizar algún tema estamos dejando de disfrutar todo lo que aquel tema nos otorga de manera práctica. Y me voló un poco los sesos pensarlo. Fue casi como si me dijeran que no puedes saborear mientras comes: como si usar la cabeza implicara la ruptura de una sensación.

¿Pero realmente es así?
La primera pregunta real que me surge es ¿En qué momento pensar y disfrutar son dos cosas que están “peleadas”? Porque hasta donde alcanzo a ver, en realidad son cosas que compaginan perfectamente: de: La clasificación del entorno es algo que hacemos todo el tiempo de una manera inconsciente, nuestro cerebro está educado para hacerlo de una forma automática. De hecho, en el momento en que reconoces la emoción/sensación o simplemente en el saber si algo te gusta o no, ya estás en automático usando la cabeza, y eso de una manera inmediata te lleva a la reflexión, con cosas simples o pequeñas “quiero hacerlo de nuevo” “ojalá -x- estuviera aquí” “Me hace falta…”

De alguna forma, para mi conlleva una clasde de irresponsabilidad intelectual el no pensar ni reflexionar lo que están haciendo y continuar por el simple hecho de “hacer” algo. Es como el típico (Y mal usado) “dejar fluir” donde atribuimos a cosas externas a nosotros un algo, para no responsabilizarnos de nada. Decir que el cosmos, que el cielo, que no estabamos pensando, para  no tener que hacer frente a la consecuencia de aquello a lo que nos enfrentamos.

¿No implica también una forma de desconocimiento de uno mismo? Es decir. Si sólo “disfrutas” y no piensas en ese disfrute ¿Cómo puedes hacer que algo suceda o no de nuevo? Lo pienso de una forma sencilla, muchas personas dicen que cuando tienes sexo no piensas, simplemente te dejas llevar. Yo creo que justo son esos momentos donde más piensas, para poder volver a disfrutar, con cosas tan simples como seguir haciendo una u otra cosa, o las posiciones en las que estás. Pero si simplemente sentimos, supongo que eso explica la facilidad de contagio de ETS, y embarazos no deseados. (Ojo aquí, evidentemente sólo estoy hablando de una práctica sexual consensuada)

 

Y es que es bien fácil, en este caso, no ponerse un condón y luego ser la víctima del “No pensé que me pasaría” Y ejemplos como éste, muchos.
Ahora, no mentiré no es fácil enfrentarse al tener que pensar: el pensar ocasionalmente duele, pero es gratis, y como decía mi jefe: “Lo gratis, nadie lo desperdicia”

Tal vez sea hora para todos de hacernos conscientes de que la comida tiene sabor, y entonces comer y saborear al mismo tiempo. Y de pensar en nuestra salud y ponernos un condón para tener sexo con alguien.  De pensar y hacer el mismo tiempo. Porque es el primer paso de ser responsables de nuestra vida y comenzar a vivirla en serio.

 

Una conversación

Mi depresión cambia de forma constantemente,
Un día es tan pequeña
como una luciérnaga en la palma de un oso,
al otro día es el oso.
En esos días me hago la muerta
hasta que el oso me deje sola.
A los días malos les llamo
“días oscuros”

Todos me dicen:
-Prueba prendiendo velas-
cuando veo una vela,
veo la carne de la iglesia,
el destello de una llama.

Las chispas de una memoria más joven
que el mediodía.
Estoy de pie junto a su ataúd abierto
y así aprendí que todas las personas que conozco
un día morirán.

Sin embargo no me asusta la oscuridad
y quizá eso sea parte del problema.
Así que me dicen:
“Pensé que el problema era
que no podías levantarte de la cama”

No. no puedo:
la ansiedad me mantiene como un rehén
dentro de mi casa, dentro de mi cabeza.

Así que preguntan: ¿De dónde salió la ansiedad?
La ansiedad es el primo que viene desde afuera
y que la depresión tuvo que invitar a la fiesta
¡Y la fiesta soy yo!
Solo que soy la fiesta a la que nadie quiere asistir.

Entonces me preguntan:
¿Por qué no intentas ir a fiestas reales
y ver a tus amigos?
Lo intento:
hago planes pero no quiero ir.
Hago planes porque sé que debería querer ir,
sé que algunas veces he querido ir.

No es tan divertido tratar de pasarlo bien
cuando no quieres pasarlo bien.

Verás: Cada noche el insomnio me atrapa
en sus brazos
y me sumerge en el pequeño brillo
de la estufa de la cocina.
El insomnio tiene esta manera tan romántica
de hacer que la luna luzca
como la mejor compañía.

