La piel

De los cuestionamientos que nunca me había hecho fueron mis preferencias sexuales. “Siempre supe” que me gustaban los hombres. Soñaba con ellos, fantaseaba con sus cuerpos, figuras, contornos y proporciones (Qué puerca, sí y qué) // Conforme crecí, también fantaseaba con tenerlos sobre mi cuerpo, debajo, dentro. No mucho después los experimenté. Mucho tiempo ensucié baños, sábanas, closets, rincones. Muchas veces me trataron mal. De tres, dos me maltrataron de alguna forma. A veces no quería y aún así lo intentaba. Por no perder la costumbre, porque en el fondo quería validar el amor que sentían por mi a partir del roce de mi piel. Ya sabes, como en todas las películas románticas que vimos todos alguna vez.

Después de muchos, muchos años, empecé a coquetear con la idea de guiñarle un ojo a una mujer. De respirar cerquita de su oreja y ver cómo se erizaba su piel igual que la mía. A dejarme desear y conocerme a partir de otra mujer. A tomar su mano y entonces ver el mundo desde la compañía de alguien con la misma corporalidad y experiencia. A veces me daba “curiosidad” ver cómo se acostaban las mujeres entre ellas y me daba permiso de “educarme” viendo videos porno de tijeras y gemidos que aunque me calentaban, nunca terminaban de convencerme.
No he contado esta parte de la historia porque en realidad también es la primera vez que me la cuento: En este momento me reconozco mirando los hombros estrechos y puntiagudos de una mujer de cabello largo, espeso, negro y rizado: justo el tipo de cabello que siempre soñé en mi, mientras intento dar indicaciones de una actividad en el trabajo. Me reconozco además, pensando en pasar mis dedos despacio por una cintura que desconozco y que sólo puedo imaginar a ratos, en pedazos, sin expectativas. Me esmero sobre todo en sacar el pensamiento de mi cabeza porque, bueno vamos, jamás me había gustado antes una mujer así que ¿Qué clase de locura estoy pensando?
Y me encuentro entonces con esa mujer que me desvaría y me hace cuestionarme dos cosas simultáneamente 1) si es verdad que no creo en el amor libre o si en realidad sólo me duele la forma en la que lo estoy descubriendo 2) Si es verdad que las mujeres no me gustan. Y empiezo una lucha conmigo y con todo aquello que me enseñaron. Afortunadamente, un grupo de otras mujeres con esas experiencias me salva, me arropan y me enseñan. Me aceptan sin preguntar, me orientan y me hacen preguntas, me regalan respuestas.
Acepto así la idea del amor simultáneo, con la intención de darme una oportunidad de amar a alguien en mis mismas condiciones, capacidades y opresiones. Me permito involucrarme con ella, enredarme en ella y entonces hacerla parte de mi vida, de a poquito para no lastimarnos, descubriéndonos, deshaciéndonos y reinventando todo lo que ya creía conocer. Con un lapso en medio, me veo deseando sus manos en mi piel y sus labios en mi clavícula. Descubro también que hay formas menos convencionales en las que siento placer. Encuentro que el sexo no necesita tener penetración y la vida me hace ruido en muchísimos sentidos, me descubro vacía de experiencias pero al mismo tiempo valido cada uno de mis encuentros, entonces nada cuadra: Empiezo a cuestionarme, ahora sí, todo el pensamiento hetero respecto al sexo. ¿De verdad sólo me gustan los hombres? ¿De verdad todas las relaciones sexuales necesitan un pene? ¿sólo siento placer desde las manos de alguien que no siempre me sabe encontrar? ¿El foreplay existe?
Empiezo a desdoblarme. A encontrar cada esquina de estos límites que alguien de alguna forma me enseñó en su momento como la palabra sagrada de un dios que no (re)conoce ni legitima un

orgasmo que no sea el propio. Y me dejo llevar a las manos de una mujer de cabello negro, largo, rizado y espeso. Miro los límites de mi placer expandirse como esponja. Encuentro verdades inamovibles en ese encuentro: La amo. Me ama. Nos respetamos. Nos cuidamos. Nos entendemos. Nos descubrimos. Nos encontramos. Encontramos que la piel se vuelve ese lienzo en el que todo pasa y nada se queda visiblemente impregnado, aunque la experiencia táctil se reviva en el recuerdo. Los límites de mi piel quedan desdibujados a partir de unas nuevas manos que me tocan y me descubren a un ritmo diferente. Acepto y entiendo que mi placer tiene muchas diferencias, experiencias y vivencias.
Me arraigo a las manos de un hombre noble que han sabido tocarme con respeto, dignidad y amor. Me arraigo a las manos de una mujer que han sabido tocarme con paciencia, tranquilidad y deseo.
Descubro entonces que mi piel no está determinada por todos esos miedos que alguien me enseñó cuando era niña. Que tocarme jamás estuvo mal. Que desear cuerpos de hombres es algo que me gusta, que deseo y encuentro parte de mi hábito. Que desear cuerpos de mujeres también es parte de mi.
Y me quedo, aquí, viendo cómo mi deseo se mueve de un lado a otro, sin que ninguna de las llamas se extingan o se aminoren. Me veo con las manos desafiantes por una cercanía. Me encuentro agradecida de tener la oportunidad y la experiencia. Confío en mi intuición.

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