Encierros

Hay épocas de mi vida en las que siento que no me es necesario salir.

Así, simple. Sólo no lo necesito y  no sólo me refiero a salir de mi casa, me ha pasado incluso que he tenido épocas en las que no salgo de mi habitación más que para lo mínimamente necesario. Por ejemplo, cuando vivía sola/en casa de mi papá, sólo salía a la escuela y regresaba a casa, me encerraba en mi cuarto, compraba comida que no tuviera que refrigerarse, cosas en latas o en paquetes especiales, agua embotellada y como había baño dentro de mi habitación, no volvía a salir. Los fines de semana que veía a mi novio, hubo una temporada en la que sólo estábamos en mi casa. En vacaciones, también tuve épocas en que el único día que salía, era los domingos a la fonda de enfrente por una pancita de un litro, una coca-cola y palomitas. Me pasaba los días viendo películas, series, pintando y durmiendo. En ese orden. Con toda la calma del mundo, sin remordimientos ni mayor deseo que estar acostadita, o cosiendo libretas. Se siente casi como paz.

También me ha pasado ya viviendo con los roomies o con mi pareja, a pesar de tener un trabajo estable (escribir, escribir y escribir) que no requiere salir de la casa, ocasionalmente busco trabajos complementarios para distraerme y sentir un respiro del aire estancado dentro, pero hay otros momentos en los que el simple hecho de abrir las ventanas y acercarme a la puerta me pone muy nerviosa. Días en los que prefiero aguantarme un antojo antes que salir a la tienda, incluso cuando la tienda está literalmente frente a mi casa. Vamos, hasta tengo terapeuta que me atiende en temporadas por skype para no tener que moverme. No puedo. No soy capaz de moverme un solo centímetro más allá de los metros cuadrados que tiene mi departamento. Es como si fuera un fantasma al que le cerraron las puertas y ventanas con cáscara de huevo.

 

Hace unos días cambié de trabajo y por una u otra cosa, no me he dado tiempo de volver al gimnasio, el día se me hace pequeño y no me alcanza para nada y poco a poco me he ido encerrando de nuevo. Sin darme cuenta, se me fue apagando la necesidad de salir. En ocasiones me obligo y digo “ok, hoy salimos a la tienda” “Hoy fuimos al parque” “hoy fuimos al mercado” y hay días como hoy en que por más planes que haya y por más comprometida que me sienta, no tengo la capacidad de salir de mi trinchera. Algo me jala al centro de una casa que conozco perfectamente y me clava a las sillas del comedor. Algo ata mis pies al último cuadro de piso de la casa y por más que intento arrancarme cada cuerda, salen más y más y más de todos lados, no puedo pararlas.

Cuando quiero de verdad obligarme a salir, pienso en “ya hiciste planes” pero siento de inmediato el dolor en la boca del estómago, cómo mi espalda y mi cuello se ponen rígidos. Y vienen a mi en cascada todos esos pensamientos desagradables de las miles de cosas que me han sucedido saliendo de casa. Desde la vez que me tocaron el culo en la calle, cuando un man me venía siguiendo y yo iba tan iracunda que lo paré y lo confronté, la vez que tuve una disociación y una crisis de pánico porque un wey me eyaculó en el pantalón y después intentó arrebatarme la bolsa de las manos. Todas las veces que estar en el metro me ha ahogado de calor y de apretones de personas. El día que un cabrón de un audi rojo me centró en la calle, estando él a cuatro cuadras y cuando estaba cerca de mi casi para atropellarme, lo único que hizo fue dar un volantazo y sacar la mano para empujarme. Y pienso en que es un buen día… para que me pase algo. Me lleno de un miedo que me asfixia.

Y lloro, lloro hasta que siento que no puedo más, intento enfrentarme al miedo pero a veces me gana. Es más grande que yo y no importa cuánto lo intente, sigue allí. A veces incluso vomito de lo intenso que es lo que siento antes de pensar en salir. En ocasiones me mareo y siento que me voy a desmayar. Después de que me convenzo que estoy bien, me baño con agua fría para nivelarme o regresar a mi, y me siento en la orilla de mi cama a acariciar a mi perro, me siento terriblemente cansada. Me pesan los hombros y la espalda, mi cabeza punza y duele como si llevara días llorando sin parar y sin hidratarme. No puedo estirar del todo las piernas ni las manos. Cuando me doy cuenta, son de nuevo las 9 de la noche y no hice nada más que sentirme mal y pensar en que no me quiero morir atropellada o que me secuestren. Que está bien que me quede en casa, si no tengo nada a qué salir. Tal vez y con mucha suerte, comer. Probablemente hablar con mi terapeuta y tomar mi medicación. Desear que mañana todo esté mejor.

A veces salir es todo un reto.
Y no siempre tengo la fuerza para enfrentarme al mundo.
¿Y sabes qué? Está bien. Por unos días que no salga de casa y me quede sentada escribiendo, no pasa nada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.