Y me recomiendan:
¿Por qué no intentas contar ovejas?
Pero mentalmente solo puedo encontrar
razones para mantenerme despierta.
Así que camino
pero mis rodillas tartamudean
sonidos metálicos de cucharas sostenidas
por grandes y perdidos antebrazos.
Resuenan en mis oídos
como unas torpes campanadas de iglesia
que me recuerdan que estoy
caminando dormida en un océano de felicidad
donde no me puedo bautizar.

Me recuerdan: “la felicidad es una decisión”
pero mi felicidad es hueca
mi felicidad es una fiebre altísima
que está a punto de romperse.

Me gritan que soy buena exagerando
y simplemente me preguntan
si me da miedo la soledad o la muerte.
¡No, carajo! ¡Me da miedo seguir viviendo!
¡No me da miedo la soledad, estoy sola!

Creo que me lo enseñaron todas mis ausencias
un momento antes de irse:
Cómo convertir la rabia
en tristeza
y la tristeza en preocupaciones.

Así que cuando digo que he estado
muy ocupada últimamente,
me refiero a que he estado durmiendo en el sofá
viendo HBO
para no tener que confrontar
a un lado vacío en mi cama.
Pero mi depresión siempre me arrastra
de vuelta,
hasta que mis huesos de vuelven
fósiles olvidados
de una esquelética ciudad sumergida
y mi boca, un huesudo patio de dientes
que se rompieron para morderse a sí mismos.
Un auditorio hueco en mi pecho
que se desmaya por los ecos
de un simple latido de mi corazón.

Y yo simplemente soy
una descuidada turista aquí.

Nunca sabré realmente en qué lugares he estado
y aún nadie lo entiende.
¿Por qué no pueden ver
que tampoco yo puedo entenderlo?

Este texto es una traducción y adaptación de un show de Button Poetry.

¿Aprendemos a ser lectores?

-Este artículo fue escrito originalmente para el Blog de Librería del Ermitaño.

 

 

¿Alguna vez te han enviado de tarea ayudar a leer a alguien? O en su defecto ¿Te dejaron de tarea leer algo? (aunque sea una vez, aunque sea hace tiempo)

 

Y es que, pareciera que el mayor fomento a la lectura que se ha hecho en niveles generales es ayudarnos a memorizar letras, palabras, definiciones, o formar frases complicadas y repetir incansablemente dichos que a veces sólo creemos saber que entendemos. Y así avanzamos los primeros años; los más importantes, leyendo letra a letra, palabra a palabra intentando interpretar.

 

Hasta que llega el día en que el profe “X” nos deja leer: “El periquillo Sarniento” así, de la nada, sin decirnos más, con el único interés de terminar el temario. De cumplir con el horario y la norma, porque somos demasiados en un salón como para explicar, o siquiera intentar atraernos. Te obligan a leer 30 minutos diarios en casa, de hoy a un mes. Te piden que anotes en una hoja a cada personaje, su relevancia, un acontecimiento. Una opinión que nunca va más allá del: “Me gustó, es padre, ojalá leyéramos más libros así.” O alguna copia de un artículo Wikipedia al que le quitamos palabras, para aparentar.

Pero Wikipedia no nos hace sentir. Y si no lo sientes ¿Realmente lo leíste?

 

De esa misma forma se nos fue el hipotético “amor por la lectura” que intentaron infundirnos, alimentarnos: con reseñas buscadas en google, con casas sin libros, niños sin conocer librerías, maestros que solo querían llegar a casa, chicos castigados en las bibliotecas de las escuelas, papás que se saltan esa tan importante tarea, porque era una de las que no se notaba la ausencia.

 

O eso creíamos.

 

Y así es como vamos por la vida creyendo saber leer, pero ¿saber leer nos hace lectores?
Porque una pareciera eslabón de la otra. Suenan igual, y hablan de lo mismo. Pero más que aprender un idioma, o una forma de comunicación con el otro, la lectura en realidad (y hablo de una realidad particular en construcción) es aquello que nos hace comunicarnos con nosotros. Que nos hace enfrentarnos a un nosotros.

 

Pero nadie nos lo dice.

 

Sólo lo descubrimos en medida de nuestro acercamiento a algún mensaje: al que sea, aunque sea mínimo. Pero es ese puente entre el leer y ser lector, el que nunca podemos ver tangible, y que nos cuesta trabajo reconocer. Sin embargo, a pesar de todo esto, habemos muchos que comenzamos a leer por “no sé qué clase de brujería”: cosas tan sencillas como tener un libro en casa. O varios. Llevar a nuestros niños a las bibliotecas, a las librerías, escucharlos leer, explicarles qué significan las palabras en nuestro mundo, y preocuparnos más por lo que sienten cuando leen que por lo que queremos que entiendan.

