Tres años después.

Como buena autostalker, todos los días ando revisando mis recuerdos de facebook. Tengo uno de hace tres años, cuando la hecatombe tocó a mi puerta, donde me escribo una carta larguísima y me platico justo a esta Mariana de hoy, todo lo que duele, lastima y hiere. También todo el goce del dolor que tenía. Toda la ira, tristeza, impotencia, enojo, lástima, autocompasión.

Hace tres años más o menos, nos abrimos G y yo a la no monogamia. En otro post contaré la historia con cada gesto y señal, a lo que vengo ahora es que fue súper doloroso porque Long-Story-Short: la noticia y la forma pegó de frente con los pilares de la confianza, la fidelidad, el amor eterno y la exclusividad. Además estaba en un punto súper triste personalmente, no me sentía feliz ni a gusto con nada, mi trastorno se puso peor y empecé a medicarme de nuevo. Había perdido amigos, salí de un trabajo de mierda para entrar a otro trabajo que aunque no era de mierda, le fui perdiendo el amor poco a poco.

Sentí que todo estaba saliendo mal y que no podía tomar ninguna decisión correcta. También sentía que era insuficiente y que no iba a poder nunca ser feliz ni acompañar a ser felices a las personas que amo.

En ese momento, todo parecía derrumbarse en mis manos. Recuerdo perfecto que la sensación era como si todo aquello que tocara se volviese polvo fino, casi ceniza, sentí que no tenía salida, que las cosas nunca iban a salir bien y que estaba destinada a vivir una vida miserable donde todos eligieran todo por mi, porque claramente lo que yo quería o elegía no le importaba a nadie más que a mi. Fue la forma más difícil también de aprender que el amor para siempre no tiene que mantener unidas a las personas, y que el mundo sigue girando, que jamás te va a pedir permiso porque es parte de su naturaleza: que las personas también somos así. Seguimos creciendo y no pedimos permiso para caminar. Sólo lo hacemos. Sólo nos pertenecemos a nosotros e incluso no tenemos que ser coherentes con nosotros todo el tiempo.

La sensación que prevalecía es que mi palabra importaba menos que nada: Cuando tu palabra vale “nada” al menos se te permite exteriorizarla. Yo ni siquiera de eso había tenido oportunidad para conmigo.

Sin embargo, con terapia, medicamentos, acompañamiento, amigos, redes de contención y mucho mucho amor de G y el enamoramiento y todo el amor que fluyó con T, me recuperé de una manera bien maravillosa, nada rápida. La verdad es que todos (incluyéndome) me tuvieron tanta paciencia que aún no entiendo de dónde sacaron la fuerza para mantenerse a flote mientras también yo estaba intentando no ahogarme.

Cada año vuelvo a esta carta, porque me recuerda que siempre, no importa cuánto intente ahogarte la marea, hay decisiones que tomar. Y que todos decidimos entre estar o no estar, de acuerdo a nuestras capacidades y oportunidades, que debo dejar de juzgar a mi yo del pasado con la visión de mi presente. Pero sobre todo terminé de entender este año qué fue lo que realmente me partió el alma en pedacitos con esta confrontación y fue no sentirme incluida.

Es decir, en su momento no me sentí parte activa ni siquiera de las decisiones que se habían tomado en mi relación: Mi relación principal había cambiado frente a mis ojos y sin que yo me diera cuenta. Toda la vorágine fue porque no fui parte de la evolución ni de la sucesión de eventos.

Hoy tengo claro que lo que más me gusta alimentar en mis relaciones afectivas, es la complicidad y la diversión. No siempre puedo, a veces me falla el tacto, la percepción y el entender que no siempre se trata de mi. A veces se me atora entender que no sólo mi visión es la importante en las cosas que cambian. Pero intento siempre recordar que mis parejas, además de mis parejas son también mis cómplices: Me acompañan, me aconsejan, alientan o detienen. Y yo intento ser también esa persona para con ellxs.

Y no es que hacia estos tres años me haya perdonado todo: hay cosas que aún no logro superar completamente, pensamientos que aún tengo que en cuanto aparecen, siento como me empieza a hervir la sangre, pero mi responsabilidad radica más en aprender a gestionar esa ira y usarla en algo que me sirva, dejar la presión de parecer perfecta todo el tiempo y dejarme fluír incluso en las emociones que me asustan. Aún hoy tengo varios asuntos personales y para con los otros qué resolver, pero ya no me presiono y sobre todo, ya no me castigo. Tanto.

Así que si algo quiero extenderles es que sean compañeros de vida, pero en serio. No sólo en lo que queremos que el otro vea porque es bonito. Seanlo en todo. Hasta en el momento más mierda. Hasta en las dudas, las inseguridades, las culpas y la ira. Sean parte de la vida del otro. No se trata de llevar un diario o contar un itinerario, pero sí se trata de aprender a darle a cada cosa su justo valor, equilibrar lo que queremos y lo que necesitamos saber del otro y de nosotros mismos. También de ser pacientes cuando el otro no puede ser honesto consigo mismo y aún no pasa ciertos procesos.

No se trata de exterder las manos para ser uno, sino extender las manos para ayudar a que el otro, sea realmente el otro.

Tres años después, puedo decir:
Mariana del pasado, nuestra vida ha cambiado en muchos sentidos y en la mayoría para bien. El peor día de este año ha sido un lunes en la mañana de lo que tú estás viviendo ¿Y sabes qué? Vas a dejar de resistir para comenzar a avanzas.
Y se siente súper chingón.

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