La vida es una ficción que quiere ser leída

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Estrías

Estrías

Mucho tiempo me creí aquella idea de que las estrías sólo eran para las muejeres que habían sido mamás, o para quienes tuvieron músculos marcados en algún tiempo. Pero también que aquellos que tenían estrías y no pertenecían a ninguna de las dos categorías anteriores eran simplemente feas y desagradables. Así cuando las descubrí en mi cuerpo me sentí terrible: como si hubiera vivido mucho tiempo engañada. También me sentí fea. Hay que decirlo.

 

Durante mucho tiempo me obsesioné con mi piel y por lo tanto con mi peso y mi talla,

hasta llegar a un momento insano de mi obsesión. Por muchas razones, con mucha ayuda y cambios pude cambiar eso. Y entonces iba algo más difícil: Amar mi cuerpo.

 

Hay algo que la gente no entiende todavía y es que amar tu cuerpo es diferente a aceptarlo. Cuando sólo aceptas tu cuerpo existe una especie de resignación del “pues es asi” y poco a poco te acostumbras a vestir la piel que vistes, y amarla implica un trabajo y una perseverancia mucho más intensa. Amar tu cuerpo, sus formas y marcas es muy difícil sobre todo cuando siempre te están diciendo cómo se supone -debería- ser.

Hay días en que no lo logro, que por más que intento asir la piel que tengo, más bien se me marca mucho más y me causa una especie de dolor discreto.

Sin embargo, los días que sí lo puedo hacer, los días que amo las curvas y cicatrices de mi cuerpo, entonces me descubro de una especie de belleza no normalizada todavía. Y veo mi armario y me doy cuenta de lo torpe que he sido por privarme de usar los crop tops que tanto me gustan, las blusas cortas que compré y usé una vez solamente porque me daban miedo las miradas, lo superficial que me sentí por querer usar algo y sentir que el otro (que es un otro inasible pero existente) nunca iba a permitirmelo.

Y entonces, en esos días, me importa un clavo: Abrazo cada costra, cicatriz, marca, mancha, lunar como una historia dentro de mi cuerpo. En especial, las estrías. Las he convertido en un recordatorio de cada con mis amigos, de todas esas veces que me he sentado a comer con ellos hasta sentir que reviendo entre risas, llantos, dudas, gritos, a veces desacuerdos y discusiones. Los helados saliendo de la última clase de la universidad, las clases de ballet y las tardes en bicicleta, las salidas al cine con palomitas gigantes y hot dogs: los resignifiqué como el acto de amor que para mi implica el compartir un alimento y allí aprendí esto que de vez en cuando se me olvida:

No era la ropa o una talla lo que estaba haciendo que la pasara bien. Era yo.

 

Así que hoy me quedo con eso.
Puedo amar, y amarme.

Y la elasticidad de la piel no me va a impedir seguir disfrutando esos momentos.



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