Purgas

Cuando escucho a una persona hacer ese ruido de arcadas antes de vomitar me dan náuseas, me vuelvo un espejo de su malestar y en algunas ocasiones vomito sólo de escuchar a otra perona. Mucho tiempo, amigos y familia han hecho bromas de eso y cuando querían que no me enterara de algo o sólo querían alejarme hacían ese ruido. Siempre me ha molestado esa provocación directa a mi estómago, sin embargo amo mi reflejo nauseoso, y jamás pude explicarlo tan claramente como hoy.

No es nuevo que todos mis sentimientos, emociones y enojos las llevo a mi estómago. Siempre, si siento miedo, el vacío en el estómago. Si siento rabia, el nudo que asciende desde mi estómago a la garganta, si es preocupación, siento cómo se comprime y se pega a mi columna. Si me siento feliz, se distiende. Todo va a mi estómago siempre. Así que para mi no es nuevo que al estresarme o estar sumamente triste, me den náuseas. Y si le agregas mis episodios de ansiedad ¡tin tin tin tin! combinación ganadora.

Hay algo en vomitar que descubrí cuando era niña, que fue lo que me llevó a conocer a Mía: vomitar me purga. Empecé hace muchos años a provocarme las arcadas cuando mi tristeza o desesperación era tanta que no podía sacarla, mis jugos gástricos se vuelven un huracán que busca desesperadamente cómo salir y un nudo en la garganta que no sólo no me deja hablar, tampoco me deja respirar, gritar o tragar agua. Así que metía un dedo en la garganta, tocaba mi úvula y salía todo. Mis miedos, mis complejos y preocupaciones, mis nervios, enojos, pensamientos bifurcados y también todos las ideas intrusivas respecto a mi o a los otros. Te asfixia a veces, y te recuerda lo bueno que es respirar lentamente y sin tener que preocuparte mas que por estar viva.

Y hay una correlación bien bien extraña en todo esto que he descubierto con terapia y práctica: También tengo un vómito verbal. Tuve que aprender a vomitar mi comida sino quería escupir palabras que no son reales aunque se sientan verdaderas, y cuando no puedo sacar ese vómito (ya de los lugares seguros hablaremos después) entonces una masa amorfa se crea en el estómago que empuja a mis impulsos para hacerme vomitar. Así que entonces procuro sacarlo de la mejor forma que puedo, aclarándome que no siempre es real, que a veces lo pienso pero eso no hace que estén pasando las cosas, que mi cabeza y mis sensaciones me engañan y necesito aprender a verlo sin el filtro rojo con el que miro el mundo cuando me siento atacada o expuesta en contra de mi voluntad. La autolesión en mi, tenía la misma lógica: es dolor y incertidumbre y miedo que no sé cómo sacar y entonces el dolor físico merma el dolor emocional que además de intangible, parece eterno en días.

 

Ya no siempre lo hago. La terapia me ha ayudado muchísimo a poder decir las cosas que siento: ponerles un nombre me ayuda a sacarlas caminando de mi cabeza y no arrastrándose por mi estómago o lamiéndome nuevas heridas. La primera vez que fui por esto a terapia, mucha de mi gente que conocía y me quería en sus medidas y capacidades intentaban mermar mis impulsos diciendo “Pero si eres bonita ¿porqué quieres ser más flaca?” cuando nunca se trató de estética, sino de malestar y dolor.

Ahora escribo (aquí, en su mayoría), pinto o leo. Ahora me siento frente a mi terapeuta y entonces me vacío. Pero a veces aún pasa, cuando no identifico qué estoy sintiendo ni cómo es que me duele o me afecta, cuando no puedo pararlo, cuando no tengo las fuerzas o energías para enfrentarme al mundo. Todos los días lucho con estos hábitos. A veces gano.

A veces pierdo. Y también está bien.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.