Crisis

De las muchas cosas que tengo consciencia desde hace tiempo es que el trastorno que tengo es cíclico: de una u otra forma volveré a los estados que pude haber dejado atrás. Regresar a ellos es a veces paulatino y a veces un tren que me arrolla los huesos mientras duermo. En ocasiones inician con cosas sutiles, un tono de voz, un gesto, una mirada, un aroma, a veces como hoy, es un sueño, un presentimiento (que la mayoría de las veces es un síntoma de mi ansiedad) y miedo, llanto incontrolable y ganas desesperadas de moverme y al mismo tiempo de no hacer nada. Es como estar encerrada en una casa sin paredes.

Hoy me pasó así. Desperté teniendo uno de los sueños más terribles que he tenido. Fue tan intenso y tan vívido, me revela tantos miedos que he tenido muy a raya por mucho tiempo, he trabajado en ellos y los he modificado: yo misma me siento diferente respecto a ellos. Pero hoy sentí el mismo miedo que hace tres años. La misma incertidumbre, el mismo dolor. Se instalaron en mi cabeza como una daga en el corazón del dios al que este país tan raro le reza. Me siento desesperada. El único miedo que ronda por mi cabeza es que me voy a quedar sola. Sola. Vacía. Intento llorar para sacarlo pero no sale mi llanto, se atora como una capa borrosa en mis ojos que se mantiene al límite para reabsorberse, como si mis ojos tuvieran pena de estar una vez más aquí.

Mi mejor amigo estuvo quedándose varios días en mi casa. Me agradó su compañía. El saber que estaría aquí y que aunque no hagamos nada con el otro, para el otro o por el otro, estamos acompañados.
Sé que traigo una muerte simbólica arrastrando desde hace días.
Hoy todos se fueron. Mi vínculo salió, mi mejor amigo volvió a su casa y yo no pude salir de la mía. No pude. Hay una garra que toma mis pies y los siembra en un piso de cerámica barato que además se está cuarteando.

Y volvieron a mi, todos y cada uno de los pensamientos del inicio. Y estoy muy cansada.
Estoy cansada de volver a ser siempre esta que llora porque algo se modifica. De volver a sentir miedo y ni siquiera saber claramente de dónde sale.
Sé que todo está bien. Lo sé. Lo veo. Ayer mismo hablaba de esta tranquilidad de que no pasara nada. Que es tan extraña la paz que se siente. Que tengo todo el tiempo del mundo en mis manos, que nada me apremia ni me carcome. Y sin embargo de un momento a otro volví a sentir una soga en el cuello que se ciñe a no sé cuál árbol y aprieta sin una caída libre.

En la mañana volví a notar que el cabello se me está cayendo por mechones y me asusta y preocupa, pero al mismo tiempo no me importa. Caigo en la trampa de no darle atención a las cosas que me impactan. Pienso en hacer algunas cosas y cuando tengo que hacerlas mi energía me lo impide. Estoy frustrada. Estoy triste. Y al mismo tiempo sólo siento calma.

Creo que me bastan pocos días para acostumbrarme a la compañía. La disfruto, pero cuando se van, me confronto con algo que no siempre sé saludar de buenas formas y es ese espacio vacío aunque después me alegre estar allí. Me reviso y me doy cuenta de que estoy bien, que no pasa nada. Que las cosas son mejores de lo que solían ser. Que yo soy diferente. Que lo he logrado, que sigo adelante. Pero no puedo creerme en este momento. Porque me siento abandonada.

¿Sabes qué es lo cagado? Siento que no puedo decirle a nadie porque tampoco tengo las fuerzas para recibir la atención de nadie. Me mantengo al margen porque no quiero preguntas ni respuestas, no quiero hablar y tampoco estoy segura de querer la compañía. Hay algo en mi, muy muy dentro que me grita algo en un lenguaje que no entiendo. Y no puedo llorar. Ya no puedo. Siento como si todas las lágrimas se hubieran acabado la última vez que purgué todo en forma de llanto. E intento caminar. Y al mismo tiempo, en este vacío de energía, en esta soltura de la situación, decido no decirle a nadie para no preocuparlos, para no hacer más grande esto que sé que me durará hasta mañana, para no darle importancia a algo tan líquido.

Me entra mucha nostalgia de momentos antiguos que ahora parecen tan raros, donde sé que vivía una felicidad súper intensa y que después venía la bajada de la montaña rusa. Me da miedo

no sentir ya las cosas tan intensas: he estado tanto tiempo tan acostumbrada al caos, al desajuste y al frenesí de todas las emociones, que ahora sentirlas en una frecuencia mucho más baja me asusta. Me da mucha paz, descanso mejor, pero a veces siento que no me es suficiente. Y al recordar esos bajones tan profundos dudo de si querer que todo vuelva a ser como era. Pienso en las batallas, tanto en las ganadas como en las perdidas y siento tanto cansancio que dudo demasiado de si quiero seguir intentando avanzar, al mismo tiempo siento que llevo demasiado tiempo sin moverme.

Me acuerdo de la antigua yo y la extraño. La veo y al mismo tiempo no la quiero de vuelta. Me siento muy confundida e intranquila y al mismo tiempo por fuera mantengo en este momento la paz de un espejo de la que yo misma estoy asombrada.

Sé que hoy todo está bien. Pero también hoy, algo en mi cabeza no lo entiende.
Sé que todo estará bien mañana.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.