La vida es una ficción que quiere ser leída

La vida es una ficción que quiere ser leída

De polialbercas y otras perversiones

De polialbercas y otras perversiones

Hace un año empecé a interactuar con un grupo de Poliamor, explorando mis formas de vincularme con el otro y encontré una gran comunidad que me abrazó de una manera increíble. Me aceptó y descubrió sin ponerme peros ni discriminarme.

Esta comunidad es sumamente activa, y por lo menos cada mes se ven, además de actividades extra por “grupitos” que llegan a ser hasta dos por semana. Yo jamás había ido a uno de estos eventos, un tanto porque no tenía tiempo y otro tanto porque estaba muy recelosa intentando llevar algunos procesos que me resultaban conflictivos: Lo evitaba un poco, es la verdad. Así que pasé un año intermitente haciendo amistades con cada persona dentro del grupo. Muchos salieron, muchos entraron y otros permanecían. Día a día, platicando de cosas irrelevantes como el clima, o importantes, como la violencia, Poliamor, sexo, drogas, responsabilidad social…

Un día, antes de involucrarme más con el grupo, o de comprometerme de la forma en la que hoy lo hago, un chico dijo que quería organizar una salida a un complejo vacacional, y como me gusta organizar cosas, fui de metiche a ver en qué ayudaba, de tal suerte que terminé organizando. Esto al final fue una albercada con solo miembros del grupo de poliamor

Empecé a hacer las maletas: dos trajes de baño, dos vestidos, bloqueador, flipflops, botiquín, toalla…
El día llegó: A las 6 de la mañana sonó la alarma y salimos corriendo al metro para reunirnos con una de las chicas que nos acompañarían. Nos encontramos y fuimos a la central, esperamos el camión, abordamos y nos quedamos dormidos dos horas. Nos encontramos el primer problema al bajar en la central de destino: no teníamos idea de cómo movernos en el pueblo, y lo más fácil fue llamarle al dueño del lugar en que estaríamos, pero no contestaba, así que nos la arreglamos como pudimos.

Comenzó el primer día en otra casa: llegar, checar, desempacar. Me maravillé con la casa en la que estaríamos, los espacios que son comunes, las camas, el calor, el cielo, la alberca. Y luego llegaron nuestros dos primeros invitados. Los nervios que sentí de verlos y saludarlos. Saber que eran de mi edad, que estaban aquí con la misma intención que yo: conocer, descansar.

Así fuimos a comer, nos paseamos por el pueblito buscando desayunar y empezamos a descubrir quiénes somos y qué está pasando en nuestras vidas. Comenzó con el pie derecho todo. He de ser sincera: organizar me gusta porque me hace sentir que puedo tener cosas bajo control. Nos metimos a la alberca mientras los demás llegaban: casi 8 horas una alberca para 6 personas. Comimos pizza y esperabamos ansiosamente a que los demás se fueran incorporando.

Entonces nos dieron las 11 de la noche ¡Y ya estabamos todos! La experiencia de abrazarnos y sabernos reales fue maravillosa, cenar juntos y empezar a convivir, ser parte de una comunidad con todas sus letras. En momentos ya muy guajiros, pensabamos en una comuna, en compartir nuestra vida como algo diario. Y desistimos a media idea. Pasar la noche jugando, haciendo preguntas y conociéndonos, todo esto con la emoción de quien ve por primera vez a su crush. ¡En serio, esa era la vibra!

El segundo y tercer día nos sirvieron para afianzar la confianza entre nosotros, reconocernos como individuos poliamorosos. Además hablamos de celos, de miedos, incertidumbres, la foma en que lidiabamos con cosas conflictivas en nuestras parejas, la empatía, compersión, las facilidades y dificultades con las que nos encontamos en el camino, el sexo, el género, la desnudez, el machismo, el feminismo, la educación… y es allí donde yo descubrí de una forma más clara: somos una comunidad. Andamos éste camino y no estamos solos; de hecho saber que hay un otro allí a tu lado te ayuda un montón a sentirte parte de un algo más grande que tú.

Llegó el tercer día, y con eso la hora de volver.
Recogimos maletas, rompimos un vaso, limpiamos la casa, nos vinculamos con el otro, olvidamos cargadores, calcetines y playeras. Tomamos nuestras cosas; arribamos a coches y camiones. Y la parte más íntima para mi pasó en este momento: de regreso, 6 personas sentadas en 4 lugares empezamos a hablar de miedos tangibles, de experiencias recientes, del camino complejo que tuvimos que recorrer cuando empezamos este andar, de las sensaciones que los celos nos evocan en el momento, la forma en que impactó nuestra vida el ser poliamorosos y la manera en que vemos el mundo ahora, el trabajo que nos cuesta a veces dormir, los errores que cometimos, los que seguramente tendremos. Lloramos un poco, reímos en la misma cantidad, pero sobre todo, hicimos un espacio seguro donde los seis pudimos establecer un algo que puede compararse con un colchón de emergencia, una red de apoyo para malabaristas, y una amistad bonita.

Al bajar del camión ya en la ciudad, empezamos a planear ir juntos a antros, bares, cocinar alitas, establecer conexiones constantes donde podamos acudir cuando el mundo se venga abajo. Nos dimos cuenta de la cosa más importante, no estamos solos, no estamos en procesos aislados y podemos entendernos, compartirlo y seguir creciendo con más confianza para avanzar en este camino que hemos decidido tomar.
Hice nuevos amigos.

Mi conclusión:

Fue increíble. A pesar de que los conocía únicamente por texto e incluso a algunos ni de allí, nos aventuramos a ir a una casa en renta con 15 personas más de las que no conocíamos más que las letras. Mi sorpresa fue llegar y familiarizarnos con los cuerpos y caras de personas con quienes había compartido cosas tan íntimas y sensibles, que sentí que me desmoronaba cuando los abracé para saludarlos. Podía sentir el amor, la aceptación, empatía y sorpresa de cada uno al saber quiénes eramos y que algunos no nos parecíamos a la foto de perfil que tenemos (me gustaría fuera chiste pero es anécdota). Somos algo más grande que la unión de un todo, y es que, cuando juntas tanto amor en un solo lugar en ciertos días, el resultado, más allá de un fin de semana de descanso; es en realidad la experiencia de sentirse amado, comprendido y retado para poder ser alguien mejor.

Esta situación es lo que me trae ahora a comprometerme tanto con una comunidad a la que amo, sin darme cuenta que ya pertenecía a ella.

 

Y me siento plena.

 

  • Da click aquí  para conocer la comunidad
  • Da click aquí  para conocer el lugar donde estuvimos

 



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *