La infidelidad como sistema afectivo.

Pensemos la infidelidad desde otros parámetros:

Si los modelos relacionales y diversidades afectivas se estructuran desde paisajes o pisos que nos permiten ver cómo se construyen, entonces hay uno de esas diversidades que se nos está escapando de las manos que es la infidelidad.

Por ejemplo: el piso-paisaje del Poliamor es la estructuración de varias relaciones simultáneas de manera honesta.

La Soltería Radical tiene como piso-paisaje el ponerme el centro y compartirme de las maneras que me sean posibles sin que eso haga de mi compartimiento una relación en ninguna de las categorías.

Entonces la Infidelidad es en sí mismo un sistema estructurado con el piso-paisaje de acuerdos rotos, poca claridad y transparencia así como ventajas psicoemocionales, sistémicas, de género, afectivas, económicas y políticas sobre la persona que está siendo engañada.

¿Por qué no es solo una práctica?

Reducir la infidelidad a prácticas de ruptura de acuerdos permite entonces que muchos de los dispositivos de opresión y posibilidades de emancipación sean coartados o definitivamente anulados (1). Y tal vez tiene que ver con el ideal y deber ser que estructuramos dentro de las relaciones afectivas: la “blancura y honestidad” que tiene desde sí el discurso del amor y del amor por el otro, donde por amor no lastimas a la gente cuando la amas (y que tampoco sé qué tan cierto sea esto)

Reducirlo a una práctica entonces hace que el sujeto que es infiel tenga una conciencia y voluntad completa, así como capacidades o posibilidades de elegir otras formas, señala al sujeto dentro de una dicotomía moralista y unidireccional. “Si es infiel es malo, es mal amante” ¿Y sí? ¿Incluso dentro de las diversidades afectivas podemos mantener espacios tan dicotómicos?

Decir que es una práctica, lo hace el apellido de cualquier modelo relacional: una forma inherente a nuestro funcionamiento.

¿Por qué no es solo un dispositivo de opresión?

(1) Lo podemos ver desde una estructura de género, donde las mujeres al estar ceñidas a discursos afectivos y ser educadas en discursos de las afectividades (“porque te quiero hago __” “Porque quieres, cuidas” por poner algunos ejemplos) la infidelidad conducida por el otro propone espacios hostiles donde las mujeres no pudieron cumplir su rol de cuidadoras, acompañantes sexuales o emocionales e incluso con el rol preestablecido de las mujeres. Procura entonces una explotación a las interacciones de las mujeres para poder ser validadas por ser “las únicas.
Piensa en todas las veces que hemos escuchado el dicho “El infiel tuvo que buscar afuera lo que no obtuvo en su casa”: Este discurso reproduce nuestro pensamiento unilateral y del amor romántico, donde porque te amo tengo que llenar tus vacíos y necesidades, como si fuésemos maquinitas de re-fill y el amor nuestro único conducto e instrumento para poder experimentar la complitud (si es que esta también existe) y la pertenencia; ese lugar donde somos responsables de las acciones del otro, casi como un maternaje eterno.

Permite que el infiel siga teniendo dinámicas lastimeras mientras somete al otro a un espacio de violencia psicológica de la que puede obtener servicios y bienes técnicamente gratuitos por una deuda afectiva: por “no ser suficiente”

¿Por qué no solo es un medio de emancipación?

Aquí, pienso y reconozco todas las historias de mujeres que he conocido y acompañado que gracias a las estructuras de infidelidad han tenido espacios afectivos de acompañamiento y reconocimiento, soporte, apoyo y redes emocionales que les permitieron descubrir que sus relaciones eran violentas, insatisfactorias y/o injustas. Su herramienta para poder salir de esos espacios es precisamente la articulación de la infidelidad como recordatorio de que su cuerpo, sus relaciones y afectividades se ciñen a ellas mismas y no a los otros.

Donde descubren que sus afectividades no son unidireccionales, con lo que pueden recuperar las potencias que sus emociones tienen y por lo tanto se permiten sentir, soltar, romper, recrear relaciones a su medida, reconociéndose como el centro de sus espacios.

En estos dos últimos puntos está toda la apuesta política: El reconocimiento de opresiones y la forma o herramientas que tenemos (o no) para desmontarlos.
Eso nos plantea una nueva pregunta ¿Quiénes tienen las opciones y oportunidades de encontrar herramientas de desmonte del cuerpo como posesión?

¿Por qué no es solo la consecuencia de la monogamia?

Si solo fuera una consecuencia monógama, no se replicaría en otros espacios como la fe, el estado o en las diversidades afectivas.

Se manifestaría únicamente desde relaciones monógamas y eso no sucede. Posicionándolo como consecuencia, entonces tenemos entonces apellidos para cada persona en el sistema como Monógamo fiel o infiel, poliamoroso fiel o infiel. Haciendo de las prácticas amorosas espacios con categorías de amantes de primera y segunda establecidas únicamente en el si complace o no parámetros que a veces ni siquiera establecimos explícita, voluntaria y conscientemente.

¿Por qué no son solo falta de herramientas o de ética?

Determinar, que la forma en la que actuamos frente al mundo es siempre nuestra falta de herramientas es un determinismo emocional que se estructura más para justificar que para entender y reapropiarnos de los sistemas. La infidelidad puede ser dolosa o no. Puede ser consciente o no. Consensuada con una de las partes o no. Emancipadora o no. La falta de herramientas es una de las variantes pero no la única. Pensando en esto, me pregunto entonces en todos nuestros aspectos de la vida ¿hemos sido siempre fieles a todos los principios que desde la familia, el estado, la religión, los lazos no sanguíneos y voluntarios piden?

¿No es también asumir que ciertas afectividades pueden realizarse únicamente desde la ética?

¿Las diversidades relacionales no son éticas?

No en sí mismas. Ninguna de las formas de relacionarnos con otro ser vivo, sujeto, objeto o lugar es ético en sí mismo. ¿Por qué? La ética es la práctica y observación de los ejes morales en turno. A su vez, cuando hablamos de afectividades que se ejercen y construyen desde las singularidades y del brazo de comunidades, tenemos que observar que ese ejercicio ético varía dependiendo de las heridas, necesidades, ecosistemas y líneas de pensamiento de cada persona.

Las cosas no son éticas al existir. Las cosas, modelos, sistemas y espacios existen. Y nosotros les habitamos de una forma ética o no.

¿La fidelidad es un sistema de control?

Aquí es donde creo que volveré a ser la más funada de tuiter por unos días.

La fidelidad tiene un carácter inflexible y punitivista: Está estructurado desde la finalidad de tener “las cosas lo más estable posibles” y eso obliga a los participantes a ceñirse al deber ser de una práctica, espacio o relación. Al no cumplirse la fidelidad de ciertos principios existe un castigo que puede ser configurado desde la pérdida de privilegios hasta espacios de accionamiento corporal, emocional o físico.

Pensemos en la iglesia católica y su castigo a ser infiel a dios. Dentro de ese espacio existen tres vías: 1) Cometer la infidelidad y arrepentirte toda la vida de ello.
2) Cometer infidelidad y ser excomulgado
3) Cometer la infidelidad y mantenerse en la clandestinidad

Sobre las relaciones afectivas tiene un dispositivo bastante similar. O te arrepientes, o la relación se termina, o sigues con dinámicas de infidelidad hasta que haya (o no) un descubrimiento de la misma.

En las afectividades ese punitivismo se refleja en la dicotomización (tanto social como en la singularidad de la relación) de la persona que es infiel: Es el malo, el doliente, el doloso.
Pero ¿Las personas sí somos así de unilaterales y dicotómicas? ¿Sí es necesario que al ser infiel seamos entonces indeseables o malos?

¿Cómo se supone que la fidelidad nos pueda proveer espacios tangibles de salvedad emocional, psicológica o afectiva? ¿O cómo la fidelidad hace de nosotros seres confiables?

Bueno, total que…
Como cualquier sistema, es una serie de prácticas acotables a todos los funcionamientos que tengan a 1 o más personas. La infidelidad es un ente en sí mismo. No es el apellido de ningún sistema, no es una cosa unidireccional: es un ser complejo que requiere análisis más que una mediana explicación de la circunstancia. Es también una forma de accionar y de elaborar afectividades.

Que nos guste (o no) será otro tema.

Tal vez es momento de que seamos conscientes de esto: mientras haya acuerdos, habrá infidelidad.

Qué emoción que hayas llegado hasta acá.
Todo lo redactado aquí salió de mi frente, así que te agradeceré inmensamente que al usar una parcialidad o totalidad del texto, me cites.

¡Gracias por permitir que las voces de las mujeres sean escuchadas!

Con amor, Mariana.

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