 

Reivindicar al libro de ese limitado papel de “aprendizaje” y “diversión”, para acompañarlo a ser nuestro amigo, nuestro guardia. Aquel que nos acompaña día y noche, en el tráfico, en el metro, en los días de sol, el que nos cuenta de cosas maravillosas o secretos aterradores:

 

Aquel en el que podemos reconocernos.
Desconocernos.

 

Dejar de hacer del libro, y el texto un bien material. Y hacerlo un amigo incondicional.

Leyendo.

 

El des-hábito de leer.

Si he de confesar algo, es que mi familia no es precisamente una gran familia de lectores. De hecho recuerdo perfecto que cuando era pequeña, en casa solo teníamos las enciclopedias del embarazo, que mi mamá compró cuando precisamente, estaba embarazada de mi, y la enciclopedia Larousse. Y con el paso del tiempo y lo inquieta que (al parecer) he sido toda la vida, mi mamá encontró que soy muy visual y que los libros me llamaban la atención. Platicando con mi madre, descubrí que tal vez el amor por la lectura sea inherente a nuestra personalidad. A mi me daban libros para mantenerme tranquila por mucho tiempo, y era al parecer lo único con lo que lograban tener un control de mi en la mayoría de las situaciones.

Dicen que aprendí a leer antes de los 4 años.
Que a los 5 tenía una buena dicción y le leía cuentos a mi mamá, mientras ella me corregía para poder mejorar la forma en que mi voz se acercaba a los demás.

Y es peculiar: jamás vi a mi mamá o a mi papá sentarse en mi cama o en una silla, sillón -algo- a leer. No queda en mi memoria. Sin embargo sí recuerdo cómo mi mamá comenzó a comprar para mi, todo tipo de libros que encontraba. Aprendí a atarme los zapatos con un libro. Aprendí a tender mi cama con un libro. Aprendí a dibujar con un libro.

Y al mismo tiempo recuerdo perfecto los paseos a ferias del libro, donde quería todo, pero no podría llevarme nada.

“Solo venimos a ver” decía mamá. Y con eso me bastaba para quedarme con el pleno antojo de absolutamente todo lo que vendían. Que bastaba para maldecir el momento en que me había gastado todo mi domingo en abejitas y no ahorrando para al menos un libro.

Y es que, veo perfectamente entre mis pensamientos que mi abuela tenía unas historietas en su casa, que casi no me dejaba leer mi mamá, porque hablaban sobre una chica de pueblo que llegaba a la ciudad y vivía todas estas situaciones dramáticas. Que cuando iba a su casa, en lugar de salir al patio a jugar y correr, me quedaba en una silla, pegada al estéreo, leyendo esas historietas.

Con el paso del tiempo me di cuenta de algo importante:
aunque a veces no me guste aceptarlo, mis papás me conocen bien. Bastante bien. Y se han preocupado por fomentar en mi hábitos que consideraban benéficos y me llamaban la atención aunque ellos no los tuvieran.

Tal vez ese sea el punto.
Empezar a fomentar en nosotros y en los otros la actividad constante en las cosas que amamos, y no en las cosas que queremos que los demás amen. ¿Y si nos quitamos el hábito de querer hacer que lean, y fomentamos más el auto-descubrirnos para amar? Porque, tal vez nuestro error como educadores en casa es querer que nuestros niños hagan algo específico, les quitamos todo el amor para volverlo tedio.

¿Por qué no mejor, aprendemos a leer a las personas, antes de enseñarles a leer textos?
¿Y si nuestro problema es querer que amen lo que nosotros, sin preocuparnos por lo que ellos aman genuinamente?

No sé, se me ocurría.

 

No me llamo así.

Quiero llamarte.

Escribir tu nombre en mayúsculas
escondido entre los versos de algún libro.
Me he perdido llamándole a cada objeto
con el nombre mental que mis recuerdos te han impuesto.
Estar abrazada de tantas letras me hace sentir que te leo a cada instante.

 

Te menciono, te llamo y te abrigo 
desde un punto muy profundo
creado en el hueco de mis manos
donde deposito todos mis pensamientos.
Me mantengo atada al susurro
de tus ideas impresas en algún papel.
En los pensamientos más escondidos y frecuentes
de esta trampa que aún no tiene nombre.

Te sueño.
Te sigo.
Te pienso.
Te escribo.

Te dedicaba canciones antes de cantarlas; Onironauta.

Es difícil

¿Qué es el verdadero amor?

Creo, (y solo creo) que comienza cuando dos personas tienen el mismo pensamiento al mirarse, Aún sin sentirse, solo sabiendose vivos. ¿Eso es amor?

Podría decir que sí.
O que no.
La realidad es que no lo sé.

Tal vez es un laberito que aún no logro ver claramente. Es raro.

Era raro verlos.
Era raro verlos.
Era raro verlos.

Es raro tenernos.

