Salir del clóset

Hace tiempo fui a ver a mi madre y platicamos sobre cosas que nunca le había preguntado. Entre la conversación dijo algo respecto a otras personas que me hizo sentir muy tranquila. Pero vamos a contar esta historia despacio:

Cuando le conté a mi mamá sobre la no monogamia, lo primero que me dijo fue: No estoy de acuerdo, a mi me parece que si su relación ya no funciona entonces deberían terminar. Pero no sé qué decirte, si a ti te funciona está bien, yo debería estar acostumbrada a que siempre rompas mis esquemas y hagas las cosas diferentes.

También le dije que me gustan las mujeres, le pregunté si en algún momento lo había sospechado (con eso de que las mamás lo saben todo, pues igual y ella ya sabía y como siempre la que intentaba verse la cara de tonta era yo solita) Y entonces ella me dijo que nunca se habría dado cuenta porque siempre me gustó vestir de ciertas formas y hacer ciertas cosas y que jamás se imaginó que fuera diferente.

Me quedé callada.

Con el tiempo, la no monogamia es algo que casi no tocamos. Yo le cuento de mis dos vínculos, como para las dos irnos acostumbrando a que el tema existe y a que los dos vínculos son importantes para mi en sus variantes, momentos y significados. Ella regularmente no dice mucho, sólo sonríe amablemente o se queda callada.
La última vez que fui a comer a su casa, hablábamos de algunos de sus amigos y la relación de pareja que tienen: es mucho nuestro tema de conversación porque a mi no me caen bien pero son los mejores amigos de mi madre, así que siempre están en la mesa, lo sorprendente con el tiempo es que ambas tenemos percepciones muy similares a la de la otra respecto a ellos y justo nuestras experiencias nos hacían quedarnos o no. Evidentemente yo decidí no quedarme. El punto es que la hacer observaciones sobre su relación y lo que aprendíamos de ellos y cómo lo aplicamos para nosotras, ella me dijo algo que me hizo sentir mucho más cómoda porque es algo que de alguna forma también habla de mi.

 

“Las relaciones son personales y no le incumben a nadie más. A cada pareja les resultan bien cosas diferentes y es algo sobre ellos. No tiene que gustarme y si sus acuerdos son así y ellos son felices, lo que yo opine o no, no importa”

Entonces me volvió el alma al cuerpo de muchísimas maneras. Me sentí feliz e incluída, pero sobre todo, me sentí tranquila. Tranquila de poder compartirle poquito a poquito cada vez más de lo que siento, quiero y espero, con menos miedo de que me juzgue o me señale.
Algo que aprendimos las dos cuando me salí de su casa es que no soy una extensión de ella y que ninguna de las dos tiene la obligación de ser lo que la otra quiere, porque al final, la vida que cada uno vive es propia. Y cada uno, por más que se entrelace en la vida de otros, se encuentra en una individualidad bien cabrona que no puedes desarticular, pero la conciencia de ella te lleva a tomar decisiones de una forma diferente, más meditada, mucho más asertiva y a largo plazo. A tomar mejor las cosas a corto plazo.

Entonces dejas de emitir opiniones que no te pidieron y a autocriticarte.
¿Y saben qué?

Se siente bien rico hablar de dos vínculos sin miedo y saber que aunque los demás no lo vean, estás creciendo. Que aunque no lo veas, los demás también están cambiando.

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