La vida es una ficción que quiere ser leída

La vida es una ficción que quiere ser leída

El des-hábito de leer.

El des-hábito de leer.

Si he de confesar algo, es que mi familia no es precisamente una gran familia de lectores. De hecho recuerdo perfecto que cuando era pequeña, en casa solo teníamos las enciclopedias del embarazo, que mi mamá compró cuando precisamente, estaba embarazada de mi, y la enciclopedia Larousse. Y con el paso del tiempo y lo inquieta que (al parecer) he sido toda la vida, mi mamá encontró que soy muy visual y que los libros me llamaban la atención. Platicando con mi madre, descubrí que tal vez el amor por la lectura sea inherente a nuestra personalidad. A mi me daban libros para mantenerme tranquila por mucho tiempo, y era al parecer lo único con lo que lograban tener un control de mi en la mayoría de las situaciones.

Dicen que aprendí a leer antes de los 4 años.
Que a los 5 tenía una buena dicción y le leía cuentos a mi mamá, mientras ella me corregía para poder mejorar la forma en que mi voz se acercaba a los demás.

Y es peculiar: jamás vi a mi mamá o a mi papá sentarse en mi cama o en una silla, sillón -algo- a leer. No queda en mi memoria. Sin embargo sí recuerdo cómo mi mamá comenzó a comprar para mi, todo tipo de libros que encontraba. Aprendí a atarme los zapatos con un libro. Aprendí a tender mi cama con un libro. Aprendí a dibujar con un libro.

Y al mismo tiempo recuerdo perfecto los paseos a ferias del libro, donde quería todo, pero no podría llevarme nada.

“Solo venimos a ver” decía mamá. Y con eso me bastaba para quedarme con el pleno antojo de absolutamente todo lo que vendían. Que bastaba para maldecir el momento en que me había gastado todo mi domingo en abejitas y no ahorrando para al menos un libro.

Y es que, veo perfectamente entre mis pensamientos que mi abuela tenía unas historietas en su casa, que casi no me dejaba leer mi mamá, porque hablaban sobre una chica de pueblo que llegaba a la ciudad y vivía todas estas situaciones dramáticas. Que cuando iba a su casa, en lugar de salir al patio a jugar y correr, me quedaba en una silla, pegada al estéreo, leyendo esas historietas.

Con el paso del tiempo me di cuenta de algo importante:
aunque a veces no me guste aceptarlo, mis papás me conocen bien. Bastante bien. Y se han preocupado por fomentar en mi hábitos que consideraban benéficos y me llamaban la atención aunque ellos no los tuvieran.

Tal vez ese sea el punto.
Empezar a fomentar en nosotros y en los otros la actividad constante en las cosas que amamos, y no en las cosas que queremos que los demás amen. ¿Y si nos quitamos el hábito de querer hacer que lean, y fomentamos más el auto-descubrirnos para amar? Porque, tal vez nuestro error como educadores en casa es querer que nuestros niños hagan algo específico, les quitamos todo el amor para volverlo tedio.

¿Por qué no mejor, aprendemos a leer a las personas, antes de enseñarles a leer textos?
¿Y si nuestro problema es querer que amen lo que nosotros, sin preocuparnos por lo que ellos aman genuinamente?

No sé, se me ocurría.

 



2 thoughts on “El des-hábito de leer.”

    • Exacto. De pronto perdemos la noción de nosotros y eso nos dificulta compartir.
      Ojalá poco a poco podamos hacer más por nosotros y que eso impacte en el mundo.

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