Pude hablarle muchas veces de amor, de amar, de ser amado.  Y ahora no lo recuerdo. ¿Cuál era el punto de todo aquello? Ni siquiera explicarlo lo haría claro.

Mirarlo, eso era. Hacerlo mío y saber que al mismo tiempo no lo era. Era suyo y eso lo hacía mío para mi. Sin embargo aún estando con él y siendo yo mía no sé si él sintió que yo era de él. No sé si quería serlo por completo.

Era difícil verlo. ¿Era amor?

Sentir, también su aroma en cada uno de mis dedos, darme cuenta que se entregaba sin medidas, sin miedos o penas. Sin nada en las manos que me hiriera, excepto su energía, su tacto, su mirada y esa voz que queriendolo en un buen sentido, siempre me perturbaba. Y yo, yo nunca podía ser completamente yo.

Era difícil tocarlo. ¿Era amor?

Escucharlo, suspensamientos, sueños, necesidades que buscaban un momento en su vida, el oportuno, sin verlo y dejarlo pasar cuando lo vivía, por buscarlo, entender lo que quería cuando lo quería. Como quería. Me quería. Y me quería suya, para él. Desear sus sueños solo porque eran verdaderos difusos, irreales.
Desearlos para él, sin encontrarme dentro. No escucharme en sus decisiones aunque sí en sus planes.

Escucharlo era difícil ¿Era amor?

Desarmarlo, encontrar el modo y la razón para desnudarle todo, quitarle rencor, desatarlo, soltar sus cadenas, desarmar sus paredes, romper barreras, romeperlo, herirlo, lastimarlo, sangrarlo, conocer su constitución, reconocerlo vestido, agresivo, desnudo, descuidado, provocarlo cuando no tenía armas. Cuando tenía los puños gastados. Y sentirme miserable. Conocerlo.

Escucharlo era difícil. ¿Era amor?

No era amor hacer todo eso por él, intentarlo por él, ir en contra de mi por él. Eso era amor. Buscar su bien, estar con él, abrazarlo y saber que cada cosa mía repercutiría en él. Pensarle sin que lo supiera, que lo creyera y a veces, sin que lo necesitara. Era quererme para él aunque no pudiera y lo supiera desde siempre. Ni mi cuerpo, ni mi mente o mi alma. Entregarme sin perderme en él. Era eso.

Él. Yo.

¿Estaba enamorada de él o de mi idea de quien soy con él?
Estaba enamorada, Estuve enamorada.

Era difícil amarlo. ¿Es amor?

Es raro verlos juntos.

¿Por qué leemos?

Me di cuenta de mi issue con los libros: voy proyectando en mi vida lo que leo. Voy proyectando lo que vivo en mis lecturas.

He convertido a mis libros en mis gurús de la vida, de mi vida y al mismo tiempo a partir de eso manejo y todo mis decisiones.

También, al mismo tiempo, voy buscando partes de mi en cada libro, como si algo en el fondo de mi corazón fuera indicandome los caminos por los que hay que andar para poder salir adelante, para poder mirar el mismo atardecer con otros ojos.
Si es verdad que cada vez que recordamos algo, lo recordamos diferente, es un hecho entonces, que cada vez que vivimos algo, es una experiencia nueva, por repetitiva que sea.

Por lo tanto, cada vez que leemos algo, es algo diferente.

¿Será que cambiamos tan rápido como las palabras, a pesar de lo inamovibles que parecen?

 

No sé, tenía que decirlo.

 

Aurora boreal.

Hay cosas que solo pueden ser vividas para entenderlas: jamás transmitidas.

Por cosas del destino y azares que no entiendo, terminé una estación después de la parada donde regularmente bajo del transporte para llegar a casa. Y es allí donde puedo encontrar un espacio para caminar por donde no había andado antes, so pretexto de no necesitarlo.

Así que de pronto ante la oportunidad aparecieron muchas variaciones en mi día con las que no contaba.
El aire comenzó a volverse rosa, como pocas veces he visto. No sé cómo expresarlo. Era rosa, y las nubes entre naranja fluorescente que me removió recuerdos de hace algunos años. Otras nubes eran borgoña, y las últimas, eran rosa pastel, tan tenue y estridente que no sé si en realidad era un color.

 

Estuve allí, admirando la belleza que tenía ese instante, ese momento inamovible donde solo era yo y el cielo empezando a alejar el sol de mi percepción.

Me sentí como si hubiera gastado mucho tiempo en cosas tan poco importantes que me olvidé de mirar el cielo.
Me sentí triste por que solo durara dos minutos esa pequeña ilusión de un momento mío.
Me sentí feliz por poder estar allí.

Tuve en ese instante la imperiosa necesidad de amar el momento y compartirlo con el mundo.
Nunca he visto una aurora boreal, pero seguro se siente así.